samedi 20 août 2011

Ignacio RAMÍREZ/ El cambio de piel de la culebra


El cambio de piel de la culebra
Por Ignacio Ramírez*

La política, el magisterio y la palabra son las tres columnas básicas y complementarias  que han permanecido  inseparables en el transcurrir de la vida de Eutiquio Leal, a quien por razones inherentes a esas tres grandes fuerzas, le correspondió ser protagonista y testigo de todos los procesos de cambio social y cultural del Siglo XX en la geografía y en la historia de Colombia.

Contrario a muchos escritores de aquellos que proclaman que la literatura está por encima de las prioridades vitales, para Eutiquio resulta necesaria la participación directa en todo tipo de acto humano que repercuta en cambios de orden social, a la vez que el ejercicio constante de la enseñanza. Uno de los episodios que comprueba cómo esas tres facetas intelectuales se han hecho indispensables en su existencia, es aquel que él mismo relata y rememora alguna etapa de su vida, en la que se cumplió el sueño anhelado de todo escritor pobre: hallar un mecenas. Recuerda Eutiquio que un adinerado pariente residente en Cali, impresionado ante su angustia por la falta de tiempo para escribir, ofreció pagarle una partida mensual  a cambio de dedicarse a la literatura. Feliz, empezó a gozar del mecenazgo, que duró muy poco porque entonces se dio cuenta de que había perdido espacios tan imprescindibles como el de las palabras: el contacto con los estudiantes, la pesquisa diaria sobre la suerte del mundo, la urgente necesidad de opinar y de participar en todos los actos de unión de seres con idénticas ideas sociales y políticas.

Allí, tras ese relato, comprendimos por qué muchos de los amigos más cercanos a Eutiquio Leal insisten en promover su  imagen como la  de un hombre que en determinado momento de su vida, convencido de no tener otro camino distinto a cumplir con su misión humana, sube al monte, a integrar la guerrilla, con un fusil, un mimeógrafo y una máquina de escribir a las espaldas.

- No podría ser de otra manera -comenta Eutiquio cuando le hacemos referencia a ésa, la descripción que de él han hecho sus amigos-. La vida me puso al  mismo tiempo, de frente, el valor de la palabra y el del ser humano. Los dos tienen que convivir en armonía plena.
- ¿Cómo se produce ese encuentro?
- Vamos por partes. Primero, el esplendor de la palabra como elemento de la vida se lo debo a una mujer amada, inolvidable y para mí legendaria: mi abuela Laura. Allá en Chaparral, el pueblo mío, era ella una de las pocas personas que tenían suscripción del periódico El Tiempo porque le gustaba estar enterada de cómo estaba el país y cómo andaba el mundo. Ella leía mucho y cuando se acostaba me comentaba hasta los avisos de propaganda. Yo sentía entonces que había algo de poder en el contenido de esos periódicos y naturalmente que ese poder emanaba de las palabras que, unas con otras, lograban transmitir ideas o acontecimientos. Así, ella me fue metiendo en ese mundo distinto, lleno de cosas que no pasaban en mi pueblo pero que yo sabía ciertas por el misterio de la palabra. Cuando más me sentía feliz era cuando llegaban los suplementos literarios porque aparte de todas esas cosas extraordinarias que leía en las diferentes secciones, en los suplementos encontraba una especie de isla del tesoro, una atmósfera radiante y atractiva, por la cual me atreví, estando muy niño, a escribir mis primeros versitos y a sentir que escribir era un acto de expresión tan intenso como si uno se limpiara  por dentro, como si se liberara de culpas y de fantasmas. El otro encuentro vital fue con el ser humano y eso se lo debo a mi padre, quien era jefe liberal en una región que se llama La Profunda. Allá, en la finca, se hacían reuniones políticas y se congregaban grandes cantidades de campesinos, de peones que llegaban a trabajar a veces y otras  para reuniones políticas. Mi padre tuvo el acierto de enseñarme a trabajar como ellos, como los jornaleros, lo cual me proporcionó estar dentro de la realidad campesina que me marcó desde niño y que nunca se me ha borrado ni de la memoria ni de mis intereses fundamentales. Yo sé cómo se enfrenta el campesino con la tierra y con la vida, sé cómo trabaja, sé qué clase de necesidades tiene y sé también cómo se le discrimina y se le explota. Creo que fue un encuentro trascendental para la vida de un niño, el valor de la palabra y el valor del ser humano.

- Política y literatura juntas, lo que para la mayor cantidad tanto de escritores como de lectores resulta casi un antagonismo.
-Para mí no. Para mí todos los actos de la vida son políticos. Sin el ejercicio de la política el hombre no puede vivir; aunque no sea consciente de ello; el hombre es un ser político por naturaleza: decir misa es un acto político, reclamar un derecho es un acto político, hacer uso de la palabra o de la pintura o de la música, todos, todos los actos del hombre vienen de la esencia de la política. Otra cosa es que la literatura trate o no el tema de la política. Yo sé diferenciar eso muy bien. No es que cuando yo me siente a escribir un cuento o una novela o un poema esté pensando que hago política en ese instante, no. Se trata de  fundir entre los elementos de la vida no sólo esos ingredientes sino muchos otros que la componen. En algunas ocasiones, cuando tengo que escribir un manifiesto o una proclama, cuando tengo que redactar algún documento político, tengo también conciencia de estar ejecutando un acto político, pero lo que sucede es que la gente cree que todo lo que lleve la palabra política se refiere a la política partidista, que no es exactamente la que yo invoco cuando hablo del ser humano como un ser esencialmente político. Hay que saber diferenciar para no entrar en confusiones. Cuando yo me siento a escribir literatura, es otra cosa: me transformo, siento que me interesan los problemas profundos del ser humano, que tengo que jugármela toda con el lenguaje, con mis propias convicciones acerca del ser y acerca de la vida y pienso que es allí cuando se cumple con el acto supremo de la expresión, cuando hay entera libertad, cuando hay reto y se sabe que se está cumpliendo con un íntimo acto de creación.

- De todas maneras es un hecho que a Eutiquio Leal lo han clasificado como a un escritor comprometido. Es más, con esa clasificación prácticamente comenzó un gran debate nacional en torno de la literatura, porque los escritores no sabían si querían ser o no "comprometidos"...
- Esa es una historia que vale la pena explicar. Resulta que en determinado momento Manuel Zapata Olivella se empeñó en publicar algunas de las cosas que yo producía. Eran épocas duras, de persecución, de lucha, y yo no estaba seguro de que fuera el momento oportuno para hacerlas públicas. Yo estaba en ese momento crucial en el que tenía que tomar la determinación de cambiar un arma por un bolígrafo, por un lápiz. Manuel me llamó a Cartagena, cuando él estaba reemplazando a Juan, su hermano, quien andaba en el exterior. Me dijo que necesitaba unos textos míos para publicar en Bogotá y tanto insistió que al fin le entregué un paquete que él efectivamente llevó tanto a El Tiempo como a El Espectador. Tengo entendido que Jaime Posada era el editor del suplemento de El Tiempo y Darío Meza estaba en Cromos. Manuel volvió a Cartagena como al mes y medio, un poco desconsolado porque uno y otro le habían dicho que los cuentos eran buenos, pero que no podían publicarlos porque habían hecho un pacto de caballeros mediante el cual no publicarían a ciertos autores entre los cuales naturalmente estaba mi nombre. Pero no paró allí la cosa, porque sin que yo lo supiera, Manuel envió el cuento Bomba de tiempo  (cuyo título debo a Carlos Orlando Pardo) a un concurso nacional. Un buen día, poco después, estaba tomándome un tinto en la calle del Tablón, en Cartagena, cuando pasaba un muchacho vendiendo El Tiempo y El Espectador y cuál no sería mi sorpresa al ver, en uno y otro periódico, que ese cuento mío había ganado el primer premio. En esas circunstancias, parece que los mismos señores que me habían rechazado, al menos los de El Espectador, levantaron el veto y pidieron la primicia para publicar mi cuento. Y lo hicieron, pero curiosamente le pusieron un antetítulo grande: Una muestra de literatura comprometida . Y después me solicitaron más material y siempre me ponían el rótulo de "comprometido". Como ustedes bien dicen, se formó entonces una gran polémica porque en el ambiente literario de aquella época era toda una novedad clasificar a un autor como comprometido. La gente no sabía si eso era bueno o malo y aunque los directores de suplementos evidentemente trataban de estigmatizar al autor, de todas maneras sabían que atraían lectores porque en aquella época el cuento era un género muy respetable, no como ahora que quieren devaluarlo. En medio de la polémica naturalmente yo tenía que responder. Y yo preguntaba: ¿Hay acaso alguna literatura, en todo el mundo, que no sea comprometida? La Ilíadaes comprometida, La Odisea  es comprometida, El Quijote  es comprometido, La divina comedia  es comprometida. ¿De dónde diablos sacan entonces todo ese lío del compromiso como si fuera yo el primer escritor comprometido que existiese en la tierra? Eso me acarreó muchas amarguras, porque había gente mal intencionada que utilizaba esas circunstancias para atacarme, pero a la vez sirvió para que existiera polémica, para que se clarificaran muchas cosas que jamás se habían debatido en nuestra literatura. Desde este punto de vista creo que valió la pena dar esa batalla.

- No dejemos escapar la oportunidad: ¿Hay crisis en el cuento?
- Sí, es bueno tomar este tema que ahora está vigente. Yo no creo que esa crisis exista. Es evidente que por los años cincuentas y sesentas este país leía más cuentos que novelas. Hoy sucede lo contrario. Pero el problema no es del cuento porque en Colombia hay una excelente tradición cuentística, una tradición más larga, más consistente y masiva que la de la novela. A mi manera de ver el cuento tiene unas franjas de comunicación, unas franjas de estética, que no logra condensar la novela, por más que dentro de ella se mueva más el tiempo y sea más amplio el espacio. Es más fácil -siendo muy difícil- publicar un cuento que una novela, ¿no es cierto? El cuento concentra, converge a toda la atención y a toda la emoción y a toda la expectativa y esto le ahorra tiempo y esfuerzo al lector. Pero el problema no es del cuento sino que se ha organizado una confabulación contra el género, porque de manera arbitraria así lo decidieron quienes manejan los órganos literarios -que ya ni quedan- en nuestro singular país. Uno no puede afirmar que el cuento está en crisis porque para leerlos tiene que acudir a pequeñas revistas especializadas o al seno de los talleres de escritores, o a la generosidad de los amigos que nos pasan sus manuscritos. A través de estos medios clandestinos de comunicación nos damos cuenta de que no hay tal crisis, que en Colombia siguen existiendo muy buenos cuentistas, tanto de las antiguas como de las nuevas generaciones. Tal vez lo que esté en crisis sea el criterio de los encargados de difundir los temas culturales, no el cuento, ni el arte, ni el escritor, ni el poeta. Son ellos, los que se niegan a dar cabida a la cultura en los medios que dirigen, los suscitadores de estas crisis supuestas.

- Hablemos de los concursos...
- Esos son males necesarios, la gente ya lo sabe y lo reconoce. Con todas sus fallas, los concursos literarios hacen falta porque motivan especialmente a quienes están comenzando en el oficio, que son precisamente los que requieren de mayores estímulos. Los concursos no son malos por sí mismos sino que se han desprestigiado por falta de entereza de los jurados, en muchos casos. De eso se da uno cuenta cada día. Basta con escuchar lo que se habla en las tertulias de la Librería Nacional y otras a las que suelen acudir los escritores. Con frecuencia se oye que mucho antes de haberse cerrado una convocatoria ya todo mundo conoce el nombre del ganador, porque se actúa con la mecánica que todo amigo es bueno y todo lo demás es malo, que yo voto por ti y cuando tu seas jurado votas por mí; una deshonestidad tenebrosa. Y eso es lo que yo encuentro más triste dentro del gremio de los escritores: la envidia, la falta de solidaridad y de objetividad. Yo sé de un caso reciente en el que se premió a un tipo por pertenecer a determinada corriente política; los jurados no leyeron los cuentos porque el fallo estaba dado de antemano. Si estuviera en mis manos, yo fusilaría a esta gente por traición, por fraude, no dudaría en fusilarlos. Es muy usual que los escritores colombianos no conozcan la obra de sus colegas, tan usual como que hablen mal de eso que no han leído. Causa dolor considerar éstas cosas. Pero supongo que eso se tiene que acabar o por lo menos mejorar. Los concursos han sido siempre una gran oportunidad para medir fuerzas y calidad especialmente entre la gente nueva. Como en todo, se trata de corregir las fallas existentes, las que ya todos conocemos y de no eliminar los concursos porque sí. Como se sabe, yo no volveré a concursar nunca.

- Otro de los campos en los cuales te has desempeñado es el del periodismo, especialmente ese periodismo que se conoce como "clandestino", no porque circule entre las sombras sino porque no tiene los mecanismos económicos que garanticen una circulación adecuada, un tiraje considerable, lectores numerosos. El caso de "Gato encerrado", por ejemplo. Sería bueno hablar de esto.
- Sí, también el ejercicio del periodismo me ha servido para conocer un poco mejor los otros oficios, los amigos, los enemigos. Ahora me viene a la mente un recuerdo de cuando hacía tercer año de primaria y fundé un periódico en Chaparral. Un domingo se me ocurrió irme para el colegio. Estaba cerrado pero el portero me dejó entrar. No sé por qué razón me fui directo a mi salón y comencé a llenar un tablero inmenso que había, como de cuatro metros por tres, con secciones de noticias diversas, tal como veía en los periódicos de la abuela Laura; una especie de pequeña locura, como si alguna fuerza invisible me impulsara a ejecutar ese acto. Cuando el tablero estuvo lleno, me fui para la casa. Y el lunes, a medida que los muchachos llegaban se quedaban sorprendidos al ver esa vaina tan rara, pero nadie se atrevía a borrarlo, ni siquiera los profesores, porque aparentemente les llamaba la atención, les gustaba. Eso motivó que cada lunes, sobre El tablero (como terminó llamándose aquel periódico de cemento) hubiese una nueva edición escrita por mí y esperada por los demás muchachos de la clase. Eso me hace pensar, ahora, en la necesidad que siempre he tenido de comunicarme con la gente y por esa razón estoy seguro de que a través de toda la vida he estado motivado a fundar todo tipo de periódicos y revistas y en general medios para comunicarme con los demás. Y tengo la certeza de que esas publicaciones sirven mucho, hacen falta, entre otras cosas para responder a esos bloqueos de las grandes editoriales, de los monopolios periodísticos. Por eso del periodismo no tengo despechos, ni amarguras, ni arrepentimientos. Gato encerrado y El tambor  y El tablero  y todas las empresas periodísticas que he acometido, creo que han cumplido en la medida en que se puede cumplir cuando uno tiene mística y cree en sus ideas y en sus propósitos. Ahora mismo estoy pensando en una gran nueva empresa, una revista, otro proyecto que acometeré con la misma ilusión y la misma fe que todos los anteriores. Esta nueva publicación es Señales abiertas  y está a punto de aparecer.

- Pero...  este tipo de acometimientos se confunden con el romanticismo. En la práctica no dejan nada concreto, ni un efecto, ni dinero, ni la sensación de un hecho cumplido. Como si fuera poco, quitan el tiempo a la literatura...
- Puede ser cierto, sí. Yo también lo pienso constantemente. Y ahora mucho más, ahora que siento que el tiempo me pisa los talones. Ahora vivo la angustia del tiempo: mañana ya tendré menos tiempo que hoy. Pero, aunque me preocupa, sé también que en cualquiera de los ámbitos de trabajo cultural, todo lo que uno haga es importante si lo hace a conciencia. Pienso que no solamente escribiendo cuentos o novelas, haciendo poemas o canciones se puede jugar un papel importante. A mí particularmente me interesa levantar, en lo posible, la conciencia de los colombianos, modificar el nivel de la conciencia artística, literaria y la conciencia cultural de nuestro pueblo. Tenemos unos retos muy grandes ahora, me parece que iniciamos la época más importante de toda la historia del continente latinoamericano, de tal manera que yo creo que esos proyectos que ustedes califican de simplemente románticos, a mi manera de ver también valen la pena. Las cosas hay que hacerlas cuando uno cree en ellas... al final de cuentas no me importa que me quiten el tiempo para escribir. Yo estoy ahí, en ellas, desde ellas tengo confianza en lo que vendrá, dentro de ellas creo que cumplo con un papel en el conjunto humano, sin la más mínima intención de mesianismo, sin la idea épica de salvar a la humanidad, solamente cumpliendo con un papel que está aprobado y es válido desde mi conciencia.

- Este gran momento histórico al cual haces alusión, nos toma exactamente en medio de cambios rotundos para la humanidad: se derrumba el muro de Berlín, la URSS se desmorona, el partido comunista se acaba, hay crisis en las huestes socialistas...
- Un momento, un momento. Estas cosas hay que desmenuzarlas con calma, no es simplemente enumerar los cambios que se producen a nivel mundial. Voy a empezar con una frase de ama de casa: si me tocara volver a vivir, yo repetiría exactamente cada una de las actitudes que he tenido en esta existencia, sin cambiar nada, sin modificar ni un ápice ni un instante de mi vida actual. Tengo mi conciencia tranquila y no me arrepiento de nada de lo que he hecho porque sé que lo he hecho por necesidad imperiosa, por convicciones que, como ya lo dije, vienen desde el comienzo de la vida. Cuando tenía por ahí unos seis años, me tocó ser testigo de la violencia, ver bajar los muertos, por montones, en el campo, en las aguas de los ríos. Fue la época en que se colonizó el flanco oriental de la cordillera central. Los campesinos se tomaron la tierra porque no tenían dónde vivir, porque nadie los quería más que para explotarlos. Entonces invadían y se enfrentaban con la policía y mataban policías porque no les quedaba otro remedio: era cuestión de defender la vida y yo creo que esa es una condición de la naturaleza del ser humano. Yo mismo creo que estoy vivo porque he sabido defender mi vida, igual que muchos campesinos cuya lucha no era ni siquiera por defender la propiedad o defender la tierra sino por proteger la vida, que es lo primordial. Por esta razón creo que han sido importantes y son válidas todas las guerrillas que han formado los campesinos, desde Quintín Lame hasta nuestros días. Son hechos políticos y sociológicos muy claros, que han dejado como resultado una experiencia, una evidencia: que los pobres, los campesinos, los marginados existen y tienen derecho a una vida digna, igual a la de todos los demás seres humanos. Veamos un ejemplo actual, de 1992, acercándonos ya al Siglo XXI: si en Caracas o en México se dan conversaciones entre el gobierno colombiano y las guerrillas, es porque hay dos poderes negociables. Porque cuando uno va a la guerra no negocia sino que aplasta al enemigo. Esto que ocurre ahora es sentarse a hablar de poder a poder. Es el reconocimiento de que todos esos años de lucha han valido la pena, han logrado algo que no estaba en las páginas de nuestra historia. Ahora, cuando ustedes hablan del derrumbe del comunismo y del socialismo, y del muro de Berlín, yo discrepo del tono de su pregunta, porque a mi manera de ver, los planteamientos básicos del socialismo no se han cumplido en ninguna parte. Sigue siendo un sueño la liberación de la explotación, la humanización del ser humano. Todos esos esquemas que pretenden que el hombre viva en paz, que viva mejor, han fallado... ¡pero en todas partes! La esperanza de una vida mejor la tienen todas las religiones y la proclaman todas las doctrinas políticas, pero no se cumplen. Entonces, vistas así las cosas, los principales postulados del socialismo no han caducado. Han caducado, sí, esquemas que se han ensayado, modelos que no han surtido efecto. Pero el socialismo humanista y verdaderamente democrático no se ha realizado en ninguna parte del mundo, no por razones de doctrina sino por los individuos que los han puesto en práctica o por los modelos que han pretendido ejecutar. Yo creo que estamos en el punto crucial en que arranca una nueva época, la de una concepción verdaderamente humanista del socialismo. La culebra está cambiando de piel. Cuando la culebra está cambiando de piel se pone hedionda. El país está hediondo porque está cambiando de piel. El mundo está hediondo porque está cambiando de piel. Luego, cuando ya la culebra haya cambiado de piel, se verá esplendorosa, más bonita, más brillante... y ya no estará hedionda. Estamos en la era del cambio de piel y esto nos anuncia tiempos mejores. Se trata de una crisis de desarrollo.

- Ya que hablamos de los pueblos, del socialismo, de estas emociones ideológicas, invoquemos los recuerdos de esa gran posibilidad de conocer buena parte del mundo, que te ha dado la militancia.
- Pues sí. Esos viajes han sido siempre invitaciones para asistir a encuentros políticos o a congresos internacionales  de escritores. Creo que me han servido mucho porque me han ampliado el concepto del hombre y de los pueblos. Yo he recorrido muchos países de Europa, he estado en los Estados Unidos, en pueblos del continente asiático y cuando me pongo a pensar qué conclusión puedo sacar tras esos periplos por tierras tan distantes, simplemente me digo que el ser humano es el mismo en todas partes, las mismas preguntas, las mismas ansiedades, los mismos vacíos, las mismas expectativas. Eso, de otra parte, me ha hecho comprender por qué la literatura se hace más universal cuanto más identifique al hombre con su entorno. Por eso Carrasquilla es un escritor universal y no un costumbrista como le llaman aquí los despistados. Aquí o en la Patagonia, aquí o en el Cabo de Hornos, lo que hace universal a la literatura es el tratamiento de los valores del hombre.

- ¿Algunos episodios de esos viajes han marcado tu memoria, las cosas que escribes?
- Sí, claro. Creo que eso le ocurre a todo viajero, que no puede olvidar algunos instantes, así sean fugaces, que le fueron proporcionados gracias al hecho de estar en otras partes. Por ejemplo, recuerdo la primera vez que llegué a Moscú: bajando la escalerilla del avión se me llenaron de lágrimas los ojos porque los compañeros que me esperaban en el aeropuerto tenían para mí diversos ramos de flores: flores de la juventud, flores de la representación de las mujeres moscovitas, de los sindicatos, del partido... una recepción florida, algo que jamás se ve por estos lados y que conmovería a cualquiera, especialmente si llega desprevenido. Luego los abrazos y los besos de gente que ni siquiera conocía, una especie de fraternidad que no había sentido ni en mi propia casa, algo que me hizo sentir por primera vez un ser universal, un ciudadano del mundo, como dicen. Habría muchas cosas para contar... pero, tal vez otro recuerdo inolvidable provenga del viaje que hice al Vietnam, cuando la guerra estaba en pleno: yo participaba, en distintas ciudades, en un congreso internacional de escritores cuando alguien me dijo, en Hanoi: "Está invitado, esta noche, a presenciar algo que no olvidará". Eran las seis y media de la tarde, hicieron cuadrar la hora de mi reloj con los suyos y me advirtieron que a las doce en punto de la noche se daría una batalla, hacia el sur, pero con el objetivo de distraer a los gringos mientras pasábamos hacia el norte donde había una reunión de comandantes para trazar estrategias. Fue, en efecto, algo inolvidable: sentir cómo un pueblo batalla por la vida -allí pensé de nuevo en los campesinos de Chaparral-,  encontrar la solidaridad de seres humanos tan lejos en la geografía pero tan cerca en el corazón. ¡Cómo podrían olvidarse episodios así!

- Chaparral, el pueblo nativo, otra constante en la vida de Eutiquio Leal.
- Sí, fíjense que ahora, por ejemplo, estoy metido de lleno en la escritura de una novela mediante la cual quiero exteriorizar todo lo que siento visceralmente por mi pueblo. Es una novela que muy posiblemente titule Fumarolas de abril. No sé por qué, pero las dos palabras me seducen, fumarolas y abril, son sonoras, musicales, tienen algo que ver con mis sueños. La novela es un proyecto muy viejo y por eso creo que está ya decantada en mi mente. Aspiro a que recoja el aroma, el ambiente, la atmósfera de Chaparral en este siglo, por lo menos hasta el año 50. Que recoja eso que la sociología no menciona, que la ciencia desconoce, que el ensayista histórico pasa por alto: totalizar lo invisible de mi pueblo, la nostalgia que siento siempre que regreso, cuando encuentro cada vez un pueblo más decadente, menos espiritual que aquel que yo viví cuando era niño. Entonces me nacen unos deseos infinitos de recuperar aquel ambiente, aquellos detalles, aquel aire que yo respiraba y que deben quedar por lo menos testimoniados en la literatura. Porque en Chaparral siempre hubo grandes acontecimientos históricos y políticos y culturales, por lo menos hasta la primera mitad de éste siglo. Yo quiero recuperar esas cosas perdidas. Siento nostalgia. Pero no es aquella nostalgia romántica y regresiva. No. Es la nostalgia del árbol cuando le arrancan la hojita. Yo siento que la gente de mi pueblo se ha desarraigado y eso me hiere, está presente en mi vida diaria, en mis pesadillas. Solo queda un desarrollo material.

- Ya hemos establecido claramente cómo la actividad de la enseñanza, el periodismo, la política, entre otros, ocupan buena parte del tiempo. ¿Dónde, cómo, cuándo, entonces, está la literatura?
- Escribo por las mañanas. Ese es el único tiempo que no le vendo a nadie. También por las noches, después de las diez, cuando puedo hacerlo, escribo otro poco. Por la tarde y las primeras horas de la noche se las dedico a las clases, a los talleres literarios, a las reuniones para hablar de los proyectos actuales. En esas condiciones yo escribo solamente por las mañanas. No podría decir que soy un escritor profesional, pero sí sé que soy un escritor por la responsabilidad con que me enfrento a mis deberes literarios, que yo mismo me he trazado y que creo que están ya muy bien insinuados en este reportaje. Ahora, para redondear la idea acerca de cómo concibo, cómo ejercito el oficio de escribir, yo diría que soy lento, que tengo mucha dificultad frente al lenguaje, porque lo respeto mucho como elemento primordial de la expresión escrita, porque siempre lo asumo como quien compone o ejecuta una sinfonía musical. Eso me ha servido mucho, porque al lado de la dificultad, va el convencimiento de estar haciendo las cosas con honestidad, que con el lenguaje puedo hacer lo que me  dicte la real voluntad. Yo soy muy lento para escribir, soy muy bruto para escribir, pero también soy muy honesto. Corrijo mucho, tacho, rompo, porque soy perfeccionista, no porque logre perfección sino porque me gusta buscarla.

- Tu primera novela, Después de la noche, y tu última novela La hora del Alcatraz, son la misma novela. Entre una y otra hay mucho tiempo de paréntesis -casi treinta años-, muchos libros publicados, entre cuentos, poemas, ensayos, antologías, productos de talleres, etc. Sorprende al lector que a pesar de los años transcurridos exista esa columna vertebral en tu literatura, como si se afirmase que desde el comienzo las cosas estuvieron tan bien, que vale la pena sustentarlas, aún con la estrategia válida de cambiar de título.
- Eso habría que explicarlo. No se trata simplemente de un cambio de título, aunque sí, es cierto, es casi la misma novela. Lo que sucede es que en 1963, gané el concurso promovido por la Extensión Cultural de Bolívar con Después de la noche. Este libro, que originalmente era más completo, más denso, más voluminoso, tuve que condensarlo en 142 páginas  solamente para ajustarlo a los reglamentos del concurso. Eso, inclusive, se advierte en esa primera edición cuando se notifica a los lectores que se trata de la "sinopsis de una novela". Transcurridos todos estos años siempre tuve en mente la idea de publicar no simplemente la sinopsis sino la novela completa que, también con el paso del tiempo, fue depurándose y convirtiéndose en La hora del alcatraz. Pero es importante la reflexión que ustedes hacen porque ahora, por primera vez, caigo en cuenta de que con el paso de los años  he venido cimentando todas mis creencias, todos mis propósitos iniciales. La hora del alcatraz es la mismaDespués de la noche  en el sentido en que están presentes mi afán por describir el fondo del ser humano, sus ilusiones, sus penurias, sus sueños, sus avatares, sus pesadillas, sus esperanzas y sus desesperanzas. En la técnica es posible que hayan cambiado algunas cosas, pero es también importante porque ratifico, en una y otra versión, mi preocupación por renovar las formas de narrar. En su época, cada uno de mis libros fueron calificados por la crítica como experimentales o novedosos, a veces se refirieron a ellos como innovadores o futuristas. ¡Qué bueno, entonces, que pasados ya tantos años de trabajo, se sienta su vigencia, su significado!

- Para concluir, Eutiquio, esto significa que estás satisfecho con tu trabajo literario?
- ¿Saben que no? No. Si se volviera a hacer una nueva edición de cualquiera de mis libros, cosa que no suele ocurrir en este país, yo releería y corregiría, trataría de mejorar mis textos, volvería al cuento del perfeccionismo. Yo no me siento satisfecho con lo que he hecho como ser humano ni como escritor de literatura. Por lo que corrijo tanto, por lo que lucho tanto con los textos, por lo que exijo tanto de los autores que leo, creo que siempre habría oportunidad de mejorar las cosas. Pero en mi caso esa falta de satisfacción no significa frustración: ¡entraña un reto!. Para mí la vida toda es un reto, cada instante un desafío, cada segundo una propuesta. Así he vivido siempre, así estoy feliz de vivir.


EUTIQUIO LEAL

Chaparral, Tolima (1928). Escritor, profesor universitario, periodista y fundador de los primeros Talleres de Literatura en Colombia.
 Galardonado con varios premios literarios de cuento y novela, tanto a nivel nacional como internacional. Fue fundador, entre muchas otras publicaciones de carácter político y cultural, de la revista de literatura Gato Encerrado.
Obras publicadas: Mitin de alborada, texto político; Agua de fuego, cuentos; Después de la noche, novela; Vietnam: ruta de libertad, textos y poemas; Cambio de luna, cuentos; Bomba de tiempo, cuentos; Ronda de hadas, poesía; Talleres de Literatura I y II, ensayos; Trinos para sembrar; Música de sinfines; El oído en la tierra, relatos; La hora del alcatraz, novela.

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