dimanche 7 août 2011

La difícil juventud

La difícil juventud

En su última novela, Pero ahora no es verano, Ana María del Río desarrolla un relato que se inclina por retratar las costumbres de la oligarquía agraria chilena, a fines de los 60, cuando se viven los últimos estertores de la hacienda chilena y, a la vez, como es usual en el género, da cuenta de los conflictos de la joven protagonista femenina en su proceso de crecimiento a contrapelo de su entorno social y familiar.

La historia es narrada en primera persona por la propia protagonista, a quien llaman Makena, una voz narrativa más que juvenil, pueril, de escasa mordacidad, más bien risueña, bienintencionada, sentimental, un tanto cursi, como ella misma lo advierte. Makena, Magdalena Bulnes, sufre un conflicto emocional que tiñe su narración: cree estar embarazada de su primo hermano, Tarso, con quien vive desde hace dos veranos un torrentoso y clandestino romance, y cuyo amor es puesto en duda y, por otro lado, su propia indiscreción la hace enterarse de que acaso su padre recién fallecido, Manuel Bulnes, no es su auténtico padre sino Ignacio Balmaceda, de quien su madre fue novia y a quien amó y, sin duda, ama todavía. ¿Está o no está embarazada Makena, la ama Tarso, es Manuel o Ignacio su padre? son la preguntas, poco novedosas, es preciso advertirlo, en cuya respuesta se encierra el suspenso de esta novela.

La joven Makena es, sobre todo, la ventana que le permite a la autora describir el mundo de esa parentela formada por tíos, tías, primos y primas, nanas, servidumbre, curas y obispos, que se reúnen en la enorme casa campestre de Mallara, esta vez no en verano sino en invierno, con ocasión de los funerales de los patriarcas de la familia, el Tata y la Memé. Para hacer con mayor morosidad ese levantamiento de la escena social, Del Río aísla al gran familión de aristócratas revenidos en la antigua hacienda gracias a una tempestad inclemente, que corta las rutas de posible escape, y al asedio de los inquilinos que se han tomado el camino y se niegan a trabajar hasta que se realice una repartición de las tierras.

Como registro de las formas de decir, pensar, creer y vivir de ese segmento social declinante, Pero ahora no es verano es poco novedoso y superficial. Los personajes y circunstancias parecen estereotipados, caricaturas de brutalidad o humanidad, buenos o malos a la legua, sin que aparezca en esta obra algún brillo o arista que sorprenda. Los grandes relatos literarios chilenos (Casa Grande de Orrego Luco, Casa de Campo de Donoso y Epifanía de una sombra de Wacquez, sobre todo) logran, a no dudarlo, una penetración, sutileza e intensidad muy superiores en jerarquía literaria y crítica social.

La aproximación que logra Del Río a ese mundo es muelle y carente de radicalidad. La novela, por completo convencional, no se arriesga nada en la forma y tampoco en los contenidos. Siguiendo el modelo de novela de costumbres, propio de la gran narrativa inglesa, emplea la estructura del encierro temporal dentro de la vieja mansión familiar pero usa una prosa (derivada de las limitaciones del narrador) poco lúcida, sin la suficiente y oportuna agudeza crítica o satírica. Conocemos, es cierto, el juicio de la protagonista acerca de ese mundo pero porque lo explica más que porque lo muestra, salvo en esporádicos registros de algún diálogo o modismo atinados. Los diálogos son básicos y construidos con apostillas que explican al lector el sentido de lo hablado, lo cual, por lo demás, no se caracteriza por una inusual chispa y brillo intelectual. Es una joven-niña la que habla pero su voz y mirada más que potenciar el relato, lo debilitan.

La narración, de este modo, se torna larga, reiterativa, banal. El final de la historia es escandalosamente trivial (considerando la gravedad de los conflictos sociales y políticos ya incubados y puestos en escena) y predecible. La temporalidad es lineal y no se advierte ritmo en la novela fluyendo impasible siempre en el mismo tono, sin inflexiones ni acentos. Es como si en la autora hubiese una cierta tensión irresuelta frente al mundo representado, al que evoca con una mezcla de añoranza y crítica, tensión que, en el plano narrativo, se traduce en una indefinición paralizante acerca del tono del relato.

La laxitud de los conflictos y caracteres y, sobre todo, la falta de energía narrativa para presionar sobre ellos, otorga a esta narración esa calidad ambigua de las fotografías desvaídas. Makena, en un pasaje en que no falta la sangre y la muerte, alcanza la madurez y, entonces, todos los hilos del relato se atan y los nudos se disuelven. No hay en esta novela mayor espacio, en verdad, para la imaginación e interpretación del lector: una novela prescindible dentro de la valiosa narrativa de Ana María del Río.


Articulo : http://diario.elmercurio.com  31/07/2011

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