IDA Y VUELTA
El país de Galdós
Por Antonio MUÑOZ MOLINA
Sin darme mucha cuenta me he visto de
nuevo sumergido en Galdós. Abrí la segunda serie de
los Episodios llevado por el recuerdo de un tono moral, esa música
que dejan los libros mucho tiempo después de haberlos leído, cuando uno ha
olvidado la trama, que es lo primero en borrarse, y la mayor parte de los personajes.
Me acordaba del nombre de un protagonista,
Salvador Monsalud, y de ese tono no disipado por el tiempo, una pesadumbre
moral y política que yo asociaba a las tenebrosidades de Goya, a la negrura de
tinta de Los desastres de la guerra y de las pinturas negras, donde
está la crónica macabra de la España de Fernando VII. En esos años finales y
prodigiosos de su vida de pintor Goya era un anciano aislado del mundo por la
sordera y por el peligro de la persecución política. Dibujó y pintó casi siempre
en secreto lo que veía, y también las deformaciones monstruosas que el
fanatismo, el miedo y la ignorancia suscitaban en los seres humanos. Había
visto con sus propios ojos el heroísmo popular y la barbaridad universal de la
guerra. Porque había compartido los sueños razonables de la Ilustración lo
espantó más todavía la escala de los crímenes que en nombre de ella cometían en
España los ejércitos napoleónicos. Y quizás antes de que los franceses fueran
derrotados y expulsados intuyó tristemente que la victoria española traería
consigo el regreso siniestro del absolutismo.
Cuando empezó a escribir la segunda serie
de losEpisodios -el primero de ellos está fechado entre junio y julio de
1875- Galdós era un novelista joven dedicado a la tarea de imaginar apasionadamente
un tiempo muy anterior a su propia vida. Lo que para Goya había sido
experiencia inmediata, para Galdós exigía un esfuerzo no solo de documentación,
sino de una empatía que saltara por encima de las fronteras del tiempo. No
quería reconstruir un pasado lejano a la manera de la novela histórica, en la
tradición todavía cercana de Walter Scott o de Victor Hugo. El pasado que le
importaba era aquel que se extendía hasta los orígenes inmediatos del presente:
el que aún estaba dentro de los límites de la memoria viva, aunque ya en el
filo de su disolución. Y le importaba por razones muy prácticas, de una extrema
urgencia vital y política. Quería comprender su tiempo. Quería intervenir en él
como ciudadano. Quería indagar el modo en que las circunstancias históricas se
entrecruzan con los destinos personales, cómo son los hilos entre lo privado y
lo público: comprender no solo las cosas que sucedieron, sino las que
estuvieron a punto de suceder; resistirse al fatalismo de lo inevitable. En el
espejo de la ficción la historia se volvía presente, igual que en los cuadros y
en los grabados de Goya los horrores de 1808 no son la crónica de hechos
lejanos sino el drama de seres que están muriendo o matando delante entre
nosotros: ahora mismo, como en los tiempos de la juventud de Galdós, una
descarga cerrada está a punto de abatir a los patriotas de Los
fusilamientos, a la luz cruel de unos fanales encendidos, sobre la tierra ya
cubierta de cadáveres. El gran Stephen Gillman lo resumió mejor que nadie en su
libro sobre Galdós y la novela europea: "Se necesitaba tan solo la magia
de la novela para convertir lo conocido en una experiencia formativa".
En 1875, la guerra de la Independencia y
el reinado despótico de Fernando VII estaban más cerca de lo que está para
nosotros la Guerra Civil. Galdós había entrado en la primera juventud al mismo
tiempo que estallaba la revolución jubilosa de 1868, La Gloriosa, que había
traído la primera esperanza sólida de libertad y progreso a España. El pasado
formaba parte del presente porque la reina expulsada, Isabel II, era la hija de
quien en 1814 había abolido la Constitución de 1812 y restaurado con crueldad
inaudita el absolutismo, convirtiendo al país en una especie de lóbrega Corea
del Norte vigilada por la Santa Inquisición. En Galdós el fervor político y
vital de los veintitantos años se confunde con el aprendizaje del oficio de
escritor. Su curiosidad por los hechos presentes y sus intuiciones entre
ilusionadas y angustiadas sobre el incierto porvenir lo llevaban instintivamente
a buscar en el pasado claves o lecciones para entender el curso caótico de la
vida pública española, la dificultad cada vez mayor de ponerse de acuerdo en un
sistema viable de convivencia política. Cuando escribió la primera serie de
los Episodiosaún tenía esperanzas. La segunda serie la empezó cuando ya
era inevitable el regreso de los Borbones, después del asesinato de Prim, de la
abdicación de Amadeo I, del desastre de la I República, del renacer sangriento
de la guerra carlista. Para nosotros las guerras carlistas suenan casi tan
lejanas como las guerras púnicas, pero Galdós escribía bajo el impacto de su
crueldad sanguinaria agravada por el fanatismo religioso y político. En ese
tiempo, y en sus novelas, el término guerra civil designa a las guerras
carlistas, y Galdós busca el origen de esa interminable barbarie en la que se
da cuenta de que fue la primera de todas las guerras civiles españolas, la que
estuvo enmascarada bajo la guerra de la Independencia, la guerra sin cuartel
entre liberales y absolutistas, entre patriotas yserviles.
En la segunda serie de
los Episodios, como en Los desastres de Goya, hay muchas
víctimas y muchos bárbaros, pero muy pocos héroes. Los valerosos guerrilleros
de la leyenda patriótica pueden ser también bandidos sin compasión y ejecutores
a sangre fría del enemigo vencido. Quienes se sublevan contra el invasor no lo
hacen en nombre de la libertad sino de la tiranía y el oscurantismo religioso,
y a quien más odian no es a los franceses, sino a los españoles que han
colaborado con ellos o que simplemente tienen ideas liberales. Y el pueblo
noble y abstracto de las proclamas políticas y de los cuadros oficiales de
historia puede ser una chusma zafia y beata que arranca las placas de las
calles dedicadas a la Constitución y jalea a los esbirros de la policía secreta
cuando van a detener a un liberal fugitivo. La disidencia política es
inapelablemente calificada de herejía: "Hereje, francés, judío,
liberal", grita una madre al repudiar a su hijo. "La templanza es un
crimen", dice otro personaje.
Con su memoria de novelista, transgresora
del tiempo, Galdós se acuerda de 1814 pero está escribiendo en 1875. Yo leí por
primera vez los Episodios a mitad de los años ochenta, y cuando
vuelvo a ellos ahora los leo sin remedio a la luz del presente. Uno abre de
nuevo los libros que le importaron mucho con miedo a que ahora lo defrauden.
Pero Galdós siempre sorprende porque es mejor todavía de lo que uno recordaba.
Y quizás ahora estoy más en condiciones de comprender su pesadumbre por la
áspera intransigencia española, por la terrible facilidad para eliminar los
matices entre el blanco y el negro, para dividirlo todo entre ortodoxia y
herejía y llamar traición a la templanza.
Galdós y el arte de la novela europea,
1867-1887. Stephen Gillman. Traducción de Bernardo Moreno Carrillo.
Taurus. Madrid, 1985. 400 páginas. antoniomuñozmolina.es
