IDA Y VUELTA
Apunte de Alemania
Por Antonio MUÑOZ MOLINA
Hay lugares perfectos. Hay viajes
perfectos. El viaje en tren una mañana de domingo entre Hannover y Múnich, por
ejemplo. Está nublado y guirnaldas ligeras de niebla flotan sobre los prados o
sobre las laderas con grandes bosques de coníferas. El único defecto que yo le
veo a la mayor parte de los viajes en tren en estos tiempos es que duran muy
poco.
El tren de Hannover a Múnich es muy bueno,
buenísimo, confortable y rápido, silencioso, más aún en esta mañana en la que
por ser día de fiesta hay menos viajeros. No es un tren de alta velocidad, sin
embargo, ni falta que hace. Es un tren perfecto. La luz del día nublado hace
más acogedor el interior de los vagones. Casi todos los viajeros van leyendo
cuantiosos periódicos dominicales. Uno de los muchos inconvenientes de no saber
alemán es no poder disfrutar golosamente de esas páginas tan anchas en las que
todavía parece que importa tanto la palabra escrita. El rumor de las hojas de
los periódicos da al silencio del interior del tren una cualidad de atmósfera
de biblioteca. El movimiento es tan regular que me permite tomar apuntes
tranquilamente en un cuaderno. Demasiadas tentaciones que habría que disfrutar
de manera simultánea, por no prescindir de ninguna: mirar los prados y los
bosques, los ríos de curso opulento y tan calmado que reflejan nítidamente en su
superficie los árboles de la orilla y las nubes pasajeras, los pueblos de
tejados en punta que muchas veces están cubiertos de placas solares, las agujas
de pizarra de las iglesias, las fábricas que uno imagina de productos
supertecnológicos y que no ofenden el paisaje; o bien leer sin levantar los
ojos del libro que me acompaña en estas idas y venidas desde que salí de
Madrid, La educación sentimental, en una edición francesa de bolsillo
clara y gustosa de leer y con centenares de notas oportunas que explican cada
nombre, cada alusión histórica; o bien escribir en uno de esos cuadernos que
conviene llevar siempre consigo, y en los que uno quisiera como un dibujante
hacer sketches rápidos y certeros de todo lo que va viendo; o no
hacer nada, y dejarse llevar y adormilarse suavemente, con el libro abierto
entre las manos, con la cabeza vuelta hacia la ventana por la que se suceden
los bosques, los ríos, los pueblos, las torres de las iglesias, las estaciones,
la quietud del domingo. En una de ellas se para el tren y el nombre que hay en
el cartel despierta un breve escalofrío: Nürnberg. Qué raro que esos
nombres que tienen sobre todo una resonancia ominosa de símbolos se
correspondan con lugares reales, con esa estación en la que suben o bajan algunos
viajeros, más allá de la cual se ve un horizonte de edificios industriales.
En el interior de una novela, como en el
de un tren, uno se abandona a un viaje inmóvil. En el tren el viaje es a través
del espacio y del tiempo. En la novela solo de un tiempo, comprimido e
inventado. En La educación sentimental, tantos años después de las
primeras lecturas, me doy cuenta de que los personajes viven en un mundo
fronterizo entre el tiempo antiguo de los viajes y el tiempo nuevo y más veloz
de la Revolución Industrial. Como los cuadros de Monet, las páginas de Flaubert
están llenas de nubes de vapor. La novela empieza inolvidablemente en un barco
primitivo de vapor que emprende un viaje por el Sena en septiembre de 1840, y
en esas primeras páginas está la excitación de un medio nuevo y todavía casi
pavoroso, de una tecnología que ha irrumpido para cambiarlo todo: las tablas
del buque tiemblan por la vibración de la caldera, el humo del carbón llena el
aire. En su primer regreso a París, Frédéric Moreau viaja interminablemente en
una diligencia: muy poco después ya le da vértigo el campo visto desde la
ventanilla de un tren, en esa época en la que por primera vez en la historia
humana se podía alcanzar una velocidad superior a la del galope de un caballo.
Flaubert me acompañada en la sala del
aeropuerto de Madrid o de Zúrich, en las habitaciones de los hoteles, en los
trayectos en tren. Cambiando a diario de sitio la permanencia de esa novela es
como el hilo narrativo que une imágenes descabaladas de lugares. Lo asombroso de
su tiempo interior es que resulta perfectamente plano. Empieza y no hay más
progresión que la cronológica. No hay golpes de efecto, ni acelerones de
melodrama, ni saltos hacia el pasado. Flaubert, a la manera de Cervantes en
esos capítulos del Quijote en los que no sucede nada, cuenta el fluir
de la vida exactamente como es, no como lo quiere la literatura. Frédéric
Moreau es quizás el primer héroe de novela que no hace nada en particular para
llegar a serlo. Se enamora como los personajes de las novelas románticas pero
su amor no va a ninguna parte. Es ese arquetipo del provinciano que marcha a la
capital para labrarse un destino pero a él la energía de la huida y de la
ambición se le agotan nada más llegar a París. Mira las cosas con la atención y
el desapego de una cámara. Lo registra todo y no hace nada. Su inactividad la
entiendo más intuitivamente en este viaje alemán en el que paso mucho tiempo
solo y fijándome en los lugares y en las personas aislado además por mi
ignorancia del idioma.
Así de distraídamente asiste Frédéric
Moreau a los hechos históricos. Deambula por ellos como por las calles de París
y por las casas de la gente, los palacios de los ricos atestados de objetos
lujosos, los apartamentos burgueses con sus adornos de un mal gusto complicado
y trivial. Flaubert habla de las efervescencias políticas que calentaron las
vísperas de la revolución de 1848, pero muchas veces podría estar hablando casi
de ahora mismo, enumerando el mismo catálogo de personajes alucinados o
aprovechados o las dos cosas a la vez: los que aman ardientemente a la
humanidad pero no tienen miramientos hacia los seres humanos; los aprovechados
que cambian de lealtades con una agilidad de contorsionistas y con una perfecta
tranquilidad de conciencia; los que adoran con tanta sinceridad el poder, sea
cual sea que, dice Flaubert, "serían capaces de pagar por venderse".
Flaubert es al mismo tiempo lapidario y
expresivo. Su atención aguda a los detalles visuales y a las tonterías de las
modas del idioma lo induce a uno a una gimnasia sin desmayo de la observación.
Parece que lo veía todo, que lo escuchaba todo, que no dejaba de anotar con una
mezcla de exasperación y de deleite todas las muletillas lingüísticas, al mismo
tiempo que buscaba un grado máximo de pureza y naturalidad en el estilo. Cuánto
aprendió nuestro Josep Pla, por ejemplo, de su manera de adjetivar, logrando
combinar en la misma línea lo inusitado y lo común.
Pero se me acaban casi al mismo tiempo las
horas del viaje, las páginas de la novela. La ingeniería narrativa de Flaubert
es tan infalible, tan ligera, tan sabia, como la de quienes hicieron este tren
del que tengo tan pocas ganas de bajarme.
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