Aniversarios de Enrique SANTOS DISCÉPOLO
(1901-1951)
La Biblia y el calefón
Por Álvaro Ojeda
EL AUTOR de la famosa letra de tango
"Cambalache", Enrique Santos Discépolo, decide en 1918 -tenía apenas
17 años- representar su primera obra teatral. Había debutado un año antes como
actor más que secundario, en una obra ya olvidada -El chueco Pintos- en el
papel de portero de un conventillo. Actuaba al lado del entonces famoso actor
cómico Roberto Casaux, recién escindido de la compañía de Florencio
Parravicini.
Nombres casi desvanecidos, forjadores del
teatro nacional argentino y rioplatense. La obra de E. Santos, como firmaba por
la época, se llamaba Los duendes y tenía un argumento pueril. Una familia
compra una casa que imagina habitada por duendes. Para solucionar el problema,
los nuevos dueños contratan a dos detectives que no averiguan nada y que se
dedican a comer todo el tiempo a costa de los ingenuos dueños. Una mezcla de
trama policial con humor tonto.
Las críticas fueron justas y por lo tanto
desfavorables, aunque la obra se estrenó en el Nacional y contó entre su elenco
con una joven y prometedora actriz: Olinda Bozán. Ante el fracaso, Enrique
cambia la pisada. En su segundo intento se reserva el modesto y precavido rol
de "adaptador" en la obra El señor cura, basada en un cuento de Guy
de Maupassant. La trama de la obra debió causar algún revuelo en la época. Un
cura descubre que antes de ordenarse sacerdote tuvo un hijo natural. El hijo es
un individuo malévolo, y el cura debe convertirlo para salvar su alma de la que
es responsable como padre biológico y como sacerdote. Durante un monólogo el
cura desliza: "¿Por qué, Señor, esta maldición a mi edad? ¿Este es el pago
a mis 25 años de santidad y de calma…? Si eres quien me abandona, ¿dónde he de
encontrar la protección que necesito?" El hombre que se cree justo -lo sea
o no- increpa a Dios por haberlo abandonado. Ha nacido la clásica frase interrogativa
discepoliana. Y con ella, un apellido convertido en adjetivo, lo discepoliano
-procedimiento reservado a Kafka, Fellini o Borges- que define la situación de
desamparo del hombre ante un destino que no logra comprender y que lo abruma
con su perversa mezcla de abuso, negligencia, banalidad.
Raíces. Antonio Discépolo y Carmen Silano
-los abuelos campesinos y analfabetos de Enrique Santos Discépolo- tuvieron un
hijo músico y aventurero. Se llamaba Santo y había nacido en 1850. Egresado del
Conservatorio Real de Nápoles, en donde estudió instrumentos de viento, piano y
contrabajo, Santo decidió emigrar hacia Argentina con 21 años para "hacer
la América". Lo esperaba un país gobernado por Sarmiento con dos millones
de habitantes que en 1871 recibió a 14 mil europeos, 10 mil de ellos italianos.
La torrencial presencia inmigrante y su mestizaje con los criollos desclasados,
que también emigraban hacia Buenos Aires, produjo un movimiento cultural sin
precedentes en la región, cuyo epicentro fue el más sórdido suburbio. El nieto
de aquellos campesinos analfabetos sintetizaría las características de este
producto cultural, en la letra que escribió en 1947 para el tango "El
choclo" de Ángel Villoldo: "mezcla de rabia, de dolor, de fe, de
ausencia/ llorando en la inocencia de un ritmo juguetón".
Ese suburbio mestizo, paupérrimo, hacinaba
a criollos y gringos en los más de tres mil conventillos que tenía Buenos Aires
antes de 1890, con una población que ascendía a unas 200 mil personas. La
música salvó a Santo del destino atroz del conventillo: fue reclutado como
miembro de la Banda de Policía y Bomberos de la ciudad. Un dato nada menor
señala que de los 30 mil italianos que residían en la Argentina, 300 eran
músicos. Santo se integra a la sociedad que, mal que bien, lo acoge: se casa en
1875 con Luisa de Luque -también inmigrante- y forma parte de la orquesta del
Teatro San Martín, inaugurado en 1887. Más tarde fundará una de las primeras
academias de enseñanza musical y hasta escribirá un tango -"Payaso"-
en honor de su amigo Frank Brown, payaso y actor de circo. En 1886 muere
Amalia, su primera hija, al año siguiente nace Armando -autor de sainetes y
creador del grotesco criollo-, en 1891 nace Rodolfo, en 1899 Otilia Margarita y
el 27 de marzo de 1901, Enrique.
La muerte de Santo en 1906 deja a Enrique
al cuidado de Armando y de la mano de éste -su madre muere en 1910- recorrerá
el barrio, la noche y los teatros: Parque Patricios, el café Los Inmortales, el
deslumbramiento con la actuación. Lee al anarquista Rafael Barrett, se
relaciona con el pintor, grabador y agitador cultural Guillermo Facio
Hebecquer, integra la Asociación de Artistas del Pueblo fundada por aquel, se
hace cargo de la desgracia de los más humildes, toma nota y partido. Ingresa al
Instituto Normal -Enrique quería ser maestro- y participa de la huelga de
alumnos de 1915. Su desempeño como estudiante tuvo perfiles discepolianos. Como
no se requería documento de identidad para rendir exámenes, Enrique sustituía
fraudulentamente a sus compañeros. Cuando le llegó el turno de rendir, fue
reprobado.
Epifanía tanguera. Abandonado todo intento
educativo formal, Enrique seguía preocupado por el teatro. En 1920 la compañía
de Blanca Podestá le estrena Día feriado, que es una historia de desengaños: un
joven -Gastón- se entera de que su novia se escapó a Chile con otro hombre.
Gastón en el monólogo final anuncia toda la posterior poética discepoliana:
"Es una mujer como tantas que a fuerza de recibir de los hombres un
desengaño tras otro, termina por no creer a ninguno." Hasta aquí una
descripción que justifica al que burla porque es burlado al que,
hipócritamente, se le exige lealtad, conducta, honor. La condena suele ser muy
dura para los más débiles y el asunto no sólo queda relegado a las cuestiones
amorosas como bien lo sabía Enrique, lector de Rafael Barrett. Pero Gastón
agrega: "En cuanto a mí, obsesionado por ese deseo inocente que a veces
acomete, pensando regenerar su vida, llegué a quererla. Ella no llegó nunca a
comprender esto, o quizá descubrió que en mi cariño había una gran dosis de
compasión." En 1929 escribirá la letra y la música del tango "Soy un
arlequín" que es la síntesis de esta decepción profunda acerca del perdón
-tanto del que perdona como del perdonado- convertida en lema de vida. El tratamiento,
que a veces es misógino y a veces sarcástico, denuncia la permanente sorpresa
del hombre bueno ante la ingratitud de sus semejantes: "Soy un arlequín/
un arlequín que salta y baila/ para ocultar/ su corazón lleno de pena./ Me
clavó en la cruz/ tu folletín de Magdalena/ porque soñé que era Jesús/ y te
salvaba." El mensaje evangélico de la conversión a partir del amor se
arruina, la emulación de Jesús ya no es suficiente, y la pecadora arrepentida
no desea la santidad sino la supervivencia confortable. La crucifixión
convertida en folletín. El poema termina con un verso atroz: "Cuánto dolor
que hace reír."
Discépolo no sólo atisba la impiedad
humana -y el correspondiente silencio de Dios- sino que profetiza el uso del
dolor como espectáculo. Sólo faltaban los medios masivos de comunicación, y
ellos llegaron a la cita.
Los cinco primeros. No obstante el primer
tango que compuso Enrique no auguraba nada trascendental. Fue escrito durante
la estadía de Discépolo en San José y Montevideo en algún momento del último
tercio de 1923. Se llamó "Bizcochito" y si bien figura como autor
José Saldías -dramaturgo y director de renombre- el tango es de Discépolo. Se
estrenó en mayo de 1924 en una obra de Saldías -La Porota- y en la letra hay
algún momento de denuncia social, porque Bizcochito -que era el apodo de una
apetecible chica- es una joven del suburbio y en ella se reivindica
expresamente la belleza vilipendiada del arrabal. Y poca cosa más. Los cuatro
tangos que le siguen ya son pequeñas obras de teatro de tres minutos de
duración. Esta proeza proviene de la tarea de Enrique como dramaturgo pero
sobre todo de la memoria vital y de ciertos principios que detalló en 1929:
"Escribo tangos porque me atrae su ritmo. Lo siento con la intensidad de
muy pocas otras cosas. Su síntesis es un desafío que me provoca y que yo acepto
complacido, aun a riesgo de los malos ratos que paso gestándolos. ¡Decir tantas
cosas en tan corto espacio! ¡Qué difícil y qué lindo! Me subyuga esa lucha.
Dicen que sacrifico la línea melódica en homenaje a la letra, y están en un
error. Yo rompo intencionalmente la imagen musical trazada. Me lo exige la
necesidad. Quiero que la música diga lo que luego aclararán más las
palabras."
Su segundo tango, "Qué
vachaché", va por este camino. Fue creado durante una gira uruguaya de la
Compañía Rioplatense de Sainetes y estrenado en Montevideo por Mecha Delgado en
1926. Según las crónicas de la época, todo ocurrió ante la indiferencia del
público que no entendió esa historia de una mujer que le exigía a su compañero
el abandono de ciertos ideales de cambio social, de solidaridad con los
desgraciados: "no te das cuenta que sos un engrupido/ te creés que al
mundo lo vas a arreglar vos/ si aquí ni Dios rescata lo perdido/ ¿qué querés
vos?, ¡hacé el favor!" Escepticismo fatalista y sabiduría popular:
"el verdadero amor se ahogó en la sopa/ la panza es reina y el dinero es
Dios" son versos que prefiguran el tango "Cambalache". Cuando en
1927 Carlos Gardel grabó en Barcelona este tango, el éxito borró el gusto amargo
del estreno.
El siguiente tango de Discépolo llevaba un
primer título sugestivo - "Cuando te apaguen la vela"- pero se hizo
famoso como "Yira-yira". Lo estrenó Sofía Bozán en 1927 en una obra
de título extraño: Qué hacemos con el estadio, y fue un éxito. Discépolo habla
de tres años de gestación de una letra que le recuerda una época de desastre
económico, dando vueltas y vueltas sin demasiado sentido. El tono sentencioso
de la letra admite este origen. "Yira-yira" es incluido en los primeros
video clips filmados por Eduardo Morera entre octubre y noviembre de 1930. En
el cortometraje Discépolo dialoga con Gardel y le explica el porqué del tono
amargo de su tango: "Es un hombre que ha vivido la bella esperanza de la
fraternidad durante cuarenta años, y, de pronto, un día a los cuarenta años, se
desayuna con que los hombres son unas fieras." El chiste que Discépolo
descerraja luego de un comentario ingenuo de Gardel, es una oportunidad para
que el otro Discépolo -el actor, el brillante charlista, el humorista-
apareciera. Pero el comentario expresa y ratifica la poética discepoliana:
"verás que todo es mentira/ verás que nada es amor/ que al mundo nada le
importa/ yira, yira".
La metáfora inicial del poema,
("cuando la suerte que es grela") es un logro poético inusual en
donde en extraña dosis homeopática, se mezclan el habla culta y el lunfardo.
Una grela es una mujer, en lunfardo -la acepción de grela como suciedad es de
la década de los `60- y remite al tópico literario de la mujer como ser veleidoso,
mudable. El desengaño amoroso que estableció Contursi se ha profundizado en la
falta de toda ayuda por parte del prójimo, consecuencia lógica del vacío
existencial de la primera posguerra y del fin de los "años locos":
"cuando estén secas las pilas/ de todos los timbres/ que vos apretás/
buscando un pecho fraterno donde morir abrazao". Tono y ambiente coloquial
para redondear la desdicha humana: "cuando no tengas ni fe/ ni yerba de
ayer/ secándose al sol", en donde el escepticismo se mezcla con las costumbres
más comunes. La casa y sus rutinas están vacías de Dios y de fraternidad. Y el
desempleo como plus de modernidad del capitalismo tardío: "cuando rajés
los tamangos/ buscando ese mango/ que te haga morfar".
Los dos últimos tangos que compone en esta
primera hornada son: "Chorra" estrenado por el actor cómico Marcos
Caplán en abril de 1928 en una obra de los hermanos De Bassi -empresarios
versátiles relacionados con el tango y con Armando Discépolo- llamada Las horas
alegres, y "Esta noche me emborracho" estrenada en mayo del mismo año
por la famosa cantante Azucena Maizani, en la comedia musical, Bertoldo,
Bertoldino y el otro, pese a que la voz que relata la historia es
indudablemente masculina. Resulta lógico el ambiente teatral del estreno, de
hecho los tangos son dos historias teatrales de tres minutos. En
"Chorra" hay momentos sublimes del mejor humor discepoliano. La mujer
que engaña al pobre feriante haciéndole el cuento del tío con su prosapia
familiar -tiene una madre "noble viuda de un guerrero"- es retratada
en su falsía con unos versos que se utilizan hoy en día como síntesis del
desengaño: "hoy me entero que tu mama/ noble viuda de un guerrero/ es la
chorra de más fama que pisó la 33/ y he sabido que el guerrero que murió lleno
de honor/ ni murió ni fue guerrero/ como me engrupiste vos." El verbo
clave es engrupir, del lunfardo grupo que define a un estafador y que a su vez
tiene origen español, en donde la palabra grupo tipifica al que roba utilizando
un gancho. El que engrupe engancha con un engaño. De allí el juego que
establece Discépolo entre la ganchera y el mostrador -los únicos bienes de
feriante- que el timado protagonista ha perdido.
"Esta noche me emborracho" es de
un tono de decadencia digno de Goya, de hecho es una pintura rítmica desde el
primer verso: "Sola, fané, descangayada". Enrique ha perfeccionado el
uso del lunfardo, lo que lo acerca al pueblo más llano, a la vez que le aporta
una sonoridad subyugante ligada a su heredada e incompleta formación musical.
Fané proviene del francés, se faner (perder la belleza) y en lunfardo adquiere
un matiz cosificante y sombrío: desgastado, estropeado. Descangayada -gastada,
arruinada- deriva del portugués escangalhado (quebrantado, arruinado) en una
redundancia trágica que obligará al hombre a volver la cara y echarse a llorar
ante la destrucción de la belleza y de su propio pasado. Una alegoría cruel y
perfecta del deterioro humano provocado por una sociedad que todo lo vende y
que todo lo compra. La sociedad mestiza del suburbio de las grandes ciudades
del Plata, entiende el mensaje de Enrique, se siente identificada con el poeta,
lo admira y él, los refleja. Esa gente desclasada comprende la penuria de lo
que se malogra. Tiene en Enrique a su poeta como tendrá en Perón a su líder. Y
ambos estarán juntos en poco tiempo.
Vida, muerte, símbolo. En 1927, el
solitario Enrique, el eterno hermano de Armando, el hombre de mundo, el de las
letras escépticas pero popularísimas, el dramaturgo y actor, el de las
interminables tertulias anarquistas, no sabe que está a punto de encontrarse
con el amor de su vida. En el Follies - un cabaré ubicado en Cerrito y Diagonal
Norte- canta una muchacha española de 26 años, de nombre exótico: Tania
Mexican. Tania era toledana y estaba casada con el músico de varieté Antonio
Fernández Rodríguez, con el que tenía dos hijas, una fallecida y otra al
cuidado de la abuela materna. Antonio Fernández, su hermano Paco, y Tania como
cupletista y principal atracción, formaron un trío con nombre ardoroso: Les
Mexican. Actuaron en Barcelona, Marruecos, Montevideo y Río de Janeiro. En
Buenos Aires y mientras el matrimonio naufragaba, Tania captó la atención de
Roberto Firpo y Osvaldo Fresedo, que la acompañaron en sus recreaciones entre
zafadas y divertidas de los tangos "Niño bien", "Lechuza" y
en especial "Esta noche me emborracho", el gran éxito de Enrique.
Anita Luciano Divis -Tania era un anagrama- supo que Discépolo había ido a
escucharla aquella noche de 1927 en el Follies, y también supo cuando el
oriental José Razzano los presentó, que aquel muchacho entre tímido y
desamparado, había quedado seducido por las maneras automáticas del flirteo
inherentes a la interpretación del cuplé.
En 1928 vivían juntos, pese a las
prevenciones que Tania despertaba entre las amistades de Enrique que la
catalogaban de ambiciosa, frívola, interesada. El distanciamiento con Armando
nace por esos años, y cobra forma definitiva en 1947 tras un largo proceso en
donde la amistad de Tania con Eva Perón y el feroz peronismo de Enrique,
separaron a los dos hermanos y compinches, en una especie de alegoría familiar
de la historia argentina.
En el libro de Sergio Pujol Discépolo, una
biografía argentina la relación entre Enrique y Tania es definida de manera
casi taxativa: "En cierto modo, esa mujer era la antítesis de Enrique.
Cuando Razzano los presentó, ella dominó la situación. A primera vista
descubrió la atracción que provocaba en aquel autor de tangos vacilante y
debilucho. Pronto sabría que la debilidad no era tal; que Enrique, si bien
desprotegido en muchos aspectos, tenía sus formas de dominio". La relación
amorosa y artística entre ambos fue fecunda. Tania estrenó el tango
"Uno", acaso el arte poética discepoliana con su lema lúcido e
ingenuo: "querer sin presentir", símbolo de la entrega gratuita que
supone todo amor verdadero.
Y es desde ese ángulo de inocencia
burguesa hastiada por la falsía amorosa, que Discépolo pasó a enjuiciar el
atropello político de la "década infame", entre la caída de Hipólito
Yrigoyen y el ascenso del coronel Perón. Letras como "Cambalache" de
1934, con su agria resignación fatalista, encuentran en Perón el atajo, la
posibilidad. Sólo en ese marco de fe ciega en la justicia por fin triunfante,
pudo Discépolo aceptar intervenir en la audición radial "Pienso y digo lo
que pienso" en apoyo a la reelección de Perón. En esas audiciones, entre
mayo y noviembre de 1951, Discépolo quemó las naves. Leyó a puro sarcasmo los
libretos escritos por Abel Santa Cruz en los que se respondía a las críticas de
un personaje que nunca sugestivamente tuvo voz pero sí apodo: Mordisquito. Ese
mudo y anónimo antiperonista se volvió contra el mito porteño que ya era
Enrique y lo aisló. Discépolo acusó el golpe desde el asombro: no entendía del
todo esa ferocidad contra él, que seguía siendo el mismo Discepolín de siempre.
Acaso el famoso incidente en plena calle
con su maestro y amigo, el actor y director teatral Orestes Caviglia, que
perseguido por el peronismo debió exiliarse en Montevideo y para visitar a su
nieta enferma de poliomielitis en Tucumán tuvo que sortear la represión del
régimen, terminó afectando al poeta que, literalmente, se dejó morir por
inanición.
Entre los preparativos de la Noche Buena
de 1951, un Discépolo consumido todavía hacía chistes. Estaba tan flaco -pesaba
menos de 40 quilos- que aconsejó a su médico que las inyecciones se las
aplicaran en el sobretodo. Murió el 23 de diciembre a las 23:15, sentado en un
sillón, observando a la gente desde la ventana de su departamento. Los primeros
dolientes que llegaron a su velatorio fueron las coperas que alternaban en el
Tibidabo y en el Marabú. Estuvieron poco tiempo y se fueron llorando por
Lavalle a trabajar, como todas las noches. "La gente se te arrima con su
montón de penas/ y tú las acaricias casi con un temblor/ te duele como propia
la cicatriz ajena/ aquél no tuvo suerte y esta no tuvo amor" había escrito
su amigo, el poeta Homero Manzi.
Articulo : http://www.elpais.com.uy
