samedi 20 août 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ Hebe UHART y los que no importan






ENTREVISTA "Relatos reunidos"
Hebe Uhart y los que no importan
Por Pedro Pablo Guerrero 

En su viaje a Chile, la escritora argentina presentó una antología de sus cuentos publicada por Alfaguara y habló de Simone Weil en la Cátedra Bolaño de la UDP.

"No preguntan mucho en público; en privado, sí. Son curiosos, pero en privado. En público no preguntan. ¿Será miedo a que te castiguen? Qué pena, así nunca puedes saber si eres tonto o no", comenta Hebe Uhart (1936), a propósito del silencio que se produjo cada vez que ofrecieron la palabra para hacerle preguntas luego de la charla que dictó en la Cátedra Bolaño, y de la presentación del volumen Relatos reunidos (Alfaguara), uno de los libros más recomendados del último tiempo.

Hebe Uhart escribe de migrantes, niños aburridos, locas, ancianas, campesinos, borrachos. Gente que no le importa a nadie, como decía Simone Weil. Pero a ella sí. Y los observa, los escucha, les pregunta cosas. No tanto para saber lo que piensan, sino cómo lo dicen. "Ya van a ver", repite una niña en uno de sus cuentos. Y esa frase encierra una amenaza, la fantasía compensatoria de un desquite.

De Simone Weil y Katherine Mansfield, Hebe Uhart aprendió que la vanidad es ineficiente: "Me vuelve a mí mismo. El arte, en cambio, nos tira afuera", dice. Afina los sentidos y los abre al mundo. Hebe Uhart, por ejemplo, escribe de oído. Habla con una mujer de provincia que hace el aseo en su casa. Le dice algo acerca de un hombre. "Ya no existe, está perimido", le responde ella.

En otro cuento hay una niña que imita a Rafaela Carrá. Es el orgullo de su madre. Hebe Uhart, que suele mantener contacto con algunos personajes de sus historias después que terminan, comenta: "Ahora es prosti".

Hija de inmigrantes vascofranceses por lado del padre y de italianos por el de la madre, de niña aprendió que los primeros cuidan las palabras como al dinero, mientras que los otros las prodigan hasta el derroche. "Los italianos dicen todo", asegura.

"La familia nuestra no es como la de ustedes. Es más polícroma, podemos tener parientes pobres y parientes bien ubicados", dice Uhart. "Otra cosa que no tuvieron ustedes es el peronismo. Cambió mucho la sociedad argentina. Yo era de una familia de clase media en un pueblo pequeño, Moreno, a 35 kilómetros de Buenos Aires. Mi papá era empleado bancario, radical. Cuando vino el peronismo y vio que un obrero se compraba un terrenito y se construía una casa de fin de semana, a mi papá le agarró el rencor. Perdía importancia ser empleado. De ahí viene la bronca de las clases medias a los populismos".

-¿Influyó el peronismo en tu literatura?
-Directamente no. Hubiera escrito igual, con o sin peronismo. Sí me ayudó a detectar cosas. A los diez años yo tenía una amiga muy callada, mucho más pobre que yo. Y ella una vez me dijo que desde que estaba Perón no comían puchero todos los días, que había más variedad. Yo se lo contaba a mi papá y él me retrucaba que no, que ellos estaban así porque el padre era jugador. Yo estaba en el medio. Aún ahora, cuando una persona es muy antiperonista, me vuelvo peronista volando, y cuando es muy peronista, empiezo a llevar la contra.

El verano pasado, Hebe Uhart estuvo en Chile para completar su libro Viajera crónica , editado por Adriana Hidalgo. "Pucón me gustó, Puerto Varas no. Está lleno de alemanes del siglo XIX con esos adornos absurdos y esas pastoras de enagua y trenzas cantando 'Barrilito de cerveza'. Cien años que no la escuchaba. El centro es todo alemán, lo coparon, y los negocios criollos quedaron relegados a una zona oscura".

-¿Qué escritores te gustan?
-Al hacer talleres, tengo siempre un texto distinto. Lo que más dura un autor es una semana, o dos. Estuve dando últimamente muchos latinoamericanos. De acá di unas crónicas de Zambra. Después di los peruanos, que me gustan mucho: Roncagliolo, Daniel Alarcón, Bryce Echenique y uno muy fino, Julio Ramón Ribeyro.

-¿No has sacado nunca de la lista a Felisberto Hernández?
-No, porque me parece un escritor íntimo. Borges, en cambio, no me es íntimo. Si hiciera una metáfora un poco loca: yo tengo amigos de entrecasa y amigos de salir. Felisberto Hernández es un escritor de entrecasa, para tenerlo ahí, al lado. Borges es un escritor para lucir. Su erudición, su solvencia, su seguridad. Nunca lo he dado a leer.

Articulo : http://diario.elmercurio.com 14/08/2011

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