dimanche 14 août 2011

Elkin OBREGÓN/ Papeles seniles


Artículos
Papeles seniles
Por Elkin Obregón

"Anécdotas, frases, pequeños recuerdos, versos, confidencias, imágenes fugaces, papelotes de diversa y humilde índole". Así presenta el autor los textos de su último libro, de los cuales publicamos esta arbitraria y también diversa selección.

Borges, por supuesto

En su primera conferencia en Medellín, Borges confesó varias creencias: que pertenecer a un país es ante todo un acto de fe, que a todo hombre le ocurren todas las cosas importantes. Habló largamente de Evaristo Carriego, de Hilario Ascasubi, de Ángel Villoldo y Enrique Saborido, autores del tango “La morocha”. Contó lo que le dijo una vez un viejo compadrito: “Yo he estado muchas veces en la cárcel, señor Borges, pero siempre por homicidio”.

El paraninfo de la Universidad de Antioquia albergaba a unos treinta o cuarenta asistentes. Algunos habían ido atraídos, tal vez, por el sugestivo nombre de la charla, “La poesía y el arrabal”. Otros, acaso, porque teníamos una vaga noción de la existencia de aquel escritor, o habíamos leído alguna página suya. Salí de aquel recinto con el alma borgiana, y desde el día siguiente empecé a comprar sus libros, que sospechosamente comenzaron a inundar las librerías de la ciudad. 

Doce años después volvió Borges a Medellín, esta vez a la Biblioteca Pública Piloto, no ya a dictar una conferencia sino a responder preguntas del público. En esos doce años la popularidad del autor de El Aleph se había disparado en todo el mundo. No cabía la gente en la sala de la Piloto, las personas se derramaban por el prado y las escaleras de la entrada. Lejos estaban los tiempos en que se le juzgaba “un escritor para escritores”. Era ya, como decimos hoy, una figura mediática, un Maradona de la literatura. Sospecho que no le molestaba.

Coda

Anduvo por estos días en Medellín un argentino, Norberto Ciallella, miembro de una especie de sociedad llamada Oye Borges, con sede en Buenos Aires. Él y sus compañeros viajan por el mundo, recogiendo cuanta cosa se haya escrito o dicho o filmado o grabado sobre su autor favorito. Se reúnen mensualmente, y se comunican sus mutuos hallazgos. No creo que se lo hayan propuesto, pero viven un cuento de Borges.

Seno y laguna

Cuando menos lo pensamos, estábamos solos en mi oficina, y era de noche. Mientras tomábamos aguardiente (yo más que ella), me hablaba de su larga estancia en Praga, de donde había regresado hacía poco. No recuerdo los detalles de su relato, ni hacia dónde derivó; a la mañana siguiente, la última imagen que recogí en mi memoria de aquella noche es que ella sonríe, mientras me muestra un seno. Qué pasó después, si algo pasó, es cosa que no sabré nunca. Jamás tuve el coraje de preguntárselo.

Lezione

En mis tiempos de estudiante iba con alguna frecuencia a Otraparte, a disfrutar de Fernando González. Solíamos ser cuatro los visitantes, tres hombres y una linda damita (lo que sigue siendo), la más inteligente de nosotros, la que más gozaba del aprecio del maestro. Pero ésa es otra historia.

A unos veinte o treinta metros de la casa grande había una casita de tapia, al parecer abandonada, pues allí no se veía entrar ni salir a nadie (hoy no existe, una caseta nueva limita con un vivero). Un tiempo había sido, después lo supe, depósito de materiales, aperos de labranza. Sobre ella hay por cierto una deliciosa anécdota, que por desgracia no cabe en esta página.

Solíamos ir a Otraparte en las tardes. Una sola vez, no recuerdo la razón, nos atrevimos a caer allá una mañana. El maestro no pareció sorprenderse por el cambio de horario. Lucía fresco y animado. Y ese día decidió invitarnos a la casita misteriosa, que resultó ser una sola habitación, con una ventana al fondo, cuyas paredes estaban forradas de estanterías, repletas de libros desde el suelo hasta el techo. El maestro tomó al azar uno y otro tomo, todos viejos, muchos en otros idiomas, auscultando en ellos vivencias y recuerdos. Pero se detuvo más en uno, de Leopardi, y empezó a leernos en italiano poemas de aquel autor, tan ajeno a nuestros propios –y escasos– libros. Al rato comprendí que no habría traducción, que aquella voz emocionada que pronunciaba vocablos extraños estaba oficiando, sin más prólogos, el poema de aquel día, de muchos días. Creo que Fernando González no leyó para nosotros, o que, al menos, no fuimos allí otra cosa que ese público difuso que a veces requiere alguien para poder de veras estar solo. No entendí muchas palabras, por supuesto; pero, a cambio, pienso haber entendido en todas juntas un recado secreto. Un largo tiempo duró ese diálogo. Y fue mi primera y tal vez única lección de poesía.

El mundo es de los cobardes

Me inscribo en un torneo abierto de ajedrez que tendrá lugar en el inolvidable Club Caissa, situado en un segundo piso en la esquina de Junín con Caracas. Pierdo la primera partida, y después, inexplicablemente, les gano a dos “duros” del juego. Yo mismo no me lo creo. Mi siguiente partida será en la noche del domingo, frente a un contendor que ha demostrado ser fuerte a lo largo del torneo. Por nuestro mutuo buen desempeño, se nos concederá el honor de jugar con reloj. Salgo de mi casa a tiempo, y a cada tranco que doy me atenaza más y más el temor de que mi cuarto de hora termine esa noche, y la realidad me vuelva a poner en mi sitio. No sé cuántas veces paso y repaso frente a la entrada del club.

Pierdo por W. O.

Guabineras

Aplacé casi veinte años, no sé por qué, un viaje al Festival de la Guabina, en Vélez, Santander. Al fin, dos grandes amigas me convencieron, y fuimos. Vélez es un pueblo faldudo y, de algún modo, muy diferente a los pueblos de Antioquia. Le vi un lejano aspecto, sin duda me equivoco, de ciudad universitaria. La noche víspera del evento, todas las puertas de las casas estaban abiertas. Adentro, en muchas de esas casas, había grupos musicales que ensayaban sus presentaciones. Te parabas frente a las puertas, a fisgonear, y terminabas sentado en la sala, sin que nadie te preguntara siquiera de dónde venías.

La gran fiesta eran dos o tres días, en un escenario montado en la plaza principal. Obviamente, se bailaba en parejas. Pero los hombres se convertían en simples comparsas para el triunfo de las mujeres. Mujeres de largas faldas floridas, que parecían reinas, que flotaban en el tablado con la presencia y elegancia de bailarinas rusas. Mujeres llenas de eurritmia, de gestos aristocráticos, gráciles hasta el asombro. Mujeres que salían de no sé dónde, pero no sé qué magia de Terpsícore. Mujeres que mañana volverán a cuidar gallinas y cerdos, a manejar críos, a lidiar borrachos.

Llegada de ovnis

M. C. era un joven intelectual paisa, que andaba siempre con un libro bajo el brazo. Se arrimaba a los nadaístas, tratando (vanamente) de que lo admitieran en su grupo.

Era amigo del poeta y periodista Óscar Hernández, que por entonces trabajaba en el periódico El Correo. M. le pidió que le hiciera un reportaje, con fotografías, pero no en su condición de anónimo escritor. Los llevó (a él y al fotógrafo) a un monte por Santa Elena, y allí le dijo al fotógrafo que lo retratara señalando en la hierba los rastros chamuscados de los ovnis que había visto descender la noche anterior. El bueno de Óscar publicó su historia, que para desencanto de M. no causó revuelo alguno. 

Hernández tenía también una columna, “Domingo”, en el suplemento literario de El Colombiano. M. le envió unos poemas, acompañados de una foto suya. Allí salieron los poemas, con una nota de Óscar: “Mauro, recibí tus poemas y tu foto. Publico los poemas, porque son buenos. La foto no, porque tu cara es un pecado”.

Y lo era.

Bailarina en la oscuridad

Un amigo que pasó varios años en España me contó una historia.Vivía en Madrid, en un edificio viejo y destartalado, situado al frente de una plazoleta con bancas, senderillos, álamos y una mínima fuente. En una de esas bancas se sentaba a tomar el sol por las mañanas una anciana de pelo blanco y traje negro, que moraba sola en el último piso del edificio. Era retraída, de pocas palabras, saludaba con una cortesía distante a los demás inquilinos cuando a veces se los topaba. Iba diariamente a misa a la iglesia cercana, y leía luego, en su banca de la plazuela, el periódico del día o las revistas del corazón. Mi amigo llegó a tener con ella una especie de lejana complicidad, nacida tal vez del hecho de ser dos solitarios en aquel modesto rincón madrileño, oloroso a cocido y a merluza.

Una mañana hubo un conato de incendio en el edificio. Provenía de la planta baja, y alguien dio la voz de alarma. Nada más que eso, juzgó mi amigo, que arribaba en esos momentos a la plaza. Un conato que pronto sofocarían los vecinos, incluso sin recurrir a los bomberos. Pero la anciana, presa de la angustia, se acercó a él y le suplicó que subiera a su piso. Entregándole dos llaves, le rogó que salvara el traje del armario. Mi amigo subió en tres trancazos las escaleras, abrió la puerta del piso, llegó al armario, lo abrió de par en par y en él encontró, entre otras prendas, un amarillento pero bien planchado traje de bailaora. El instinto le hizo elegirlo sin vacilar. Tras envolverlo en una manta, regresó a la placita con su atadijo; y así, secreto, intacto, mudo mensajero del tiempo, lo depositó en los brazos de la anciana.

Al recordar la anécdota de mi amigo, me puse a pensar si, ante el espectáculo de mi hogar incendiándose, trataría de salvar alguna cosa con prelación a todas las demás. Y con solo meditar unos segundos di con ello. Así que también yo tengo un traje de bailarina. Sospecho que muchos lo tenemos.

Epílogo

En cuanto al edificio de la historia, ardió por los cuatro costados. Hoy se alza en su lugar un horrendo condominio moderno, indigno de albergar traje alguno.

Clavel del agua

No es verdad que haya flores sin perfume.

D. M. L., Poemas sin nombre

Mi amigo J. R. rinde un culto total a Dulce María Loynaz, la gran poeta y escritora cubana. Recita de corrido muchos de sus poemas, guarda su voz en inapreciables grabaciones, evoca con solvencia pasajes y anécdotas de su vida. Una vida que, por cierto, la trajo alguna vez a tierras colombianas, incluyendo en ellas las de Medellín y Rionegro. Pero J. R. no había nacido, para su desgracia.

J. R., además, tiene sus rarezas. Guardó un clavel durante meses en la nevera de su apartamento, sin saber a ciencia cierta por qué, aunque cierta noche, pasado de copas, pensó en comérselo, como quien se come un helado. Para su fortuna, no lo hizo.

Un día J. R. supo que un amigo partía a Cuba de vacaciones. Le entregó el clavel, haciéndole prometer que lo depositaría, en el Cementerio de Colón de La Habana, sobre la tumba de la Loynaz. Su amigo guardó la ofrenda, envuelta en un papel de seda, pero el avión que lo llevaba a la isla debió hacer escala en Cartagena. Allí, un celoso funcionario de la aduana le informó que ninguna especie de flora, helada o no, podía salir del país sin un permiso especial. No hubo razones ni ruegos capaces de convencerlo, e inútil habría sido tratar de explicar a un funcionario la sagrada misión de aquellos pétalos. Así que el amigo de J. R., con un gesto de impotencia, sacó el clavel de su lecho de seda y lo lanzó al mar de la bahía. 

Pero allí no termina el episodio. Años más tarde, J. R. viajó a su vez a La Habana. Plantado frente a la tumba de Dulce María, le contó su frustrado deseo de hacerle llegar aquella flor inmarchita, le pidió perdón por su fracaso, y saldó así su deuda.

No contento con eso, volvió a saludarla luego, escribiendo el verdadero final de la historia. El pasaje aparecía en un libro suyo, Textos breves, único que hasta ahora ha cometido (tiene otro en proceso): “Años después, las olas lo depositaron –intacto– en las blancas playas de la serenísima isla, cumpliendo de esa manera el homenaje que mucho antes se había iniciado en un convulso país del lejano continente”.

La otra Medellín

Suenan unos toques en la puerta de mi casa. Abro, y me veo frente a un hombrecito sin edad, vestido con andrajos, largas crenchas, barba de muchos días, la piel negra de mugre. Me mira, y en un segundo me ausculta. Ve a un señor bien trajeado (es un decir, todo es relativo), de ropa limpia, de aspecto apacible. Debo parecerle algo así como un hidalgo. Su boca casi sin dientes dibuja la más bella y humilde sonrisa del mundo. Ofrece excusas. Y se va.

Articulo : http://www.elmalpensante.com Junio 2011-08-13

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