dimanche 7 août 2011

CRÍTICAS de libros

CRÍTICA:
Desgracias y desencuentros
Por Francisco SOLANO

Los Cuentos reunidos de Bernard Malamud son una obra mayor: piezas magistrales, complejas y transparentes, sobre personajes sumidos en calamidades económicas o sentimentales, impregnadas de tristeza y tristemente actuales

No siempre la totalidad de los cuentos de un autor, reunidos en un solo volumen, permite destacar sus mejores cualidades. Sucede, más bien, que asoman excrecencias y repeticiones y a veces algo peor: que parezcan escritos a favor de la pausa entre dos novelas. El caso de Bernard Malamud (Nueva York, 1914-1986) se escapa de este peligro con una sorprendente autonomía. Sus cuentos no sólo no descienden a una valoración subsidiaria de su obra narrativa mayor (siete novelas en treinta años), sino que se pueden considerar, de pleno derecho, acaso por encima de sus novelas. La afamada timidez de Malamud, su desatención por la competencia y el relumbrón, junto a una cualidad de índole chejoviana que atiende la peripecia penosa de gente de extracción en general humilde, judíos muy apegados a la superstición y el comercio, amenazados por una calamidad económica o sentimental, hacen de sus cuentos piezas de una magistral ejecución. Leídos en su conjunto se muestran hoy más deslumbrantes que nunca. Y acaso se deba a esa particular eficiencia donde la técnica no es nunca visible y apenas se aprecia el mecanismo, igualmente templado y corrosivo, con que estos cuentos se desenvuelven desde el drama doméstico a un suave patetismo, que se resuelve más en compasión que en desasosiego. Y, no obstante, se trata de piezas impregnadas de la tristeza que se adhiere a la vida más comúnmente desgraciada. Malamud evita, más con delicadeza que con elegancia, extremar el agravio de sus personajes; su mirada se dirige a la experiencia que puede ser transmitida, en ningún caso a la oscuridad del sufrimiento. Dice de Manischewitz, protagonista del justamente célebre Angel Levine:"Puesto que su dolor era tan grande, resultaba incomprensible".

Especialmente los cuentos más antiguos abordan las diversas formas en que la frustración se empeña en amurallar la prosperidad de pequeños comerciantes, matrimonios que regentan tiendas de escasa rentabilidad, y los efectos engañosos que la imaginación impone para escabullirse de una existencia ordinaria. En Cliente habitual se insinúa la desolación de un cliente al que una camarera le comunica que la chica que normalmente le atendía ha muerto; el hombre no reacciona a la noticia, pero abandona el local sin terminar la cena, incrementando así su soledad. En El coste de la vida se resume la epopeya del matrimonio formado por Sam y Sura, quienes deben cerrar su vieja tienda de ultramarinos debido a la apertura, en la misma calle, de otra tienda de una poderosa cadena de alimentación; el proceso de angustia creciente, el derrumbe de "veintisiete años de duro trabajo", la inutilidad de tanto esfuerzo, se cuentan como si estos pobres tenderos se fueran difuminando en una época que ya no es la suya. Este cuento tiene hoy una lectura tristemente actual, como el titulado La vida literaria de Laban Goldman, que refleja la confusión del diletante que, creyéndose llamado a altas esferas, desprecia la ignorancia de la que él mismo participa con el sueño de su supuesta potencia artística que le hace exclamar: "¡Menudo libro podría escribir!". En Una confesión de asesinato asistimos a la epopeya mental de una discrepancia entre padre e hijo que no encuentra otra solución que imaginar la mutua destrucción a través del trastorno mental.

Según se avanza, los cuentos se vuelven más complejos, sin por ello dejar de ser transparentes. Pero la condición de judío, no sólo por su aspecto étnico, religioso o cultural, sino en tanto que fatal característica de pertenencia conflictiva, se mantiene intacta, pues en Malamud la aseveración de que "todos somos judíos", es decir, que a todos nos atañe un exilio semejante, expresa una contrición que no alcanza a cumplir ninguna esperanza. Philip Roth, que consideraba a Malamud un maestro, lo llamó "apesadumbrado cronista de la necesidad enfrentada a la necesidad, de la necesidad combatida sin piedad y sólo de refilón vencida, si llega a serlo". Pero no le concede la gracia del humor. Sin embargo, hay mucho de marionetas articuladas por el azar en sus personajes: Leo Finkle, de El tonel mágico, en su búsqueda de novia para casarse; el viejo clasificador de huevos de Los dolientes; el George de El ascensor, con su confusión de la cortesía; y los protagonistas de sus cuentos ambientados en Italia, en especial el Carl Schneider del magnífico He aquí la llave, un cuento escrito con una factura modélica, digno de figurar entre los cuentos más logrados del mundo; en veinticinco páginas se retratan los distintos atolondramientos de un padre y sus ansiedades de estudioso, de un desdichado pluriempleado, de una contessa (en unas líneas), de un arribista colérico, todo ello en una Roma airosa que se muestra opresiva y hostil. Sin olvidar El hombre del cajón, emparentado con su novela El reparador (titulada antes El hombre de Kiev), donde las sucesivas vacilaciones del traductor Howard Harvitz en sus encuentros y desencuentros con el escritor secreto ruso, en un laberíntico Moscú bajo la guerra fría, parece declarar, con un humor de hielo, que la voluntad no es el factor decisivo de nuestras acciones morales.

Cuentos reunidos
Bernard Malamud
Traducción de Damià Alou
El Aleph. Barcelona, 2011
800 páginas. 29,95 euros

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CRÍTICA:
Desgracias y desencuentros
Por Francisco SOLANO

Los Cuentos reunidos de Bernard Malamud son una obra mayor: piezas magistrales, complejas y transparentes, sobre personajes sumidos en calamidades económicas o sentimentales, impregnadas de tristeza y tristemente actuales

No siempre la totalidad de los cuentos de un autor, reunidos en un solo volumen, permite destacar sus mejores cualidades. Sucede, más bien, que asoman excrecencias y repeticiones y a veces algo peor: que parezcan escritos a favor de la pausa entre dos novelas. El caso de Bernard Malamud (Nueva York, 1914-1986) se escapa de este peligro con una sorprendente autonomía. Sus cuentos no sólo no descienden a una valoración subsidiaria de su obra narrativa mayor (siete novelas en treinta años), sino que se pueden considerar, de pleno derecho, acaso por encima de sus novelas. La afamada timidez de Malamud, su desatención por la competencia y el relumbrón, junto a una cualidad de índole chejoviana que atiende la peripecia penosa de gente de extracción en general humilde, judíos muy apegados a la superstición y el comercio, amenazados por una calamidad económica o sentimental, hacen de sus cuentos piezas de una magistral ejecución. Leídos en su conjunto se muestran hoy más deslumbrantes que nunca. Y acaso se deba a esa particular eficiencia donde la técnica no es nunca visible y apenas se aprecia el mecanismo, igualmente templado y corrosivo, con que estos cuentos se desenvuelven desde el drama doméstico a un suave patetismo, que se resuelve más en compasión que en desasosiego. Y, no obstante, se trata de piezas impregnadas de la tristeza que se adhiere a la vida más comúnmente desgraciada. Malamud evita, más con delicadeza que con elegancia, extremar el agravio de sus personajes; su mirada se dirige a la experiencia que puede ser transmitida, en ningún caso a la oscuridad del sufrimiento. Dice de Manischewitz, protagonista del justamente célebre Angel Levine:"Puesto que su dolor era tan grande, resultaba incomprensible".

Especialmente los cuentos más antiguos abordan las diversas formas en que la frustración se empeña en amurallar la prosperidad de pequeños comerciantes, matrimonios que regentan tiendas de escasa rentabilidad, y los efectos engañosos que la imaginación impone para escabullirse de una existencia ordinaria. En Cliente habitual se insinúa la desolación de un cliente al que una camarera le comunica que la chica que normalmente le atendía ha muerto; el hombre no reacciona a la noticia, pero abandona el local sin terminar la cena, incrementando así su soledad. En El coste de la vida se resume la epopeya del matrimonio formado por Sam y Sura, quienes deben cerrar su vieja tienda de ultramarinos debido a la apertura, en la misma calle, de otra tienda de una poderosa cadena de alimentación; el proceso de angustia creciente, el derrumbe de "veintisiete años de duro trabajo", la inutilidad de tanto esfuerzo, se cuentan como si estos pobres tenderos se fueran difuminando en una época que ya no es la suya. Este cuento tiene hoy una lectura tristemente actual, como el titulado La vida literaria de Laban Goldman, que refleja la confusión del diletante que, creyéndose llamado a altas esferas, desprecia la ignorancia de la que él mismo participa con el sueño de su supuesta potencia artística que le hace exclamar: "¡Menudo libro podría escribir!". En Una confesión de asesinato asistimos a la epopeya mental de una discrepancia entre padre e hijo que no encuentra otra solución que imaginar la mutua destrucción a través del trastorno mental.

Según se avanza, los cuentos se vuelven más complejos, sin por ello dejar de ser transparentes. Pero la condición de judío, no sólo por su aspecto étnico, religioso o cultural, sino en tanto que fatal característica de pertenencia conflictiva, se mantiene intacta, pues en Malamud la aseveración de que "todos somos judíos", es decir, que a todos nos atañe un exilio semejante, expresa una contrición que no alcanza a cumplir ninguna esperanza. Philip Roth, que consideraba a Malamud un maestro, lo llamó "apesadumbrado cronista de la necesidad enfrentada a la necesidad, de la necesidad combatida sin piedad y sólo de refilón vencida, si llega a serlo". Pero no le concede la gracia del humor. Sin embargo, hay mucho de marionetas articuladas por el azar en sus personajes: Leo Finkle, de El tonel mágico, en su búsqueda de novia para casarse; el viejo clasificador de huevos de Los dolientes; el George de El ascensor, con su confusión de la cortesía; y los protagonistas de sus cuentos ambientados en Italia, en especial el Carl Schneider del magnífico He aquí la llave, un cuento escrito con una factura modélica, digno de figurar entre los cuentos más logrados del mundo; en veinticinco páginas se retratan los distintos atolondramientos de un padre y sus ansiedades de estudioso, de un desdichado pluriempleado, de una contessa (en unas líneas), de un arribista colérico, todo ello en una Roma airosa que se muestra opresiva y hostil. Sin olvidar El hombre del cajón, emparentado con su novela El reparador (titulada antes El hombre de Kiev), donde las sucesivas vacilaciones del traductor Howard Harvitz en sus encuentros y desencuentros con el escritor secreto ruso, en un laberíntico Moscú bajo la guerra fría, parece declarar, con un humor de hielo, que la voluntad no es el factor decisivo de nuestras acciones morales.

Cuentos reunidos
Bernard Malamud
Traducción de Damià Alou
El Aleph. Barcelona, 2011
800 páginas. 29,95 euros

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CRÍTICA
La carretera siempre es la misma
Por Rodrigo PINTO

Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979) es el escogido por editorial Periférica para incrementar un catálogo que aúna la recuperación de clásicos con la difusión de voces poco conocidas de la narrativa latinoamericana, como, entre otros, el venezolano Israel Centeno, el colombiano Octavio Escobar Giraldo o el chileno Carlos Labbé.

Voces distintas y nuevas, en algunos casos, voces que recién están iniciando la andadura de sus carreras literarias, cuestión que se hace notar en los dos libros de Barrientos lanzados por Periférica: los cuentos de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y la novela Hoteles. Los cuentos denotan a un autor que señaló, en una entrevista, que sus principales referentes son Carver, Faulkner y otros escritores estadounidenses. Barrientos pone en escena a personajes mínimos en historias casi sin anécdota, en su mayoría jóvenes que se enfrentan ya al hastío y al sinsentido de existencias privadas de épica y condenadas a ritos tan cotidianos como vacíos. Lo interesante es que Barrientos, más que otros escritores latinoamericanos que han escogido la misma veta de desarrollo, muestra una encomiable voluntad de estilo que se suma a su autoconciencia como escritor. En sus cuentos, siempre queda claro que se trata de literatura y no de una mala imitación de la vida.

Mucho más interesante, por sus innovaciones formales y la escala de su desarraigo, es Hoteles,una novela -o nouvelle- de camino donde "la carretera era siempre la misma. Había sol y parajes inhóspitos, paisajes de países pobres", que relata la fuga hacia adelante de una pareja de actores de películas porno y la hija de ella, una fuga sin destino ni objetivo. "Todas las fugas son quiebres de identidad", se dice, y de los fragmentos que resultan de ese quiebre está hechaHoteles. Cada uno de los personajes toma la palabra en capítulos puntuados a su vez por otra voz, la del director de un documental que quiere reconstruir esa fuga, en un desarrollo donde la multiplicidad de voces devuelve -otra vez- a la inanidad de la existencia. Tal parece ser, entonces, el punto de mira de la búsqueda de Barrientos, esas vidas truncadas casi desde el inicio por la simple fatalidad de lo cotidiano. Es llamativa la ruptura con el contexto de origen y la búsqueda de universalidad, aunque en este caso no se remita a hablar de su aldea, sino a dejar hablar a los hoteles anónimos de piscinas cuadradas que jalonan las carreteras de un país cualquiera, entre cervezas, películas viejas en el cable y un caballo atropellado al borde del camino.
  
Fotos tuyas cuando comienzas a envejecer / Hoteles
Maximiliano Barrientos
Periférica. Cáceres, 2011
136 páginas. 16,5 euros cada uno

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CRÍTICA
Con permiso del personaje
Por Jesús FERRERO 

Con De vidas ajenas de Emmanuel Carrère nos hallamos ante una narración del género "novela no-ficción" tan en boga en este momento, que tiene una peculiaridad: el autor ha dejado leer su relato a las personas que lo protagonizan para que le diesen su aprobación (y al parecer se la dieron tras sugerir algunos retoques). Dicho de otra manera: como si varias personas relacionadas entre sí le encargasen a un pintor un retrato de grupo en el que todos los modelos estuviesen de acuerdo con la forma en la que van a ser representados. ¿Ese sería tocar la realidad o sería más bien abrazar enteramente la ficción, la ficción del yo y de sus representaciones más o menos piadosas?

Dicho lo cual, me apresuro a decir también que De vidas ajenas es una novela que se lee sin querer, como a veces leemos sin querer esos buenos reportajes de fondo en los que el narrador intenta atravesar a su manera las imágenes que nos muestra. De algún modo De vidas ajenas se convierte en una narración sobre la dignidad humana, haciendo suyo el lema vital del psicoanalista Pierre Cazenave, que en su obra Le Livre de Pierre propone "una solidaridad incondicional con la congoja insondable que entraña la condición humana".

El narrador cree haber llegado al final a esa solidaridad incondicional tras un tortuoso camino por las muertes de algunos conocidos, y por las diferentes maneras de asumir la pérdida de los que los conocían y amaban.

El libro comienza con un episodio de muerte masiva: el tsunami que devastó Ceilán (Sri Lanka), para luego abordar la muerte de modo mucho más íntimo y en forma de cáncer, que para el narrador tiende a ser, temerariamente, una enfermedad del ser más que de la carne.

En líneas generales el libro es "irreprochable" y está saturado de buena conciencia. Lo relacionan con Dostoievski, pero eso es sencillamente una locura. Sí que parece muy relacionado sin embargo con la nueva narrativa nórdica, donde la non fiction novel está alcanzando su mejor definición.

Todo lo anteriormente dicho no merma el valor de este libro de Carrère que supone, entre otras cosas, un vivo acercamiento antropológico a la manera que ahora tenemos de asumir la muerte, y de paso también la vida, pues no sería vano indicar que si bien la muerte planea poderosamente por encima y por debajo de toda la narración, lo que al final siente el lector es el deslizamiento mismo de la vida como una cadena de conciencias de la que van desapareciendo eslabones, que obligan a nuevas yuntas y nuevas conexiones.

De vidas ajenas
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama. Barcelona, 2011
260 páginas. 18 euros

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CRÍTICA:
El tiempo hecho palabra
Por Antonio ORTEGA 

Poesía. Tras en el mar de ánforas (2005) y Eume (2008), César Antonio Molina (A Coruña, 1952) nos sorprende con Cielo azar, un nuevo punto de inflexión en su ambiciosa y renovada obra poética. Dos son sus ejes fundamentales: el tiempo y la naturaleza, y en el cruce de ambos se sustenta esa necesidad dibujada por la lógica del azar: "el hombre / teme al / tiempo // el tiempo / teme a la / esfinge".

Acaso su imagen perfecta sea el poema La cometa en el cielo azar, fruto de la visión de una explanada repleta de gente tumbada unida al vuelo de sus cometas en el Templo del Cielo de Pekín. Una conciencia panteísta que sabe que en la naturaleza están las huellas de la creación: "¿dónde los dioses sino en las cosas?". Lo desconocido alcanza representación en una topografía vital, en una especie de recomposición escenográfica que muestra las huellas de la pervivencia del hombre: "la naturaleza no deja ruinas // las acuna para un / nuevo / nacimiento". La búsqueda del sentido del tiempo es la búsqueda del sentido de la vida, y el tiempo que vivimos abarca los paisajes, las ruinas del pasado y lo que imaginamos tendrá lugar, la muerte. Como San Agustín, Molina sabe que las cosas del tiempo están en el alma y el modo en que están es la imagen: "vivir el presente / vivir a propósito". Un libro límpido, sin artificios, ajustado al poder autónomo de la palabra, una gran sala hipóstila sostenida por las columnas verticales de los versos, pues el poema es el único lugar donde puede darse el tiempo humano, rescatando de la desaparición esas imágenes, momentos, instantes, visiones, pensamientos y cosas intangibles que constituyen nuestro ser: "el mundo no fue creado en el tiempo sino con el tiempo". Una fractura en las raíces del pensamiento, la búsqueda de la verdad en la depuración y el despojamiento de la lengua. Molina excava en la genealogía simbólica de las palabras creando una lógica lúdica y sonora, una oralidad sagrada y misteriosa. El azar siempre más allá de la lógica discursiva. Ese es su desafío, conservar el eco de la voz en forma de vestigio, medir el tiempo no en su transcurso, sino en la percepción por él originada: "en la soledad / del yo / el ello". El tiempo, tal vez no podamos sino "vivirlo" en la existencia siempre abierta de nuestro propio vivir: "lo abierto / hacia lo que todo se libera / es el ser mismo". Y sin otro concurso que el de una excelente memoria creadora.

Cielo azar
César Antonio Molina
Pre-Textos. Valencia, 2011
110 páginas. 15 euros

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CRÍTICA:
Los días del arcoíris
Por María José OBIOL 

Narrativa. Los días del arcoíris, de Antonio Skármeta (Antofagasta, Chile, 1940), acoge una propuesta de verosimilitud para sus personajes y sitúa el transcurrir de la narración en 1988, en Chile, en el tiempo del plebiscito nacional para determinar la continuidad en el poder del dictador Pinochet. La novela obtuvo el IV Premio Planeta-Casa de América, y está repleta de "dichas y quebrantos", según su autor.

En Gracias a la vida, de Violeta Parra, se escucha: "Así yo distingo dicha de quebranto / los dos materiales que forman mi canto", y es en la manera de administrar esos materiales donde Skármeta obtiene su mayor rédito, porque en Los días del arcoíris, el autor con vital calma, sencillez en las palabras y la cadencia debida, organiza el desconcierto, la tragedia, el descubrimiento y el optimismo. En la novela está tanto el recuerdo de un tiempo duro como los trazos precisos para articular la rutina de quienes caminan sus páginas. Unos personajes desde los cuales se mira al Chile de una época y desde donde, al tiempo que se incorporan movilizaciones sociales y una vaga y aparente apertura política, persiste el oscuro sustrato de las desapariciones. Conviven pues, sin estridencias, los diferentes asuntos, "las dichas y quebrantos" de los personajes, tanto para quienes son protagonistas del cambio como para quienes ofrecen pactos pero ejercen represalias. La novela engarza una vida cotidiana no exenta de tragedias personales ni de opresores falsamente retirada, pero también la euforia creciente entre los partidarios del "no" al plebiscito. El contar calmo del autor chileno facilita la comprensión de esa mirada de apariencia apacible que se vierte en Los días del arcoíris. El arco iris fue el símbolo que utilizaron los opositores a Pinochet durante la campaña del referéndum. Quienes dijeron "no", y ganaron.

Los días del arcoíris
Antonio Skármeta
Editorial Planeta
Barcelona, 2011
234 páginas. 20 euros

Articulo : http://www.elpais.com 05/08/2011

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