dimanche 14 août 2011

Ignacio RODRIGUEZ/ El cumplimiento del deber


El cumplimiento del deber
Por Ignacio Rodríguez 

Desde los tiempos de la revista Tebaida, en Arica (contemporánea de Trilce y Arúspide), Oliver Welden (1946) es parte de la historia de la poesía chilena. En 1970 publicó Perro del Amor(Antofagasta, Ediciones Mimbre, premio Luis Tello de la Sociedad de Escritores de Chile), su segunda obra, y entró luego en un "silencio editorial" que sólo rompió en 2006 con Fábulas ocultas(Concepción, Ediciones Lar). Ahora irrumpe con Oscura palabra , que "fue iniciado en 1970" y cerrado en 2009. ¡39 años de escritura y desventuras!

El resultado es sobrio, pero también obvio, combinación de una épica más o menos pobre y una lírica deslavada, que ni se contiene ni se desborda, sino que simplemente se apaga en su propia inoperancia, en su falta de vuelo, en el forzamiento meramente intelectual de los materiales. El libro carece, por lo mismo, de una propuesta poética, para desbarrancarse en un verbalismo que aunque inteligente y hasta riguroso en términos de verdad, aunque expuesto al maniqueísmo, no alcanza más dimensión que la documental y testimonial.

Esto, al menos en los textos de carácter histórico-ideológicos referidos al golpe militar de 1973. Porque el libro incursiona también en el transtierro y la intimidad, sin lograr zafarse de una retórica dura y trabada, una formulación adiestrada y sin hallazgos de las emociones, aunque de mayor delicadeza.

Todo indica que este libro fue escrito más por una necesidad de cumplir con un deber autoimpuesto que por esos impulsos inclaudicables de la sobrevivencia, más para consumar una obligación que para sucumbir y renacer, que es la dirección auténtica de toda escritura impostergable. Sin embargo, y como homenaje al forjador de Tebaida y actor constitutivo de la generación del 60, cito el poema "Ronda", precedido, desde luego, por un verso de Gabriela Mistral: "este verde campo es tuyo, ¿de quién más podría ser?", que sin duda en algo escapa a la dureza de los juicios hasta aquí expuestos: "Somos tantos y no tenemos nada/ Nos hemos repartido el aire/ El agua de la lluvia y las palabras del idioma/ Nunca la tierra el pan de las panaderías/ O la fruta de los árboles/ Soy dueño de un rojo atardecer/ Y te he dado un pájaro en vuelo/ La luna llena es tuya y las nubes sobre la cordillera/ El niño canta una canción azul/ La batea salpica su espuma de jabón/ La patata hierve en un tarro tiznado/ Somos tantos y no nos oyen/ No tenemos nada y todos nos ven".

Si bien apreciamos aquí cierta voluntad de formalización poética, el poema en realidad queda cautivo de la idea que finalmente es lo único que propaga. Todo este libro incurre en esa práctica: predominio de lo que se dice por sobre el cómo se dice, del contenido sobre la forma, diluyéndose en una falta de equilibrio e innovación.

Articulo : http://diario.elmercurio.com  07/08/2011

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