dimanche 7 août 2011

Roa BASTOS en el recuerdo




Roa Bastos en el recuerdo

Nació un 13 de junio de 1917 y falleció en 2005. El escritor paraguayo hoy hubiera cumplido 94 años.

Fue narrador, poeta, dramaturgo y ensayista. Está considerado como el escritor paraguayo más importante del siglo XX y uno de los grandes novelistas de la literatura hispanoamericana.

Vivió la mitad de su vida en el exilio, en Argentina y Francia. Fue un eximio cuentista, con títulos como El trueno entre las hojas, El baldío, Madera quemada, entre otros; y un novelista influyente: Hijo de hombre y Yo el Supremo están consideradas como dos obras maestras de la literatura en español en el siglo pasado.

Lo recordamos con una serie de artículos publicados en ÚH sobre el maestro.


El sonámbulo
Por Augusto Roa Bastos
15 de Junio de 2009

Augusto Roa Bastos hubiera cumplido 92 años de vida el 13 de junio pasado. Para recordarlo, qué mejor que el fragmento de un texto suyo muy poco difundido y que fue recientemente reeditado en Paraguay.

Mi nombre es Silvestre Carmona. Nada le dirá a usted este nombre, señor Fiscal General; yo mismo me esforcé en olvidarlo a través de las desventuras de los años. Soy el ex coronel Silvestre Carmona, de la Guerra Grande. Luché en ella hasta el último combate de Cerro Corá, que acabó con la guerra y nuestra nación cuando el enemigo asesinó vilmente al Mariscal Francisco Solano López, presidente de la República y generalísimo de nuestro ejército.

Esa mancha cayó también sobre mí, entre los pocos sobrevivientes de aquella hecatombe en que se inmoló a todo un pueblo. Tal fue mi peor castigo: sobrevivir en la tortura de una condena sin término. La vida entonces es peor que la muerte. ¿Puede acaso el que sobrevive hacerlo sentado plácidamente sobre una media verdad, ésa que queda sobre un solo filo del sable?

Pese a mis antecedentes, y no obstante el papel que me correspondió en el desenlace de aquella tragedia que duró cinco años, no habrá leído usted una sola línea sobre mí en la multitud de folletos, memorias, crónicas e historias que se escribieron --que usted mismo ha escrito-- sobre la Guerra Grande.

Muchos nombres me han dado, junto con la limosna pública; motes más propios para despertar la burla, que la piedad o la compasión. Esto último habría sido aún más cruel para mí, no menos que la consideración y el respeto. Imagínese usted al coronel Silvestre Carmona pavoneándose, casi octogenario, con las insignias de sus condecoraciones, con los recuerdos de cien combates y batallas durante la Epopeya Nacional.

En cada tramo de mi vida, el destino hizo de mí lo contrario de lo que habría querido ser. Desde mi niñez amé el mundo del espíritu, los goces del estudio y la soledad. Podría decirse que la única pasión de mi vida fue la paz, y se me dio la guerra como signo de mi vida. Odié la milicia; terminé siendo un jefe intrépido. Fui condenado, yo el cobarde, a ser un bravo entre los bravos, como ahora soy un despojo entre los despojos.

La identidad de un hombre --usted lo sabe mejor que nadie, señor Fiscal-- radica no en cómo se llame ese hombre o en cómo lo llamen, sino en lo que ha hecho. Lo que producimos vuelve sobre nosotros, y están aquellos que prefieren mirar el destino cara a cara. Yo lo hice una sola vez en un parpadeo; volví la espalda a esa visión intolerable. Ahora la veo por un espejo oscuro (según la atroz visión del Evangelio). Pero aquella vez vi naufragar en el arroyo del Aquidabán-nigüí, en la persona de su Jefe Supremo, lo que restaba de un pueblo, de nuestra nación, convertida en un inmenso osario.

Los paraguayos continuamos sumidos aún en aquella interminable pesadilla, como entre el polvo de una gran catástrofe de recuerdos. Permítame usted, se lo digo sin maledicencia, señor: todos seguimos mirando en el delirio de una fiebre fría en torno a esa inmensa tumba, los ojos pesados de tierra; enfermos de una profunda enfermedad en la que los vivos se diferencian muy poco de los muertos: si éstos no saben que han muerto, los vivos no saben que viven. Cada uno es más viejo de lo que es; cada uno, su propio antepasado. No existen contemporáneos ni sucesores. Simplemente, un día el alma no existió más; pero también fuimos abandonados por nuestro cuerpo; abandonados por todo sentimiento posible en el hombre, hasta por la última de las esperanzas permitidas. Así, falazmente, una tranquila desesperación también pesada de tierra entró a empapar nuestra sangre, a vaciar nuestra memoria de todo, salvo de aquella visión más propia de fantasmas que de hombres.

No piense, empero, que yo pretenda abusar de su paciencia, embaucarlo con mis chocheces de viejo. Sin memoria y sin lengua, sólo puedo escribir; poner lo más mío, lo más oculto de mí, en lo que hay de más ajeno a uno: la palabra escrita. Lo bueno de lo escrito, sin embargo, es que uno lo deja de lado y desaparece. Con sólo desviar la atención y la mirada de lo escrito, eso se borra, se extingue. En cambio, lo hablado perdura. Los sonidos de la voz se acantonan en las costuras del alma. Vea usted la diferencia: mi nombre, por ejemplo, ha desaparecido de las crónicas de la Guerra Grande con el último secreto de ella que está enterrado en mí. Pero yo continúo oyendo, estremecido hasta los huesos, el grito terrible que exhaló al morir el Mariscal; ese alarido de furia y condenación con que se fulminó a sí mismo antes de que los negros asesinos del Imperio troncharan cobardemente su vida.

La imprecación también me atravesó a mí como un lanzazo. Contra el cielo negro de pólvora, rajado por el fulgor de las descargas, sentí que, a partir de ese instante, mi corazón bombearía en vez de sangre la cicatriz de aquel grito para siempre.

He tardado en morir. Pero mucho después que mi cuerpo se convierta en polvo, aquel grito seguirá resonando en él.

No es más difícil ser pordiosero en la plaza de un mercado, que coronel en el caos de una batalla perdida; sobre todo, cuando esa batalla es la última y la causa de la independencia de una nación se convierte en el fin de esa nación.

Soy el mismo viejo a quien usted ha arrojado más de una vez, al pasar, monedas y hasta billetes de un peso, en la recova del mercado y los domingos en el atrio de la Catedral. Me ha visto tal vez, pero no me conoce. Tendrá que estirar la suela de su paciencia, señor Fiscal General, y leerme del principio al fin.

Me dirijo a usted por las funciones de su cargo, pero también porque se ha destacado como uno de los más empecinados detractores del Mariscal Francisco Solano López. He leído su libro; no le honra a usted.

Declaro bajo juramento que digo como verdad lo que escribo en este testimonio. Voy a revelar como verdad un secreto que concierne a un momento crucial de nuestra nación, herida de muerte en el calvario de Cerro-Corá, el 1º de marzo de 1870.

Se preguntará usted por qué he tardado tanto tiempo en hacerlo. ¿Puede el que sueña una pesadilla contarla sin estar despierto? ¿Lo estoy ahora? Es posible, señor. Conocemos las cosas en los sueños; las ignoramos en la realidad. Pero también las obsesiones envejecen, se descarnan. La culpa dura siempre más que el remordimiento. Y por fin, ahora, la tenaz parálisis de mi voluntad, de mis huesos, ha ido cediendo en un lento deshielo. Me ha costado retomar el hábito de escribir. Muy torpe aprendizaje es el que precede en poco tiempo a la inmovilidad definitiva. Uno olvida las palabras y lo que realmente quieren significar. Para peor, los cabos de lápices y la carbonilla que se consiguen en estos lugares, no ayudan a precisar los rasgos.

Debo comenzar por el principio. Nací en la villa de San Pedro, el 20 de septiembre de 1840, el mismo día, mes y año en que murió el Dictador Perpetuo José Gaspar Rodríguez de Francia.

(*) Extraído de Memorias de la Guerra del Paraguay, con reproducciones de cuadros de Cándido López. Gentileza Editorial Servilibro y Sin Frontera Ediciones, 2009.

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Roa Bastos, más allá de sus obras
Por Roberto Gómez Palacios
13 de Junio de 2007

Hoy se cumplen 90 años del nacimiento del extinto escritor. Si viviera, probablemente no hubiera festejado su cumpleaños. Conozca cómo era él en su niñez, qué le agradaba y cómo se comportaba con sus amigos.

Don Augusto no acostumbraba festejar su cumpleaños. Nunca organizó fiesta alguna, sino que en varias oportunidades sus amigos o parientes preparaban una y lo invitaban, pero no debía haber mucha gente porque no se sentía a gusto donde había muchas personas. Aun con esas condiciones a veces iba y en otras ocasiones, no.

Cuando se reunía con amigos contaba chistes para pasarla bien. Los recuerdos que el escritor dejó en sus más allegados no se reflejan sólo en su producción literaria. Augusto José Antonio Roa Bastos era una persona que desde niño se acostumbró a leer, y las pocas veces que cometía travesuras no eran similares a las de niños de su edad, pues las hacía con inteligencia.

Eran cuatro hijos en la familia, pero todos tenían grandes diferencias en las edades. El menor se llamaba Lucio Hermenegildo, seguían Rosa Victoria y Emilia Simona. Ambas mujeres siguen con vida. Rosa recuerda muy poco del escritor porque ella había quedado en Iturbe cuando Augusto vino a la capital, a la casa de unos parientes para estudiar desde el primer grado.

Sólo en las vacaciones podían estar juntos, pero esos cortos meses bastaban para que ella guardara recuerdos preciosos de la niñez. "Él tenía un diccionario enorme que era de mi tío, y con eso dormía. Amanecía y se ponía a leer. Era de poco hablar. A la hora de comer era delicado, de poco comer. Le gustaba la comida paraguaya, el arro kesu, no tomaba leche ni café, sólo té, hasta su muerte", comenta su hermana Rosa, conocida como Manení.

EL RÍO. En sus obras literarias, Augusto nunca olvidó el río, que para él era una fuente inmensa de inspiración. Y es que de niño adoraba ir al Tebicuary, cerca del ingenio azucarero donde trabajaban sus padres, en Iturbe.

Le gustaba nadar y remar, de hecho había ganado algunos premios en competencias deportivas estudiantiles. Cuenta Manení que Augusto y Emilia iban al río casi todos los días y traían barro en queseras para hacer ladrillos, queriendo construir una casita. Y lograban levantar alguna que otra construcción pequeña, pero él la destruía porque para probar si era lo suficientemente resistente subía encima de la casita y los ladrillos se volvían barro.

Otro de los placeres mayores del extinto, que muy pocos conocen, es que era amante de la música. Las veces que se encontraba con amigos cantaba creaciones folclóricas con el acompañamiento de la guitarra o del bombo, que él mismo ejecutaba. "En su exilio en Buenos Aires, cuando se cansaba de escribir, salía a la calle a tocar el bombo, y no tenía vergüenza. Él era muy espontáneo y como amigo era sin igual. Buscaba la lealtad que él mismo profesaba con la gente a la que quería", comenta Antonio Carmona, quien lo conoció muy de cerca.

Una figura capital de las letras

Augusto Roa Bastos nació en Asunción el 13 de junio de 1917, pero vivió gran parte de su niñez en el pueblo de Iturbe. Su amor a la escritura lo convirtió primero en periodista, y como había participado de muy joven en la Guerra del Chaco, fue corresponsal de guerra en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial.

En su exilio de Paraguay, primero en Buenos Aires y luego en Francia, desde 1947, comenzó su gran labor literaria a la par de su desempeño como docente universitario. En sus escritos se refleja la vida en varias épocas en el Paraguay.
En 1944 formó parte del grupo "Vy`a raity" (El nido de la alegría), decisivo para la renovación de la poesía y la plástica en el Paraguay.

En 1952 publicó su primera colección de cuentos, "El trueno entre las hojas". Le siguieron "Hijo de hombre" (1960), "El baldío" (1966), "Cuerpo presente y otros cuentos" (1971), "Yo, el Supremo" (1974), "Contar un cuento y otros relatos" (1984), "Vigilia del Almirante" (1992), "El Fiscal" (1993), "Contravida"(1994) y "Madame Sui" (1996). Premio Cervantes en 1989. Falleció en Asunción el 26 de abril de 2005.

Olga Blinder, Artista plástica: "Soñábamos un Paraguay diferente"

Muchas personas se hicieron amigos de Roa Bastos por encontrar un punto compartido en las ideas. Así, desde que la obra plástica "Torturados", de Olga Blinder, fue rechazada para su exposición en Asunción, el escritor la ayudó para desarrollarla en Buenos Aires, y así nació una amistad entre ella, Josefina Plá y el creador de inmortales obras de la literatura universal.
"Augusto no era el escritor, sino un gran amigo. Siempre estaba cuando uno lo necesitaba, en cualquier momento, en cualquier lugar. Era de esas personas que te acompañaban en las buenas y en las malas. Me apoyó mucho en mis trabajos artísticos y juntos soñábamos con un Paraguay diferente".

Ticio Escobar, Crítico de arte: "Era un hombre complejo y cabal"

"Conocí a Augusto en 1976, preso yo en Investigaciones, a través de la lectura de Yo el Supremo. Nos encontramos a partir del año siguiente en actos culturales diversos ocurridos durante sus venidas a Asunción y de a poco fuimos construyendo una amistad fuerte y rica".

Espero que el mito que "sano, necesariamente" construimos los paraguayos en torno a la figura de Augusto no comprometa la figura de un hombre complejo y cabal; no sólo un gran escritor, sino un sobreviviente que tuvo que recurrir a todo su talento, que era mucho, para no quebrarse ante el oscurantismo de la dictadura y el asedio de la mediocridad".

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El muchachito de pueblo
Por Amelia Nassi (Máster en Letras)  
09 de Junio de 2007

Consultada por el Correo Semanal de Última Hora, la compañera de Roa Bastos en los tiempos de la escritura de Yo el Supremo, cuenta la génesis de esa novela paradigmática y los entretelones de la vida del escritor.

Augusto era una persona de gustos muy sencillos, yo diría austero. No fumaba, no bebía, salvo en los brindis protocolares, por supuesto no conocía la droga. Su bebida preferida era el té. Los paraguayos que venían de Asunción traían como regalo una caja de té Lipton. No había en Argentina. Nos gustaba tomar sol, así que cuando podíamos íbamos a una zona de Buenos Aires cerca del río que se llama Núñez. Allí, además, jugábamos pelota a paleta.

Esa austeridad de la que te hablaba hacía que no fuera muy afecto a las fiestas multitudinarias, sino más bien al recogimiento de una charla entre amigos. Visitábamos a Eva y Carlos Abente.

En esas oportunidades, Augusto generalmente le leía a Carlos lo que estaba escribiendo, Carlos fue siempre su primer "oidor". En casa de los Abente solían estar José Asunción Flores y otros paraguayos exiliados. Nos veíamos con Coty y Édgar Valdés, Tomás Eloy Martínez, Chichú y Evelio Fernández Arévalos, con la extraordinaria actriz Nelly Prono. Cuando viajaba a Argentina nos visitaba el francés Jean Andreu (el Charles Andreu Legard, personaje de Yo el Supremo), con quien mantuvo correspondencia durante toda la escritura del libro. Andreu fue quien gestionó en Toulouse el nombramiento de Augusto como profesor en la Universidad de Toulouse Le Mirail en el 76, gesto que tal vez nos salvó la vida porque Argentina estaba peligrosa para nosotros durante la dictadura militar. Emigrar a Francia fue para Augusto el segundo exilio más duro porque se alejaba de América, para mí era el primero.

Roa Bastos y la música

Tenía una voz armoniosa, cantaba bien. De joven en Asunción había cantado por radio con José Asunción Flores, a quien lo unía una gran amistad y el exilio en Buenos Aires, y con quien hizo muchas canciones. Una de esas canciones es "Cholí", de la que tengo la partitura. Con Manuel Ortiz Guerrero hizo "Panambí verá" ("Mariposa brillante"). Cantábamos mucho, yo había estudiado piano, así que no me fue difícil aprender a rasguear la guitarra y Augusto tocaba el bombo. Era también una forma de relax. Amaba el folclore argentino, íbamos a los festivales folclóricos muy comunes en los años 60. Le gustaban.

Cuando nos conocimos, Augusto ya había publicado El trueno entre las hojas e Hijo de hombre. En esa época no escribía porque estaba dedicado a los guiones que le proporcionaban una base económica. En el año 1966 publica El baldío, selección de cuentos. Luego, vinieron Los pies sobre el agua, Madera quemada en el 67, Moriencia en el 69 y Cuerpo presente en el 71.

El germen de Yo el Supremo

En 1962 me propuso trasladarnos a Mar del Plata. Quería dedicarse a una novela, era Contravida, novela que no terminó pero que fue el germen de Yo el Supremo. Las razones las expuse en mi artículo "Contravida, novela inédita" (Acción Nº 258, año 2005). Esa novela se transformó en varios cuentos que se publicaron en Moriencia, de 1969. Regresamos a Buenos Aires y comenzó Yo el Supremo. Es importante destacar que en los 60 Buenos Aires tenía un movimiento cultural muy intenso, así como una situación política caótica. Había constantes reuniones en las librerías. Uno entraba a la de Jorge Álvarez y allí estaban debatiendo Tomás Eloy Martínez, Héctor Schmucler (director de la revista Los libros), Daniel Divinsky (creador de Ediciones De la Flor) y muchos otros. Fue en ese contexto que se plasmó Yo el Supremo, y no hubiera podido darse en otra ciudad y en otro momento histórico. El libro se publica en 1974, exactamente 14 años después de Hijo de hombre, su primera novela. La próxima novela, Vigilia del Almirante, se publica en 1992, exactamente 18 años después.

Como te decía, cuando regresamos de Mar del Plata, comienza Yo el Supremo. Dejó su trabajo de guionista y se sumergió en la obra. En esas circunstancias, la situación económica era difícil de sostener pero en 1971 recibe una beca de la Fundación Guggenheim para la creación literaria. Entonces, la pudo terminar sin apremios económicos.

El estilo de Roa Bastos

Supongo que cada escritor tiene su estilo. Augusto no era un escritor hermético, sino todo lo contrario. Me leía constantemente lo que escribía, así que fui conociendo cada frase, cada tema, cada personaje. Además, en aquella época no había computadoras, ni fotocopias. Si una plana tenía un error había que volver a pasarla. Entonces, me decía: "Patiñita, pasame esta hoja de nuevo". Hubo momentos muy difíciles cuando ya estaba demasiado metido en el personaje, entonces yo no sabía si vivía con Roa Bastos o con el Dr. Francia.
También había momentos muy divertidos, como cuando hicimos juntos la lista de juguetes que Francia encargó para los niños. O momentos simpáticos cuando salió de su escritorio muy entristecido y me dijo: "Mirá lo que Francia le dijo a su hermana: '¿Qué quiere hacer usted en plena vejez con ese corrompido bragante? ¡Hijos huérfanos? ¡Hijarros bezoares?' ". O cuando la representación y desfile para el delegado brasileño Correia da Camara, en que un pequeño grupo de infantes pasaba frente al palco y daba vueltas por la Merced y volvía a pasar para alucinar que el ejército era muy numeroso. Así durante 12 horas el pobre Correia "estaba tan descompuesto que resbala sobre el pecho pringando la tornasolada chaqueta".

El muchachito de pueblo

Creo que a Augusto hay que pensarlo como fue: un muchachito de pueblo, enviado a estudiar a Asunción. Un muchacho que ya en aquel momento tenía una gran pulsión creativa. El exilio lo catapulta a Argentina y aquí escribe toda su obra. La producción literaria paraguaya se plasmó en el exilio y desde allí vuelve a su país. Pensemos en Casaccia, Elvio Romero y otros. Pasan muchos años y ese muchachito de pueblo se convierte en un eximio escritor. A través de la palabra proyecta el Paraguay al mundo, ese su país: "una isla rodeada de tierra". Como dice Melià: "En su exilio, Roa no dejó nunca de estar en Paraguay, al mismo tiempo que llevó el Paraguay a todo el mundo".

Hoy, ese largo exilio terminó y sus cenizas descansan en su tierra natal.

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"Roa Bastos tendría que haber recibido el Premio Nobel"
Por Antonio Pecci
09 de Junio de 2007

En Buenos Aires, durante la Feria del Libro, el Correo Semana de Última Horal conversó con el escritor y crítico literario argentino Horacio Salas.

Amigo entrañable de Roa Bastos y Elvio Romero, este prestigioso poeta y estudioso lo conoció en la década del 60 en la capital porteña y recalca la deuda que su generación tiene con el escritor paraguayo, cuyo aniversario de cumpleaños número 90 se cumple el próximo 13 de junio, revelando aspectos inéditos de su personalidad.

-¿Cómo y cuándo lo conoce a Roa Bastos?
-El día exacto no lo recuerdo, pero más o menos las circunstancias sí. Yo estaba en una de las revistas literarias de comienzos de los 60, y a Roa le debo de haber conocido en el 60, 61, hace un buen tiempo. Y después lo seguí viendo, en Buenos Aires.

Mi amistad con Elvio Romero también facilitó este contacto. Mi admiración y mis estudios del tema de la Guerra del Paraguay, mi admiración por el pueblo paraguayo. Yo estudié mucho ese tema histórico, que es un baldón para la Argentina. Bueno, yo después fui crítico literario de varias revistas y diarios de Buenos Aires. Entonces, hice algunas entrevistas a Roa, he comentado algunos de sus libros (él me regaló la primera edición de El naranjal ardiente). Quiero decir que nuestra relación era muy fluida, inclusive cuando estuve en el exilio lo veía con alguna asiduidad, porque él viajó a Madrid con Bareiro Saguier y estuvieron en casa, con mi mujer, con mis hijos. Estuvo Augusto, siempre sintiéndose enfermo. Decía: "Yo no voy a comer porque estoy enfermo". Yo recuerdo que en mi casa comíamos muchísimo, comía muchísimo las comidas que le preparaba mi mujer. Pero además recuerdo el día en que estábamos en la universidad, en Toulouse, donde él dictaba clases de guaraní, y fuimos a comer y él dijo: "No, yo no voy a comer porque además la pizza me hace mal" (porque habíamos ido con Mario Goloboff a una pizzería). Se comió casi una pizza entera. Yo siempre bromeaba diciendo que era el hombre de mejor mala salud que conocía, porque siempre decía: "Estoy muy enfermo...", y los amigos nos reíamos de eso.

-Roa era más introvertido y un poco más tímido. Y como novelista había temporadas en que estaba recluido, sobre todo cuando se puso a escribir Yo el Supremo, entre el 68 y el 73. Él entró en una obsesión por escribir y terminar esa novela, que no le fue nada fácil.
-Sí. Es una novela "cappo lavoro", dirían los italianos. Es la tarea de una vida de un escritor. Porque esa tarea no se escribe en seis años, se escribe en seis años y toda la experiencia de una vida. A mí realmente me parece un libro extraordinario. Además, yo ya escribí bastante sobre literatura paraguaya, porque mi cercanía, mi simpatía por Paraguay hacía que me llegaran los libros del Paraguay. A Bareiro Saguier también veía cuando vivía en París, solíamos visitarlo con mi mujer. Era muy genial, yo lo llamaba y entonces dejaba todo lo que tenía que hacer y nos encontrábamos en esos bolichitos, y algunas veces he comido también en su casa en la Embajada. Así que teníamos una muy buena relación.

-¿Yo el Supremo marca un antes y un después en la obra de Roa, después de Hijo de hombre, de El trueno entre las hojas?
-Yo creo que, en cualquier escritor, el libro máximo que ha escrito lo marca. Pero siguió escribiendo porque los escritores no podemos dejar de escribir. Siguió escribiendo, pero manteniendo un nivel enorme. Lo que pasa es que esas obras desangran un poco y quedan como después de un embarazo de quintillizos. La mujer debe quedar así, vacía, y a Roa le pasó eso.

-Y quedó veinte años sin poder escribir después de Yo el Supremo. Yo le pregunté en Francia, en 1984, qué pasó. "Quedé completamente vacío, desangrado", me dijo. Y recién en los años 90 pudo volver a escribir.
-Yo creo que, después de ese libro, Roa es uno de los tantos nombres que tendrían que haber recibido el Premio Nobel. Lo que pasa es que hubiera sido una catarata de Premios Nobel latinoamericanos, y hubieran sido justos. Yo creo que Borges, Carlos Fuentes, Vargas Llosa y Julio Cortázar podrían tranquilamente tener el Premio Nobel. Como lo tuvo García Márquez, que también era muy justo, pero que Roa lo podría haber tenido. Lo que pasa es que se paralizó todo lo que era Latinoamérica porque era un aluvión, y a los europeos tampoco les hacía mucha gracia que toda la gran literatura viniera de Latinoamérica. Y esto lo digo porque estuve viviendo en España, en Europa, y no les hacía nada de gracia. Onetti también lo podría haber sido. Y estoy nombrando uno y de pronto podrían ser muchos más.

-Algunos quieren leer Yo el Supremo como una novela histórica.
-Yo creo que, además, es una novela histórica. También se lo puede catalogar de "novela histórica". Pero, además, es una gran novela, me parece una mezquindad decir novela histórica.

-A Roa no le gustaba.
-Es una gran novela, que transcurre en la historia, y que habla de un personaje, lo cual permite meterlo en eso. También puedo decir que es una novela extraordinaria en cuanto al manejo técnico. Entonces, "la gran novela de técnica literaria" también puede ser. Lo que pasa es que a las grandes obras se las puede encajonar donde uno quiere. El Quijote, puedo decir, "es una novela de un personaje loco", o "las aventuras de un loco", si uno quiere también. Pero me parece que estéticamente es una mezquindad. A mí me gustan los libros de la literatura sin aditamentos. Porque es lo mismo que cuando se habla de un muy buen poema de una mujer, y entonces dicen: "Es una muy buena poeta de poesía femenina". No. Es una buena poeta, porque si no es como ponerla en otro lado. Orozco yo creo que es una buena poeta, punto y aparte. Pero encasillarla en poesía femenina me parece de un machismo insoportable.

-En esos años en que Roa vivió en Buenos Aires, ¿cómo era visto dentro del medio cultural?
-Como un gran escritor, sobre todo para los más jóvenes. Además, él empieza a ser considerado en los años 60. Yo creo que mi generación, que es la del 60, que éramos jóvenes entonces, teníamos 20 años, es la que descubre al gran Roa, pero claro era un tipo que se acercaba a nosotros también. Era lógico que teníamos buena relación, lo mismo con Sábato, o con Raúl González Tuñón, un poeta extraordinario. Pero, insisto, Roa se acercaba a nosotros, entonces era más fácil y más fluida la lectura. Hijo de hombre fue muy bien leído en la Argentina cuando salió. Y enseguida hicieron películas, El trueno entre las hojas, Hijo de hombre, más allá de que El trueno entre las hojas tuvo toda una cosa medio escandalosa por Isabel Sarli, que estaba bellísima en esa época. Hijo de hombre, hecha por Luca Demare, me parece una gran película. Yo creo que no tuvo el éxito que tenía que tener.

-¿Cómo se ubicaría la obra de Roa en el contexto de la literatura latinoamericana? ¿Resiste el paso del tiempo?
-Yo creo que sí, que las grandes obras resisten. Me parece que cuando uno le da a la gente joven los cuentos, sin duda resisten. Los alumnos hoy, de la Facultad de Letras, están demasiado acostumbrados a mirar cosas cortas y a leer fotocopias, un capítulo, un fragmento. Entonces, una novela de tamaño tiene cierta resistencia. Pero, por supuesto, los especialistas seguimos leyendo esos libros, yo voy a esos libros, a buscarlos cada tanto. Creo que resisten, sin duda. Pero los cuentos, son cuentos permanentes. En una antología de cuentos latinoamericanos, cómo uno no va a poner a Roa.

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Roa, el Supremo escritor, recibe tributo a 20 años del Cervantes
26 de Abril de 2010

Se recuerdan hoy cinco años del fallecimiento del autor de Yo, el Supremo y 20 del reconocimiento de su obra con el Premio Cervantes. Entre las actividades conmemorativas destaca una muestra en El Cabildo.
  
Augusto Roa Bastos recibió hace 20 años el Premio Cervantes de Literatura, el máximo galardón de las letras hispanas. Entonces, en la ceremonia oficial, el creador de Yo, el Supremo pronunció un memorable discurso ante los Reyes de España, en el que volvieron a resaltar sus cualidades humanas e inestimable amor por la "isla rodeada de tierra".

Pero en esta fecha, en una notable coincidencia, también se conmemora el quinto aniversario de su fallecimiento, ocurrido en Asunción, cuando tenía 87 años.

El más universal de los autores paraguayos recibe hoy, a las 19.30, una muestra homenaje en El Cabildo, donde estarán presentes familiares y algunas personalidades que tuvieron el privilegio de compartir de cerca con el Supremo escritor.

Su hija Mirta Roa; el poeta Ramiro Domínguez; Toni Carmona, en representación de la Fundación Augusto Roa Bastos; así como Elvira González Fraga, presidenta de la Fundación Ernesto Sabato y funcionarios del Gobierno participan del acto de apertura oficial de la exposición, que incluye originales, fotos y documentos de Roa Bastos y el audiovisual de Hugo Gamarra, El Portal de los Sueños.

La exhibición, según explicaron los organizadores, es similar a la que se realizó en España, hace dos décadas, en ocasión de la entrega del Premio Cervantes al paraguayo.

Alumnos de las academias literarias de colegios nacionales son los primeros en visitar la muestra, esta mañana, a las 9.30. El acceso es gratuito.

En tanto que en la Biblioteca Municipal de Iturbe, donde Roa Bastos pasó gran parte de su niñez, se desarrolla la presentación Cuentos en la Biblioteca.

Este capítulo del ciclo se cumple a las 15 y tiene como objetivo promover el uso de la biblioteca e incentivar la lectura entre los niños y niñas.

En la misma ciudad, se prevén actos conmemorativos, lecturas, visitas guiadas, entre otras actividades.

Augusto Roa Bastos sigue siendo, según se comprobó en un sondeo realizado recientemente por ÚH, el escritor favorito de los paraguayos. Su obra cumbre, Yo, el Supremo, fue elegida como la mejor de la literatura nacional.

A cinco años de su muerte y a 20 de haber recibido el Premio Cervantes, la sensibilidad humana, la defensa de la libertad y el amor a la "isla rodeada de tierra", que pregonaba con su vida y en su obra, siguen siendo fuente de inagotable inspiración para los paraguayos.

Articulo : http://www.ultimahora.com 06/2011

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