dimanche 7 août 2011

Camilo MARKS/ Medianoche en Moscú

Medianoche en Moscú
Por Camilo Marks 

Yuri Andrujovich (1960), novelista, poeta, ensayista, traductor, es una de las personalidades sobresalientes de la cultura en Ucrania de los últimos años. Ha obtenido numerosos premios en Alemania, Austria, Francia e Italia; recientemente, varias de sus obras han sido vertidas al español por una destacada editorial literaria, mereciendo el aplauso de la crítica y, lo que es más importante, sucesivas ediciones, que ya le garantizan un público lector en nuestro idioma.

Moscoviada (Acantilado, Barcelona, 2010, 214 páginas, $20.600), primer libro de Andrujovich que leemos, es una sinfonía cacofónica de despedida a la Unión Soviética, en la que el poeta Otto von K. (alter ego del autor) va becado a principios de los años 90 al Instituto Gorki de Moscú, capital de un imperio en declive y de una sociedad en su ocaso; un lluvioso día de mayo, sale a comprar regalos y termina dando con la cárcel Lubianka, administrada por la temible KGB. Obviamente, nadie en su sano juicio desea visitar semejante lugar y al alejarse de él, Otto se pierde en un laberinto de pasillos y escaleras que lo conducen a las alcantarillas. Ahí, los servicios secretos operan junto a un ejército de ratas, que no es otra cosa que el centro mismo de la descomposición del sistema político que rigió a la mitad del mundo por más de 70 años.

Resumida así, Moscoviada parece otra denuncia más de los incontables males que tantas personas padecieron bajo el socialismo real. Sin embargo, el humor hiperbólico, el tono grotesco, el estilo febril y descoyuntado del relato, narrado en segunda persona por un protagonista autocrítico e inteligente, que se trata a sí mismo sin simpatía, otorgan a esta lúgubre fábula un carácter distinto al de las ficciones de esta clase. De partida, el hecho de que el hablante sea poeta, cambia radicalmente la perspectiva de los sucesos. Ya sabemos que los escritores sometidos al totalitarismo estalinista tenían que seguir las directrices partidarias o bien asumir las consecuencias, que variaban en rigor según el grado de reconocimiento que recibieran. Otto no es héroe ni villano, tampoco se cree un genio, hasta cierto punto goza de privilegios y asiste, conscientemente, a los últimos días de un régimen en decadencia, de modo que experimenta lo mejor y lo peor de una transición que hasta la fecha no encuentra un cauce definitivo.

Lo mejor de esa fase es, indudablemente, la libertad, casi el libertinaje, muy comprensible en un país donde opinar de modo abierto podía significar prisión o muerte. Galia, Oleksandra, Kyrylo, Golitsin, Gorobets y muchos más hablan por los codos, gritan, pelean, se insultan, se aman, se odian, en la mejor tradición de las mejores novelas rusas. Como no hay censura, como la represión se bate en retirada, como la gente empieza a hacer lo que quiere, un verdadero torrente de actividad verbal, sexual, delictual y de toda índole inunda las descalabradas páginas de Moscoviada.

Lo peor es descubrir el nivel de corrupción ética y personal de la megalópolis eslava. Andrujovich nos proporciona una radiografía implacable de sus calles, sus barrios, sus parques, su transporte, sus oficinas públicas, sus teatros, bares, hoteles, restoranes, complejos habitacionales, en fin, aquello que los turistas que viajaron antes de 1992 jamás vieron y en cambio la mayoría de los sufridos moscovitas conoció muy bien: la escasez, el mercado negro, el contrabando, el cinismo cotidiano para enfrentar cualquier jornada. La gigantesca urbe era un prostíbulo global, con mercadería proveniente de los más remotos confines de la tierra, con una población compuesta de kazajos, azeríes, turkmenos, georgianos, lituanos, armenios y todas las nacionalidades de la patria proletaria. En este paraíso imperaban el racismo, la xenofobia, el machismo, la homofobia y otras variedades de comportamientos sublimes.

Tal vez Moscoviada no diga nada nuevo, tal vez sea todavía una revelación. Desde luego, no es un texto agradable y es lícito preguntarse cómo Andrujovich pudo reunir tanto material repelente en un volumen relativamente breve.

En verdad, este trabajo se acerca más a un ensayo que a un artificio novelesco: no hay personajes, trama o progresión, sino voces, sobre todo la del héroe, predominando el discurso en torno a las causas de tal fenómeno, la explicación de ciertos episodios, las consideraciones alrededor de la historia comunista y suma y sigue. No obstante, a pesar de que a ratos sea difícil de tragar, Moscoviada resulta una saludable introducción a la literatura postsoviética.


Articulo : http://diario.elmercurio.com  31/07/2011

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