dimanche 7 août 2011

Juan Ignacio RODRIGUEZ MEDINA/¿Cuál es el lugar de las humanidades en la sociedad actual?

Reportaje a propósito del Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales:
¿Cuál es el lugar de las humanidades en la sociedad actual?
Por Juan Ignacio Rodríguez Medina 

Entre una aparente ausencia en el espacio público y un premio nacional que pone en un mismo saco a la filosofía, la sociología, el derecho y la economía, pero excluye a la historia, seis intelectuales chilenos diagnostican el presente de las ciencias humanas. Unos reivindican su presencia, otros cuestionan su invisibilidad, y algunos, incluso, celebran este atributo como un rasgo propio.

Lo dijo Martha Nussbaum en este suplemento: "La crisis de las humanidades es global". En agosto o septiembre, en Chile se entregará el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, un galardón que reconoce "al humanista, científico o académico que se haya distinguido por su aporte en el ámbito de las Ciencias Humanas", y que tiene harto menos glamour y figuración que sus símiles de arte, literatura, e incluso historia, tan dados a las polémicas y los codazos.

Más allá de los deseos de figuración propios (o no) de cada disciplina, lo cierto es que las expectativas que genera el premio para las ciencias humanas no resaltan por ocupar las primeras planas. Será, tal vez, un resultado de la crisis de la que habla Nussbaum.

Pablo Oyarzún, filósofo y docente de la Universidad de Chile, habla de una "pérdida de significación global" de las ciencias humanas. Un retroceso que, paradójicamente, va acompañado de un avance: "En la dirección inversa -reflexiona Oyarzún- hay al presente un debate acerca de las humanidades y las ciencias sociales (y las artes, habría que añadir) que se ha encendido en muchos lugares. Se podría decir que el debate tiene en su centro la pregunta: ¿por qué las ciencias humanas? Es una pregunta por su necesidad. ¿Qué las hace necesarias? ¿Qué justifica que se fomente su cultivo y se invierta en ellas?".

Jorge Peña, director del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes, también destaca esa paradoja: "Cada vez más se habla de la importancia de las humanidades, dado, por ejemplo, que las ciencias están desembocando en preguntas como qué es la vida o qué es el pensamiento. Entonces, hay una reivindicación de su importancia, pero acontece que es escasísima la gente que estudia humanidades".

En ese sentido, Humberto Giannini, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, piensa que -al contrario de lo que se cree- las humanidades han venido teniendo una vigencia muy fuerte en Europa: "La experiencia de lo monstruoso, de lo inconcebible, ha marcado la vida política, social, las producciones artísticas y literarias y, en especial, diría, la producción filosófica. Esto se refleja en el resurgimiento del tema ético menospreciado antes por el positivismo lógico y más tarde por Heidegger. Ha resurgido, y no por razones teóricas, especulativas, ¡sino por razones esencialmente éticas!", afirma.

Juan de Dios Vial Larraín, ganador del premio y miembro de la Academia de Ciencias Sociales (que aporta un jurado al galardón), opina que la "invisibilidad" de las humanidades no es un problema: "En un mundo dominado por el marketing, la publicidad y el rating, ¿qué otra cosa podría pasar con las humanidades, si éstas efectivamente gozan de buena salud? En una tierra donde Bello y Neruda han vivido, las humanidades no pueden ser invisibles sino para los miopes".

Humanidades, educación...

"Con las humanidades pasa algo parecido a lo que con las artes: han perdido peso y presencia en la educación en la misma medida en que a ésta, rebajada a mera capacitación, se le considera como una suerte de precalentamiento para optar a buenas plazas laborales". La declaración es de Agustín Squella, profesor de la Universidad de Valparaíso y último galardonado en ciencias humanas, y apunta a la relación "demasiado estrecha" entre educación y trabajo como razón del retroceso de las humanidades.

A propósito de esa situación, Peña cita el énfasis que pone en las "competencias prácticas" el acuerdo de Bolonia, la reforma que llevan a cabo las universidades europeas para converger en sus programas. Además, se refiere a lo "muy pragmáticos" que se han vuelto los métodos para evaluar el quehacer universitario: "Se juzga lo que se hace por el número de papers, de revistas indexadas en las que se ha publicado", expone. A eso se suma, según él, una excesiva especialización que encierra a los investigadores "en cuestiones que interesan a un grupo muy reducido de personas".

Eduardo Sabrovsky, académico del Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales, cree que lo anterior es el "costo" que han debido pagar estas disciplinas para ser parte de la "universidad contemporánea". Y agrega como elementos contrarios a la vinculación pública de las humanidades, la apuesta de los medios por lo "breve e impactante" y una especie de condición a priori: "En el caso de las ciencias naturales, de la tecnología, de buena parte de las ciencias sociales, la vinculación con lo público se da de manera natural (el diseño de políticas públicas, por ejemplo, en el caso de las ciencias sociales). Las humanidades, en cambio, no se ubican en ese terreno (el de lo útil; tampoco el de lo inútil, sino en el de lo no-útil). Por eso su dificultad de instalación en las sociedades contemporáneas".

...y ciudadanía

¿Qué hace necesarias a las ciencias humanas? La pregunta la planteaba Pablo Oyarzún, y su respuesta quedó en el aire. Un ensayo de respuesta lo dan las implicancias que tiene la crisis de las humanidades.

La mayoría de los entrevistados apunta a un empobrecimiento de la vida social y personal. Un empobrecimiento que debilitaría la vida comunitaria y, por tanto, a la democracia. Agustín Squella habla de sociedades con menor "diversidad y espesor": "Como ha escrito Martha Nussbaum en su libro "Sin fines de lucro", sin humanidades, o con éstas debilitadas, se pierde la capacidad crítica, se pierde también la capacidad de trascender nuestras estrechas lealtades locales y nacionales, y se afecta igualmente la capacidad para observar con compasión las dificultades y penurias de los demás".

"En Chile -opina Pablo Oyarzún-, el espacio público se ha atrofiado hasta la mínima expresión, la privatización se hace capilar. Y las humanidades tienen una responsabilidad inalienable por lo público. No porque se la arroguen, sino porque su tejido mismo es la conversación abierta, y el espacio público se forja en la conversación abierta de la comunidad. Conversación que no presupone títulos ni expertise ni competencias excluyentes. Eso mismo las hace, no solo amigas, sino agentes de la democratización. Quiero decir con esto que las humanidades son insustituibles en un sentido esencialmente político: son, directa o indirectamente, formadoras de ciudadanía. Su retroceso daña, precisamente, a la constitución de una comunidad con capacidad de deliberación y autodeterminación".

Luego, el problema de las ciencias humanas es el de la democracia, y entonces el de la educación. Una educación que, a juicio de Oyarzún, debiera ser permeada, "desde temprano", por las ciencias humanas: "No se trata de un simple ornato cultural, sino de aprender los modos de relacionarse con el mundo en las claves de la complejidad, la diversidad y la alteridad, que son las cosas en que aquellas son expertas". Dado ese lazo entre educación y humanidades, Giannini opina que "la democracia se renueva y se transforma en virtud del proceso educacional".

Mejor educación, dice también Squella. Pero no sólo en las instituciones que la imparten, también en las casas: "Cuando la pereza y la vulgaridad reinan en los hogares, no hay sistema ni política educacional que pueda tener éxito. ¿Cuántos que vociferan por mayor calidad en la educación dejaron de ir al cine y de entrar siquiera en las librerías?".

Concluye Juan de Dios Vial: "Las humanidades son casi un símbolo, históricamente consagrado. Merecen respeto, no solo por razones de cultura, sino de política superior. La filosofía, la historia y las letras son figuras clásicas de las humanidades. Pero, ¡qué duda cabe!, también en la física o la biología, la economía o la sociología, y en todos los campos de las ciencias y las artes, son muchos quienes, aparte de su disciplina específica, bien merecen pertenecer a las humanidades. Piénsese en grandes contemporáneos, como Einstein, Planck, Heisenberg, Prigogine, Weber, Levi-Strauss o Chomsky, y tantos otros; pintores como Klee o Matta, o músicos como Messiaen y Arrau. ¿No pertenecen, acaso, a las humanidades de hoy?".

Un cajón de sastre

El Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales aúna una variedad de disciplinas, como la filosofía y la economía. ¿Esa mixtura no les resta visibilidad a las ciencias humanas? "Los premios reflejan las realidades que se viven, no las configuran», responde Agustín Squella. Y agrega: "Pero se haría bien en difundir e impulsar la propuesta de cambio en nuestra completa ley de premios nacionales que formuló hace varios años el directorio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y que duerme en alguna parte" (algunos de esos cambios son traspasar la dependencia de algunos premios hacia el Consejo, precisar el ámbito de algunos y ampliar los jurados).

"Hablar de humanidades y ciencias sociales -señala Juan de Dios Vial- es como sumar peras con manzanas. Son recursos clasificatorios que pudieran considerarse viciados desde la partida. Tanto como juntar la escultura con la música o el teatro, o la geología con la matemática. No les pidamos a las leyes que otorgan premios demasiado rigor epistemológico. Peor sería que no los dieran». Similar opinión tiene Pablo Oyarzún, para quien no hay ni premios ni clasificaciones perfectas: "Cuando uno se asoma al catálogo de disciplinas de la Unesco y ve lo que cae en suerte a las humanidades y las ciencias sociales, retrocede con una mezcla de pavor y perplejidad. Sin embargo, no está mal que exista el premio". Ahora, dado lo "abigarrado" del cuadro, Oyarzún propone "otorgar el premio año a año alternadamente: humanidades una vez, ciencias sociales otra. Postulaciones no van a faltar", señala.

Concluye Eduardo Sabrovsky: "En el quehacer de las humanidades, este premio, más allá de que existe, y en la medida que existe hay que procurar que se otorgue de la mejor manera, no tiene ninguna importancia».


Articulo : http://diario.elmercurio.com  31/07/2011

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