dimanche 7 août 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ Patricio PRON, detective del padre

Novela "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia":
Patricio Pron, detective del padre
Por Pedro Pablo Guerrero 

Llega a Chile el libro más reciente del premiado escritor argentino, quien aborda los orígenes de su ficción y explicita sus afinidades y rechazos literarios.

En todos los libros de Patricio Pron (Rosario, 1975) alguien desaparece. Como los niños del perturbador cuento "Las ideas" (enEl mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan), que abandonan sus casas de un día para otro en un pueblo de la RDA. O el profesor de filosofía de El comienzo de la primavera (Premio Jaén de Novela 2007), cuya enmarañada biografía se vincula a Heidegger y el nazismo. También la novela El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (publicada también por Mondadori), devela un pasado ominoso, que corresponde, en palabras del autor, "a la generación contestataria de los militantes revolucionarios no sólo argentinos de la década de 1970".

Desde Madrid, donde vive actualmente, Pron explica las circunstancias en que nació su nuevo libro. "Lo escribí -dice- después de descubrir una serie de simetrías entre la vida de mi padre y la mía en un momento muy específico. Poco antes de padecer una cierta enfermedad, él estuvo buscando a un hombre desaparecido, al tiempo que yo mismo estaba procurando averiguar quién era mi padre". Los paralelos entre ambas búsquedas, comprendió Pron, podían "servir de parábola desgarrada de los últimos treinta años de la historia argentina".

-¿La relación entre el uso de antidepresivos y el olvido surge de una experiencia personal?
-Así es. Mi memoria, que nunca debe haber sido muy buena, quedó devastada por el consumo de pastillas, lo que supongo que me convertía en la persona menos idónea para escribir algo parecido a una novela autobiográfica; pero precisamente allí estaba uno de los alicientes para la escritura del libro, el superar esa imposibilidad de determinar si los hechos que recuerdo son ficticios o tuvieron lugar realmente, equiparándolos a todos en un relato de ficción.

-"Los hijos son los detectives de los padres", dice el narrador. Sin embargo, planteas que un relato sobre esto no puede tener la forma de una novela policial. ¿Por qué?
-A menudo las novelas policiales que abordan los hechos trágicos del pasado reciente dejan en el lector la impresión de que las injusticias y los crímenes a los que éste asiste tan sólo tienen lugar en ella; es decir, que el lector emerge tras la lectura del libro a un mundo más justo o más bueno y que no merece ser cuestionado. Allí se encuentra la principal paradoja de estos textos, que aspiran explícitamente a ser textos políticos pero que sólo lo son en términos conservadores y acomodaticios, porque invitan a abandonar la voluntad de transformación social y la indignación que puede sentir cualquiera que en este momento tenga los ojos abiertos, en Chile o en España o en cualquier otro sitio.

-Las incertidumbres de base que planteas en tu obra recuerdan la pregunta inicial de Ricardo Piglia en "Respiración artificial": "¿Hay una historia?". Esa novela también plantea la búsqueda de alguien desaparecido. ¿Cuáles son tus afinidades con Piglia?
-No recordaba esas coincidencias, pero en cualquier caso mis afinidades con Piglia son muchas: ambos nos interesamos por unos escritores específicos y tenemos una forma similar de leer y de pensar en la literatura, lo que supongo que es inevitable teniendo en cuenta que ha sido uno de los escritores argentinos a los que he leído con más entusiasmo en mis comienzos como lector. Un día, conversando en Madrid, descubrimos además que su padre y mis bisabuelos vienen de la misma región del norte de Italia, aunque esta es una afinidad poco literaria, ¿o no?

-En "El comienzo de la primavera" problematizas la relación entre historia y sentido. ¿De qué manera esta cuestión ha influido en tus ficciones?
-En la mayor parte de los casos, escribo procurando generar en el lector un efecto doble y contradictorio: por una parte, procuro que suspenda su incredulidad hacia lo que narro (que es el requisito ineludible para ser lector de ficción, de acuerdo con Coleridge), pero, por otra, intento que se pregunte por qué lo hace, cuál es la naturaleza de la literatura de ficción y por qué esta funciona incluso allí donde el lector no abandona una actitud de sospecha hacia lo que se narra. En ese sentido, la teoría de las discontinuidades del profesor Hollenbach apenas pone un nombre y ofrece un modelo de interpretación a una indagación acerca de las relaciones entre relato y verdad, que está en buena parte de lo que he escrito.

-La crítica ha advertido en tus libros las dificultades de relación entre padres e hijos y el descubrimiento de secretos familiares. ¿Por qué crees que esto se ha convertido en un sello de tu narrativa?
-No lo sé, posiblemente debido a que el primer relato que escuchamos es el que nuestros padres nos cuentan, que consiste en la historia de quiénes son ellos y quiénes somos nosotros y qué seremos. Quizás lo interesante de esas relaciones esté en que son las primeras en las que se establece un vínculo entre lenguaje y verdad que atraviesa nuestra visión del mundo, el tipo de decisiones y de elecciones políticas que realizamos y la forma en que, a partir de ese momento, procuramos ordenar con palabras un mundo que carece de orden y de sentido.

-¿Qué tan decisivo ha sido para tu trabajo literario tu formación y tu residencia en Alemania? ¿Por qué ahora vives en España?
-A la estancia en Alemania le debo decenas de cosas, la más importante de las cuales es el hecho de que desnaturalizó mis vínculos naturales con el español; en la medida en que mi vida cotidiana tenía lugar en alemán, el español fue para mí, durante varios años, sólo una lengua literaria, un idioma para leer y para escribir, y eso produjo efectos más o menos involuntarios en mi sintaxis, pero también en mi forma de leer y en el repertorio de escritores que me interesan. Mi vida cotidiana en Alemania consistía (como la de buena parte de los extranjeros residentes allí) en una tarea permanente de traducción, y, poco a poco, la traducción empezó a parecerme una buena forma de explicarme a mí mismo y a los lectores el tipo de cosas que iba a hacer a partir de entonces como escritor. En cuanto a España, vivo aquí simplemente porque mi esposa quiere vivir aquí y porque hay buenas librerías.

-Un crítico chileno se refirió a ti como un "vástago de Bolaño". ¿Ves una relación de su trabajo con el tuyo?
-Naturalmente, he leído y admiro mucho la obra de Bolaño, a quien además conocí y del que fui amigo, pero no suelo pensar en los escritores en términos de paternidades y de genealogías; de todos modos, siempre es maravilloso que los lectores vinculen tu trabajo con el de un escritor que admiras y del que consideras que supo contar por primera vez buena parte de las ansiedades y angustias de nuestra época. Si el crítico me hubiese llamado "vástago de" Abelardo Castillo, Ernesto Sabato o cualquier otro de esos viejos imbéciles mi respuesta sería muy distinta.

-¿Por qué?
-Mi rechazo es el resultado de que ninguno de ellos produjo nada de relevancia, pero ambos creyeron que sí lo hicieron, lo que los cataloga como imbéciles; lo de viejos es una cuestión simplemente biológica.

-Granta te incluyó en su lista de 22 autores junto a Labbé y Zambra. ¿Los conoces? ¿Qué opinas de su obra?
-Conozco a Labbé y a Zambra, sí, y ambos me parecen muy buenos escritores, en especial este último, pero ellos son apenas dos de los escritores chilenos contemporáneos que me interesan: he leído con mucho interés los libros de Nona Fernández, Cynthia Rimsky, Andrea Jeftanovic, Marcelo Mellado y Rafael Gumucio, y espero poder leer pronto a Alejandra Costamagna, Álvaro Bisama, Roberto Brodsky y Nicolás Poblete; también espero que pronto haya nuevo libro de Diego Zúñiga.

-Ignacio Echevarría aprecia "una saludable repolitización de la narrativa en lengua española" a propósito de tu última novela y las de otros autores. ¿Estás de acuerdo?
-No necesariamente, ya que incluso los textos menos aparentemente políticos (de los que la literatura en español de los últimos veinte años tiene ejemplos brillantes) dan cuenta de cierta concepción política de sus autores: una de derechas. En ese sentido, más que hablar de una emergencia de novelas políticas como lo hace Ignacio, yo hablaría de la aparición de un tipo de textos que manifiestan una relación problemática con el mundo y se caracterizan por su descontento ante un estado de cosas (incluso ante el estado de cosas literario) que pretenden modificar. Me gusta pensar en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia como en uno de esos textos.


Articulo : http://diario.elmercurio.com  31/07/2011

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