dimanche 28 août 2011

Juan Carlos GÓMEZ/ Witold GOMBROWICZ, La Epilepsia & el Pollo relleno



juan carlos gomez : junacagomz@yahoo.com.ar

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GOMBROWICZIDAS
Witold GOMBROWICZ, La Epilepsia &  el Pollo relleno
Por Juan Carlos GÓMEZ

Desde muy joven Gombrowicz no quiso por nada del mundo se volviera primordial, o absoluto, de tal modo que ora le daba la primacía al subjetivismo y ora se la daba al objetivismo. “El desgarramiento más profundo del hombre, su herida sangrante, es justamente esto: subjetivismo u objetivismo. Es lo fundamentaly también lo desesperante (...)”
“La relación del sujeto con el objeto, es decir, de la conciencia con el objeto de la conciencia, es el punto de partida del pensamiento filosófico. Imaginemos que el mundo se reduce a un único objeto. Si no hubiese nadie para tomar conciencia de la existencia de ese objeto, éste no existiría. La conciencia está más allá de todo, es definitiva, soy consciente de mis pensamientos, de mi cuerpo, de mis impresiones, de mis sensaciones.

“Por eso, para mí, todo esto existe. Ya en su mismo inicio, en Platón y en Aristóteles, el pensamiento se divide en pensamiento subjetivo y objetivo. Aristóteles, a través de Santo Tomás de Aquino, llega por distintas vías a nuestro tiempo. Platón llega a través de San Agustín y de Descartes. Y también a través de la deslumbrante explosión de la crítica de Kant y de la línea del idealismo alemán que se origina en ella (...)
“También llega a través de Fichte, Schelling, Hegel. Y a través de la fenomenología husserliana y el existencialismo llega a una gran eclosión superior a la de sus inicios ¿Queréis encontrar subjetivismo y objetivismo en las artes plásticas? Mirad. ¿No es el renacimiento objetivismo y el barroco subjetivismo? En la música, Beethoven es subjetivo y Bach objetivo (...)”

“¡Qué grandes hombres no se pronunciaron a favor del subjetivismo! Pensadores como Montaigne o Nietzsche..., y si quisierais ver hasta qué punto este desdoblamiento sigue sangrando, leed las dramáticas páginas de “El ser y la nada” que Sartre dedica a una cuestión realmente insólita: ¿existen otros aparte de mí?”. El que pone a punto el subjetivismo de la percepción es George Berkeley, el obispo irlandés.

Lo hace con una audacia extraordinaria, plantea el problema de la existencia de una manera increíble. “Existo yo y lo que yo percibo, pero más allá de lo que yo percibo no existe nada de nada”. Visiblemente, hay aquí un terrible juego de palabras, porque la mente humana espontánea y naturalmente es realista. Pone primero la existencia en sí y por sí de las cosas, y luego su percepción por nosotros.

Pero Berkeley afirma sin embargo que la tesis natural es la suya, porque ser es precisamente ser tocado con las manos, ser visto con los ojos y ser oído con los oídos. El subjetivismo de la percepción de Berkeley tiene un parentesco con la actitud fundamental de Gombrowicz: el agrandamiento del yo. La importancia que le da a su yo en el “Diario” es continua y no tiene altibajos. Su yo no podía crecer ni siquiera un milímetro más por la forma que le da a este género literario desde la primera página: lunes. Yo; martes. Yo; miércoles. Yo; jueves. Yo. Una actitud tan drástica sólo la podemos encontrar en Fichte que concibe el yo como la realidad anterior a la división entre sujeto y objeto. Es una realidad que se pone a sí misma y, con ello, pone a su opuesto, es decir a lo que no es yo, al no-yo.

Si el mundo existe como yo lo percibo o como una realidad anterior a la división entre sujeto y objeto, no son asuntos que le hayan quitado demasiado el sueño a Gombrowicz, pero sí se lo quitó la consecuencia que se desprende de ellos: el carácter originario de su yo. El yo es una idea poderosa porque es el origen de todas las cosas, y también por la grandeza que puede alcanzar ese yo en la forma de una personalidad.

Los amigos le reprochaban a Gombrowicz que se pusiera a discutir con cualquiera, pero a él le gustaba aporrearse dialécticamente con el primero que se le cruzaba. De esta manera se disipa la superioridad artificial del escritor, desaparece la distancia que lo protege de los lectores. En cambio se manifiesta con crueldad la superioridad esencial y la inferioridad real.

El juicio del inferior hiere y duele, y no es verdad que a los escritores no les importe en absoluto. El hombre sólo puede ver el mundo con sus propios ojos y pensar con su propia razón, de modo que debe considerar que su juicio siempre es el mejor juicio posible. Aún si reconociera la superioridad de las ideas de Einstein sólo lo haría en el carácter de que es él mismo el que le da crédito a los especialistas que opinan así.

También en este caso su juicio sería el superior. El hecho de hacernos el centro del mundo choca de manera evidente con el objetivismo que reconoce mundos y puntos de vista ajenos. La contradicción entre el subjetivismo y el objetivismo es fundamental. La relación entre el sujeto y objeto, es decir, entre la conciencia y el objeto de la conciencia, es el punto de partida del pensamiento filosófico moderno.

A juicio de Gombrowicz, Platón y Aristóteles debutan con el pensamiento subjetivo y objetivo. El pensamiento objetivo llega hasta nuestros días a caballo del marxismo y del catolicismo. “Pero el catolicismo es una metafísica basada en la fe y, paradójicamente, es una convicción subjetiva de que el mundo objetivo existe”. Es Sartre el que se pregunta si existen los otros aparte de uno mismo.

Es una cuestión que realmente parece insólita porque la existencia de los otros es la más evidente y la más tangible de las realidades. Pero para Sartre la existencia del otro es sin embargo inaceptable. El hombre es una conciencia pura; si admitiera que el otro es también una conciencia, esa conciencia lo convertiría en objeto, y Sartre no está dispuesto a eso.

Gombrowicz tiene la costumbre de liquidar las relaciones de Sartre con el marxismo de una manera rápida, pero en cuanto a la subjetividad y a la objetividad se refiere el asunto no es tan sencillo. “Crítica de la razón dialéctica” es una obra abstracta y difícil de leer. Sartre intenta clarificar en esta obra las relaciones entre el existencialismo y el marxismo. La cuestión es que en este libro designa al marxismo como la filosofía insuperable de nuestro tiempo, y que lo seguirá siendo hasta que la situación histórica y económica que expresa haya sido superada. Pero si el marxismo es la filosofía insuperable de nuestro tiempo, ¿cuál es, entonces, la razón de ser del existencialismo de Sartre? Para los filósofos comunistas el existencialismo representa la decadencia burguesa.

Es un escape de lo real, es el aislamiento del individuo, es la afirmación de la autonomía absoluta del ego y la superioridad de ese ego sobre mundo. Sartre, en cambio, está convencido de que el marxismo ofrece la única interpretación válida de la historia, pero que su existencialismo es el único camino que conduce a la realidad concreta. Sobre esta base le hace al comunismo una acusación.

“Hay dos maneras de caer en el idealismo: una consiste en disolver lo real en la subjetividad; la otra, en negar toda subjetividad real en beneficio de la objetividad”. Ambos se acusan de idealismo, pero Sartre acepta sin restricciones el materialismo, es decir, que el modo de producción de la vida material domina el desarrollo de la vida social, política e intelectual.

El salto del reino de la necesidad a un reino de la libertad, que Marx y Engels anunciaron como un ideal futuro, marcará, según Sartre, el fin del marxismo y el principio de una filosofía de la libertad. Pero este futuro está lejano y, mientras tanto, el marxismo, para no degenerar en una antropología inhumana, debe ser complementado por el existencialismo sartriano. Este existencialismo le proporciona al marxismo su fundamento subjetivo, humano y existencial. Dice Sartre que la comprensión de la existencia se presenta como el fundamento humano de la antropología marxista. A partir del día en que la investigación marxista tome la dimensión humana como fundamento del saber antropológico, el existencialismo no tendrá ya razón de ser.

“A los ignorantes, para quienes la filosofía es un cúmulo de desatinos, me permito llamar su atención. Sobre una contradicción análoga a la del subjetivismo y el objetivismo es que los físicos se rompen la cabeza”.
Gombrowicz tiene la costumbre de volver dramáticas las contradicciones entre los corpúsculos y las ondas, pero el asunto no es tan trágico, todo depende del aparato con el que se observe el fenómeno.
Tampoco es cierta la creencia de que la física es tan solo un conocimiento objetivo. Sir Arthur Eddington, el inglés que tuvo la ocurrencia de contar el número de partículas que tiene el universo, dice algo muy instructivo al respecto. “Una cosa es, para la mente humana, obtener, estudiando los fenómenos naturales, las leyes que la mente misma ha colocado ahí (...)”

“Y puede ser otra cosa mucho más difícil encontrar leyes sobre las que no se tiene ningún control. Hasta es posible que las leyes que no tiene su origen en la mente sean irracionales, y puede ser que no podamos nunca llegar a formularlas”. Y llevado por las alas del subjetivismo Gombrowicz se refiere seguidamente a la intencionalidad de la conciencia.
La conciencia es siempre conciencia de algo, y entre la conciencia y ese algo hay siempre una contradicción que nos impide aprehender la esencia de lo humano. “Así se presenta a grandes rasgos el problema del subjetivismo, que para muchas cabezas huecas no es más que una contemplación egoísta del propio ombligo y un conjunto de turbiedades”.

La batalla contra el marxismo es la batalla entre el subjetivismo y el objetivismo, puesto que el marxismo quiere ser una ciencia, piensa Gombrowicz. Pero ni la ciencia es tan objetiva, ni el marxismo es tan científico. Después de Kant el objetivismo recibió una paliza terrible, y todavía no ha logrado recuperarse. Una cosa en la que sí están de acuerdo Gombrowicz y Sartre es en que ambos desprecian a la ciencia.
Es extraño que siendo Gombrowicz un partidario absoluto del yo, es decir, del subjetivismo, haya sido también un partidario acérrimo de la realidad, es decir, del objetivismo. El yo es el mejor representante del subjetivismo y la historia es la mejor representante del objetivismo. Si bien el camino del pensamiento va del realismo al idealismo, Gombrowicz sigue el camino inverso.

Del subjetivismo extremo del que parte en “El bailarín del abogado Kraykowski”, su primera obra, termina en “Cosmos”, una obra en la que aparece la ciencia como representante del objetivismo. Corría el año 1926 y como el protagonista llega tarde al teatro en vez de ponerse en la cola para sacar la entrada se cuela. Un individuo alto y perfumado lo sujeta del cuello y lo arrastra hasta el último lugar de la cola.
Al joven se le cortó la respiración, se dirigió al atrevido, un hombre rozagante con un pequeño bigote cuidadosamente recortado, que conversaba con dos damas elegantes y otro caballero. Con una voz casi imperceptible, estaba a punto de desvanecerse, le preguntó si era a él a quien le debía la gentileza, el caballero lo miró con desprecio pero no le contestó.

Después del primer acto lo saludó en la escalera, pero tampoco le respondió, entonces, le hizo una reverencia, posteriormente lo volvió a saludar un par de veces más, regresó a su asiento tembloroso y extenuado. A la salida del teatro, cuando el arrogante caballero despedía a una de las señoras y a su marido, el joven se le acercó para pedirle que si no le hacía el favor de dejarlo viajar en su coche por un rato.
Esto se lo pedía porque le gustaba la comodidad; como el hombre rozagante sólo le responde que si no lo puede dejar en paz se dirige al chofer, y cuando empieza a repetirle el pedido, el automóvil parte. El joven lo sigue en un taxi, observa la casa en la que entran y con una estratagema obtiene del portero el nombre del caballero: abogado Kraykowski.

A la noche no pudo dormir atormentado por los pensamientos de lo que le había ocurrido en el teatro. A la mañana siguiente envía un ramo de rosas a la casa de Kraykowski y lo espera algunas horas en la puerta de la casa. Sale el abogado elegantemente vestido silbando y blandiendo un bastón. El joven sigue al abogado Kraykowski dominado por un sentimiento de gratitud.
Decide entonces rendirle un homenaje en silencio. Le compra un ramo de violetas a una florista, pasa corriendo al lado del abogado y se lo arroja a los pies sin detener la marcha. No se animaba a mirar hacia atrás, cuando finalmente mira, el abogado Kraykowski había desaparecido. A la salida del teatro había escuchado que a la noche los cuatro se iban a encontrar en el “Polonia”, un restaurante de primera categoría.

El resto del día lo vivió con esa única idea, la de encontrarse allí con el abogado Kraykowski. Entró tras ellos en el lujoso local, inmediatamente advirtieron su presencia. Mientras las damas lo miraban y murmuraban el abogado no le prestó ninguna atención. Les hacía cortesías a las damas, miraba fijamente a otras mujeres y hablaba lentamente.
Cuando ordena la comida para su mesa el joven ordena la misma comida, come y bebe todo lo que come y bebe el abogado. Admira la elegancia y la gracia de sus inclinaciones. Su esposa era una nulidad, pero la otra señora, la esposa del doctor, era muy atractiva y el protagonista advierte que cuando se dirigía a ella su voz era más dulce y tierna.

La esposa del doctor era una mujer hecha realmente para él: delgada, elegante, felina, con una deliciosa arbitrariedad femenina. Fue su primera orgía nocturna por el abogado y para el abogado, a partir de ese día comenzó a esperarlo a la salida de su casa espiando desde un café, para luego seguirlo. El joven tenía tiempo de sobra, su única ocupación era cuidar de una epilepsia.
Esa enfermedad lo tenía extenuado hasta el punto de que había llegado a suponer que no le quedaba mucho tiempo de vida. Unos ingresos modestos eran suficientes para cubrir sus necesidades. El abogado era goloso, al regresar del Tribunal se detenía en una pastelería y devoraba pastelillos de manzana. Después de pensarlo con cuidado el joven habla con la pastelera.

Acto seguido le paga por adelantado el consumo de un mes de pastelillos para Kraykowski, Le dice que le compra los pstelitos porque tiene que pagar una apuesta que había perdido recientemente. Al día siguiente, cuando la pastelera no le quiso cobrar los pastelillos a Kraykowski, el abogado se enojó y arrojó las monedas en una alcancía de beneficencia.
Un océano ilimitado de ideas empezó a llenarle la cabeza durante el día, las coincidencias y los servicios se sucedían, encuentros en el tranvía para sentarse frente al abogado. Los servicios de baño pagados por adelantado por el joven, eran señales de adoración y de obediencia que le daba, muestras de fidelidad y de respeto, un sentimiento férreo del deber que denotaba pasión.

La mujer del doctor, el amigo de Kraykowski, parecía insensible a los encantos del abogado, al joven le parecía evidente que lo rechazaba, un día lo vio salir furioso de la casa de ella. Para convencerla de que tenía que ceder a los sentimientos del abogado le escribe una carta anónima en la que le protesta por su comportamiento incomprensible y la exhorta a que cumpla sus obligaciones con un caballero tan encantador.
A los pocos días el abogado Kraykowski se detiene mientras el joven lo perseguía, se vuelve y se le acerca con el bastón en la mano. Una extraña sensación de desvanecimiento se apoderó del protagonista cuando se sintió agarrado de la solapa y sacudido violentamente. Cuando el abogado Kraykowski lo amenazó con romperle el cuello a bastonazos por los anónimos el joven no pudo hablar, se sentía feliz.

Aceptaba el suplicio como si fuera la santa comunión, se arrodilló en silencio y le ofreció humildemente la espalda. Kraykowski se alejó y el joven regresó a su casa con la sensación de que eso todavía no bastaba, que era necesario hacer mucho más. Era evidente que ella había considerado la carta como una broma estúpida y se la había mostrado al abogado.

Decidió ser más persuasivo esta vez y le volvió a escribir a la señora de manera más drástica, se iba a infligir toda clase de penitencias hasta que ocurriera aquello. Le dijo a la señora que debía dejar de lado su orgullo y su obstinación, ¿qué perfumes?, sólo Violette, a él le gusta. A partir de entonces el abogado dejó de visitar a la esposa del doctor.

El protagonista pasaba las noches en blanco, le seguía escribiendo que debía hacerlo, que su doctor era una nulidad, que lo debía hacer esa misma noche si es que el marido no estaba. De pronto recordó que el abogado había tenido la intención de golpearlo, entonces se dirigió a los Tribunales, Kraykowski salió en compañía de dos colegas abogados.

Entonces se arrodilló delante de él ofreciéndole la espalda para los golpes de bastón, exclamando que tal vez ahora podía. El abogado le dijo en voz baja a sus colegas que debía ser un pobre idiota, le dio unos centavos al miserable y se despidió. Uno de los señores quiso darle él también unas monedas pero no se las aceptó, le explicó que sólo recibía limosna de la mano del abogado Kraykowski.

En el edificio de la mujer dibujó una gigantesca K con una flecha. El protagonista fue tejiendo una telaraña de malos entendidos que empujaban la señora más y más a caer en los brazos del abogado Kraykowski., le hacía llamadas a la medianoche ordenándole que lo haga. Pero todos sus esfuerzos parecían caer en el vacío, empezó a perder las esperanzas.
En unas de las noches en las que el joven regresaba a su casa después de las persecuciones agotadoras, una corazonada le dijo que tenía que entrar en el parque. Y los vio, caminaban por un sendero, luego se sentaron en un banco. El abogado la abrazó y empezó a murmurarle palabras dulces. El joven no pudo resistir, algo explotó dentro de él.

Una corriente eléctrica se descargó en su interior, a causa de su epilepsia, y empezó a gritar con una voz que podía escucharse en todo el parque: “¡El abogado Kraykowski se la está…! ¡El abogado Kraykowski se la está…!”. Cundió la alarma. La gente corría y se asomaba a las ventanas, el joven sintió una primera sacudida, una segunda, una tercera.
Las piernas le temblaron y empezó a bailar como nunca lo había hecho antes, con la espuma en la boca sollozaba en medio de las convulsiones. Fue una danza orgiástica, se despertó en el hospital. Cada día que pasaba se sentía peor, los últimos acontecimientos lo habían vencido. El abogado Kraykowski se tuvo que escapar y esconder en una pequeña localidad al este de los Cárpatos.

Buscó refugio en las montañas con la esperanza de que el joven lo olvidara. Pero el protagonista se propone seguirlo, lo seguirá a todas partes porque ese hombre es como su estrella. Duda que regrese vivo de ese viaje pero se arriesga a morir. Por si eso llegara a ocurrir se dispone a preparar un documento para que su cadáver le sea remitido de inmediato al abogado Kraykowski.
“Cosmos” es la obra más abstracta de todas las que escribió Gombrowicz, pero es por ella que recibió el “Formentor”, es decir, el Premio Internacional de Literatura. Las relaciones que Gombrowicz tenía con la abstracción, especialmente con la matemática que es su forma más pura, se pusieron de manifiesto muy tempranamente en un examen que le tomaron en el colegio.

 “Por fin sucumbí, no pude resistirme más a la evidencia y, presa de los peores presentimientos, entregué el trabajo. Sabía que me iban a poner un cero pero, ¿qué podía hacer si no existía mancha ninguna en mi obra? Sí, un cero en trigonometría, un cero en álgebra, un cero en latín: tres ceros coronaron mis esfuerzos. Parecía que no tenía salvación”
La naturaleza de “Cosmos” tiene sin embargo una extraña relación con la matemática, especialmente en los desarrollos de series y en el análisis combinatorio, un asunto que ha despertado el interés de un filósofo tan connotado como Gilles Deleuze. “Hacia mayo de 1966 apareció ‘Cosmos’, de momento en polaco, publicada por ‘Kultura’. Es una obra que me gusta definir como una novela sobre la creación de la realidad (...)”

“Y puesto que la novela policial es justamente eso, un intento de organizar el caos, ‘Cosmos’ en cierta manera tiene forma de novela policíaca. Establezco dos puntos de partida; un gorrión colgado y una asociación de la boca de Katasia con la boca de Lena. Estos dos enigmas no tardarán en reivindicar su sentido. Uno penetrará en el otro, aspirando a su totalidad (...)”
“Se iniciará un proceso de suposiciones, asociaciones, presunciones, algo empezará a crearse, una suerte de embrión monstruoso... y esta adivinanza oscura, incomprensible, reclamará su solución..., buscará una idea explícita, ordenadora... ¡Cuántas aventuras, cuántas peripecias con la realidad cuando emerge de la niebla! Yo, del otro lado de la adivinanza (...)”

“Yo, es decir, alguien que se esfuerza en completar la adivinanza con su propia persona. Yo, arrastrado por el torbellino de acontecimientos que buscan la Forma. En vano me lanzo a ese torbellino enloquecido para, al precio de mi propia felicidad, sumergirme en un microcosmos y en un macrocosmos; en la creación del mito, en la distancia y en el eco (...)”
“En la repetitiva aparición del absurdo lógico; en el impudor y en los puntos de referencia; en Leon y su misa. ¿Es la realidad por esencia obsesiva? Puesto que construimos nuestros mundos asociando fenómenos no me sorprendería que en el origen de los tiempos hubiera habido una doble asociación. Fue ella la que fijó una dirección al caos e instauró un orden (...)”

“Hay algo en la conciencia que la arrastra a una trampa para sí misma. Sí, en ‘Cosmos’, mi protagonista observa toda una cadena de anomalías, mínimas, imprecisas. Cada una de ellas, consideradas aparte, no significan nada, pero reunidas dan la impresión de querer significar algo..., un gorrión colgado de un alambre, un trozo de madera suspendido de un hilo, unas flechas en el techo que podrían indicar una dirección (...)”
“Y todo esto, reforzado por otras aventuras de mi protagonista, por su amor fatal hacia Lena, comienza a tomar la forma de una insinuación de ahorcamiento cada vez más insistente. ¿El ahorcamiento de quién?..., ¿de Lena? En un determinado momento, mi protagonista, como llevado por la impaciencia, y deseando completar la adivinanza, añade a una cadena de ahorcamientos uno de su propia mano (...)”

“Cuelga de un gancho al gato que acaba de estrangular. Se trata de un acto desleal y perverso, pues cae del mundo interior al mundo exterior, es como si se asediara a sí mismo. Pero hay en ello una profunda necesidad espiritual. La formación de la obra en mí me parece, en principio, idéntica a la formación de la realidad en mis obras. También en mí colaboran varios elementos, de los que no siempre tengo conciencia (...)”
“¿De donde procede, por ejemplo, esa distancia física de la segunda parte de ´Cosmos’, ese eco, por qué he obligado a mis personajes a marchar a la montaña?”. En agosto del año 1963 Gombrowicz retoma “Cosmos”, una obra que había interrumpido en febrero de ese año al enterarse que la Fundación Ford y el senado de Berlín lo invitaban a pasar un año en esa ciudad.

En mayo, recién llegado a Berlín, nos empieza a decir que tenía dificultades para terminarlo. En septiembre nos escribe que le faltaban aproximadamente cuarenta páginas muy difíciles y que no le aparecía claro el título, dudaba entre Cosmos, Figura y Constelación. En octubre nos confiesa que la obra lo había aburrido en tal forma que no tenía ganas de terminarla.
El final era bravísimo y estaba ensayando nuevos métodos y concepciones. En diciembre nos cuenta que le faltaban tres páginas para terminar pero que no sabía como hacerlo y que a lo mejor lo dejaba sin terminar. En junio de 1964 nos dice que le faltaban diez páginas y en agosto, que lo había terminado. La historia de “Cosmos” comienza cuando Witold se va de la casa de sus padres en Varsovia.

Estaba harto de toda la familia, se dispone pues a tomar unas vacaciones en Zakopane, a preparar un examen y a disfrutar del cambio de aire. Mientras estaba buscando una pensión barata se encuentra con su amigo Fuks que también estaba huyendo, pero no de sus padres sino de su jefe. Muy cerca de la casa en la que finalmente los jóvenes estudiantes alquilarán un cuarto, aparece la primera anomalía de este relato.
Un acontecimiento extraño alrededor del cual Witold empieza a armar la trama de un misterio que va creciendo hasta desembocar en una tragedia. En el medio de unas matas ven un gorrión, no era un gorrión común, era un gorrión que estaba colgado de un alambre fino enredado en la rama de un árbol. Un descubrimiento a primera vista inexplicable pues no tiene sentido ahorcar a un gorrión y luego colgarlo.

Por lo menos no tiene sentido racional y coherente. Los problemas con el jefe de la oficina del amigo y los de Witold con su padre los predisponen a exagerar el significado de algunos hechos sin importancia. Cuando llegan a la casa los atiende Katasia, una mujer cuarentona y regordeta cuya boca no es normal. Y ésta es la segunda anomalía en la que pone atención Witold.
La boca estirada le enroscaba el labio superior, la frialdad reptiloide de ese labio lo excitó de inmediato, era un oscuro pasadizo que conducía a un pecado carnal gelatinoso y viscoso, como si fuera una vulva. María, la dueña de la pensión, también rechoncha, les muestra la casa y en la cama del primer cuarto que abre estaba acostada su hija Lena sobre un colchón sin sábanas.

El muslo de una de sus piernas quedaba destacado contra el elástico metálico pues el colchón se había deslizado, un muslo muy atractivo que lo hace arder al instante al estudiante impresionándolo tanto como el labio de la posadera. En la cena, Leon, el dueño de la posada, les comunica con un lenguaje jocoso y extravagante que él está a disposición de su esposa.
Hace pequeños trabajos en la casa, Leon les recomienda a los jóvenes la crema que prepara su esposa y asegura que los intelectos de Witold y de Fuks podrán hacer cuanta pirueta ansíen. A su lado estaba Lena, la hija, serena como un lago. La posadera Katasia le alcanzó a Lena un cenicero cubierto con una redecilla de alambres, y aquí se dispara la tercera anomalía.

La malla del cenicero enseguida se le asoció a Witold al elástico de la cama con el muslo, y el labio vulva de Katasia con la boca entreabierta de Lena; en ese momento se le despertó una pasión enfermiza. Era la primera noche, Witold no quería dormir pero tampoco quería levantarse. Como Fuks no estaba en el cuarto se imaginó que había ido a ver al gorrión.
El gorrión crecía, se volvía un ser más importante de lo que era, ya era un personaje capaz de recibir visitas. En medio de la noche se encontró en medio del corredor de una casa ajena en mangas de camisa, una situación que se le asociaba marcadamente con el erotismo y se le deslizaba hacia la sexualidad como el escurrimiento de la boca vulva de la posadera.

Algo parecía unir resbalosamente a todos esos elementos que deseaban ordenarse de acuerdo a una idea, pero, ¿qué idea? Witold hubiera aceptado a todas esas asociaciones como una simple casualidad si no fuera por la anomalía de la boca de Katasia. Esa boca se le juntaba con el palito y el gorrión, una cueva oscura y absorbente, una boca vulva muy atractiva pues tras ella se asomaba la boca entreabierta de Lena.
Katasia le pasó el cenicero a Lena. Witold sintió inmediatamente el impacto de la asociación de los labios fríos y deformes con aquellos otros puros, y de la redecilla metálica del cenicero con el muslo de Lena La combinación se le debilitaba e intensificaba a cada momento y conducía a Witold a ciertas contradicciones sobre la verdadera naturaleza de la hija.

Una Lena de virginidad perversa, timidez brutal, boca entrecerrada y abiertísima, vergüenza impúdica, fuego helado, embriaguez sobria. En la cena, el marido de Lena, desafía a Leon con un problema de combinaciones matemáticas, Parecía que las combinaciones de Ludwik estaban en relación con las combinaciones que lo desvelaban a Witold.
No lograba saber si no era él mismo el autor de las combinaciones que se combinaban a su alrededor. Se empezó a imaginar que Lena, en cuerpo y alma, tendía hacia él, tensa en un deseo íntimo, secreto. En el cuarto de Katasia encontraron una fotografía suya con la boca sencilla y pura. Era una respetable señora que se había herido el labio superior en un accidente automovilístico.

Los jóvenes no eran entonces más que un par de lunáticos. Witold vio desde el cuarto de Katasia la ventana iluminada de Lena y corrió hacia allá, quería verla en la intimidad de su cuarto. Subió a la rama de un árbol y vio que Ludwik le estaba enseñando una tetera, quedó aniquilado, la tetera era algo que estaba fuera del mundo. Ella estaba sentada en una silla con una toalla de baño sobre los hombros.
Él, de pie, le enseñaba una tetera que tenía entre las manos. Se quitó la toalla, estaba sin blusa, Witold vio la desnudez de sus pechos y brazos, Lena empezó a quitarse las medias. Ahora sabría como era: degenerada, perversa, sucia, untuosa, sensual, casta, tierna, pura, fiel, fresca, graciosa o coqueta. Ya mostraba los muslos. Ludwik apoyó la tetera en un anaquel y apagó la luz.

Witold nunca sabría cómo era. Bajó del árbol y observó que en la balaustrada estaba echado el gato de Lena, lo agarró por el cuello y empezó a ahorcarlo con todas las fuerzas, el gato quedó muerto. Tenía que esconderlo, recordó que en el muro del jardín había un gancho, ató una cuerda al cuello del gato y lo colgó; colgaba como el gorrión y el palito.
Witold entró a su cuarto y cayó dormido. Se estaba abriendo paso hacia la hija ahorcando a su gato, Katasia decía que era una verdadera canallada y Lena se había puesto más bella por la vergüenza, servía para el amor, pero para nada más, por eso se avergonzaba del gato. Sabía que todo lo que se refería a ella debía tener un sentido amoroso.

No sabía quién se ocultaba detrás de esa maldad se avergonzaba del gato porque era suyo y se refería a ella. Pero su gato era también del que acababa de ahorcarlo. El gato lo había llevado a Witold del anverso al reverso de la medalla, hacia el círculo donde se producían los misterios, hacia el mundo de los jeroglíficos, le daban ganas de reírse viéndolo a Fuks buscando alguna pista.
Witold no sabía si deseaba acariciar a Lena, o torturarla, humillarla, o adorarla. Si deseaba porquerías o deleites celestiales, revolcarse con ella o pasarle fraternalmente el brazo sobre los hombros. Ella pesaba en su conciencia, se le parecía a una sonámbula arrastrando la desesperación como una larga cabellera. Pocos días después emprendieron una excursión a las montañas.

Mientras el sistema gorrión, palito, gato, bocas, mano estaba todavía en vigencia en la posada, una corriente de aire nuevo entró en escena. A la familia y a los estudiantes los acompañaban dos matrimonios de recién casados amigos de Lena. Leon les comentaba a todos ellos que iban al encuentro de un panorama maravilloso que había descubierto hacía veintisiete años.
El padre buceaba en el pasado y Witold en los enigmas del presente con la misma intensidad, una coincidencia que parecía un eco, como una réplica del mundo que había quedado en la posada. De aquel paseo extraordinario Leon había traído una vara, y otra vez un eco, el eco de la vara que les había señalado el cuarto de la posadera. La casa había quedado al cuidado de Katasia.

En una pensión del camino recogieron a una de las parejas, Lulo y Lula, que comenzaron a lulear a todo pulmón y convirtieron a la reunión en algo más vivo, hasta Lena y Ludwik sucumbieron al lulear de lo Lulos. Encontraron a un sacerdote sentado en una piedra al lado del camino, algo fuera del mundo, como la tetera de allá, y otro eco más.
Los secretos de las bocas y del ahorcamiento del gato eran sólo de Witold, pertenecían entonces a los dos círculos, el interior y el exterior. El sacerdote provenía del exterior, era superfluo y absurdo. La irritación que le producía a Witold era tan violenta y peligrosa como la que le había producido el gato. Una réplica más, un eco del mundo de la posada. El eco, ellos permanecían ahí pero como eco de las cosas de allá.

Tiru-liru.lá, la eterna cantinela de Leon que de repente exclama: ¡Berg!, mientras le explica a doña Bolita que no era nada, que era un viejo cuento de judíos que algún día le iba a contar. Witold se encontró repentinamente a cinco pasos de Lena, ella le habla con tono lulesco y él le pregunta dónde está ese panorama tan bello del que les habla el padre.
No era ella, ella se había quedado allá, en la casa, ni tampoco el protagonista estaba ahí, por eso la presencia de ellos era cien veces más importante, eran símbolos de ellos mismos. Cuando volvió la cabeza Lena ya no estaba. Leon sentado en un tronco le cuenta a Witold que había trabajado treinta y dos años y que las historias del gorrión y el palito eran para él fruslerías.

Lo importante era la fiesta, que en la fiesta iba a bergar con el berg. De aquí en adelante Leon utiliza la raíz berg, a la que conjuga y declina de varias maneras diferentes, para referirse especialmente a los órganos y a las funciones sexuales. Witold quiere escaparse pero Leon no lo deja, le cuenta que la esposa no sabe que el juega en la mesa con el berg, que berguea con el bemberg.
Le ruega a Witold que se quede, que le va a contar algo que seguramente le iba a interesar pues lo veía como un buen bembergador, que lo había admitido en su casa porque estaba bembergando con el berg a su hija Lena, a escondidas. Que sabía que le gustaría embergarse bajo las faldas de Lena a pesar de su matrimonio, como el amanberg número uno.

Que no le dijera una palabra a nadie porque en caso contrario se vería obligado a echarlo de casa. Acto seguido le comunica que no los había arrastrado hasta ese sitio para ver un panorama sino para celebrar un aniversario de algo que había ocurrido hacía veintisiete años; el placer más intenso que había tenido en su vida, el placer que le había dado una sirvienta.
Que en su vida un tanto mediocre había paladeado pocos bocadillos, que estaba muy vigilado, pero que había aprendido que una mano puede excitar a la otra, para qué buscar entonces otra si uno tiene dos, que si uno se las ingenia puede encontrar un mundo ilimitado de diversiones en el propio cuerpo. Esa noche harían la peregrinación, con devoción, la devoción es necesaria porque sin ella no existiría el placer.

Le pidió a Witold que lo dejara solo para purificarse y prepararse para el ceremonial del placer, para el festejo del Gran Espasmo con aquella sirvienta. Witold pensaba que en las montañas se iba a liberar de todas las asociaciones y combinaciones que lo torturaban allá abajo, en la posada. Witold caminaba hacia la casa, la bocas se habían unido a los colgantes, por fin había logrado esa unión.
En ese momento tuvo la satisfacción del deber cumplido. Ahora resultaba necesario colgar también a Lena porque él se había convertido en el representante del colgamiento, y cada uno quiere ser quien es. En la colina de enfrente marchaban bajo la dirección de Leon. Iluminados por las luces de las linternas se daban ánimo con canciones y bromas; Lena estaba entre ellos.

No le iba a ser difícil llevarla aparte, eran ya dos enamorados, si deseaba matarla es que ella también lo amaba, podía ahorcarla y después colgarla. La colgaría como había colgado al gato, podía también no colgarla, pero, ¿cómo se puede desilusionar a alguien de esa manera? Witold estaba a unos cuantos pasos del sacerdote, le dio un fuerte empujón que lo hizo trastabillar.
Se le movían las manos como se le habían movido en la balaustrada cuando había estrangulado al gato; le abrió la boca y le metió un dedo que después sacó y limpió con el pañuelo. Witold tenía la extraña sensación de haber traído al sacerdote desde el mundo sagrado al mundo real. Mientras tanto Leon se excitaba recordando a aquella mujerzuela, jadeaba, celebraba su propia inmundicia.

Pero nadie se iba, gimió lujuriosamente y finalmente exclamó: ¡Berg!, bembergado con el berg. Los había llevado a la montaña para masturbarse. De repente la lluvia, un diluvio: “En conclusión: escalofríos, reumas, fiebres, Lena enfermó de anginas, fue necesario llevar un taxi de Zakopane. Enfermedades, médicos, en fin, todo cambió y yo volví a Varsovia, mis padres, el conflicto permanente con mi padre, y otras historias, problemas, dificultades, complicaciones. Hoy en el almuerzo comimos pollo relleno”.


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