dimanche 28 août 2011

Camilo MARKS/SCHOPENHAUER en el ropero


Schopenhauer en el ropero
Por Camilo Marks 

"Cuando me levanto en la mañana y miro mi rostro, me parezco mucho a Schopenhauer. Tal vez por esta identificación espontánea me enamoré tanto, una vez, de su ira y laxitud, de su incredulidad e ironía sin límites.

El aliento añejo y húmedo de la mañana es la esencia del alma que rige a Schopenhauer: define, caracteriza en forma implacable, cada mirada, cada detalle, hasta el final de la noche. Cuando se estudia filosofía de la manera como la estudié yo, el concepto de carrera resulta ridículo. Así hablando, resulta lógico, obvio, que decidiera dejar en el vacío el título de filósofo e indagar en un infierno más cercano a las personas, al olor a parafina y tierra: la publicidad".

Quien así reflexiona es Alex Barco, protagonista de El hombre blando (Editorial Desatanudos, 137 páginas, $7.000), segunda novela de Gregory Cohen; vale la pena recalcar que tales especulaciones provienen tras un encierro tan claustrofóbico como el que produciría estar metido dentro de un ropero. El mercenario ad honorem , su título anterior, data de 1993 y seguramente el autor dejó pasar casi 20 años sin incursionar en el género prosístico mayor porque, entre varias otras ocupaciones, es docente universitario, director de cine, actor, poeta y, sobre todo, dramaturgo.

La cercanía, mejor dicho la intimidad de Cohen con el teatro se nota desde el comienzo hasta el final del escueto, denso, curioso relato que es El hombre blando : los diálogos impulsan la acción, que de otra manera sería casi inexistente, los diálogos definen a los personajes, que de lo contrario podrían ser nombres difusos, los diálogos, en fin, parecen ilustrar un drama en esencia fantasmal. A veces sólo faltan apuntes o direcciones a los escasos actores para hacernos creer que estamos ante una puesta en escena dramática.

Esto pudo haber sido un inconveniente, pero Cohen, que escribe bien, es inteligente y conoce su oficio, lo transforma en ventaja. Un día cualquiera, camino al trabajo, Alex se detiene en el quiosco de la esquina, lee el titular de un diario, se entera de un quíntuple homicidio, compra el tabloide y su sorpresa es enorme cuando comprueba que la foto del criminal corresponde a él mismo. Sin tener idea cómo, sin sospechar siquiera nada acerca de los hechos, Alex descubre que ha dado muerte a su mujer y a sus cuatro hijos.

De ahí en adelante las cosas se complican tanto que, de la pasiva y apacible vida que llevaba como ejecutivo de una firma publicitaria, pasa a sumergirse en una especie de existencia flotante que es, a la vez, pesadilla, alucinación onírica o quizá el transcurso de hechos paralelos, que él no puede controlar y que tampoco pueden explicárselos quienes toman parte en esta espectral trama.

Ellos son, en orden de aparición, el inspector de policía Lucio Canaro -más tarde asociado por el apellido con el famoso director de orquesta de tangos Francisco Canaro-; Julia, la suegra, que se llama igual que la occisa, y Brigitte, empleada de Julia, quien se autodenomina Pajarita en sus conversaciones con Alex. En esos fragmentos, los más dilatados del volumen, la asesora del hogar le expone al héroe sus estrambóticas teorías acerca del ángel caído o churgo, "personas que miran no sólo hacia afuera sino también hacia adentro".

La participación de Canaro es escasa y se limita a interrogar al sospechoso, tomar sus datos y examinar el domicilio, verificando que toda la familia ha desaparecido sin dejar rastros. Poco después, Alex halla un periódico de 1958, con idéntica información sobre los asesinatos que se le imputan. Esto posiblemente significa que un periodista, falto de noticias, pudo replicar esos acontecimientos remotos y, sin más, atribuírselos a él.

Julia, psicóloga de profesión, decide actuar manu militari y secuestra en su casa a Alex quien, en lo sucesivo, será atendido por Brigitte o Pajarita. El publicista engordará hasta lo indecible -gentileza de las dos damas a su cargo-, se deteriorará, se descompondrá hasta límites irreconocibles.

El hombre blando no es ni debe tomarse como narración policial. Carece de suspenso, los rasgos psicológicos son mínimos, la historia avanza o retrocede en una suerte de presente perpetuo, por lo que más bien es el reflejo de estados de ánimo: perplejidad, dolor, incredulidad, rabia y otras manifestaciones de la psique.

Frente a un diseño literario bien construido como éste, da lo mismo catalogarlo en tal o cual categoría, si bien le cuadra bastante la de ficción existencial. Y Cohen ha superado con holgura su primer trabajo novelístico.


Articulo : http://diario.elmercurio.com  21/08/2011

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