Maquiavelo, el gran observador
por Alberto Benegas Lynch
Hay quienes juzgan que este autor revelaba
en esa obra su perversidad lo cual se configura como “maquiavelismo”, pero lo
que hizo en esta obra es simplemente una descripción del poder, lo cual es
señalado, entre otros, por autores como James Burnham, George Sabine o Maurizio
Vitroli en sus archiconocidos trabajos sobre la materia.
“Podría citar mil ejemplos modernos y
demostrar que muchos tratados de paz, muchas promesas han sido nulas e inútiles
por la infidelidad de los Príncipes, de los cuales, el que más ha salido
ganando es el que ha logrado imitar mejor a la zorra. Pero es menester respetar
bien ese papel; hace falta gran industria para fingir y disimular, porque los
hombres son tan sencillos y tan acostumbrados a obedecer las circunstancias,
que el que quiera engañar siempre hallará a quien hacerlo”. Este es uno de los
pasajes de El Príncipe de Maquiavelo en el que resume su tesis
central. Hay quienes juzgan que este autor revelaba en esa obra su perversidad
lo cual se configura como “maquiavelismo”, pero lo que hizo en esta obra es
simplemente una descripción del poder, lo cual es señalado, entre otros, por
autores como James Burnham, George Sabine o Maurizio Vitroli en sus
archiconocidos trabajos sobre la materia.
En El Prínicpe se encuentra el
verdadero rostro del poder cuando se lee que el gobernante “debe parecer
clemente, fiel, humano, religioso e íntegro; mas ha de ser muy dueño de sí para
que pueda y sepa ser todo lo contrario […] dada la necesidad de conservar el
Estado, suele tener que obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la
religión […], los medios que emplee para conseguirlo siempre parecerán honrados
y laudables, porque el vulgo juzga siempre por las apariencias”. Incluso hay
quienes ingenuamente interpretan el uso maquiavélico de virtú como si
se tratara de virtud cuando en verdad esa expresión en El
Príncipe alude a la voluntad de poder que solo se obtiene por el uso de la
fuerza. Más aun, escribe Maquiavelo que “El Príncipe que quiera conservar a sus
súbditos unidos y con fe, no debe preocuparse de que le tachen de cruel […] es
mas seguro ser temido que amado […] Los hombres temen menos ofender al que se
hace amar que el que se hace temer […] solo han llevado a cabo grandes empresas
los que hicieron poco caso de su palabra, que se dieron maña para engañar a los
demás”.
Se trata entonces de una muy ajustada
observación de lo que significa quien se instala en el trono del monopolio de
la fuerza que denominamos gobierno, pero resulta sumamente curiosa la renovada
confianza, no solo de los consabidos adulones, que sin vestigio alguno de
dignidad pululan por todas partes y anidan en todos los tiempos, sino de gente
de apariencia normal que es engañada y saqueada una y otra vez, a pesar de lo
cual insiste en la experiencia cuando el próximo candidato promete “cambio,
combatir la corrupción y establecer justicia” y otras cantinelas equivalentes.
Produce asombro y verdadera perplejidad
que se suela considerar como normal que el político mienta en campaña para
engatusar a la incauta clientela, incluso livianamente se lo justifica y
perdona al candidato diciendo que “es político”. Es que como ha escrito Hannah
Arendt “Nadie ha puesto en duda que la verdad y la política están más bien en
malos términos y nadie, que yo sepa, ha contado a la veracidad entre las
virtudes políticas”. Por ello es que Alfred Whitehead ha enfatizado que “El
intercambio entre individuos y entre grupos sociales es de una de dos formas,
la fuerza o la persuasión. El comercio es el gran ejemplo del intercambio a la
manera de la persuasión. La guerra, la esclavitud y la compulsión gubernamental
es el reino de la fuerza”. Como nos ha enseñado Gaetano Mosca, la historia no
debe interpretarse con lentes monistas o unidireccionales, pero en el caso que
nos ocupa se juega nada menos que la libertad que es lo que precisamente
permite abrir ríos que se bifurcan en muy distintas direcciones y que permiten
naves de diverso calado y volumen.
Después de tantas matanzas, guerras,
torturas y estropicios mayúsculos patrocinados por los aparatos estatales de
todas las latitudes, es menester derribar telarañas mentales y explorar otras
avenidas fértiles. Para los que quieren ver la realidad del poder hay dos
etapas que, a su debido tiempo, es aconsejable se transiten. En primer lugar,
percatarse que la democracia como ha sido concebida como una
manifestación de igualdad ante la ley y la protección de los derechos de las
minorías, no ha funcionado debido a los incentivos perversos que se desatan muy
a disgusto de los Giovanni Sartori de todos los tiempos. En el camino el
sistema ha mutado en cleptocracia, a saber, el gobierno de los ladrones de
libertades, propiedades y sueños de vida de cada uno de los que llevan a cabo
actividades que no lesionan derechos de terceros.
Ya he dicho antes (y por eso lo paso
rápido) que en esta primera etapa debería contemplarse el establecimiento de
tres pilares aplicables a los tres poderes. Un triunvirato para el Ejecutivo al
efecto de diluir la idea del líder y similares tal como se propuso en los
debates constitucionales estadounidenses y, agregamos, elegido por sorteo tal
como lo propuso Montesquieu en el segundo capítulo del Segundo Libro
de El espíritu de las leyes, situación en la que las personas dejarán de
contarse anécdotas más o menos irrelevantes sobre candidatos para concentrarse
en los límites al poder puesto que cualquiera puede acceder al mismo. En el
Judicial debería permitirse que en los conflictos que surjan en las relaciones
contractuales, las partes deberían establecer quienes han de oficiar de jueces
en todas las instancias que se estipulen sin regulación de ninguna naturaleza,
con lo que se volverá a lo ocurrido durante el primer tramo del common
law y durante la República romana. Por último, debería adoptarse lo que
Hayek bautizó como “demarquía” en el tercer tomo de su Law, Legislation
and Liberty en el sentido de despolitizar una de las cámaras del
Legislativo.
En la segunda etapa, que es en la que
ahora nos detendremos a resumir pero con la brevedad que exige una nota
periodística, debería prestarse atención a lo que han venido sugiriendo autores
tales como Anthony de Jasay, Bruce Benson, Randy Barnett, David Friedman,
Murray Rothbard, Jan Narvenson, Gustave de Molinari, Leslie Green, Walter
Block, Morris y Linda Tanehill, Hans-Herman Hope y tantos otros (sistema que he
bautizado como “autogobierno”, que a falta de una definición lexicográfica hago
una estipulativa en mi “Toward a Theory of Autogovernment”). Se trata de
concebir la producción de seguridad y justicia como se concibe la producción
del resto de los bienes y servicios en el mercado, y por los mismos motivos. En
otros términos, la producción e implementación de normas en el contexto de la
competencia y la sociedad abierta, en cuyo caso la calidad resultante es como
sucede con el resto de los bienes y servicios. Al fin y al cabo, hoy en Estados
Unidos las fuerzas privadas de seguridad son mayores que toda la policía junta
de los gobiernos locales y el central, y los arbitrajes privados ocupan una
proporción creciente en la resolución de conflictos.
Tal como explica detalladamente Bruno
Leoni en Freedom and the Law, la ultima ratio impuesta por el
monopolio de la fuerza traslada la omnipotencia del Legislativo a “la tiranía
de los jueces” en lugar de permitir la competencia de diversas instancias
judiciales tal como actualmente ocurre con el tratamiento de diferendos entre
personas y empresas ubicadas en distintos países donde no existe una
voluntad suprema establecida de antemano sino que es estipulada en cada caso
por las partes. También Leoni apunta que las codificaciones y abultadas
legislaciones inyectan incertidumbre al sistema en lugar de operar en base a un
proceso de prueba y error en el contexto de fallos judiciales en competencia,
lo cual abre la posibilidad de un camino de descubrimiento del derecho y no de
diseño ni de ingeniería social.
En este marco, si la justicia y la
seguridad fuera materia de competencia de empresas privadas y aseguradoras hay
dos escenarios posibles, el segundo de los cuales se abre a su vez en dos
posibilidades. En el primer caso, los desacuerdos se dirimen según lo
estipulado contractualmente en cuanto a árbitros e instancias respectivas. El
segundo escenario consiste en que una de las parte no acata lo convenido o no
ha convenido nada y al suscitarse un conflicto se rehúsa a proponer árbitros o
procedimiento alguno para resolver el problema.
Esta es la situación en la que se abren
dos posibilidades: la persona en cuestión no cuenta con agencia de protección y
justicia (y, por ende, no es el caso de sortear jueces entre compañias etc.).
Supongamos que el sujeto se niega a todo, incluso a su defensa en juicio pero
que, de proponérselo, eventualmente cuenta con una fuerza potencial
minoritaria en relación a las fuerzas de que disponen las agencias existentes.
En este caso, se juzgará al candidato in absentia y, si resultara
condenado será reducido por las agencias correspondientes al efecto de que se
cumpla la restitución que decidió el juez de la causa, además de condenar
también a quienes pretendieron usar de la fuerza para escapar al fallo
respetivo (por otra parte, debe destacarse que si hubieran agencias
involucradas en este comportamiento agresivo, naturalmente perderán el crédito
como instituciones “defensivas”).
La segunda variante de este segundo
capítulo que consideramos, estriba en la situación en la que ocurre lo mismo
pero con la diferencia que el agresor dispone de una fuerza mayoritaria en
relación a todas las otras agencias de justicia y seguridad existentes. En ese
caso, si la avalancha agresiva es de proporciones devastadoras nada hay que se
pueda hacer y, sencillamente, como dice Rothbard, estaríamos en la mismo
posición en la que estamos hoy con el monopolio de la fuerza, pero debe
advertirse que la resistencia a semejante atropello sería más difícil de vencer
frente a agencias defensivas descentralizadas y con incentivos fuertes por
sobrevivir.
Bruce Benson refuta los pretendidos
obstáculos al sistema abierto al que nos estamos refiriendo en cuanto a que de
este modo los servicios privados fabricarían casos para obtener más dinero
condenando a inocentes, que tenderán a abusar de su poder una vez que están
armados, que se dedicarán a proteger a los ricos y abandonar a los pobres y que
recortarán gastos ofreciendo un servicio de una calidad muy deficiente.
En un sistema abierto y competitivo,
quienes ofrezcan servicios de mala calidad condenando a inocentes tendrán sus
días contados como proveedores, así como los que abusen de la confianza
dispensada lo cual no ocurre cuando estamos frente al monopolio de la fuerza
donde el Leviatán comete todo tipo de atropellos cotidianamente y con la
soberbia que lo caracteriza y el maltrato a quienes dice representar. Es
precisamente en este caso cuando la protección y la justicia se dedica a los
más ricos y se abandona a los pobres a su suerte. Los pobres contribuyen a
financiar la policía para que en definitiva custodie los barrios de ricos. Por
último, el recorte de gastos en los servicios cruciales es lo que sucede en el
contexto del monopolio de la fuerza, sin embargo, en el caso de agencias en
competencia, si esto tuviera lugar, se sustituye al proveedor. Por otra parte,
como desarrolla Walter Block, los temas de “defensa nacional” serán encarados
por la protección a empresas, centros comerciales y equivalentes con las
precauciones necesarias. Finalmente, todo este análisis está subordinado al
adecuado análisis de los bienes públicos y las externalidades tal como
explican autores como Anthony de Jasay (por mi parte, hace unos años pubiqué un
ensayo sobre la materia titulado “Bienes públicos, free riders y el
dilema del prisionero: el argumento reconsiderado”).
Es de interés tener en cuenta los casos en
los que las sociedades operaron sin el monopolio de la fuerza como el de
Islandia desde el año 900 al 1200 de nuestra era al que se refiere David
Friedman en “Private Creation and Enforcement of Law: A Historical Case” y
David Miller en su libro Bloodtaking and Peacemaking. Feud, Law and
Society in Saga Island, el de Irlanda desde principios del siglo vi a mediados
del xvii, caso al que alude Joseph E. Penden en “Staltess Societies: Ancient
Irland” y el caso de Israel, tal como lo relata la Biblia después del período
de los Jueces (Samuel, II, 8), mencionado sucintamente por Lord Acton en
su Essays on Freedom and Power. Para temas más específicos como los de las
carreteras y calles privadas en la historia, puede consultarse mi
libro Las oligarquías reinantes. Discurso sobre el doble
discurso para el que me escribió un prólogo Jean-François Revel quien allí
brinda un marco más general a la sociedad abierta y sus críticos, lo cual
intento desmenuzar en ese trabajo.
Nada de lo dicho puede adoptarse a la
manera de un tajo abrupto en la historia, es indispensable el debate en un
proceso evolutivo en el que exista la debida comprensión de las ventajas de un
sistema abierto sin monopolios impuestos. Barnett en Restoring The Lost
Constitution nos dice que en nuestro sistemas políticos resulta curioso
que se insista en que está consentido por los ciudadanos cuando no hay manera
de expresar el no-consentimiento en cuyo contexto se interpreta como que el
aparato estatal fuera el dueño del lugar donde uno vive: “Cara, usted
consiente, seca también consiente, no tira la moneda ¿adivine que? usted también
consiente. Esto simplemente no es consentir”. Por último, resulta atingente
recordar que Joseph Schumpeter ha señalado en Capitalismo, socialismo y
democracia que “La teoría que asimila los impuestos a cuotas de club o a
la adquisición de los servicios, por ejemplo, de un médico, solamente prueba lo
alejada que está esta parte de las ciencias sociales de la aplicación de
métodos científicos”.
No es posible vaticinar cuanto tiempo
demandará el antedicho debate, pero, en este sentido, es pertinente concluir
esta columna con un pronóstico de Jorge Luis Borges. En el libro
titulado El otro Borges en el que Fernando Mateo recopila dieciséis
entrevistas de diversos medios al célebre escritor (Buenos Aires, Equis
Ediciones, 1997) se reproduce una en la que Borges reitera lo que ha dicho y
escrito en muchas otras oportunidades, a saber, que la meta debiera ser la
abolición de los aparatos estatales en línea con lo estipulado por el
decimonónico Herbert Spencer, ocasión en la que el periodista inquiere: “¿Piensa
seriamente que tal estado es factible?” a lo que el entrevistado responde “Por
supuesto. Eso si, es cuestión de esperar doscientos o trescientos años”. A
continuación, como última pregunta, el entrevistador formula el siguiente
interrogante: “¿Y mientras tanto?” a lo que Borges contesta “Mientra tanto,
jodernos”.
Articulo : http://www.diariodeamerica.com 14/09/2011

