dimanche 28 août 2011

Santiago GAMBOA/ Un mundo sin maquillaje


CRÍTICA:
Un mundo sin maquillaje
Por Santiago GAMBOA

Compleja, rica, estimulante y totalizadora. Así es El mapa y el territorio, la novela del polémico Michel Houellebecq, ganadora del Goncourt 2010, que llega a España precedida de su gran éxito en Francia.

Cara y cruz de un escritor

Con Houellebecq uno ya sabe que habrá costras levantadas y que alguien, un misterioso y muy elegante narrador, meterá la nariz en la realidad de forma incómoda, escalpelo en mano, y que al revelarnos su versión, su desnuda puesta en escena sin maquillajes ni concesiones, acabará tarde o temprano por salpicarnos de algo que puede ser fétido, proveniente de los más complejos charcos de lo humano, o su contrario: de las refinadas galerías parisinas de arte, de sus frívolos y galantes vernissages en donde Jed Martin, el protagonista de esta grandiosa novela (Premio Goncourt 2010), realiza su ascendente carrera artística, desde su primera muestra, llamada por él Homenaje al trabajo humano, hasta su consagración y llegada a la cima del mercado del arte, haciendo "una descripción objetiva del mundo", o aquello que la crítica dio en juzgar "una reflexión fría, distanciada, sobre el estado del mundo".

¿De dónde proviene Jed Martin? De un medio aburguesado y culto, aunque algo triste. Su padre, exitoso arquitecto, fue una figura distante y rígida. La madre se suicidó cuando él tenía siete años. De ahí su necesidad de suplir carencias desde joven con la lectura de Platón, Esquilo, Sófocles, Racine, Molière, Hugo... Su primer amor, Geneviève, fue una escort. "A decir verdad, las relaciones humanas no son gran cosa", piensa, cenando en Navidad con su padre anciano, solos, sin mucho que contarse y mirando el reloj.

A medida que avanza la vida de Jed, en una narración sobria en la que aparece como personaje importante el propio escritor Michel Houellebecq y su amigo Fréderic Beigbeder ("una especie de Sartre de la década de 2010"), se habla de la relación del hombre con el trabajo y la productividad, y en general sobre los oficios de toda índole, tema de los cuadros más famosos de Jed: Bill Gates y Steve Jobs conversando sobre el futuro de la informática, o Aimée, escort-girl, o Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte. Se habla sobre la vida y las ocupaciones, y por supuesto sobre arte: "La cuestión de la belleza es secundaria en la pintura", afirma el narrador; sobre los cambios de estilo, alguien dice: "Las más favorecidas son las artes plásticas. En literatura, en música, es totalmente imposible cambiar de rumbo, te lincharían, te lo aseguro. Por otro lado, si haces siempre lo mismo te acusan de repetirte y de estar en declive".

La vida europea de hoy y de un futuro no muy lejano es expuesta y analizada con cierta melancolía: las costumbres veraniegas, los vuelos low cost, la soledad y el tedio, la filosofía gastronómica de los restaurantes de moda, la capacidad matemática de los cerdos, las relaciones del arte con la prensa y el papel de esta en la formación del gusto popular (incluyendo una parodia del crítico literario de Le Monde, Patrick Kéchichian), las aguas minerales noruegas o la solitaria condición del artista, "alguien sometido. Sometido a mensajes misteriosos, imprevisibles", que cada tanto debe exponer, salir a la luz pública, "menos para recibir su juicio que para tranquilizarte sobre la existencia de ese trabajo e incluso sobre tu existencia propia, la individualidad es apenas una ficción breve dentro de una especie social".

Houellebecq, calificado de misógino, racista y de hacer apología del turismo sexual por tratarlo desde personajes fríos o acríticos (en libros como Plataforma o La posibilidad de una isla), muy pronto saca su armamento. Hablando de la seducción, le hace decir a su narrador: "Las mujeres de carnes exageradas sólo interesaban ya a algunos africanos y algunos perversos". Marylin, la jefa de prensa de la galería, que según el narrador viste con prendas que le dan "un falso aspecto de lesbiana intelectual", exclama al regresar de sus vacaciones en Jamaica: "He follado superbién". El propio Houellebecq personaje informa de que desde abril a fines de agosto, cada año, se va a Tailandia, época en que los burdeles funcionan a medio gas, pero "las prestaciones siguen siendo excelentes o muy buenas".

En la tercera parte ocurre un hecho insólito que le da un vuelco a la historia, convirtiéndola además en un apasionante thriller. Una peripecia descomunal y aterradora que podría lesionar cualquier otro libro por exceso de carga explosiva, pero no este, pues la verdad es que Houellebecq, ya es hora de decirlo, es de lejos el mejor escritor francés de hoy (seguido por Jean Echenoz, Virginie Despentes y Pierre Michon) y uno de los tres o cuatro mejores de Europa (¿Marías, Amis, Vila-Matas?), y esta novela, El mapa y el territorio, uno de los libros más complejos, ricos, estimulantes y totalizadores de los últimos tiempos, dentro de una estética nihilista que emparenta a Houellebecq con los grandes heterodoxos franceses, y que lo proyecta hacia el futuro, interrogando el porvenir de un modo lúcido y avasallador.

No está de más señalar que este libro, uno de los más vendidos en 2010 en idioma francés, ya se acercaba a los 300.000 ejemplares antes de recibir el Premio Goncourt, lo que ilustra cómo en Francia los escritores de literatura pura y dura, los verdaderos artistas (en el sentido houellebecquiano, los que están sometidos a una necesidad creadora) siguen siendo leídos masivamente y por momentos llegan a ser aún más populares que los autores de entretenimiento, algo que hoy es una rareza en nuestro mundo hispano, donde el golpe de Estado a las letras ya está consumado. Hélas! Sea muy bienvenida esta novela, cuya traducción merece también un brindis.

El mapa y el territorio
Michel Houellebecq
Traducción de Encarna Castejón
Anagrama. Barcelona, 2011
384 páginas. 21,90 euros
A la venta el 1 de septiembre

***
CRÍTICA
Escribiendo sobre gustos
Por Alberto MANGUEL

Los enamoramientos de los otros suelen asombrarnos. Ante el apasionado elogio que alguien pueda hacer de un autor que a nosotros nos parece abominable, tratamos de entender esa emoción con los argumentos que el lector pueda ofrecernos. Casi siempre fallamos. Es que pedir que alguien nos diga por qué lo conmueve una cierta página que a nosotros no nos gusta es como pedir a Don Quijote que nos demuestre que Dulcinea no es, como la vemos, Aldonza Lorenzo. Sin embargo, los lectores persistimos en querer explicarnos, infructuosamente: siglos de crítica literaria han nacido de este incauto impulso.

Yo sé que la obra de Michel Houellebecq ha sido alabada por lectores que juzgo inteligentes, y he intentado muchas veces reconocer el supuesto encanto, inteligencia y humor que aducen sus defensores. No lo he logrado. He pedido, a quienes juzgan a Houellebecq "el más importante escritor francés de nuestro tiempo" (Fernando Arrabal, entre otros), que me muestren algún párrafo, alguna línea sin la cual "el mundo sería más pobre". Nunca lo han hecho. Han aducido en cambio razones políticas, sociales, psicológicas; han hablado de provocación, de avasalladora crítica del mundo occidental, de embestida contra la hipocresía de nuestro tiempo, de épater le bourgeois. Dudo, sin embargo, que decir, como lo hace uno de sus protagonistas, que los hombres sólo quieren "una dulce esposa que les lleve la casa y cuide a los niños", o una prostituta ocasional, épaté a nadie en la época de Berlusconi o DSK.

Curiosamente, al defender a Houellebecq, pocos hablan de literatura. Quiero decir: pocos hablan de eso que diferencia la invectiva, o la confesión, o el catequismo, o cualquier otro artefacto verbal, de la creación literaria. Digo no saber por qué exactamente un texto me importa, pero sé que cuando leo busco en la escritura algo que me atrape y me conmueva, no a través de argumentos, sí a través de una tensión creada por las palabras mismas. Eso no me ha ocurrido nunca leyendo a Houellebecq. Doy un ejemplo al azar, tomado de la página 315 de la novela Plataforma, muy bien traducida por Encarna Castejón: "Del amor me cuesta hablar. Ahora estoy seguro de que Valérie fue una radiante excepción. Se contaba entre esos seres capaces de dedicar su vida a la felicidad de otra persona, de convertir esa felicidad en su objetivo. Es un fenómeno misterioso. Entraña la dicha, la sencillez y la alegría; pero sigo sin saber por qué o cómo se produce. Y si no he entendido el amor, ¿de qué me serviría entender todo lo demás?". El estilo es chato, monótono, perfectamente adecuado a la banalidad de la idea que propone: "No sé qué cosa es el amor".

Alan Pauls, en lo que imagino es un esfuerzo por elogiar a Houellebecq, ha descrito su tono como el de "un burócrata vitalicio atrapado en la peor de las situaciones: no poder evitar ocuparse de un mundo que ya no lo desea". Exactamente, y no sé por qué un lector sensato elegiría leer página tras página de "burocracia vitalicia". Se dirá que es el narrador quien habla, no Houellebecq. De acuerdo, pero algo más buscamos en un texto literario que la repetición de la banalidad cotidiana, el eco fiel de la tontería sentimental. Houellebecq ha dicho que se rehúsa "hacer literatura". Quizás sea esa la razón por la cual él y yo no nos entendemos. -

Articulo :  http://www.elpais.com  27/08/2011

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