samedi 20 août 2011

Javier PRADERA/La extraterritorialidad de Jorge SEMPRÚN



Biografía :
La extraterritorialidad de Jorge SEMPRÚN
Por Javier PRADERA

Jorge Semprún (1923-2011) dejó escrita su última voluntad sobre el lugar y la forma en que deseaba ser enterrado, expresando así la doble contradicción –entre la identidad española y la identidad francesa, entre el recuerdo del exilio y la reconciliación posfranquista– de su compleja existencia. Biriatu es un pueblecito vascofrancés emplazado a orillas del Bidasoa, frontera fluvial hasta su cercana desembocadura en el Cantábrico, que le servía de punto de descanso en sus viajes clandestinos entre Francia y España durante la dictadura.

Jorge Semprún elige esa línea de frontera, patria posible de los apátridas, como el lugar más adecuado para perpetuar su ausencia y dar testimonio de su doble pertenencia española, de nacimiento, y francesa, de elección. También expresa el deseo de que su cuerpo sea amortajado con la bandera de la Segunda República española como símbolo de su fidelidad al exilio y al dolor de los suyos, pese a su convencimiento de que la actual monarquía parlamentaria española es hoy la mejor forma de desarrollo de la res publica.

En el prólogo al libro de investigación de Evelyn Mesquida sobre La Nueve, la columna de la División del general Leclerc formada mayoritariamente por republicanos españoles que entró en París para liberarlo de los nazis antes de la llegada del resto de las fuerzas aliadas, Jorge Semprún rindió un último homenaje a las decenas de miles de exiliados que lucharon en la Resistencia o con el Ejército de la Francia Libre y que murieron en los campos nazis: “Aquellos combatientes formaron, de manera inconsciente, el primer esbozo de una futura unión europea”.1

Una lápida funeraria en la pequeña iglesia del pueblo cercana al cementerio rememora –Orhoitz Gutaz [Acordaos de nosotros]– a los 11 hijos de Biriatu que murieron en las filas del Ejército francés durante la Gran Guerra. El mármol sirvió de tema a un conmovedor poema escrito por Miguel de Unamuno en los años veinte mientras vivía en el destierro impuesto por la dictadura del general Primo de Rivera. Pero mientras esos versos constituyen una melancólica reflexión sobre la existencia rural (“Pasasteis como pasan por el roble / las hojas que arrebate en primavera / pedrisco intempestivo […] / Fuisteis como corderos, en los ojos / guardando la sonrisa dolorida / […] ¿Por qué? ¿Por qué?. Jamás esta pregunta / terrible torturó vuestra inocencia; nacisteis […] nadie sabe / por qué ni para qué”)2, Jorge Semprún dio sentido a su existencia a la luz de los valores y de los principios asumidos durante su adolescencia republicana. Ese trasfondo emocional, moral y político le conducirá, no de forma determinista sino como posibilidad realizada entre otras potencialidades, a la militancia en la III Internacional primero, a la ruptura con el Partido Comunista de España (PCE) después y al apoyo del proyecto socialdemócrata de Felipe González finalmente.

La lealtad compartida a la vocación de escritor, la reflexión teórica y la práctica política formó la trama de una biografía explicable por la tesis de Scott Fitzgerald según la cual la señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas al mismo tiempo y, a pesar de ello, seguir funcionando.

1. Exilio, resistencia, militancia

La sublevación militar del 18 de julio de 1936 contra la República sorprendió a un Jorge Semprún que todavía no había cumplido los 13 años veraneando con su familia en Lekeitio, un pueblo pesquero vizcaíno. Durante la Guerra Civil, vivió en La Haya, donde su padre, José María Semprún Gurrea, representó a las instituciones republicanas hasta el final del conflicto.

Refugiado en Francia desde 1939, ingresó en el Partido Comunista Francés, participó en el maquis de la región de Auxerre, fue detenido en octubre de 1943, torturado por la Gestapo y enviado al campo de concentración de Buchenwald. Liberado en abril de 1945, a su regreso a París militó simultáneamente en las organizaciones comunista española y francesa hasta viajar a España –con pasaporte falso– en 1953 para vivir en la clandestinidad hasta diciembre de 1962.

Su expulsión del PCE en 1964 abriría una nueva etapa en su vida. Sería una tarea imposible, sin embargo, tratar de localizar el punto exacto de la trayectoria donde Semprún habría sufrido la simbólica caída paulina del caballo en el viaje a Damasco. El proceso fue largo y complejo. Para Jorge Semprún la
larga militancia comunista de casi dos décadas fue el periodo más importante de su vida, “el más rico de aventura y experiencia”; a su juicio, las convicciones que le conduje- ron a ingresar a los 19 años en el Partido Comunista fueron las mismas que le costaron la salida de la organización “en función de una misma exigencia de rigor y de coherencia”.

No cabe simplificar ni idealizar ese proceso: “fue un camino largo, lleno de emboscadas, de contradicciones”. Jorge Semprún dejó constancia en libros, artículos, guiones de cine y conferencias de los desengaños sufridos a lo largo de ese viaje. Pero su memoria no registró sólo los recuerdos sombríos de la trayectoria recorrida; “esa verdad objetiva no recubre toda la realidad del partido, o sea de los comunistas de carne y hueso”: la fraternidad comunista de los combatienes en los maquis, los deportados de Buchenwald o los desconocidos que le abrían la puerta pese a que al hacerlo introducían en su vida el riesgo de la cárcel.

El recuerdo de Jorge Semprún de los tiempos de la lucha contra el nazismo y la deportación a Buchenwald se halla en las antípodas de la reflexión de Paul Nizan (“Tenía veinte años. No dejaré que nadie diga que es la edad más bella de la vida”) en su novela Aden Arabie. Por el contrario, “era feliz porque todo estaba claro. Sabía que estaba preso. Además, los malos estaban por un lado y los buenos por otro, como en los cuentos de hadas. Y yo estaba con los buenos.

El fascismo era el Mal y nosotros luchábamos contra el Mal. Tenía veinte años y era feliz”. Cuando visita en 1992 por vez primera desde su liberación Buchenwald en compañía de sus nietos, las sensaciones que le asaltan al atravesar la verja de la entrada son semejantes: “Supe que volvía casa. No era la esperanza lo que tenía que abandonar, en la puerta de este infierno, sino todo lo contrario.

Abandonaba mi vejez, mis decepciones, los fracasos y los errores de mi vida. Volvía a casa, quiero decir al mundo de mis vente años: a sus iras, a sus pasiones, a su curiosidad, a sus risas. A su esperanza, sobre todo. Abandonaba todas las desesperaciones mortales que se van acumulando en el alma, a lo largo de una vida, para recobrar la esperanza de mis veinte años que la muerte había arrinconado”.

Es cierto, sin embargo, que los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial no despiertan en Jorge Semprún esos emocionados sentimientos: el compromiso con la severa militancia comunista coloreada por el seco catecismo estalinista era duro de mantener y de cumplir. Las reuniones interminables de la célula, el adoctrinamiento ideológico y el reparto o la venta de la prensa y de los materiales del partido ocupaban con evidente desventaja el lugar dejado libre por el riesgo y la aventura de la Resistencia. El maniqueísmo de la guerra fría, el sectarismo estaliniano, el universo cerrado y hermético de la subcultura comunista y la disciplinada espera del gran día revolucionario daban a la militancia un sabor más propio de la vida de los conventos que de las gestas heroicas.

En el terreno de la escritura, el bloqueo psicológico de Jorge Semprún durante los años de posguerra para narrar los recuerdos de la Resistencia y de Buchenwald –años más tarde su gran fuente de creación literaria– no deja a su escritura más territorio que las recensiones críticas, la poesía política y los artículos polémicos publicados en los periódicos y las revistas comunistas, además de los papeles guardados en los cajones.

Eran los “años terribles” –rememora Semprún– de la excomunión de Tito, de las purgas sangrientas en los países recién incorporados al bloque soviético, de la guerra fría que dividió al mundo en dos campos antagónicos. Las condenas a muerte y las calumniosas sentencias dictadas contra Rajk en Hungría, Koslov en Bulgaria y Slansky en Checoslovaquia eran respaldadas unánimente en los partidos comunistas occidentales “sencillamente por deseo cuasi religioso de identificación” con la organización a costa de chivos expiatorios inocentes. La dirección del PCE aprovechó la campaña contra la Yugoslavia de Tito y los procesos en las democracias populares para arreglar cuentas con sospechosos de heterodoxia como Quiñones, Monzón, Trilla y Comorera.

El revisonismo de la guerra civil y del franquismo iniciado por Pío Mora y otras eminencias de la escuela historiográfico-policial ha vuelto a poner de moda un vejatorio paralelismo entre los ex-nazis y los ex-comunistas, como si la inhumanidad teórica de los fascismos de todos los colores, prolongada inevitablemente en una práctica criminal, fuese comparable con la trágica deriva opresora y sanguinaria de una ideología emancipadora. En cualquier caso, resulta innegable que las revelaciones del XX Congreso del PCUS en 1956 sobre los crímenes cometidos bajo la dictadura de Stalin, las posteriores investigaciones sobre los primeros años de la hegemonía bolchevique y la ampliación geográfica del dominio estatal comunista a China y los países europeos de la democracia popular no llaman solo a la conciencia moral de quienes los perpetraron, los toleraron a sabiendas por temor o fingieron ignorarlos.

Los ex-comunistas difícilmente pueden rememorar ese pasado como totalmente ajeno aunque aleguen su falta de información al respecto, la sinceridad de su apuesta por los ideales ilustrados de emancipación, la barbarie comparativamente mayor de sus adversarios y su pertenencia a países donde los comunistas no sólo no ocupaban el poder sino en los que que eran torturados y encarcelados.

La obra de Jorge Semprún contiene de manera latente o expresa el interrogante sobre cuál hubiese sido su comportamiento de haberle tocado en suerte decidir desde el poder sobre la vida y la muerte de gente inocente. Un día de otoño de 1952 lee en L’Humanité el resumen del acta de acusación dirigida contra Rudolf Slansky y otros dirigentes del PC checoslovaco, entre otros Josef Frank, secretario general adjunto de la organización comunista, que supuestamente habría confesado trabajar para la Gestapo durante su internamiento en el campo de concentración de Buchenwald. “Supiste de inmediato que la acusación era falsa. Lo supiste con esa certeza física y brutal que imponen las verdades materiales”. Frank y Semprún habían coincidido como presos en Buchenwald y compartido algunas misiones peligrosas ordenadas por la dirección comunista del campo.”

Comprendiste en seguida que tanto la acusación contra él como su propia confesión eran falsas […] Era como una gota de ácido que corroía todas tus certidumbre […] No dijiste nada, sin embargo […] Decidiste permanecer en el partido. Preferiste vivir, dentro del partido, la mentira de la acusación contra Frank que vivir, fuera del partido, la verdad de su inocencia”.

Las afiliaciones a los partidos comunistas durante periodos relativamente breves y dedicados a trabajos políticos de escasa relevancia o relacionados exclusivamente con actividades sindicales no suelen dejar excesivas huellas, especialmente si no acarrean detenciones ni encarcelamientos prolongados. Es bien distinto, sin embargo, haber ocupado cargos dirigentes como revolucionarios profesionales. La militancia de los excomunistas para quienes la pertenencia al Partido desempeñó un papel crucial por su duración temporal y por la hondura del compromiso suele ser explicada –tanto el ingreso como la eventual salida o expulsión a lo largo de una línea continua de motivaciones. Situada en uno de los extremos de esa imaginaria línea ininterrumpida de causaciones, algunos excomunistas atribuyen a terceros –los jefes o los camaradas– el origen de los comportamientos viles y hechos reprobables en que pudo haber participado, pero explican tanto su adhesión como su ruptura con el credo comunista y con la organización que lo administra, en cambio, por las más nobles motivaciones. La bibliografía de disidentes de este tipo de la III Internacional durante la guerra fría –como Jesús Hernández y El Campesino en España– es copiosa. En el extremo opuesto de esa línea continua figuran los antiguos comunistas dejados en la orfandad por la implosión de la Unión Soviética, que niegan la veracidad de las acusaciones contra un pasado con el que se identifican o que las justifican por comparación con los males mayores causados por los adversarios. Entre el imperio del mal finalmente destruido y el paraíso del proletariado abortado por la traición de Gorbachov y sus cómplices se alinean variantes para todos los gustos imaginables.

Además del registro de motivaciones psicológicas personales ocultas a la observación exterior, el ingreso, el tiempo de permanencia y la salida de un partido comunista guardan relación con un amplio conjunto de factores. La socialización infantil y adolescente en una familia de la clase media con su carga de creencias religiosas, defensa de la propiedad privada y apología de la ley y el orden se halla en las antípodas de los valores transmitidos a sus descendientes por trabajadores de la ciudad o del campo que han soportado represiones y encarcelamientos. Una vía peculiar de incorporación a las organizaciones de la III Internacional, reservada especialmente a estudiantes universitarios, intelectuales, escritores y artistas, fue el deseo de contribuir a la transformación del mundo durante el periodo dominado por la Revolución de 1917, la crisis económica de 1929 y el ascenso de los fascismos. Jorge Semprún llevaría en 1943 en la mochila de partisano L’Espoir de Malraux e Historia y conciencia de clase de Lukács. Asociadas a la voluntad de llevar a la práctica los postulados de la teoría (en el sentido de las Tesis sobre Feuerbach de Marx), las adhesiones masivas a los movimientos revolucionarios en situaciones de exaltación y esperanza (la Guerra Civil española, la derrota de Hitler, la victoria sobre Estados Unidos en Vietnam) también se asocian con un cierto oportunismo histórico, entendido como deseo de ocupar una plaza en la locomotora de la historia enfilada hacia el futuro y no como esperanza de participar en el poder.

Los militantes de base que reciben desde arriba consignas a veces contradictorias con anteriores instrucciones tampoco pueden ser equiparados con los miembros del aparato que imponen esos virajes y que sancionan disciplinariamente a quienes los rechazan, tal y como ocurrió con la aceptación pacifista y neutralista del Pacto germano-soviético de agosto de 1939 por los dirigentes de los partidos comunistas de la Europa occidental y el posterior llamamiento a las armas contra el ocupante alemán tras la invasión por Hitler de la Unión Soviética en junio de 1941. Los bruscos vaivenes de la III Internacional durante el periodo de entreguerras, desde la estrategia de clase contra clase a las alianzas del frente popular, desde la descalificación de los socialdemócratas como socialfascistas a las propuestas de unificación de los dos partidos no pueden ser reprochados a los simples afiliados comunistas.

E incluso podría aducirse, esta vez como atenuante para los dirigentes de los partidos sometidos a la hegemonía de la Unión Soviética, que su ciega obediencia a las directrices emanadas de Moscú les convertían en un equivalente de los militantes de base. Evidentemente no fue lo mismo adherirse al movimiento comunista cuando el partido luchaba contra una dictadura que hacerlo pragmáticamente para forjarse en una carrera meritocrática en un Estado del bloque soviético. Los militantes que han sido torturados por la policía fascista, que han envejecido en las cárceles de un régimen autoritario o que sólo han conocido la muerte civil de la clandestinidad no pueden ser equiparados con los dirigentes llegados al poder por cooptación burocrática que han adoptado, encubierto o tolerado medidas como las puestas al descubierto por el Informe Jrushov o por las indagaciones sobre los crímenes de Katyn, China o Camboya.

En el ingreso a los 18 años de Jorge Semprún en el Partido Comunista francés confluyeron las motivaciones genéricas en los estudiantes e intelectuales (era un brillante alumno del Liceo Henri IV de París) y las circunstacias espefícas de su caso: la victoria de Franco en la Guerra Civil, el exilio en Francia tras la derrota de la Segunda República, la ocupación nazi de Francia en junio de 1940, la invasión de la Unión Soviética en junio de 1941 tras la ruptura del pacto Ribbentrop-Molótov de 1939 y la aparente inminencia del triunfo de Hitler. Ciertamente, el marco familiar de su infancia había sido ajeno al mundo de los trabajadores.

La rama materna de su árbol genealógico se insertaba en el tronco de la alta burguesía ennoblecida durante la Restauración por sus servicios políticos a la Corona. Susana Maura Gamazo era hija de Antonio Maura y de la hermana de Germán Gamazo, dos políticos premiados con un título nobiliario. Por el lado paterno, José María Semprún Gurrea, abogado en ejercicio y escritor vinculado a los medios católicos de Cruz y Raya en España y de Esprit en Francia, procedía también de los sectores altos de la clase media. Los recuerdos de Semprún de su infancia y adolescencia en una amplia vivienda situada en el barrio más distinguido de Madrid –sus fronteras eran el Museo del Prado, la plaza de Cibeles y el Retiro– habrían sido probablemente indistinguibles de las reminiscencias de cualquier otro hijo de familia de parecido estatus social si no hubiese sido por la militancia republicana de su padre y de su madre, seguramente influidos por su cuñado y hermano, Miguel Maura Gamazo, ministro de la Gobernación en el Gobierno Provisional de la República.

Jorge Semprún evocó más de una vez las colgaduras de la bandera tricolor en los balcones de su casa familiar ordenadas por su madre el mismo 14 de abril de 1931. La salida de España hacia Francia por mar cuando las tropas de Franco avanzaban hacia Lekeitio es la línea divisoria de la existencia de un adolescente que no volverá a su país hasta 17 años después. La simple condición de republicano español exiliado hubiese sido en teoría suficiente para que Jorge Semprún combatiese contra Franco sin otros encuadramientos ideológicos complementarios.

No era fácil, sin embargo, que el débil liderazgo de los herederos de Azaña instalados en Francia o en México y el proyecto de restauración de una democracia burguesa pudiera galvanizar a un muchacho en pleno fragor de una feroz guerra europea de la que el conflicto español había sido un ensayo general. Pero ¿por qué ese compromiso tomó como punto de destino al partido comunista, minoritario y marginal en la España de la Segunda República hasta el estallido de la guerra, y no el PSOE hegemónico antes de 1936 o el movimiento anarquista? Sin duda, la venta de armas de la Unión Soviética a la República frente al embargo de los países democráticos, la decisiva participación del movimiento comunista internacional en el reclutamiento y envío de las Brigadas Internacionales y el papel desempeñado por los cuadros militares del PCE (los míticos Líster, Modesto, Galán, Campesino, Tagüeña) en la reconstrucción del Ejército Popular y la estrategia de anteponer a la revolución la victoria en la guerra habían dado un gran impulso a la organización comunista a costa de un PSOE dividido en facciones y de una CNT indisciplinada y errática. Cualificados sectores de la burguesía republicana, incluido el grupo de Cruz y Raya dirigido por Bergamín, y buen número de artistas, escritores, intelectuales apoyaron al PCE partidario del Frente Popular después de que en 1931 hubiese recibido el cambio de régimen con el grito de “¡Abajo la República y vivan los soviets!”.

Tras la invasión de la Unión Soviética por la Alemania hitleriana, los comunistas españoles residentes en Francia se alistaron en la resistencia antinazi. Era lógico que un muchacho de 18 años que no había podido combatir en la guerra de España y que se interesaba por la teoría marxista sentase plaza como partisano para luchar contra Hitler. Los tres años siguientes de guerra y la derrota final del fascismo no harían sino fortalecer su compromiso. La victoria de Stalingrado a comienzos de 1943, que cambió el rumbo de los acontecimientos de la guerra mundial, y la contribución rusa de 20 millones de muertos al triunfo aliado nimbaron de heroísmo el esfuerzo bélico de la Unión Soviética.

Las experiencias del maquis y del campo de concentración de Buchenwald no harían sino reforzar el compromiso comunista de Jorge Semprún. La barbarie nazi parecía explicar o incluso justificar la política de Stalin como precio necesario para afrontar primero y ganar después la guerra. La doctrina del respeto a los derechos humanos no tenía espacio operativo dentro del escenario del feroz conflicto de 1939-1945 y sería enunciada sólo como promesa de futuro en la Declaración de Naciones Unidas de 1945.

2. La clandestinidad de Federico Sánchez

Jorge Semprún pensaría veinte años más tarde que fue “la suerte y no el mérito” la causa de haber sido cooptado a la dirección del PCE (primero como miembro del Comité Central elegido por el V Congreso celebrado en el otoño de 1954 y después como dirigente del Buró Político cooptado en febrero de 1956) tras la muerte de Stalin y no antes. El PCE había abandonado pocos años antes la lucha armada y se disponía a seguir las instrucciones dadas por Stalin en 1948 a Dolores Ibarruri, Francisco Antón y Santiago Carrillo para abandonar la via insurreccional y llevar la “lucha de masas” a los sindicatos verticales. Ese viraje implicaba la reconstrucción de las alianzas políticas dentro del ámbito republicano que las semanas finales de la Guerra Civil (la resistencia de los comunistas al golpe del coronel Casado) y las peleas en el exilio y la guerra fría habían destruido. La cooptación a la dirección de un PCE deseoso de clausurar los conflictos internos del bando republicano y de combatir la dictadura mediante la vía pacífica aprovechando los resquicios legales permitió a Jorge Semprún poner entre paréntesis la historia y el funcionamiento de la organización durante los tiempos oscuros de la posguerra.

La nueva línea del PCE y la cooptación a los órganos dirigentes de la organización le facilitaron la tarea de “ahuyentar los fantasmas rigoristas y superególatras” de su etapa de simple militante “para rebasar las fronteras de un discurso político monolítico y monologante, monoteísta y monomaniaco, de una logomaquia autosuficiente y autosatisfecha” y para comenzar a escuchar las voces de la realidad.

Después del XX Congreso del PCUS, la cultura de partido continuaba exigiendo el ritual de las citas de Marx, Engels y Lenin en cualquier discusión, no sólo como argumento de autoridad dirimente sino también como doctrina jurisprudencial. Una de las bromas habituales de Jorge Semprún durante su etapa madrileña era citar con humor enfático la frase atribuida a Lenin para restar importancia a los tropiezos y las malas noticias:
“¡La Revolución, camaradas, no es la Perspectiva Nevsky!”, en alusión a la recta, llana, ancha y larga avenida del centro de San Petersburgo.

El tiempo, en cualquier caso, había mejorado espectacularmente para los comunistas. En el PCE tenía un fuerte arraigo la costumbre de sustituir los análisis empíricos por las semejanzas respecto a un modelo histórico construido con materiales tomados de un proceso revolucionario anterior. La cita hegeliana de Marx según la cual las tragedias históricas tienden a repetirse en forma de farsa terminó perdiendo el sesgo irónico empleado en El 18 Brumario de Luis Bonaparte para legitimar el uso de la analogía como método de diagnóstico político. Bolcheviques y mencheviques dedicaron muchos esfuerzos a discutir si los acontecimientos de 1905 o 1917 se correspondían con una fase u otra de la Revolución Francesa.

A partir de la Revolución de Octubre los debates en la III Internacional girarían en torno a las analogías –tomadas como homologías– entre cualquier suceso de cualquier país y el Domingo Sangriento, la caída del zarismo o las vísperas del asalto al Palacio de Invierno. Trotski utilizó la referencia histórica del Thermidor francés para conceptualizar al Estado staliniano. Cada país incorporaba al santoral analógico las peculiaridades de su propia historia; en España, por ejemplo, la convocatoria de la huelga general de diciembre de 1930, fracasada sólo cuatro meses antes de la proclamación de la República, serviría de consuelo a los promotores de la frustrada Huelga Nacional Pacífica de junio de 1959. La caída de la Monarquía y la proclamación pacífica de la República el 14 de abril de 1931 eran la ilustración de una secuencia destinada a reproducirse. La primera vez que Santiago Carrillo se entrevistó en París con Dionisio Ridruejo a comienzos de los sesenta no pudo por menos de cuchichearle a Jorge Semprún: “¿Te has fijado en el parecido físico de Ridruejo
con Kerenski?”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el partido comunista francés se presentaba ante los electores como el partido de los fusilados. El PCE también vinculaba su imagen con el heroísmo de sus militantes durante los años de resistencia. De añadidura, la consigna ¡Franco sí, comunismo no! adoptada por el régimen tuvo la paradójica consecuencia de que una parte de los opositores al régimen se la tomara al pie de la letra aunque cambiando la afirmación por la negación y afiliándose al PCE para encauzar su protesta. Desaparecida oficialmente la Komintern (Internacional Comunista) en 1943 por orden de Stalin para subrayar así el carácter nacional de la lucha soviética contra Hitler y sustituido por la Kominform (Oficina de Información Comunista), los nexos e interacciones dentro de un mundo comunista rígidamente controlado por Moscú empezaron a cambiar tras el enfrentamiento de Yugoslavia con la Unión Soviética, la emergencia de la China comunista y los primeros conatos de policentrismo.

Durante los 10 años largos que transcurrieron desde el primer viaje a España de Jorge Semprún tras el exilio (apenas tres meses después de la muerte de Stalin el 5 marzo de 1953) y su expulsión del PCE (el mismo año del derrocamiento de Jrushov en 1964), su mundo ideológico de referencia sufrió profundos cambios. Cabe aventurar, sin embargo, que el factor decisivo de su transformación fue el redescubrimiento de la realidad española tras 17 años de ausencia y la constatación de los cambios puestos en marcha bajo el franquismo en un país marcado todavía por la Guerra

Civil y la autarquía

La vida española a mediados de los cincuenta estaba ya muy alejada –se aceleraría todavía más a comienzos de los sesenta– de los recuerdos fijados en la memoria de los exiliados como las mariposas disecadas en la caja de un naturalista.

Tras la retirada temporal –a instancias de una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1946– de los embajadores acreditados en Madrid, el correoso régimen franquista emprendió una contraofensiva diplomática para tratar de regresar a la comunidad internacional y hacerse perdonar los estrechos lazos que le habían unido a los países del Eje perdedores de la Segunda Guerra Mundial. El concordato con el Vaticano y el tratado militar con Estados Unidos firmados en 1953 empezaron a quebrar el aislamiento de la dictadura, roto definitivamente en diciembre de 1955 con la entrada de España en Naciones Unidas.

La guerra fría ayudó a borrar o al menos a disimular las huellas de la ayuda armamentista, militar y económica prestada por Hitler y Mussolini a la sublevación militar contra la Segunda República de 1936 a 1939, así como el apoyo inicial a las potencias del Eje –de la neutralidad a la no beligerancia– del fascistizado régimen franquista durante la Segunda Guerra Mundial, incluido el envío en 1941 al frente oriental de una División de voluntarios integrada en la Wehrmacht como su División 250. La economía española sentaba las bases de lo que sería el desarrollo de los años sesenta gracias al tirón importador europeo de los treinta gloriosos años, a las inversiones extranjeras, al incremento de las exportaciones, al turismo y a las remesas de divisas de los emigrantes.

Como el viejo topo evocado por Marx, la demografía también había hecho su trabajo bajo la superficie: en 1956 llegaba a la Universidad la primera generación nacida después de la Guerra Civil española. A esa España que se reincorporaba a la comunidad internacional, iniciaba el despegue económico que alcanzaría su máximo ritmo durante la década siguiente y cambiaba de piel mediante el remozamiento demográfico, llegó en la primavera de 1953 un Jorge Semprún de 29 años, documentado con el pasaporte falsificado de un amigo suyo francés llamado Jacques Grador, para establecer sus contactos iniciales con estudiantes e intelectuales de ideología o simpatías comunistas de Barcelona, Madrid y Salamanca. Con el paso de los años, la memoria del viajero retuvo sobre todo la visita del supuesto hispanista Jacques Grador a Vicente Aleixandre en su casa de Velintonia.

Un año después, asumida ya la identidad de Federico Sánchez como nombre de guerra (miembro de los órganos dirigentes del partido y colaborador de su prensa), Jorge Semprún se instalaría durante largas temporadas en Madrid para montar desde la nada una amplia organización de estudiantes, intelectuales y artistas comunistas, establecer contactos con otros grupos de la oposición renuentes a relacionarse con los comunistas y dirigir la delegación del PCE en el interior del Buró Político. No sólo la gran mayoría de los estudiantes, intelectuales, artistas y profesionales captados para el PCE por Jorge Semprún entre 1953 y 1962 suelen dar testimonio de su fría valentía, inteligencia política, nivel cultural y calidad humana. También Santiago Carrillo, que decidiría su expulsión del Buró Político, del Comité Central y del partido a finales de 1964, rememoró elogiosamente casi cincuenta años después la figura de Jorge Semprún y su comportamiento como dirigente del PCE antes de ser purgado –junto a Fernando Claudín– de sus filas: según escribe el ex secretario general del PCE: “la mitad de la vida de Semprún” (esto es, hasta su expulsión) merece el elogio por su valentía e inteligencia 3.

Durante esa década, Jorge Semprún desaparece de escena y es sustituído por Federico Sánchez, no como un simple pseudónimo adoptado de forma obligada para burlar a la policía franquista (la Brigada Político-Social), sino como un heterónimo, al estilo de los poetas y escritores –sirva de ejemplo Fernando Pessoa– que se desdoblan con voces diferenciadas para expresar las identidades agrupadas dentro de su compleja personalidad. En términos estrictos, Federico Sánchez no es –claro está– sino el Jorge Semprún dedicado a reconstruir la organización del PCE en España en las peligrosas y difíciles condiciones de la clandestinidad. Pero el heterónimo del periodo 1953-1964 terminó cobrando vida propia hasta el punto de que el autor agazapado detrás del personaje y el actor encargado de representarlo a veces lo contempló muchos años después desde la perspectiva del espectador.

Jorge Semprún conservó el manuscrito de una obra teatral escrita en 1947 sobre una huelga obrera de Bilbao en la que figuran ya algunos de los temas centrales de su obra posterior. Entre otros la clandestinidad, “no sólo como aventura, o sea como placer o goce de situarse fuera de toda norma, sino como el camino hacia la conquista de una verdadera identidad”; la política “como destino individual, o sea como horizonte que no tiene por qué ser esencialmente el de la victoria y la conquista del poder… sino como un arriesgarse y realizarse, tal vez a través de la muerte libremente contemplada”; y la libertad, “como factor decisivo de todo compromiso político y existencial”.

Sometido el texto a la censura previa de la dirección del partido, un miembro del Buró Político le transmitió su dictamen negativo: Soledad–así se titulaba la pieza– no era una obra positiva porque los personajes no parecían lo suficientemente convencidos del inevitable y próximo triunfo de la lucha de masas en España. Con la perspectiva del tiempo, Jorge Semprún concluía en 1977 que Santiago, el protagonista del Soledad, “era en cierto modo la primera encarnación imaginaria de Federico Sánchez”, un ente de ficción preparatorio de su futuro heterónimo; “ese fantasma cargado de espesa realidad” de la obra de teatro no fue un puro azar de su existencia sino la expresión de una querencia muy profunda.

Las referencias de Jorge Semprún a su etapa de clandestinidad madrileña están empapadas de melancolía por el tiempo pasado, los amigos muertos y los riesgos afrontados; pero también por el Federico Sánchez desvanecido, a la vez parte de su identidad y figura autónoma dotada de existencia propia. El protagonista de la La guerre est finie, película dirigida en 1966 por Alain Resnais e interpretado por Yves Montand sobre 3 Santiago Carrillo, Los viejos camaradas, guión de Jorge Semprún, vive la historia de Federico Sánchez, situado ante el dilema de mantener sus posiciones políticas discrepantes de la dirección y ser expulsado del partido o de someterse a la disciplina a costa de prestar obediencia. En esa dramatización fílmica de hechos reales (el comienzo del debate dentro de la dirección del PCE que desembocaría en la expulsión de Jorge Semprún y Fernando Claudín), Diego –Federico Sánchez– es a la vez Yves Montand y Jorge Semprún. Diez años antes, Juan Antonio Bardem se había inspirado en la figura de Jorge Semprún para un personaje de Calle Mayor, bautizado además con el nombre y apellido –Federico Artigas–utilizado en el documento de identidad falso de Federico Sánchez.

Jorge Semprún aguantó en Madrid 10 años de clandestinidad sin que la Brigada Político-Social pudiera detenerle, pese a la convicción de que su heterónimo Federico Sánchez residía en España. Una dosificada mezcla de prudencia y de audacia, de riesgo calculado y de valor frío, explica que uno de los hombres más buscados por la policía política franquista saliera indemne de la cacería tras una búsqueda de años. El respeto de las reglas de la clandestinidad incluía el secreto de su domicilio hasta para los colaboradores más cercanos y la utilización de casas de seguridad del partido para las citas más comprometidas.

Al tiempo, Jorge Semprún aplicaba en ocasiones la lección del cuento de Poe en el que un documento es dejado bien visible al alcance de cualquiera como mejor escondite. El domicilio en Ferraz 12 –un ático frente al solar del Cuartel de la Montaña asaltado tras el levantamiento militar por las milicias obreras– de Domingo González Lucas, hermano mayor de Luis Miguel Dominguín y cuñado de Antonio Ordóñez (los dos toreros de máximo cartel al final de los cincuenta), le servía a Jorge Semprún como lugar de encuentro con su círculo más cercano de camaradas. Domingo Dominguín, a quien está dedicada la Autobiografía de Federico Sánchez, había tomado contacto en México a mediados de los cincuenta con dirigentes del PCE en el exilio y prosiguió luego en Madrid una generosa labor de militante, protegido de las sospechas policiales por su pasado y por sus relaciones sociales. Jorge Semprún ha contado cómo asistió con Juan Antonio Bardem en un repleto Estadio Bernabéu a un partido de futbol entre el Real Madrid y el Barcelona, pocas filas delante del célebre Conesa, destacado policía de la Brigada Político-Social.

A lo largo de esos años, Jorge Semprún dirigió con Simón Sánchez Montero y Francisco Romero Marín la delegación en el interior del Buró político del PCE. La organización de intelectuales y artistas, profesores y estudiantes universitarios, médicos, ingenieros y abogados fue en gran medida obra suya. Pero Jorge Semprún no se limitó al ámbito de la intelligentsia: también trabajó en la reorganización del movimiento obrero madrileño y la creación de Comisiones Obreras. Los sucesos de febrero en la Universidad madrileña, las primeras huelgas obreras de envergadura en Madrid, la huelga de tranvías, la preparación de las frustradas Jornada de Reconciliación de mayo de 1958 y Huelga Nacional Pacífica de junio de 1959 y el apoyo en el resto de España de las huelgas mineras asturianas de abril y mayo de 1962 forman parte de ese historial.

La década madrileña de Jorge Semprún le dio la oportunidad de conocer, dialogar y negociar con los líderes de los pequeños grupos de oposición al franquismo: liberales, democristianos, republicanos y socialistas organizados al margen del PSOE. La etapa de clandestinidad madrileña de Jorge Semprún fue también fructífera en términos literarios. Para los escritores, profesores, artistas y estudiantes madrileños, Federico Sánchez era un intelectual interesado por las cuestiones teóricas del marxismo desde un punto de vista filosófico que publicaba de vez en cuando artículos en la revista clandestina Nuestras ideas y jugaba con la idea de enfrentarse con el legado de Ortega y Gasset al igual que había hecho Gramsci con Croce. A comienzos de 1960, una caída importante de miembros del PCE en manos de la policía le aconsejó tomar la medida de seguridad de permanecer en el piso que le servía de domicilio en la calle Concepción Bahamonde.
“Fue una extraña vacación del espíritu. A los dos días, sin pensarlo demasiado, sin proponérmelo deliberadamente, me puse a escribir El largo viaje”. Durante una semana fue escribiendo la novela de un tirón, “sin apenas interrumpirme para tomar aliento”. Aunque el libro quedara por el momento inconcluso, Jorge Semprún superó de esta forma en Madrid el bloqueo que le había impedido durante quince años –“la escritura o la vida”– escribir sobre su cautiverio por los nazis.

Durante su etapa en el interior, la constelación de factores históricos, políticos e ideológicos que Jorge Semprún había interiorizado como motivadora de su compromiso comunista se vio sometida a un movimiento sísmico. La muerte de Stalin en 1953 inició el lento deshielo político e ideológico de la Unión Soviética, transformado en riada por la lectura del informe de Jrushov sobre los
crímenes de Stalin en el XX Congreso del PCUS de febrero de 1956. La reconciliación entre Moscú y Belgrado relajó aparentemente el centralismo del bloque soviético pero la represión a sangre y fuego de la insurrección húngara del otoño de 1956 mostró los estrechos márgenes de esa apertura. Aunque China iniciaría su herético despegue de la ortodoxia soviética ya a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, la profundidad del conflicto entre Mao y los sucesores de Stalin no era aun evidente. Tampoco las nacientes divergencias entre los partidos comunistas de Europa Occidental y el aflojamiento de sus vínculos de disciplina con Moscú eran vistos todavía como una amenaza para la unidad monolítica del movimiento comunista internacional.

El clima de guerra fría emitía señales contradictorias: los apaciguadores encuentros en la cumbre de los dirigentes de las grandes potencias alternaban con el incidente de los aviones-espías de 1960 y la crisis de los cohetes en Cuba en 1962. En cualquier caso, el optimismo histórico de los comunistas sobre su victoria en la lucha final continuaba siendo un dogma de fe. La planificación central parecía garantizar un crecimiento armónico e ininterrumpido de la economía llamado a superar a los países capitalistas a corto o medio plazo. “Os enterraremos”, había desafiado cortésmente Jrushov a sus adversarios tras anunciar la inminente superación de Estados Unidos por la Unión Soviética en renta percapita. Las hazañas soviéticas en la carrera espacial, con la puesta en órbita primero de la perrita Leika y luego del astronauta Gagarin, así parecía demostrarlo en el terreno de la tecnología científica. El retraso en la producción de bienes de consumo duradero y en la construcción de vivienda, sacrificados a la economía de guerra y a la industria pesada durante décadas, había sido considerado inevitable por los planes quinquenales pero sería pronto recuperado.

Si China se había incorporado a finales de los cuarenta al bloque socialista, Indonesia, Vietnam y otros países asiáticos estaban llamando a sus puertas; la teoría de las fichas de dominó sería durante los años sesenta la respuesta estratégica a esa amenaza puesta en marcha por Estados Unidos. El movimiento de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial había transformado el mapa del mundo y creado decenas de nuevos Estados sobre el solar abandonado –a regañadientes o a la fuerza– por las potencias imperiales.

La Unión Soviética aparecía ante las recién liberadas colonias no sólo como un modelo a la vez histórico y operativo para la construcción de las naciones-Estado dibujadas sobre las antiguas fronteras imperiales sino también como un poderoso aliado militar potencial y un generoso dispensador de ayuda. Carentes de infraestructuras, abrumadoramente agrarios, habitados por una población analfabeta, segmentada en tribus y carente de aparato estatal, esos países apelaban a la experiencia histórica de una gran potencia nacida sólo cuatro décadas antes y a su ayuda militar, económica, técnica y diplomática.

Así pues, desde la perspectiva de Jorge Semprún en la clandestinidad madrileña, los vertiginosos cambios producidos en el planeta desde la derrota de los fascismos parecían caminar con las botas de siete leguas a favor del comunismo, pese a las ambigüedades y contradicciones de su desenvolvimiento.

Aunque la Unión Soviética había mostrado en 1956 oficialmente el lado tenebroso del pasado staliniano, también había comenzado a examinar sus causas y a revisar las estructuras que lo produjeron. Aplicando las categorías históricas creadas por Marx, cabía fantasear sobre la posibilidad de que, una vez construida la base económica del nuevo modo de producción socialista en la Unión Soviética, emergería una superestructura estatal e ideológica que desarrollaría los principios de la emancipación, la solidaridad y el altruismo heredados de la ilustración. Al revés de la secuencia prevista por los clásicos del marxismo, las nuevas relaciones de producción habían precedido al impetuoso desarrollo de las fuerzas productivas; en el futuro se invertiría ese nexo causal y la prosperidad material de los países socialistas favorecería el despliegue de la libertad, la democracia y la extinción paulatina del Estado. Si la incorporación de las llamadas democracias populares de Europa central y oriental al glacis soviético y la victoria comunista en China habían dilatado enormemente las fronteras geográficas del bloque socialista, la dinámica interna del movimiento de liberación colonial iniciado tras la Segunda Guerra Mundial anunciaba la posterior ampliación de esas lindes. El capitalismo sería derrotado por el socialismo de forma pacífica, esto es, sin necesidad de insurrecciones violentas y sin que estallase la Tercera Guerra Mundial. En los países desarrollados la vía parlamentaria sustituiría a la vía armada para tomar el poder y construir el socialismo.

También en España las luces predominaban sobre las sombras y las certidumbres sobre las dudas. Si el ingreso de España en Naciones Unidas significó la admisión del régimen franquista en la comunidad internacional, la emigración masiva de la población campesina hacia los países europeos y hacia las grandes ciudades españolas estaba cambiando la estructura social del país. La industralización, las obras públicas y la construcción de viviendas, incrementó la demanda de mano de obra del sector secundario, mientras el turismo y los servicios lo hacían con el sector terciario. También aumentó el número de estudiantes de la enseñanza secundaria y universitaria. El movimiento universitario y las huelgas obreras mostraron que la combinación de palo y de zanahoria, represión y adoctrinamiento, manejada hasta entonces con éxito por el régimen franquista, no había logrado extirpar la mala hierba de la oposición. El naciente turismo europeo no sólo se convertiría en un importante renglón de la balanza de pagos (junto a las remesas de los emigrantes) sino que también sería la primera ventana al exterior para la entrada de nuevos aires –primero en el atuendo, más tarde en las costumbres y finalmente en la cultura– en una España sometida a veinte años de autarquía y cierre de fronteras.

El creciente peso de la Unión Soviética y el campo socialista en el escenario mundial había alentado durante la segunda mitad de las cincuenta desmesuradas esperanzas de los dirigentes comunistas del exilio. Esas expectativas se extendían igualmente a la posibilidad de una gran alianza contra el régimen (“Franco y su camarilla”) de las fuerzas políticas que habían combatido entre 1936 y 1939 en bandos opuestos pero que olvidarían el pasado para construir el futuro en nombre de la reconciliación nacional. Sin embargo, el abismo entre los recursos humanos desplegados por el PCE, de un lado, y los magros resultados de la Jornada de Reconciliación Nacional del 5 de mayo de 1958 y de la Huelga Nacional Pacífica de 18 de junio de 1959, de otro, alentó las dudas de Fernando Claudín y Jorge Semprún sobre la correspondencia entre la línea política del partido (los objetivos a corto, medio y largo plazo, la estrategia y la táctica para alcanzarlos) y la realidad política, económica, social y cultural de España veinte años después de concluida la Guerra Civil. Una acumulación de profundos y acelerados cambios nacionales e internacionales de interpretación incierta invitaban a la revisión de los supuestos sobre los que descansaba la línea del PCE.

La dirección en el exilio del PCE (residente de manera estable en París, Moscú y Praga), sin embargo, negaba la existencia de esas transformaciones económicas, sociales, culturales y políticas de la realidad española y prohibía analizarlas. El duro debate ideológico librado por Fernando Claudín y Jorge Semprún a partir de 1962-1963 con sus colegas del Buró Político y del Comité Central, que concluiría con su expulsión del partido a finales de 1964 (comunicada públicamente en abril de 1965), versaría en torno a esos temas, aunque el trasfondo orgánico del conflicto fuese la voluntad de Santiago Carrillo de mantener su control del PCE. La consecuencia operativa de esas discrepancias latentes fue que la dirección del PCE retirase a finales de 1962 a Jorge Semprún de su trabajo clandestino en España, seguramente por temor a que su discrepancia se contagiase a las bases, en vísperas de la áspera discusión que le costaría la expulsión del Buró Político y del Comité Central,
primero, y del PCE, después.

3. La expulsión de PCE

A partir de la muerte de Franco, el plagiario saqueo realizado por Santiago Carrillo de las líneas básicas defendidas a comienzos de los sesenta por Claudín y Semprún ha proyectado una nueva luz sobre aquel debate que, visto desde la perspectiva de hoy, tiene el aire entre bizantino y neoescolástico de las discusiones ideológicas de la III Internacional fieles a la retórica leninista. El fondo de la discusión apuntaba, sin embargo, a las grandes cuestiones que el futuro posfranquista planteaba a la izquierda.

El debate se inició con la impugnación por Fernando Claudín y Jorge Semprún de la conveniencia de mantener en el programa del PCE la consigna “la tierra para quien la trabaja”, una reivindicación revolucionaria tradicional dirigida a exigir el reparto de las fincas de los grandes terratenientes entre los aparceros, arrendatarios y braceros. Claudín y Semprún argüían que la irrupción de las formas de explotación capitalista en la agricultura (maquinaria, inversiones, especialización de la mano de obra) tras la Guerra Civil estaba desplazando el latifundismo semi-feudal a favor del capitalismo agrario; en consecuencia, resultaba contradictorio que el PCE garantizase a la burguesía no monopolista el derecho a desarrollar sus actividades empresariales en la ciudad (la industria y los servicios) después de la caída del franquismo pero se lo negase en el campo (el sector primario).

Ese primer desacuerdo se extendería después a discrepancias más amplias sobre el desarrollo económico después de la Guerra Civil. Santiago Carrillo negaba la existencia de transformaciones sustanciales que hiciesen necesario modificar los marcos de análisis del PCE y acusaba a Claudín y Semprún de exagerar o de manipular los datos sobre los que descansaban sus críticas. Pero la naturaleza del debate no era estadística sino política: de cuáles fuesen las conclusiones sobre el desarrollo de la economía española a comienzos de los sesenta dependería que la línea política del PCE estuviese ajustada o no a los hechos. Si Santiago Carrillo y la mayoría del Buro Político tenían razón en sus análisis, la caída del régimen franquista sería compatible con la supervivencia de la burguesía nacional y de la pequeña burguesía pero implicaría la liquidación del capital monopolista (un concepto indeterminado, equivalente según los contextos a la utlización del aparato estatal por la “oligarquía” y el “gran capital” en su esquilmador provecho). La inminente revolución democrática anunciada por Santiago Carrillo implicaba que la clase obrera y el PCE como su partido de vanguardia, o el PCE y la clase obrera como su soporte social, desempeñarían el papel dirigente, lo que les permitiría marchar hacia la re volución socialista. Claudín y Semprún, en cambio, sostenían que la desaparición del régimen franquista no condenaba a muerte al capital monopolista, que podría coexistir –como había ya ocurrido en la Italia posfascista, la Alemania poshitleriana y la Francia pospetainista– con un sistema de democracia representativa tradicional y que situaba en un horizonte a medio plazo –aunque “no a décadas”– la construcción del socialismo.

Como solía suceder en los debates del bolchevismo ruso y de la III Internacional, las claves ocultas de esa discusión de corte cuasi-académico, que incluía un contenido empírico susceptible de verificación (los datos sobre el desarrollo económico) y otra dimensión hipotética referida a la configuración del futuro sistema político (un régimen de transición hacia un Estado socialista o una democracia representativa homologable con los países occidentales), remitían a la estructura de los partidos comunistas y a las pugnas por el reparto del poder en su seno.

Las líneas potenciales de fractura interna en el PCE se superponían. La división entre el exilio y el interior no contaba en este caso de forma decisiva: aunque algunos de los miembros de la dirección pasaban temporadas más o menos largas en el interior, la clandestinidad y las medidas de seguridad forzaban su aislamiento. Tampoco la edad y la veteranía jugaban un papel determinante en el debate: la abrumadora mayoría de la dirección en el exilio del PCE había pertenecido a la JSU (la organización juvenil de socialistas y comunistas unificada a mediados de los años treinta), combatido en la guerra y participado
en la resistencia. El origen social, en cambio, operaba como la garantía de pureza o el pecado original de los militantes.

Sobre ese yunque golpearon Santiago Carrillo y los demás dirigentes de la organización, liberados como burócratas del PCE del trabajo asalariado pero nacidos y educados en hogares proletarios. “Intelectuales con cabeza de chorlito”, imprecó Pasionaria a Claudín y a Semprún en la reunión de la primavera de 1964 que concluiría con su expulsión. El número especial de la revista clandestina del PCE Nuestra Bandera dedicado a refutar sus tesis advertía sobre el peligro de que los intelectuales se convirtiesen en “una especie de grupo de presión”: esa indeseable influencia tendría necesariamente “un contenido de clase pequeño burguesa”. Porque “es evidente que a no pocos intelectuales que vienen al Partido les cuesta asimilar lo que es el centralismo democrático, la disciplina, los métodos clandestinos. No pueden desaparecer en un día las cargas de individualismo pequeñoburgués, las tendencias a sentirse superiores a los obreros ‘menos cultos’, la propensión a caer en extremismos de uno u otro signo y otros rasgos de mentalidad pequeñoburguesa”.4

Otra línea de fractura, esta vez internacional, sobrevolaba la discusión. El XX Congreso del PCUS y el informe de Jrushov sobre los crímenes de Stalin había puesto en marcha dentro del movimiento comunista dos corrientes de signo opuesto pero críticas ambas con las tesis soviéticas.

De un lado, la China comunista empezó a criticar la revisión del pasado staliniano y la estrategia de coexistencia pacífica de Jrushov; de otro, los comunistas italianos defendían la necesidad de ampliar el policentrismo del movimiento comunista y de profundizar en el análisis de las causas del llamado culto a la personalidad en la Unión Soviética. Jorge Semprún ha relatado –estuvo presente– la reunión celebrada en Moscú durante el verano de 1960 entre dos delegaciones del PCUS y del PCE en que Suslov regañó a los dirigentes españoles por haber excluido la lucha armada del repertorio de estrategias posibles, clara señal de que los soviéticos se preparaban para una pelea en dos frentes contra la desviación china y la desviación italiana. Dentro de la tradición de los partidos marxistas-leninistas el secretario general ocupa siempre el centro en una lucha en dos frentes contra las desviaciones simétricas de derecha y de izquierda. Santiago Carrillo aprovechó esa figura para asignar a Claudín y a Semprún el papel de campeones de la desviación de derecha como agentes ocultos de los camaradas italianos mientras reservaba a los nostálgicos de Stalin dentro del Buró Político la desviación de izquierda.

En la presentación del volumen que reúne los textos más importantes del debate de 1964, Fernando Claudín concluía que el tema central de la discusión era el “subjetivismo que devoraba a la dirección del partido, que no escuchaba a nadie y pretendía imponer a todo el mundo su propia visión de las cosas, que no ajustaba su política a la realidad sino que pretendía ajustar la realidad a la política”5 La crítica del subjetivismo desembridado de la dirección del PCE respecto a la realidad de la España franquista y a la estrategia para derribar la dictadura era también un ataque a la estructura del partido y al funcionamiento del centralismo democrático de corte leninista que lo regía. Y esa causa estructural conducía a la necesidad de examinar las causas de la dramática historia de la Unión Soviética revelada por el informe de Jrushov ante el XX Congreso del PCUS y a la conveniencia de planterase la utilidad analítica y predictiva del marxismo como canon interpretativo.

Se trataba en definitiva de reafirmar, o por el contrario, de poner en duda la capacidad del PCE para conocer la realidad, para diseñar la estrategia capaz de transformarla y para desempeñar el papel de vanguardia en la lucha revolucionaria. Según Claudín y Semprún, la obcecada resistencia de la mayoría del Buró Político a admitir la evidencia del desarrollo de la economía española y de las transformaciones de su estructura social, así como de las posibilidades de una salida política al franquismo hegemonizada por partidos de la clase dominante, era la consecuencia de las equivocaciones, insuficiencias y deformaciones cognitivas del grupo dirigente del PCE superviviente de la Guerra Civil, debidas a la lejanía del exilio, a la escasa formación intelectual y a una aplicación dogmática y superficial del marxismo al análisis de la realidad española.

Para Santiago Carrillo y los dirigentes que le apoyaban, las tesis de Claudín y de Semprún, en cambio, no sólo eran profundamente erróneas sino  que además desempeñaban el papel de Caballo de Troya al servicio del enemigo. Los dos dirigentes minoritarios expulsados del PCE acertaron en los temas centrales de sus intervenciones: los cambios económicos y sociales producidos bajo la España franquista, la sustitución del franquismo por un sistema de democracia representativa, los errores de apreciación de la dirección del PCE sobre la situación española tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En la discusión dedicada al llamado subjetivismo del Buró Político surgió una cuestión dolorosamente emocional: la quema de militantes enviados desde el exilio o reclutados en el interior para misiones imposibles que pagaron con la vida o con largos años de cárcel su disciplinada confianza en las órdenes recibidas. Santiago Carrillo no negó ese subjetivismo sino que lo defendió como componente inevitable de la táctica revolucionaria: “La misma dialéctica de la lucha revolucionaria nos ha obligado a acentuar la perspectiva, incluso acercándola. Era tan lejana que si no hubiéramos hecho ese esfuerzo no hubiéramos logrado que hubiera esa lucha, no habrían afrentado los camaradas los riesgos que han afrontado, no hubiesen ido a la muerte”.6

Los tres aspectos estaban imbricados: la errónea idea del estancamiento económico de la sociedad española y la predicción equivocada de la inminente caída de la dictadura conducían a la aventurera utilización de todos los recursos humanos disponibles para dar el empujón final a esa casa en ruina. La discusión contribuyó a iluminar dramáticamente las contradictorias motivaciones que impulsaron el comportamiento altruista y tantas veces heroico de los dirigentes y cuadros de la III Internacional desde la victoria de la Revolución de Octubre hasta la derrota del nazismo: de un lado, las convicciones morales de los militantes de carne y hueso animadas por la solidaridad y, de otro, las creencias pseudocientíficas en leyes inflexibles superiores a la voluntad de los hombres que forzaban el acomodo de las relaciones de producción con las fuerzas productivas y hacían tan inevitable la revolución como la salida del sol. La obra literaria de Jorge Semprún es una reflexión sobre esa aporía.

Por arraigada que se hallase la supersticiosa confianza en la existencia de esas imaginarias leyes omnipotentes, híbrido de las regularidades de la física de Newton y de las normas coactivas de los Estados, resultaba difícil admitir que los comunistas pusieran en juego su vida al servicio de la causa por un cálculo de coste/ beneficio que, a diferencia de los sacrificios de los cristianos, no sería recompensado en la vida eterna.

A modo de conclusión

Entre 1936 y los comienzos de los cincuenta, los juicios de Moscú, Praga o Budapest contra los dirigentes comunistas juzgados por sus camaradas llevaron al paredón a sus víctimas y falsearon su historial revolucionario con la acusación post mortem de haber trabajado para la Ojrana, la Gestapo, el Inteligent Service o la CIA. Con posterioridad al XX Congreso del PCUS, el desviacionismo de los disidentes comunistas dentro del bloque soviético (definido humorísticamente por ellos mismos con una metáfora automovilística:
“Consiste en seguir recto cuando el partido gira a la derecha o a la izquierda”) no les envió a la cárcel pero continuó siendo castigado con la expulsión del partido, la privación de los privilegios que gozaban los miembros de la nomenklatura, y la marginación dentro de los círculos del poder.

Las rupturas dentro de los grupos dirigentes de los partidos comunistas de Europa Occidental producidas entre los estertores de la guerra fría y los años de plomo de Brezhnev también se beneficiaron de la secularización del credo comunista, pero siguieron implicando elevados costes humanos y emocionales para los veteranos militantes que durante décadas habían consagrado su existencia al partido y habían vivido en el marco de una subcultura herméticamente cerrada a las influencias de la sociedad exterior. Después de abandonar el partido o de ser expulsado de sus filas, algunos ex comunistas suelen pasar por una etapa durante la cual –como los automovilistas que conducen en dirección contraria por una carretera de sentido únicose creen depositarios del verdadero espíritu comunista: cabría parafrasear la máxima bolchevique para decir que el retorno desde el marxismo-leninismo hacia la izquierda democrática no es la Perspectiva Nevski.

Fuera del bloque soviético, esto es, allí donde el partido no se desdoblaba en aparato del Estado, los abandonos de las filas comunistas, especialmente entre los intelectuales, empezaron a prodigarse desde la invasión soviética de Hungría en el otoño de 1956. Las tentativas de linchamiento político y moral en Italia y en Francia de los discrepantes rara vez lograron sus propósitos. A mediados de los sesenta, Fernando Claudín, Jorge Semprún y los claudinistas del interior o del exilio identificados con sus posiciones fueron acusados de formar un grupo anti-partido oscuramente conectado con sectores del régimen franquista. En cualquier caso, las consecuencias fueron distintas según los casos. Los dos años siguientes a su salida forzosa de la España del interior presenciaron la consagración de Jorge Semprún como gran escritor con la publicación de la novela El largo viaje (premiada con el Premio Formentor y el Prix Femina), inicio de una brillante carrera literaria como narrador y guionista. Pero el coste de oportunidad de Fernando Claudín en aquellos momentos era incierto. Cumplidos los 50 años y revolucionario profesional desde su primera juventud, había abandonado los estudios de arquitectura para dedicarse al partido, dentro de cuya subcultura dejaba a los amigos y conocidos que permanecían fieles a la línea del partido. La publicación de su importante investigación sobre La crisis del movimiento comunista internacional, editada en el exilio por Ruedo Ibérico, sin embargo, y otros libros teóricos posteriores le proporcionarían el respeto del mundo académico y la presidencia de la Fundación Pablo Iglesias.

La triple expulsión de Jorge Semprún a comienzos de 1965 del Buró Político, del Comité Central y del PCE no le dejó sin voz ni le mantuvo apartado de la actividad política. El éxito como escritor le situó en la posición privilegiada de la que disfrutan los intelectuales en Francia desde que Zola asumiera ese papel en defensa del capitán Dreyfuss. Los guiones de Z, La confesión, La Guerra ha terminado, El atentado y Sección Especial le consagraron como un maestro del cine político; en 1972 rodaría en España el documental Las dos memorias, que recoge los testimonios de vencedores y vencidos durante la guerra.. Entre 1965 y 1969, dirigió con José Martínez, la primera etapa de la revista Cuadernos de Ruedo Ibérico, editada en París y órgano de la izquierda española situada al margen del PCE. Tras la muerte de Franco, estrecharía sus anteriores lazos de amistad personal y política con Felipe González, del que sería ministro de Cultura en 1988. No es casual que su libro de memorias sobre sus experiencias gubernamentales se titulase precisamente Federico Sánchez se despide de ustedes.

Jorge Semprún murió en su domicilio parisino el 7 de junio de 2011 y fue enterrado en un pueblo cercano a la capital envuelto –como había sido su deseo– en una bandera republicana, símbolo de su exilio y de su combate contra la España de Franco, la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y la Francia de Pétain. Su familia y un grupo de amigos españoles y franceses han manifestado el propósito de dar cumplimiento íntegro a su última voluntad con algún testimonio que la haga presente en el pequeño cementerio de Biriatu, “en ese lugar fronterizo entre los dos ámbitos a los que pertenezco: el español, que es de nacimiento, con toda perentoriedad, a veces abrumadora, de lo que cae de su propio peso; el francés, que es electivo, con toda la incertidumbre, a veces angustiosa, de la pasión”.

En su breve ensayo sobre la barbarie política del siglo XX que convirtió a Nabokov en exiliado no sólo de su tierra sino también de la lengua rusa, George Steiner afirma que “un gran escritor a quienes las revoluciones sociales y las guerras expulsan de lengua en lengua es un símbolo cabal de la era del refugiado”; en efecto, “ningún exilio puede ser más radical, ninguna otra hazaña de adaptación a una nueva vida puede ser más exigente”. En paralelo a una civilización bárbara que ha despojado de su hogar a tantas personas y arrancado lenguas y gentes de cuajo, los creadores son seres sin casa, “vagabundos que atraviesan diversas lenguas”7

A esa tribu perteneció Jorge Semprún, que nunca perdió el pleno dominio de su español nativo, que aprendió el neerlandés para poder seguir cursando sus estudios de adolescente en Holanda al abandonar España en 1936, que escribió la mayor parte de su obra en francés (su segunda lengua a partir de los dieciocho años) y que recuperó en el campo de Buchenwald el alemán enseñado en su primera infancia para entenderse con sus carceleros y hablar con sus compañeros de deportación. Esa extraterritorialidad lingüística se extendió a otros ámbitos de la vida de uno de tantos republicanos perseguidos por la saña de los vencedores en la Guerra Civil que les negaron el derecho a su nacionalidad cuando el III Reich ocupó Francia en 1940 y les envió a los campos de trabajo o de exterminio.

El recuerdo de las decenas de miles de exiliados españoles enterrados en las fosas comunes de los lager y los cementerios anónimos de los combatientes contra Hitler en el Norte de Africa, en Francia, en la Unión Soviética y en otros países fue una de las raíces mas profundas, junto a la memoria de la infancia y adolescencia madrileñas, de su identidad española. En los conmovedores libros de memorias dedicados a la estancia Buchenwald, Jorge Semprún –clasificado como rotspanien por sus carceleros– rememora la recuperación del español como habla cotidiana después de varios años de inmersión en la lengua francesa: allí, en las mismas fronteras de la nada, “al este del olvido” [alusión a un poema de Paul Celan] vuelve a encontrar como puntos de referencia las palabras de la niñez.

La reafirmación de ser un exiliado español le asalta en el camino hacia París tras la liberación; al verse excluído en el campo de acogida de Lonsguyon de la ayuda monetaria y de los paquetes de cigarrillos reservados a los deportados de nacionalidad francesa, alguien le consuela con el argumento de que Francia es su patria adoptiva: “!Ah, no! –responde-- con una patria basta, no voy a pechar con otra más”.

El sentimiento de pertenencia a la cultura francesa fue, sin embargo, una seña de identidad, no competidora, sino complementaria, de un patriotismo español dolorido y elegíaco que le hizo conservar siempre esa nacionalidad, al precio incluso de renunciar a la elección a la Academia Francesa si el precio a pagar era abadonarla. Aunque su domicilio permanente desde 1963 continuó siendo París, con excepción de los dos años y medio de estancia en Madrid como ministro de Cultura del gobierno de Felipe González, nunca abandonó la ensoñación de residir en la ciudad de su infancia y siguió con atención casi diaria la vida política y cultural española. Pero la sociedad educada y formada bajo la dictadura y devota del casticismo de cartón piedra de sus tristes glorias literarias nunca terminó de entender del todo –ni política, ni culturalmente– a un hombre público y a un escritor que no sólo había vuelto del frío de un exilio inclemente aunque enriquecido por los mejores valores de la Europa democrática vencedora del nazismo y sus aliados. Porque además el deportado 44.904 en los campos nazis siguió haciéndose hasta el final de sus días una insidiosa pregunta sin respuesta: “¿Había soñado mi vida en Buchenwald? ¿O, por el contrario, mi vida no era sino un sueño desde que regresara de Buchenwald?”.

Javier Pradera es editor y periodista.

1 Evelyn Mesquida, La Nueve. Los españoles que liberaron París, Barcelona Ediciones B, 2008.
2 Miguel de Unamuno, Romancero del destierro, Sociedad El Sitio, 1981.
3 Santiago Carrillo, Los viejos camaradas, págs. 178-180, Planeta, Barcelona, 2010.
4 Fernando Claudín, Documentos de una divergencia comunista, págs. 292, 293. El Viejo Topo, Barcelona, 1978. 5 Ibidem, págs. IX-XX.

Articulo : http://www.elboomeran.com/ Agosto 2011

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