dimanche 14 août 2011

25 años sin BORGES



REPORTAJE: 25 AÑOS DE LA MUERTE DE BORGES
Borges en el corazón
Por Gay TALESE

"Ahora, todo el mundo está en mi interior", decía el escritor cuando la ceguera le iba permitiendo aislarse paulatinamente de las interferencias del mundo. A los 25 años de su muerte, el gran cronista estadounidense Gay Talese rememora la entrevista en la que lo conoció en Nueva York

Lo que sigue es la reproducción del relato que escribí de mi única entrevista con Borges, que tenía entonces 62 años (y su madre, de 85), que llevamos a cabo en un hotel de Nueva York (creo que era el Algonquin, en la Calle 44 Oeste) y se publicó en The New York Times el 31 de enero de 1962. En aquella época, yo tenía 30 años y era redactor del Times; aquel día mi redactor jefe me ordenó que fuera a entrevistar a Borges, cuya obra conocía por supuesto; me sentí ligeramente nervioso ante la perspectiva de conocer a la gran figura literaria en persona.

Nos encontramos en el vestíbulo del hotel, a la hora acordada, y, aunque yo sabía que era ciego, lo primero que me impresionó fue su aparente estado de alerta, la impresión que daba de enterarse de todo, sentado muy recto en una silla tapizada de respaldo alto, desde donde parecía observar las idas y venidas de docenas de huéspedes que recorrían el ruidoso vestíbulo. Junto a él se sentaba su madre, que, a pesar de tener 85 años, no aparentaba más de 60 y que, podría añadir, era de una belleza asombrosa para tener cualquier edad. Pensé que no podía haber sido más bella ni cuando tenía 25 años; porque, a los 85, irradiaba una vitalidad y una energía intemporales, y la suave piel de su rostro era la de una mujer bien conservada que (no me cabía la menor duda) debía de dedicarse a diario a mantener su atractivo; seguro que pasaba horas delante de un espejo con el fin de satisfacer su deseo de representar la perfección para todas las personas con las que se encontrase. Durante la entrevista que hice a su hijo, no pude evitar mirarla mientras nos escuchaba y, a veces, introducía alguna palabra para subrayar lo que estaba diciendo él.

La entrevista no duró más de media hora; he aquí, reproducido, el artículo que escribí en aquella memorable ocasión, en 1962, cuando conocí a Borges y a su inolvidable madre.

Como su padre y su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo, Jorge Luis Borges se ha quedado poco a poco ciego. Pero hasta la ceguera, dice, tiene ventajas.

"Antes, el mundo exterior interfería demasiado", me decía este intelectual argentino de 62 años ayer en Nueva York. "Ahora, todo el mundo está en mi interior. Y veo mejor, porque puedo ver todas las cosas que sueño. Fue una ceguera gradual, nada trágica", continuó. "Si uno se queda ciego de pronto, el mundo se le hace añicos. Pero si primero pasa por un crepúsculo, el tiempo fluye de manera diferente. No es preciso hacer nada. Uno puede quedarse sentado. Las personas ciegas tienen mucha dulzura. Las sordas, en cambio, no.

Las personas sordas son muy impacientes. A veces, la gente se ríe de los sordos. Nadie se ríe de un ciego".
"El jueves", dijo el doctor Borges, "doy una conferencia en... ¿En? ¿Cómo se llama ese sitio?".
"Yale", dijo su madre.
"Eso es, Yale", siguió él. "Voy a hablar sobre William Henry Hudson, un escritor inglés nacido en Argentina. Y el 6 de febrero, estaré en Harvard. El 12 de febrero, en la Universidad de Columbia. Y el 14 de febrero, en Princeton. Hablaré de clásicos argentinos como el magnífico poema Martín Fierro, que trata de un gaucho y fue escrito en 1872 por Hernández. El gaucho es un personaje realista pero poco romántico; también presentaré al otro gran poeta argentino, Lugones, que tradujo a Homero al español".

Durante toda su gira de conferencias, el doctor Borges contará con la ayuda de una memoria extraordinaria, casi absoluta -otra consecuencia de la ceguera-, y de su madre, que, a sus 85 años, parece tan dinámica y se conserva tan bien como una de esas atractivas mujeres de 60 años dadas al narcisismo, algo que no parece ser el caso de la señora Borges. La madre de Borges, como su hijo, pasó la mayor parte de sus años prerrevolucionarios en Buenos Aires luchando contra Juan Perón, y en una ocasión pasó una semana en la cárcel por participar en una manifestación contra él.
"Los escritores sufrieron mucho con el dictador", asegura el doctor Borges, aunque igual de mala era la situación en Argentina hace 30 años, "cuando nos leíamos las obras y nos lavábamos la ropa unos a otros". Pero hoy los escritores han progresado, y en especial él. Es autor de 30 libros de ensayo, poesía y relato, y su primera recopilación traducida al inglés saldrá publicada esta primavera en New Directions, bajo el título Labyrinth.
"No creo que Perón supiera que había literatura en su país", opina el doctor Borges. "Nos puso todos los obstáculos posibles, pero lo que más le importaba, en realidad, era agitar a todo el mundo en contra de Estados Unidos y mandar a la gente a la cárcel".
Aunque el doctor Borges no puede adivinar las consecuencias a largo plazo de la última reunión de la Organización de Estados Americanos en Punta del Este, Uruguay, dice que, "por desgracia", Fidel Castro parece afianzado, y "los comunistas son muy listos".
"Los estadounidenses son siempre unos incomprendidos", añade. "Si dan dinero, la gente piensa que es un soborno. Si no lo dan...", reflexiona, "quizá sea mejor".

La madre del doctor Borges miró su reloj y le recordó que tenían una cita en otro lugar unos minutos después. Me puse de pie, les di la mano a los dos y les agradecí que me hubieran dedicado su tiempo. Volví corriendo al edificio de The New York Times, que estaba a solo dos manzanas, con la esperanza de escribir algo que hiciera justicia al rato que había pasado con aquel extraordinario hombre de letras y su madre. También pensé en lo que había dicho sobre las personas ciegas, sobre todo esta frase inolvidable: "Ahora, todo el mundo está en mi interior... Y veo mejor, porque puedo ver todas las cosas que sueño".

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey, 1932) ha publicado recientemente en España Honrarás a tu padre (traducción de Patricia Torres Londoño. Alfaguara. Madrid, 2011. 640 páginas. 21.50 euros) y el año pasado Retratos y encuentros (Alfaguara) y La mujer de tu prójimo (Debate).

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El eterno retorno de Borges
Por Héctor ABAD FACIOLINCE

Aun sin haber leído una sola línea de La Ilíada o La Odisea, no hay bachiller que no sepa dos cosas sobre Homero: que era ciego y que probablemente nunca existió. Casi nadie repara en lo contradictorio que resulta darle un atributo real -la ceguera- a algo inexistente.

Si no hay Dios, este no puede ser ni furibundo ni misericordioso. No deja de ser paradójico, en todo caso, que se dude de la existencia individual del fundador de la literatura occidental, la más individualista de todas las culturas. O quizá este sea el primer atributo de todos los fundadores: la duda. También para el primer autor de la literatura castellana se prefiere el anonimato, en vez de reconocer que el Poema de Mío Cid lo compuso Per Abad. Si un fabulador se aparta deliberadamente del realismo -como es el caso de Borges- y dedica su vida al quimérico ejercicio de la fantasía, su propia existencia se va contagiando de ensueño y acaba por adquirir cierto cariz fantasmagórico.

Cuanto más fantástico e imaginario haya sido aquello que escribió, más fácilmente podrá atribuírsele a su nombre cualquier cosa. El mismo Borges alimentó esa fantasía con su obsesiva insistencia en el azar de la escritura. Si el espíritu sopla donde quiere, un poema magnífico lo puede redactar por igual un genio o un idiota. Así lo entendió Borges desde la advertencia que precede a su primer poemario: "Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tú el lector de estos ejercicios, y yo su redactor". Así se abreFervor de Buenos Aires, el mismo libro que un joven de 22 años concluye, en el último poema, con una clara conciencia de lo que le espera: "La corrupción y el eco que seremos". Si el destino de todos, tontos o genios, es la muerte, entonces es verdad que "nuestras nadas poco difieren". Pero no afirma Borges que nuestras nadas sean idénticas. Hay, entre el muerto anónimo y el muerto célebre una diferencia: la nada que hoy es Borges es una nada que se recuerda. Y con esto llegamos a otro tema fundamental de su obra: la memoria. De la memoria exacta proviene aquello que llamamos auténtico, original, canónico, y de la memoria deformada o falseada o falsamente atribuida, viene lo que se llama apócrifo. Borges descreía de la escritura ya perfecta, inmodificable o sagrada. Dejó dicho: "El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio". Hay innumerables testimonios que nos dicen que a Borges le encantaba discutir con legos sus propios poemas, y los iba modificando casi al azar, a las ocurrencias o al capricho de la conversación, para dejar versiones que circulan sueltas por ahí. Estas versiones casuales pueden ser incluso mejores que las versiones canónicas, es decir, "definitivas", o sea las impresas en las últimas ediciones de sus libros. Este dejar su obra abierta a muchas modificaciones, esta insistencia en decir que nada es definitivo en un texto, y que el autor carece de importancia, les ha abierto el camino a muchos impostores que han fingido escribir supuestas obras de Borges, ni siquiera inventándolas, sino manipulando y dañando las existentes. El peligro de lo apócrifo consiste en vincular un nombre -que como todo nombre tiene algo sagrado- con ciertas palabras que a ese nombre no le pertenecen. Citar una tontería como si fuera suya es injuriarlo. Por muy fascinado que esté un hombre por la idiotez, nunca desea que esta le sea atribuida. ¿Quién es Borges, al cabo de esta breve eternidad del cuarto de siglo transcurrido desde su muerte? Pues bien, después de todo, si un hombre es la suma de sus actos, y si los actos de un escritor son lo que escribe, Borges no es otra cosa que aquello que dejó escrito. Borges ya es y será algo que nada tiene que ver con su carne. Borges es y será para siempre sus libros. O, mejor dicho, los libros asociados a su nombre. A mí me ha cabido la dudosa suerte de reivindicar unos pocos sonetos apócrifos como auténticos del gran poeta argentino, y como merecedores de entrar al Libro que componen sus libros. Creo haber demostrado (en Traiciones de la memoria) que esos poemas son auténticos. De ellos citaré solamente dos endecasílabos: "No soy el insensato que se aferra / al mágico sonido de su nombre". En esta sentencia reconoce el acento único de Borges cualquiera que haya frecuentado su obra. En ella está presente una de sus máscaras más características: la falsa modestia. Pero recuerden esta máxima de Chamfort: "La falsa modestia es la más decente de todas las mentiras". Esta decente mentira de la modestia con la que que siempre pronunció su nombre, será un motivo más, el último, por el que el nombre de Borges no será olvidado mientras haya lectores.

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Pasos que se esfuman en Buenos Aires
Por Leila GUERRIERO 

Un paseo literario por las casas, librerías, bibliotecas y calles que habitó el escritor. Pueden encontrarse placas, recuerdos, o, como en su casa natal, nada.

Este tramo de la calle Tucumán, en el centro de la ciudad de Buenos Aires, es un tramo como cualquier otro: un sitio deshidratado y nervioso, hiperventilado y taquicárdico, con buses y automóviles tosiendo hollín entre negocios de comidas al paso y edificios de oficinas. En el número 816 hay una fotocopiadora. En el 818, un despacho de sándwiches. Después de un supermercado chino y de un negocio que compra y vende oro, la numeración salta al 860. En el 840, donde debería estar la casa con azotea, zaguán, dos patios y un aljibe en la que nació Jorge Luis Borges, hay un edificio de siete pisos en construcción.
-¿Qué necesita? -pregunta allí uno de los obreros.
-Estoy buscando la casa donde nació Borges.
-Era acá. Hará cinco años se demolió todo. No queda nada.
Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y, antes de morir en Ginebra el 14 de junio de 1986, habitó en varias casas, escribió en varios periódicos, visitó varias librerías y trabajó en un par de bibliotecas de la ciudad de Buenos Aires. De su paso por todos esos sitios quedan algunas huellas, o algunas placas, y a veces, como en la calle Tucumán, no queda nada.
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Junto a la puerta de un edificio de estilo francés de la avenida Pueyrredón 2190, en uno de cuyos departamentos Borges se recuperó de una septicemia que, en 1938, lo tuvo al borde de la muerte, y donde escribió Pierre Menard, autor del Quijote, hay una placa que dice: "Jorge Luis Borges: aquí vivió de 1929 a 1939". A unas veinte cuadras de allí, en pleno barrio de la Recoleta, junto a la puerta de Quintana 222, hay otra: "En este solar vivió y creó Jorge Luis Borges". La escritora argentina María Esther Vásquez, enBorges, esplendor y derrota (Tusquets, 1996), describe esa casa, en la que Borges vivió en los años veinte, como "de dos plantas, con un jardín pequeño y encantador al frente". Ahora, sobre ese jardín pequeño y encantador, se alza un edificio elegante de ocho pisos donde un vecino dice que es mejor no tocar timbre, porque alguna vez los propietarios hicieron echar, con la policía, a dos turistas que insistían en pasar al grito de "¡esto es patrimonio de la humanidad!".
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En el año 1901 los Borges se mudaron a Palermo, un barrio hoy repleto de restaurantes de moda que por entonces era un andurrial. La casa estaba en la calle Serrano (ahora Jorge Luis Borges) 2135, y vivieron allí hasta 1914. Ahora, en su lugar, hay una construcción de ladrillo a la vista en la que funciona una peluquería llamada Maldito Frizz. Junto a la entrada una chapa dice: "En este solar vivió Jorge Luis Borges durante su infancia". Adentro, los hombros cubiertos por una capa de plástico para no mancharse, una mujer con el pelo repleto de tintura conversa con la peluquera.
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El hombre viste un uniforme del servicio de seguridad y, aunque trabaja aquí desde hace apenas tres años, dice cosas como "él, como director de la biblioteca, no hacía nada. Todo lo hacía el segundo". Entre 1955 y 1972 Jorge Luis Borges fue director de la Biblioteca Nacional, que por entonces funcionaba en este edificio del barrio de San Telmo, en México 564, ahora Centro Nacional de la Música. El hombre sube al ascensor y aprieta el botón del primer piso en medio de un frío de sarcófago.

-Esto no es nada. En invierno de 2008 acá adentro hicieron 9 grados bajo cero.
En el primer piso, donde estaba el despacho del director, una placa anuncia Sala Jorge Luis Borges. El hombre saca un llavero, elige una llave, abre. El despacho, de unos once metros por cuatro, está casi vacío excepto por unos sillones de madera, una mesa ovalada y seis sillas. Hay un hogar a leña, una vitrina. Junto al hogar hay un reloj de péndulo y, a los pies del reloj, una caja de acrílico con veneno para ratas. No quedan rastros del mobiliario original (un escritorio en U de Paul Groussac, una mesa rectangular que usaba Borges), pero tampoco de la biblioteca -trasladada a su nueva sede en los años noventa- que, en 1958, inspiró El poema de los dones. La Sala Borges está cerrada al público.
-Sólo se abre en casos particulares. Este es el único piso donde hay calefacción, y esto se mantiene caliente. Un día vino la agregada cultural de Venezuela con un bebé. Hacía un frío de morirse. Entonces los metieron acá. Si no, no entra nadie, salvo...

El hombre baja la voz y, en tono conspirativo, dice:
-...los fantasmas. Está lleno. Yo vi uno, en el verano de 2008. Una mujer vestida de rosa, con capelina. Dicen que la luz de una lámpara que está ahí afuera y la dama de rosa eran las únicas dos cosas que veía Borges, y que con eso escribió un cuento. Yo no sé, porque de Borges no leí ni los títulos.
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En avenida de Mayo 1333, custodiando el edificio donde estuvo el diario Crítica, en el que Borges colaboró durante los años treinta, hay un policía hablando por teléfono, al pie de una escalera que termina en una hornacina con una virgen, custodiada por fotos de uniformados caídos en cumplimiento del deber.
-No se puede pasar.
-¿Ni hasta ahí arriba?
-No. Es una dependencia policial.
El edificio donde funcionó uno de los diarios más populares del país es, desde 1973, la Superintendencia de Administración de la Policía Federal Argentina. Y, por supuesto, no hay placa.
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En enero de 1938 Borges consiguió su primer empleo fijo: auxiliar de segunda en la hemeroteca de la Biblioteca Municipal Miguel Cané, en el barrio de Almagro, en la calle Carlos Calvo 4319. La biblioteca está en la planta baja. En el primer piso, que ahora hospeda a la Fundación Tomás Eloy Martínez, abocada a promover la literatura y el periodismo joven de Latinoamérica, hay una placa que anuncia "espacio Borges". Allí se ha recreado el sitio en el que Borges se refugiaba a leer. Es un despacho angosto con un escritorio, una silla, una vitrina que guarda primeras ediciones de sus libros y una enciclopedia Universal Espasa Calpe, abierta en la página 411, donde junto a su nombre se lee esto: "En 1923 se impulsó al mundo literario con un libro, Fervor de Buenos Aires,obra ultraísta penetrante e incisiva, aunque le falta la elegancia del rimo, lo que no es obstáculo para que se encuentren bellas imágenes y significativas metáforas". "El primer día trabajé honradamente", escribió Borges en su Autobiografía. "Al día siguiente, algunos compañeros me llamaron aparte y me dijeron que no podía seguir así porque los ponía en evidencia (...) Resistí en la biblioteca nueve años. Fueron nueve años de continua desdicha". Sobre el escritorio hay una copia del legajo número 57.323 que lo certificaba como empleado municipal. Allí una letra redonda, no suya, tomó nota de sus datos personales: edad, fecha de nacimiento. Junto al casillero donde dice "lee y escribe", la letra redonda escribió: "Sí".
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El mapa, pintado sobre acrílico y amurado a la entrada de la Galería del Este, en la intersección de Maipú y Marcelo T. de Alvear, propone un recorrido por sitios importantes de la vida de Borges. Ente otros, señala la librería La Ciudad, dentro de la misma Galería, de la que él, que vivía enfrente, era cliente asiduo. Fue allí donde, después de veinte años de discordia, se reencontró en los setenta con Ernesto Sabato. Pero la librería está desmantelada. Un cartel escrito a mano dice "cerrado por refacciones" y los estantes, de color naranja, están vacíos. Hay libros en el piso, bolsas repletas de papeles. Una mujer, en un local de antigüedades, dice que los hijos de la dueña, que se recupera de una operación, la van a pintar, que por eso está así.
-La librería era del marido y murió hace veinticinco años. La mujer venía a veces, de cinco y media a siete menos cuarto, y desaparecía por una semana. Dicen que está aferrada, que no quiere vender.
Desde 1944 hasta un año antes de su muerte, siempre en compañía de su madre, Borges vivió frente a la Galería del Este, en el sexto piso B de la calle Maipú 994. Allí una placa reseña "aquí vivió Jorge Luis Borges". Dos meses atrás, una carta de lectores publicada por el diario La Nación advertía que el departamento estaba en venta, pero los vecinos del edificio aseguran que se trata de un error y que el que estaba en venta era el sexto A. En el B nadie contesta.
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-La entrada te sale quince pesos, no se puede hablar por teléfono ni sacar fotos.
La Fundación Internacional Jorge Luis Borges, que preside María Kodama desde 1988, tiene sede en Anchorena 1660, Barrio Norte. Allí funciona, desde 2009, el Museo Borges.
-¿Borges vivió acá?
-No, alquiló la casa de al lado, pero hay una anécdota sobre eso que te contamos cuando te hacemos el recorrido.
El recorrido dura cuarenta minutos y podría parecer muy poco si no fuera porque el museo consiste en unas quince vitrinas dispuestas en dos cuartos, en las que se exhiben libros de Borges, premios de Borges y objetos de Borges. Dos chicas jóvenes guían con entusiasmo, utilizando frases que empiezan con "acá tenemos" ("acá tenemos un caracol de nácar que le regaló un especialista en cábala"; "acá tenemos una piedra que le regaló un indio piel roja") o "estas son": "estas son estatuitas de jabalíes porque él era jabalí en el horóscopo chino". Cada una de las frases da pie a una hipercalórica cantidad de anécdotas hasta que, en la última vitrina, donde se guarda el manuscrito de Las ruinas circulares, llega la principal:
-Ese cuento fue escrito en el jardín de la casa de al lado donde Borges vivió entre 1938 y 1943. Ese es el motivo por el cual María compró esta casa. Un día la vio en venta y se dio cuenta de que desde la terraza podía verse el jardín de al lado.
-¿Se puede subir a la terraza para ver?
-No.
La casa contigua, en Anchorena 1672, es de estilo colonial. Durante años, una placa colocada en el frente recordó que Borges había vivido allí, pero ahora la placa ya no está. Dicen que los propietarios la quitaron, hartos de que todo el mundo les tocara el timbre para pasar a ver.

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Crepúsculo de un cuentista cortés
Por Jorge FERNÁNDEZ DÍAZ

Jorge Luis Borges siguió el magisterio de su amigo Adolfo Bioy Casares y evolucionó a lo largo de los años a un estilo llano y esencial. Sencillez, originalidad y hondura se cruzan en los cuentos de El informe de Brodie y de El libro de arena

De los muchos Borges que se pueden rescatar no elegiré el ensayista, el poeta, el narrador filosófico, el reescribidor, el crítico, el profeta ni el parodista. Elegiré el Borges que Adolfo Bioy Casares fue construyendo silenciosamente a lo largo de años de persuasión y contagiosa labor en común. Bioy empezó siendo el discípulo del autor deFicciones para luego ir convirtiéndose lentamente en su maestro, según el propio Borges confesó en los años finales, cuando influido por su gran amigo buscó un estilo más llano y esencial, con una economía de vocabulario que intentaba dejar atrás el barroquismo de sus primeras prosas. La sencillez, la originalidad y la hondura -cualidades tan difíciles de engarzar con duende y con éxito- se cruzan en dos libros de cuentos inolvidables pero poco reconocidos: El informe de Brodie y El libro de arena.

En el prólogo del primero alude a los últimos relatos de Kipling, que le parecen no menos laberínticos ni angustiosos que los de Kafka. "No pocos son lacónicas obras maestras", dice Borges. "Alguna vez pensé que lo que ha concebido y ejecutado un muchacho genial puede ser imitado sin inmodestia por un hombre en los lindes de la vejez, que conoce el oficio". Intentaba Borges la redacción de "cuentos directos", y lo anunciaba con todas las letras.

Algunas de las piezas de esa colección están dedicadas al culto del coraje y son protagonizadas por cuchilleros, aquellos esgrimistas criollos de puñal y chambergo que el autor de Pierre Menardmitificó con sus duelos, destinos y penumbras. El mejor de todos ellos quizás sea El encuentro, que abre con un párrafo notable: "Quien recorre los diarios cada mañana lo hace para el olvido o para el diálogo casual de esa tarde, y así no es raro que ya nadie recuerde, o recuerde como en un sueño, el caso entonces discutido y famoso de Maneco Uriarte y de Duncan". Un Borges en una niñez imaginaria asiste a un asado campero junto al río color de león, y presencia un extraño e inesperado duelo a cuchillo entre dos hombres pacíficos. La resolución de ese acontecimiento vívido es indudablemente fantástica, aunque Borges la revele como si se tratara de un ingenioso enigma policial.

Convive con ese cuento otro muy especial: El Evangelio según Marcos, que transcurre en una estancia de La Pampa, y que protagoniza un joven librepensador que por aburrimiento les lee la Biblia a un capataz analfabeto y a su callada familia. Al joven le espera, en la última línea, su propia crucifixión. Pero ese desenlace no es sino el final de un texto que reflexiona acerca de la escritura, de la comprensión de las alegorías y de los malentendidos de la fe.
El informe de Brodie resulta un homenaje explícito a Conrad, y tiene ecos de Roger Casement, ahora héroe trágico de El sueño del Celta. El informe en cuestión condensa una originalísima civilización selvática, arcaica y perdida. En rigor de verdad muchos cuentos cortos de Borges suelen ser sinopsis de novelas. Ciego e impedido de escribir el gran género de la literatura moderna, el autor de El Aleph se dedicó a repudiarlo luego de haberlo leído con fruición.

En el comienzo de El duelo ofrece precisamente una explicación ingeniosa acerca de su procedimiento literario y, sobre todo, alrededor de su imposibilidad de escribir textos de largo aliento. "Henry James quizás no hubiera desdeñado la historia", dice sobre el breve cuento que se dispone a escribir. "James le hubiera consagrado más de cien páginas de ironía y ternura, exornadas de diálogos complejos y escrupulosamente ambiguos. No es improbable su adición de algún rasgo melodramático". A continuación, Borges confiesa que "lo esencial no habría sido modificado" si James lo hubiera escrito. Pero también que él ahora se limitaría "a un resumen del caso, ya que su lenta evolución y su ámbito mundano son ajenos a mis hábitos literarios".

Un resumen del caso le permite despachar a su vez la novela que lo desveló a lo largo de décadas y que se llama El Congreso. Está en El libro de arena y Borges fracasó al llevarla a cabo, de manera que se contentó con redactar en su ancianidad la trama en pocos folios, como un guionista que escribe el tratamiento del guión sin atreverse a desarrollarlo. Ese, por su carácter autobiográfico, era el relato que más gustaba a aquel Borges crepuscular que había decidido ser cortés con el lector, aunque nunca condescendiente, siguiendo la máxima de Wells: "La conjunción de un estilo llano, a veces casi oral, y de un argumento imposible".

Hay en El Congreso, como en Ulrica, el único cuento que Borges escribió deliberadamente sobre el tema del amor, un romance, un desencuentro, una pérdida. Dialogan ambos con un clásico anterior, que según una reciente encuesta mundial contiene uno de los grandes comienzos de la historia universal de la literatura. Así comienza El Aleph: "La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita".

Borges llevó una vida amorosa sufriente durante muchísimos años, y esa desdicha está presente en su poesía, aunque se filtra sólo ocasionalmente en su prosa. Bioy también le enseñó que cualquier buena historia es al fin una historia de amor.

Con ese mismo estilo cortés que se proponía en el ocaso escribió El libro de arena, que es corto y magistral, y reescribió a Lovecraft en There are more things sabiendo que éste era un mero copista de Poe.

Pero donde la simpleza y la complejidad alcanzan un vínculo más fértil es en dos narraciones que forman anverso y reverso de una misma moneda. La primera se llamaEl otro, y explota el antiguo tema del doble, aunque lo hace de un modo personalísimo: Borges viejo se encuentra con un Borges joven a orillas de un río que puede ser el Charles o el Ródano, y entablan una conversación imposible. El joven está leyendo a Dostoievski y escribiendo versos que exaltan la revolución marxista; al viejo le interesa mucho más Conrad y es un escéptico conservador.

Después, en Utopía de un hombre que está cansado, un álter ego de Borges se pierde en la llanura y al entrar en una casa lejana descubre que está entrando en el futuro. Lo espera un hombre que le habla en latín y que le explica los muchos cambios que se han producido varios siglos adelante en la Tierra: "Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido". No hay en ese remoto porvenir historia, cronologías, nombres, dinero, ciudades, políticos, Gobiernos. Y subsisten muy pocos libros, puesto que no importa leer sino releer: "La imprenta", le explican, "ahora abolida, ha sido uno los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios".

Un futuro utópico a la medida de un hombre que se preparaba para la muerte. Pero que en el otoño de su vida decidió, como propugnaba Nietzsche, hacer más cristalina el agua para mostrar que era más profundo el pozo.

Entre Kafka y Bioy

Borges. Desde 1947, Adolfo Bioy Casares comenzó a registrar con precisión las "interminables y exaltadas conversaciones" que tenía con su amigo y que se prolongaron cuatro décadas. Esta edición de Daniel Martino condensa lo esencial. BlackList.Barcelona, 2011. 691 páginas. 24 euros.

Cuentos completos. Por primera vez Lumen reúne en un volumen uno de sus legados más influyentes: todos sus cuentos y novelas cortas. Lumen. Barcelona, 2011. 481 páginas. 19,99 euros.

Poesía completa. Las cuestiones que obsesionaron a Borges -los libros, la memoria, los espejos, Inglaterra o la eternidad- quedaron reflejadas en su poesía compilada en un volumen. Lumen. Barcelona, 2011. 647 páginas. 19,99 euros.

Cuentos memorables según Borges. Una antología reúne 12 grandes relatos que le fascinaron, según la declaración del autor en la revista argentina El Hogar en 1935.Alfaguara. Madrid, 2011. 393 páginas. 17,50 euros.

Kafka-Borges. Tres de sus relatos -El laberinto, La casa de Asterión y Un sueño- conviven con La metamorfosis, de su admirado Kafka, en una obra experimental ilustrada por Verónica Moretta. Nórdica. Madrid, 2010. Prólogo de Miguel Vitagliano. Traducción de Ángeles Camargo. 224 páginas. 39,50 euros.

Además, el 25º aniversario de la muerte de Borges sirve de excusa a Debolsillo para la reedición de sus títulos, entre otros, El Aleph, Inquisiciones e Historia universal de la infamia (a 9,45 euros cada uno). E. S.

Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960), escritor y periodista, es autor, entre otros libros, deMamá (RBA) y La logia de Cádiz (Planeta).

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"Que digan que yo altero la obra de Borges no tiene perdón de Dios"
Por Juan CRUZ 

La viuda del escritor recuerda su vida junto al autor de Ficciones y se defiende de los continuos ataques contra ella

Hay un libro, Atlas, que la editorial Sudamericana publicó con fotos en 1984, dos años antes de la muerte de Jorge Luis Borges, en el que el escritor ciego describe, con la colaboración de su mujer, María Kodama (Argentina, 1945), un viaje en globo. Es un libro simbólico, como todos los de Borges, pero en este caso, esa unión, que fue sentimental y literaria a partes iguales, entre él y Kodama queda sellada en la forma más borgiana posible: lo que vio, no viendo, gracias a ella. "En el grato decurso de nuestra residencia en la tierra", escribe Borges en el prólogo, "María Kodama y yo hemos recorrido y saboreado muchas regiones, que sugirieron muchas fotografías y muchos textos. (...) María Kodama y yo hemos compartido y con asombro", finaliza el autor de El Aleph, "el hallazgo de sonidos, de idiomas, de crepúsculos, de ciudades, de jardines y de personas, siempre distintas y únicas. Estas páginas querrían ser monumentos de esa larga aventura que prosigue". Veinticinco años más tarde ese libro sigue siendo como una metáfora y un testimonio a la vez. Lo evocamos con ella al tiempo que le preguntamos por su sentimiento ahora hacia el hombre al que vivió ligada casi desde que lo conoció, a los 12 años, cuando fue a escucharle dar una conferencia.

PREGUNTA. Veinticinco años desde que acabó el viaje físico, la cercanía con Borges. ¿Qué supone para usted este viaje?
RESPUESTA. Borges entró en el gran mar, como llamaban a la muerte los florentinos. Lo que él me dio fue algo muy importante para una persona como yo, que era muy, muy tímida. Asistí a una conferencia. Yo tenía 12 años y la sala estaba colmada de gente. Vi a este señor que entraba y sentí que era tanto o más tímido que yo y ahí pensé que yo podía acercarme, aprender, él me podría enseñar... Pensé: "Si este señor puede hablar delante de toda esta gente yo también voy a poder dar un día una clase". Lo que me dio, y me siguió dando, fue la convicción de que era posible realizar mi vocación, enseñar, hacer lo que verdaderamente quería hacer.

P. Ese viaje ha seguido después de su muerte. Pero, ¿cómo fue en vida?
R. Fui descubriendo su pasión por la literatura, su pasión por los idiomas, que compartíamos... Y fue maravilloso compartir también la pasión por las artes... Él decía que mi padre me había educado para él, porque me había llevado a los museos, me regalaba libros de arte apenas tuve uso de razón... Y Borges conocía bien los museos desde los tiempos en que estuvo en Europa. Él y yo rehicimos ese larguísimo viaje que en realidad fue nuestra vida alrededor del mundo, yendo a los lugares donde él había estado antes, ante los cuadros que él recordaba, rememorando escenas de obras que él había visto... Era maravilloso redescubrir su mundo, hacerlo mío mientras hacíamos este largo viaje que fue la vida con él.

P. Usted fue los ojos de Borges para la literatura.
R. Estudiamos primero anglosajón, después empecé a leerle en inglés y luego él me enseño a pronunciar en alemán para poder leerle en esa lengua. Por la mañana, Borges dictaba a la persona que llegaba, un periodista o un estudiante, y por la tarde él y yo releíamos eso que él había dictado. Él lo iba puliendo, era un fascinante proceso que cada día fue más acentuado, más productivo, más cercano.

P. Ese viaje en globo. ¿Cómo asumía él esa aventura intensa pero paradójica?
R. Con entusiasmo... Un día yo estaba buscando otra cosa en una guía telefónica y encontré una entrada que decía: "Viajes en globo. Compañías". Se lo comenté e inmediatamente él evocó a Julio Verne. Su imaginación era su mirada, sus ojos, las lecturas que había tenido eran sus ojos, su forma de ver era su manera de haber leído... Así que un viaje en globo entonces no era paradójico, no, era su modo de cumplir sueños.

P. ¿Hubo algún límite a su curiosidad?
R. No. Yo jamás lo consideré a él una persona muy mayor o una persona que no veía, es decir, ciega; para mí justamente era lo contrario. Cuando yo tenía 16 años, él tenía 18 para mí: Borges era la compañía para la diversión, para la aventura. Era totalmente diferente a esa imagen que han dado siempre de él. También podía dar esa imagen que se tiene de él cuando está en público, con otros, pero Borges era verdaderamente otro cuando estaba en la intimidad.

P. ¿Cómo asumió él los últimos tiempos?
R. Con un espíritu magnífico. Él sabía que se iba a morir. Pero aceptó una gira por Italia. Estuvimos allí antes de ir a Ginebra, y vivimos un tiempo muy gozoso, era una compañía magnífica y lo pasamos muy bien... Vivimos una vida plena, a pesar de todo lo que dice gente que vive difamándome, ¿no es cierto?, gente que ha trazado toda una atmósfera siniestra en torno a mi persona de una manera verdaderamente vergonzosa. Esas difamaciones de las que le llegaron ecos sí lo mortificaron en sus últimos tiempos... Pero, bueno, toda esa gente quedó destruida a través de los juicios que he hecho en los que, por supuesto, no pudieron probar las cosas absurdas de mí o de mi comportamiento con respecto a él... Él era una persona libre que me eligió; sé que eso ha dado muchísimo fastidio, pero no fastidio por amor, es fastidio por avidez, fastidio por deseo de notoriedad, fastidio porque quieren ser él y no pueden serlo, no llegan a serlo, nadie va a llegar a serlo.

P. Esa atmósfera que describe le afectaba ya en los tiempos de Borges, pero ahora es más explícita mostrando su desagrado. ¿Cómo ha cambiado?
R. Bueno, he cambiado gracias a mi abogado francés, porque mis amigos me decían prácticamente lo mismo pero desde el cariño y la amistad. Pero el abogado francés me hizo ver, y me lo dijo de una manera muy dura y muy cruda, que yo tenía que cambiar porque si yo dejaba que los otros hablaran, dejaba que personas totalmente espantosas que están con un proceso penal por estafas a la propiedad intelectual, personas despechadas... y yo no decía nada porque fui criada de otra manera... En fin. El abogado me hizo ver que yo tenía que cambiar y mis amigos están muy contentos porque dicen que estoy dejando de ser extraterrestre para convertirme en una persona humana y normal que reacciona y que dice las cosas cuando tiene que decirlas y me dicen que no las digo con la suficiente agresión, que necesito hacer salir la agresión.

P. ¿Y cómo se siente en esa situación de terráquea que ha bajado del globo? ¿Cómo ve el mundo que tiene alrededor?
R. Bueno, realmente por un lado lo veo maravilloso. Pero también hay esas barbaridades que uno lee en la prensa, por ejemplo en España... Los periódicos españoles realmente han sido excelentes conmigo, pero también hay algunas personas totalmente descastadas que dicen y hablan y escriben y no hacer honor al oficio de periodistas porque ni son periodistas... Pero yo dejo de lado eso, y así he logrado sobrevivir sin que me perturben, haciendo el trabajo que yo debo hacer que no es otro que el cuidado permanente de la obra de Borges. Así que yo dedico mi vida al cuidado de esa obra. Y si hay alguien que dice que yo altero esa obra no tiene perdón de Dios ni del demonio ni de nadie, y el mío tampoco lo va a tener.

P. ¿Qué nos da a los lectores esa obra que usted cuida? ¿Qué metáfora encierra?
R. La metáfora sería ese laberinto. Borges da a la gente que es sensible aunque no entienda intelectualmente su obra, a la gente que pueda sentir la belleza y la sutileza de sus sentimientos. Yo creo que Borges da eso y esa metáfora sería esa inauguración en Venecia, que fue realmente de una impresionante poesía. Esa es la contrapartida de toda esa bajeza que acabo de explicarle, y esa belleza es lo más importante para mí, es lo que me alimenta... Es una persona que jamás se traicionó a sí misma, jamás se vendió por nada. Y eso creo que para las nuevas generaciones es un faro, es una antorcha, es algo que no debe dejarse caer, y por eso su obra es inmortal. Trabaje o no trabaje yo en ella y tenga lo que dicen muchos ese purgatorio en que ya el escritor no está físicamente y queda como olvidado... Eso hubiera ocurrido con Borges, posiblemente, de no haber estado yo para que además de esa obra maravillosa se sienta una presencia digamos casi física de él en el mundo.

P. Usted lo ha salvado del purgatorio.
R. Lo he salvado del purgatorio... A él le encantaba Dante. Y me hablaba del infierno, del purgatorio y del paraíso en la obra de Dante. Y a veces decía que él prefería el infierno conmigo que el paraíso con Dios... Yo soy agnóstica, pero yo creo que hay ahí como una luz que dejó él, una energía, un punto en el espacio. Frente a las cosas viles, puedo bajar el yelmo, cubrirme, protegerme, salir adelante, porque al final de la ruta hay una luz o una energía y allí también yo me reencontraré con él.

P. Usted decía que es la mitad de su alma. ¿Y cómo era el alma de Borges? ¿Cómo era Borges?
P. Pues era divino porque estaba lleno de sentido del humor, era irónico, leíamos mucho, paseábamos y era una persona que estaba siempre dispuesta, de una humildad absoluta, los chóferes de taxi en Buenos Aires lo adoraban porque subía al taxi y les preguntaba: ¿la vida está cara?, por la familia, ¿cuántos hijos tiene?... Era una persona que entablaba fácil relación con la gente y esa era una relación desde un punto de vista digamos humano, muy lindo y de una humildad extraordinaria.

P. ¿Usted tiene la impresión de que Borges sigue siendo en parte un desconocido?
R. Él es conocido como si fuera un icono. Él decía: "A mí me conoce todo el mundo por las entrevistas, por lo que digo, por las polémicas que despierto, pero mi obra no la leen". Y, en general, el hecho de que hayan creído que ese poema Instantes es de Borges, ya eso demuestra que no han leído ni una línea de él. Pero al mismo tiempo hay todo un nivel de gente que estudia literatura, que ha leído toda su vida y que tiene un real entusiasmo en la obra de Borges. Lo que sucede también es que no hay un criterio para hacer que los chicos entren en su lectura, entonces eligen obras que son espléndidas, pero que como estilo y vocabulario no pueden estar al nivel de chicos que tienen 14 años y nunca han leído.

Articulos : http://www.elpais.com 13/08/2011


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