dimanche 10 juillet 2011

Vicky GUAZZONE DI PASSALACQUA/ Alberto MANGUEL: cómo pasar la vida leyendo



Entrevista Lectores y bibliotecas en tiempos digitales
Alberto Manguel: cómo pasar la vida leyendo
Por Vicky Guazzone di Passalacqua

El escritor y editor argentino-canadiense acaba de publicar su autobiografía, en la que recorre su historia guiado por cada libro que leyó: juntó 40 mil en su casa en Francia.

¿Cuánto espacio ocupan 40 mil libros? ¿Una, dos, tres habitaciones enteras? ¿Cientos de metros de biblioteca? Resulta inconmensurable hasta para el lector más ávido. Sin embargo, basta preguntarle a Alberto Manguel, quien desde hace 11 años ha logrado reunir en su casa de Francia la totalidad de sus libros esparcidos por el mundo. Así, ha creado finalmente, luego de una vida de viajes y residencia en distintos países, la biblioteca de sus sueños, con un total de libros que oscila entre los 35 mil y 40 mil.

No sorprende que Manguel se defina, ante todo, como un lector. Autor y escritor de numerosos textos, entre los que se inscriben nombres como Noticias del extranjero y Una historia de la lectura , la suya sin embargo parece ser una vida signada más por los libros que ha leído y lo han conmovido que por los que ha escrito. Y de todo esto escribe en su última obra, Conversaciones con un amigo, donde se transcriben conversaciones con su editor francés, Claude Rouquet.

-¿Podríamos decir que este libro es una suerte de autobiografía?
-Sí, una autobiografía oral. Yo no hubiese escrito una autobiografía directamente, porque me parece un género que fácilmente se convierte en pretencioso, en el cual uno se inventa como un personaje central y tantas veces hace mal la figura. Pero esto es una conversación, y como la conversación casi por definición tiende a irse por las ramas, uno abandona ese recorrido de la vida y se mete en temas mucho más interesantes.

-Una vez que leyó el texto final, ¿se sintió representado o le dio pudor?
-Es una pregunta difícil, porque es como cuando uno se mira al espejo, que se ve gordo y viejo. No sé, creo que algunas de las cosas que digo pueden tener algún interés, pero tampoco es Goethe el que está hablando.

-Se identifica más como lector que como escritor, ¿por qué?
-Esa es la definición de mi profesión, yo soy lector y por casualidad también soy escritor. Borges decía que el escritor escribe lo que puede y el lector elige lo que lee. Esa libertad fundamental que da la lectura es una que no estoy dispuesto a abandonar para convertirme profesionalmente en escritor. Lo soy porque tengo que ganarme la vida y es una profesión más honesta que la de banquero, por ejemplo.

-En el libro menciona un poco sus etapas de lectura, con algún abandono allá por su adolescencia. ¿Hoy en qué etapa está?
-Es cierto que entre los 20 y los 25 años leía poco, pero hasta los 20 y después de los 25 soy un lector bulímico, leo constantemente. Ahora tengo tres libros a mi lado y no concebiría estar sin libros, sería una tortura espantosa.

-¿Cómo ve la lectura en estos tiempos digitales? ¿Piensa bien de los e - books , por ejemplo?
-Eso es como preguntar si un tenedor es bueno, todo depende para qué sirva. Los instrumentos electrónicos son buenos para ciertas lecturas, siempre y cuando seamos nosotros los que decidamos cuándo y por qué queremos usarlos. La tecnología electrónica ha sido dispuesta por razones comerciales, entonces nos olvidamos muchas veces de que son utilísimas para ciertas funciones y que tienen un aspecto creativo muy interesante que todavía no hemos utilizado a fondo. En cuanto a qué tipo de lectura, evidentemente el soporte de un texto cambia la lectura que hacemos de ese texto. Pero no sé si podríamos hablar de calidad de lectura, porque eso lo determina el lector que está usando ese texto e instrumento. No uso ninguno de esos dispositivos, pero tampoco uso rollos de papiro.

-Pero en el libro sostiene que más allá de lo que se lea y cómo, lo importante es leer.
-A mí lo que me parece importante es que seamos conscientes de que tenemos a nuestra disposición la memoria de la humanidad. Eso es una riqueza inmensa de la cual nosotros podemos disponer, y es esencial saberlo. Después, si uno lo quiere usar o no, es otra cosa.

-¿Cómo cree que han cambiado los lectores en los últimos tiempos?
-No sé si los lectores han cambiado, cambió el valor que la sociedad le da al arte intelectual. La sociedad se ha convertido hasta tal punto en sociedad de consumo, que el valor del arte intelectual ha sido denigrado y reemplazado casi íntegramente por el valor financiero. De hecho, cuando hablamos del valor de algo, inmediatamente pensamos en dólares. Al cambiar eso, cambia el contexto en el cual se realiza la lectura, por eso los programas de fomento a la lectura que los gobiernos hacen son por lo general muy hipócritas, porque en nuestra sociedad la publicidad del consumo es muchísimo más fuerte que la publicidad que promociona la lectura. Decirle hoy a alguien que debe dedicarse a una tarea que es difícil y lenta no promete mucho frente a otra que dice "beba Coca-Cola" con un mensaje claro y donde no se necesita cerebro para entenderlo.

-Usted habla muchísimos idiomas, vivió en Argentina, en Canadá, en Francia... ¿de qué país o región se asume al escribir?
-No me gustan las categorías, desconfío de ellas. En cuanto le ponemos un rótulo a algo lo limitamos y lo enfrentamos a otras cosas; decir que somos argentinos quiere decir que no somos uruguayos. Me parece que eso restringe nuestras posibilidades. Porque mi educación fue en la Argentina, y porque creo que todo lo que aprendí, que pueda tener algún valor, lo aprendí en el Colegio Nacional de Buenos Aires, hay una gran parte de mí que es argentina. Pero también soy europeo y canadiense, y espero que la mejor parte de lo que soy pertenezca al mundo entero.

-¿Pero no hay rasgos que hayan ido marcando su escritura a medida que cambiaba de lugar de permanencia?
-Por supuesto, porque en distintos contextos el idioma que utilizamos cambia. Entonces hay ecos distintos a través de experiencias distintas. Pero eso le sucede a una persona que vive toda su vida en Pehuajó también. Toda experiencia determina la forma en que utilizamos el lenguaje y determina la forma en que ese lenguaje nos afecta.

-El saber tantos idiomas, ¿ayuda o confunde al momento de escribir?
-Cuando escribo en un idioma trato de olvidarme de los otros. Pero no siempre lo logro enteramente. Lo que ocurre, creo, es que los otros idiomas influyen en el idioma en que uno escribe. Por ejemplo, tengo tendencia en inglés a utilizar una acumulación de adjetivos y adverbios que creo que vienen del barroco español, o una tendencia a esperar hasta el final de la frase para revelar hacia dónde va la frase, que me viene del alemán. Pero dejo que eso ocurra, porque uno no controla enteramente la formación del lenguaje que utiliza. Me gusta ser consciente de ello, pero sé que no lo soy constantemente.

-En ese sentido, en su libro usted dice que un buen traductor se toma la licencia de corregir los textos originales de un modo casi generoso.
-Sí, creo que tenemos que reconocer hasta qué punto el traductor forma gran parte de la literatura que nosotros conocemos. Pensamos que hemos leído a Dostoievski, pero hemos leído a quien lo tradujo. En ese sentido, la tarea de un traductor es enormemente generosa, porque es un editor que se pone al servicio de la imaginación de otra persona. Pero la calidad de esa traducción depende de la reconstrucción que se hace en otro idioma. Ser fiel al original es un propósito arqueológico que no tiene mucho sentido, porque es tratar de reconstruir las citaciones y los descubrimientos que un escritor hizo en su lengua y que no pueden volver a ocurrir.

-Eso lleva un poco a la angustia de saber que no podremos leer todo, pues habría que saber todos los idiomas y todos los lenguajes, ¿verdad?
-Ya superé esa angustia, la tuve en mi juventud. Ahora estoy muy contento de saber que no voy a llegar a leer todo, no necesito saber cuáles son las novedades y puedo dedicarme a leer los libros que me gustan. Creo que en la juventud hay siempre un dejo de sentimiento de inmortalidad, entonces pensando que tenemos todo el tiempo por delante queremos hacer todo y poseer todo. Después, cuando ya podemos ver la puerta que se está cerrando, pensamos distinto.

-¿Cuánto trabajo de investigación hay detrás de cada libro?
-Muchísimo, porque mi ignorancia es enorme. Me sorprende cada vez que me meto en un proyecto descubrir la extensión de lo que no sé. Podría pasarme la vida estudiando lo que necesito saber antes de empezar a escribir, pero en cierto momento digo basta y comienzo.

-En su escritura se nota esa investigación, pero sin ser una erudición pedante, ¿es algo buscado?
-Ese es el mejor elogio que me pueden hacer. Cuando a uno le gusta algo y se pone a hablar de eso, puede terminar siendo terriblemente pesado. Yo trato de demostrar mi entusiasmo hablando francamente. Si eso se nota, estoy contentísimo, porque es terrible pensar que en el entusiasmo por hablar de lo que nos gusta convertimos eso en algo denso.

-Menciona en el libro que la literatura puede hacernos memorables no como personas sino por hechos concretos. ¿Por qué hecho quisiera que se lo recuerde?
-Me gustaría ser recordado por los libros que he leído, por los que comparto con otros. Quizás por Alicia en el País de las Maravillas , Otras Inquisiciones , de Borges, La Divina Comedia de Dante... Pero ya ve, haciendo revista así, uno parece pretencioso.

Articulo : http://diario.elmercurio.com  10/07/2011

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