dimanche 14 août 2011

Hernán D. CARO A./Egon ERWIN KISCH




Artículos
Egon Erwin Kisch : Un vistazo al mundo
Por Hernán D. Caro A.

Olvide usted el periodismo gonzo, olvide el nuevo periodismo. Olvide a Hunter Thompson, a Truman Capote, a Tom Wolfe, olvide a Gay Talese y olvide a Norman Mailer. Olvide, en fin, la mascarilla y las pelucas de Günter Wallraff. El hombre es Egon Erwin Kisch.

Al inicio de Der rasende Reporter, de 1924 (algo así como “El reportero veloz”, si el nombre en español no hiciera pensar en una serie de dibujos animados), la colección de reportajes más conocida de Kisch, leemos la siguiente frase: “No hay nada más sensacional en el mundo que el tiempo en que a uno le toca vivir”. Si en esa frase hay un programa de escritura periodística, ése es el programa que Kisch siguió rigurosamente durante toda su obra. Por lo demás, es probable que la vida misma de Kisch haya sido la más sensacional de su tiempo.

Egon Erwin Kisch nació en Praga el 29 de abril de 1885 y murió en la misma ciudad el 31 de marzo de 1948. En el ínterin le echó un vistazo al mundo.

Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en el ejército austríaco y después de algunos arrestos por escribir contra el comportamiento de los soldados desertó en 1918; en 1919 fundó con otros el Partido Comunista de Austria; vivió de primera mano los delirantes años veinte en Berlín; viajó, en peregrinación comunista, por la Unión Soviética, los Estados Unidos y China; fue arrestado brevemente en 1933 por el régimen nazi –y sus obras sufrieron el destino pirómano de las de muchos otros enemigos de la ideología hitleriana–; fue expulsado en el mismo año del Reino Unido por ser ya un reconocido agitador subversivo. 

En 1935, en el marco de una conferencia antifascista en Sydney, pronunció discursos contra los nazis frente a miles de personas, después de que las autoridades australianas intentaran expulsarlo por todos los medios del país. Al respecto, dos amables anécdotas: cuando en 1934 le negaron a Kisch la entrada al país, éste sencillamente saltó de la cubierta del barco en que viajaba hasta el puerto de Melbourne, proceso en el cual se quebró una pierna; cuando decidieron activar contra él un insólito e inflexible examen de idiomas, Kisch lo aprobó en varias lenguas europeas, menos en… gaélico escocés; ya después aprobaron su entrada. Entre 1937 y 1938 visitó España para echarle un ojo a la Guerra Civil; después de que París se volviera demasiado caliente para este notable perseguido del obstinado aparato nazi, se embarcó en 1939 hacia el Nuevo Mundo. Tras una larga y burocrática travesía portuaria, se estableció en México en 1940; al final de la guerra, en 1946, regresó a Praga.

Los libros de reportajes más importantes de Kisch, aparte del ya nombrado, son: De calles y noches de Praga (1912), Zares, popes y bolcheviques (1926), ¡Anota eso, Kisch! (1929), Paraíso América (1929), Cambiando Asia (1933), China secreta (1933), Caída a tierra en Australia (1937); La feria de las sensaciones (1941), Descubrimientos en México (1945). Según he sabido, solo el primero existe en traducción castellana. Se tratan básicamente de tres cosas: sus viajes, historias del bajo mundo y la vida de los marginados de la sociedad en los países que visitó (donde se adentró directamente y, claro está, de incógnito). Esto es, se tratan básicamente de una cosa: de él mismo.

Por ello, su estilo no podría ser distinto: reportajes rápidos y sarcásticos con toque literario y por lo general en primera persona, es decir, a fin de cuentas, sin mayores pretensiones de objetividad. Que haya sido o no, como se mantiene usualmente, el inventor del reportaje literario, da igual. Es uno de sus mejores exponentes y, fuera de toda duda, el más cosmopolita de todos. 

En 1908, el arquitecto y crítico cultural austríaco Adolf Loos escribía en su célebre ensayo “Ornamento y delito”: “El hombre moderno que se deja tatuar es un criminal o un degenerado. Hay cárceles en las que el ochenta por ciento de los prisioneros tienen tatuajes. Los tatuados que no están presos son criminales latentes o aristócratas degenerados. Cuando un tatuado muere en libertad, ha muerto pocos años antes de haber cometido un asesinato”.

No sé si Kisch leyó a Loos pero no es imposible que lo conociera personalmente. Sea como fuere, imagino que, de haber conocido su opinión, le habría dado con gran gusto toda la razón (H. D. C. A.).

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Artículos
Mis tatuajes
Por Egon Erwin Kisch

Nada de escandaloso tiene hablar de los tatuajes hoy en día. Muy distinto era revelarlos en los años veinte, y justo eso es lo que hace este polémico escritor, muy famoso en Alemania, pero poco conocido y casi inédito en lengua española.

Mi compañero de cuarto, heinrich, a quien 40 trifulcas y 35 partidas de puñal le han convertido el rostro en una cuadrícula, el cráneo en un plato de carne molida y el cuerpo en el apéndice de ilustraciones de un manual de cirugía; mi compañero de cuarto, Heinrich, agita el susodicho plato de carne molida despectivamente cuando me ve sin camisa frente al lavamanos. “¡Me resulta incomprensible –dice– cómo uno puede dejarse hacer eso!”.

También el funcionario de correos pensionado, Anton Schissling, que sufre de cargo de conciencia por haberse equivocado alguna vez en quince céntimos al cobrar por dos estampillas, piensa que mis tatuajes son un gran error. Me advierte en el baño turco que jamás se mandaría a hacer algo así. “Si alguna vez matara a alguien –o algo por el estilo–, cualquier policía del mundo me reconocería gracias a esas cosas”.

Y lo mismo sostiene Willy “labio-leporino”, que sí tiene asuntos pendientes con la policía (fue condenado a dieciocho años por falsificación en Roma y Estocolmo, por estafa en Nueva York y por encubrimiento y desfalco en Berlín). Cuando se acerca cojeando –por suerte se puede escuchar desde la distancia su pie deforme golpeando contra el pavimento, y el lunar en su mejilla brilla a cincuenta metros– me largo de inmediato, pues se burla de mí todo el tiempo: “¡Ja! ¡No soy tan tonto como para ponérsela fácil a la policía haciéndome un tatuaje!”.

El comandante de mi compañía, quien desde que nació lleva colgado del cuello un medallón a modo de amuleto, no podía comprender que uno se tatuara. “La sola idea de llevar la misma cosa pegada al cuerpo toda la vida me volvería loco”.

Mi amiga Lu sostiene máximas universales. “Uno no debe jugar con el cuerpo que Dios le dio”. Lo dice mientras arruga su guapa nariz achatada, por la que el año pasado pagó 150 dólares al cirujano Josef sin el menor escrúpulo, mientras que le parece una desvergüenza que el médico de la Charité le cobrara cinco marcos por agujerear los lóbulos de la orejas de su hija. “¡Dos huecos diminutos para los aretes! ¡Qué explotación!”.

El señor Sigmar Wreschowinski está molesto conmigo porque en vez de hacer uso de su recomendación de un borrador de tatuajes, me tatué de nuevo. “¡Se va a arrepentir! Yo también hice tonterías así cuando vendía caballos en Fráncfort y era dueño de un barracón en Perleberg; incluso, cuando trabajaba en el ramo de la confección viajando por distintas ciudades, me dejaba tatuar los modelos de las blusas en el pecho, pues las clientas, las empleadas del servicio, preferían elegir directamente de la carne viva... Pero ahora me tuve que hacer raspar todo eso, a pesar de que soy diabético: ¡imagínese a un consejero de arte de Berlín caminando por ahí con el cuerpo tatuado!”.

Mi primer tatuaje ya es viejo, y su tema llamó bastante la atención en ese momento, si bien soy por completo inocente al respecto. Me hallaba bajo arresto militar junto con un litógrafo que se ofreció a tatuarme una naturaleza muerta en la espalda. En realidad me pintó el retrato del coronel, con la lengua afuera y de cabeza, resbalándome por la espalda hacia abajo, hacia muy abajo... Mi compañero de celda me aplicaba sobre el espinazo su propio sueño privado, y yo no caía en cuenta del engaño. Los otros prisioneros se doblaban de risa como idiotas por mi candor, rodeaban al artista y repetían una y otra vez qué bien lograda estaba la botella de vino, qué auténtico el asado, el florero. Cuando el trabajo estuvo listo, lamenté no poder contemplarlo; por desgracia no había un espejo en nuestra celda. En la noche, el retrato se hinchó tanto –estaba hecho con betún– que tuve que ir a la enfermería del regimiento. El médico de turno reconoció de inmediato la imagen del retrato e hizo la denuncia. Mi declaración de que yo no tenía la menor idea de lo que tatuaban a mis espaldas no fue realmente tomada en cuenta. Tampoco el litógrafo podía negar que el infeliz, colorado e hinchado que saludaba desde mi piel era nada menos que el señor coronel. El propio coronel, al verse tan parecido se puso tan furioso que sufrió un ataque apopléjico allí mismo. El tribunal me declaró inapto para oficial y prologó la detención.

Muy pronto, sin embargo, me tuvieron que dejar en libertad, pues se murió el coronel y necesitaban un retrato para las exequias; no se pudo encontrar ninguno aparte del tatuado en mi espalda. Me pararon de cabeza mientras un pintor copiaba la imagen. La copia fue un fracaso. Y cuando a la viuda le entraban ganas de ver el cuadro del difunto, me buscaba, besaba los rasgos adorados y los humedecía con sus dulces lágrimas.

En un local en constantinopla bajo el puente Gálata me dejé hacer en 1906 un tatuaje algo excéntrico en el brazo derecho porque:

1) acababa de terminar mi servicio militar y quería tatuarme donde y como se me diera la gana sin que una reunión de oficiales me tuviera que leer la cartilla; 2) quería saber si un tatuaje hecho sin betún era menos doloroso, y 3) ante todo, porque me convenció el aviso. Estaba escrito en inglés y alemán. El tatuador:
Fred A. Lionsfeld
Antiguo cabo de mar
y tatuador superior del barco 
Almirante Columbus (usa)
¡¡América!!

¡Este yanqui me infundía respeto! ¡Este sí que sabía aprovechar sus experiencias! ¡Conocía la psique de todos los marineros de todas las naciones! ¡Qué extravagancia de signos de admiración y superlativos –americano puro–! Fue la decisión de un instante y así me hallé frente a frente con el antiguo cabo de mar y tatuador superior del barco Almirante Columbus (USA), ¡¡América!! Le pedí que me mostrara sus más fantásticos modelos para poder elegir según mi gusto personal, como decía en el aviso. Por desgracia, el “americano”, señor Alfred Löwenfeld de Prossnitz, Alemania, le había enviado hacía media hora el álbum a un capitán para su aprobación. ¡Qué suerte de perros! Solo tenía un modelo disponible: el famoso artista negro Bimbo. Contemplé a Bimbo: un negro repugnante de cabaret con unos labios como el trasero de un chimpancé y una corbata que parecía una fresa podrida. Antes de que pudiera despedirme, el Alfred Löwenfeld había agarrado mi brazo; la siguiente cosa que supe era que el contorno de aquella figura asquerosa había sido estampado de la calcomanía a mi piel, una tinta china mortecina había sido extraída del frasco y vertida en un mortero y el artefacto eléctrico había sido encendido. Con algo que era mitad jeringa, mitad aguja hueca, la tinta era absorbida desde el mortero a través de aquel aparato eléctrico y el hombre pintaba el contorno del negro de forma tal que sangre y tinta chorreaban por doquier. Quería pintar el pantalón del negro y me negué enérgicamente. Pero mis protestas no sirvieron de nada cuando decidió delinear los saltones ojos negros de verde, ¡pues de lo contrario nadie vería que en aquel rostro negro había ojos! Tenía toda la razón, así que dejé que me tatuara dos círculos verde venenoso en el brazo.

Durante la operación, el antiguo cabo de mar estadounidense del barco Almirante Columbus me contó que había tenido en Prossnitz hasta el año pasado un negocio de mercancías ultramarinas que había quebrado. Se escapó entre gallos y medianoche del asunto, quería ir a Palestina en donde al parecer vivía un sobrino suyo. Durante el viaje sufrió tantos mareos que lo tuvieron que desembarcar en Constantinopla.
–Y bueno, entonces conocí a un noruego al que le pertenecía este local. Pensé que eso sería algo para mí, y como el esquimal me convenció de que el negocio andaba bien, le conté que mi plan había sido asociarme con una empresa de exportaciones en Jerusalén, pero que si me transfería su negocio yo me retiraría del mío y le daría mi billete del barco. Estuvo de acuerdo, fuimos donde un notario, pues quería tener una certificación legalizada de que yo me retiraba de la empresa en Jerusalén...

–¿Y qué empresa nombró usted?
–Ya no me acuerdo, cualquier dirección, da igual, ¿no? En fin, se largó con mi billete; por si las moscas puse una denuncia contra él, ya sabe, para que no pudiera regresar, y me quedé aquí. Pero nadie entra en este local, y es que me perdonará, ¿pero quién es hoy en día tan estúpido para dejarse tatuar?, un fracaso completo. El rufián me había engañado, solo me dejó esta máquina oxidada, con la que seguramente puedo causar la infección más encantadora que se pueda imaginar –decía mientras me tallaba la corbata de fresa, y el rojo, la sangre y la tinta se convertían en una bella porquería–. ¡Piense solamente en el lío en que me metería con las autoridades si uno de mis clientes se muriera de septicemia! Y nadie entraría aquí si no hubiese escrito ese aviso, ¡al menos eso me asegura que de vez en cuando un imbécil caiga por acá!

La creación de Bimbo había llegado a su final y dolía, dolía mucho más que si hubiera sido hecha con betún de botas. “Sin dolores, garantizado”, pensaba con dolores. Después de ocho días pasaría el dolor, me aseguró míster Lionsfeld, solo tenía que mantener el brazo elevado todo el día y aplicar bastante vaselina sobre él. De hecho, la hinchazón pasó después de un largo tratamiento donde un eminente dermatólogo, solo los ojos verdes se inflan cada año. Pero justamente gracias a estos ojos punzantes –¡y cuán punzantes, eso lo sé yo muy bien!–, a las mujeres les gusta el tatuaje del negro. Años después me siguen preguntando: “¿Y cómo está tu Bimbo, aún se te hincha mucho?”. No me gusta responder tales interrogaciones en público, pues entonces todos quieren saber quién es el tal Bimbo y tengo que mostrar a todos el oscuro monstruo de ojos verdes.

El tatuaje en mi brazo izquierdo presenta la cabeza de un mandarín en cuya sien está clavado un sable artísticamente forjado; una mariposa está posada sobre el mango decorado, la trenza del hombre muerto está puesta en su boca, gotea sangre de la sien, sangrienta la superficie de corte del cuello, sangrienta la punta de la espada y la cinta de la magníficamente trenzada coleta. También la mariposa sobre el mango del sable es bicolor: sus alas son rojas y azules. Elegí este dibujo en un local chino de la Civitavecchia en Trieste, de entre cientos que me entregó el tatuador más famoso del Adriático. Durante un instante sentí que el amarillo maestro estaba tan sorprendido que sus ojos se cerraron aún más y que algo de ironía se ocultaba tras su pregunta: “Why do you want even this?”. Le dije que me gustaba esa imagen, a lo cual respondió rallando la tinta india, disolviendo el rojo en un segundo recipiente y tallándome con exactitud y en completo silencio el cráneo con las marcas de sangre, el fino trenzado de la coleta, la nerviación de la mariposa, el cincelado del mango de la espada. Solo al final, cuando inspeccionó cuidadosamente su trabajo, se giró hacia mí –de nuevo con aquella sonrisa maliciosa– y me preguntó si yo sabía qué representaba el dibujo. No entendí a qué se refería. “That’s the picture of a murdered chinaman”. Imbécil, pensé, ¡pues qué otra cosa puede representar! No le pude sacar nada más y entonces no tuve la menor duda de que había elegido la insignia de alguna orden secreta china, una sociedad de rebeldes bóxers, o incluso alguna organización terrorista.

De este delirio me sacaron solo años después cuando unos amigos que trabajaban como armadores en Londres organizaron una excursión a Pennyfields, el distrito de puertos de las Indias Occidentales. Buscamos al viejo bandido Tschang Tu-tao, quien era dueño no solamente de una “posada legal de marineros chinos”, sino además de un antro menos legal de opio y un negocio de baratijas chinas: con cuadros de pájaros de seda y quimeras de bronce, ídolos de jade, cajas talladas de marfil, pagodas de porcelana o ámbar negro; suvenires o amuletos que emigrantes del Imperio del Medio habían dejado en prenda por una noche de sueño o en pago por una bolita de opio, o regalitos de “Jack Tar”, el marinero inglés que había tenido que venderlos tras desembarcar en el Támesis, dado que su sueldo de marinero no alcanzaba para la cantidad obligatoria de vasos de ginebra. Mis amigos se habían enterado durante la feria de barcos que una goleta de Pekín había desembarcado a seis geishas alojadas en la pensión de Tschang Tu-tao. Queríamos echarles un ojo antes de que Scotland Yard se interesara por ellas...

Subimos al segundo piso por una escalera de madera hasta una habitación donde treinta chinos estaban acuclillados en el piso, pipas en la boca, copas de licor y té frente a ellos, los rostros amarillos dirigidos hacia el horno de carbón. Las chicas estaban sentadas junto a ellos. Tan pronto entramos, todos los hombres se pusieron de pie de un salto, nos rodearon y nos empezaron a preguntar a gritos: “Firemen? You want firemen?”. No, no necesitábamos fogoneros; defraudados se arrastraron de nuevo los pobres diablos a sus puestos junto a las mujeres. También ellas les serían arrebatadas. Tschang Tu-tao salió de detrás de la barra y nos condujo –sin preguntar demasiado por nuestros deseos– al tercer piso, pasando por algunos cuartos de los que salía el olor dulzón-punzante del opio hacia el calor abrasador de la casa. Adentro yacían los fumadores, torneaban amorosamente una masa blanca en bolas que sostenían sobre las lámparas de aceite y untaban en las gruesas pipas...

El señor de la casa nos depositó en el “saloon” y tomó nuestra orden: té auténtico, servido por las mencionadas geishas. Desapareció hacia el segundo piso, donde la charla se detuvo de inmediato –probablemente los desempleados firemen se enteraban del propósito de nuestra visita y de que las chicas tendrían que abandonarlos para servir a los caballeros blancos–. Aquel silencio repentino era aterrador. Las damas del té entraron, tímidas y devotas, se inclinaron tres veces tocando el suelo con las manos, nos ayudaron a quitarnos abrigos y chalecos y… de repente la chica que me ayudaba se detuvo mirando consternada y fijamente el tatuaje en mi brazo izquierdo. ¡Aja!, pensé, se acaba de dar cuenta de que soy un hombre poderoso. Pero de inmediato chilló y se echó a reír. Las otras mujeres se acercaron, chillaron y también reían, reían, reían. Resoplando, salieron a toda carrera del cuarto, bajaron las escaleras hacia la oficina del jefe –el escalofriante silencio explotó en una carcajada frenética–.

Atónitos, esperamos el regreso de las mujeres, llamamos a nuestro anfitrión, no vino. Solo oíamos aquellas risotadas en bajo y tenor. Nos pusimos nuestros abrigos, decididos a largarnos. Entonces apareció Tschang Tu-tao, intentando mantener, con mucho esfuerzo, un rostro serio. Le preguntamos qué diablos significaba mi tatuaje. Después de dudarlo largamente, nos confesó: todos los hombres que trabajaban en los palacios de mujeres imperiales chinos, durante su castración –daba igual si eran asiáticos o europeos–, tenían que ser tatuados con aquella cabeza cortada como advertencia de cuál sería el castigo si incumplían su deber y a fin de marcarlos en caso de que huyeran. Ya en los tiempos imperiales, los hombres tatuados con el win, la señal de los eunucos, eran objeto de burla secreta, en la república eran ridiculizados abiertamente, y nadie quería tener nada que ver con unwin-ho. Treinta caras amarillas sonreían desde las escaleras, las chicas apuntaban hacia mí con sus índices. “Allí está, allí está el win-ho”.

El tatuaje más bello que he visto en toda mi vida le pertenecía al almirante austrohúngaro Horthy: un dragón en verde y dorado, que cubría todo el lado izquierdo de su pecho. Horthy aparecía cada día en los baños de la marina de la ciudad de Pola, en Croacia, con la mitad izquierda de su camisa desapuntada, para que todos pudieran admirar su tatuaje. Se dejaba rodear por jóvenes oficiales y huéspedes, a quienes casi siempre –y casi siempre con las mismas palabras– les aclaraba los detalles. Tenía un tatuaje en otro lugar de su cuerpo. El 10 de junio de 1918, instigado por los oficiales de la plana mayor de los almirantes, le pedí a Horthy justo después de la cena en el barco Viribus Unitis, durante la única aventura de la valiente flotilla austrohúngara, que me mostrara su tatuaje. Cumplió mi deseo. Pocas horas después escuchamos las alarmas: el Szent István, el más grande y nuevo barco de guerra de las fuerzas armadas imperiales, que fumaba detrás de nosotros, había sido torpedeado y era ahora un cascarón que se iba a pique. Todos debían dirigirse a la cubierta para atisbar en caso de submarinos enemigos. Horthy se abstuvo de prestar ayuda a la tripulación del barco náufrago diciendo que no podía exponer el barco de almirantes al peligro de ser también torpedeado. Alterado, caminaba de un lado a otro, y cuando me vio se dirigió hacia mí. “No debí de haberle mostrado el dibujo, teniente. Siempre que lo hago ocurre una gran catástrofe”. La catástrofe era en verdad grande: la cifra de muertos jamás fue publicada, solo hallaron catorce cadáveres, que enterramos dos días después en el cementerio de la marina.

El archiduque Franz Ferdinand estaba tatuado en la cadera derecha con la imagen de una serpiente ibis, que se consideraba un amuleto de protección en Egipto. El príncipe heredero Rudolf llevaba un tatuaje similar encima del corazón, solo que la cabeza de su serpiente estaba dirigida hacia adentro y no hacia fuera. Ése es el motivo por el cual el tótem no pudo proteger al príncipe heredero del mortal disparo; el archiduque Franz Ferdinand solía decir que los árabes quizá habían inscrito el signo equivocado en el infiel a propósito. Por cierto, su propio tatuaje no era completamente perfecto: la serpiente sacudía su lengua hacia arriba, aunque eso no importaba –decía–, pues el tatuaje al fin y al cabo se encontraba en un lugar inofensivo: un lugar suave del lado derecho del cuerpo. La autopsia del sucesor a la corona dio como resultado más tarde que la bala mortal había entrado al cuerpo “por encima del hueso derecho de la cadera –justo por la mitad de un tatuaje–”.

Albert Londres cuenta en su libro Au bagne que los presos franceses en las estaciones de deportación se tatuaban pelucas completas sobre la calva y gafas alrededor de los ojos. Eso sucede muy a menudo a causa del aburrimiento en el ejército y las prisiones. 

Durante las elecciones a la asamblea nacional del reino de Yugoslavia, un candidato injurió con vehemencia a su contendiente agrario-croata diciendo que éste había pertenecido antes a la “oposición obediente a su Majestad”, y que ahora quería venderse como un republicano, mientras que él, el declamador, siempre había combatido contra la monarquía desde su juventud, etcétera. El agrario estaba pasmado, apenas si podía pronunciar palabra. Cuando por fin pudo hacerlo, se desabotonó el cuello, abrió su camisa un poco y declaró que reconocía la mayor consecuencia de lo dicho por el apreciado señor, el orador anterior, y estaba dispuesto a retirarse de las elecciones si el candidato rival se ponía de pie frente a la asamblea, como él, con su pecho desnudo. Con ello había ganado: el otro tenía tatuada en el pecho una magnífica águila imperial austríaca.

Articulo : http://www.elmalpensante.com Junio 2011-08-13

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Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...