Columnas : El arte del trapecio
La naranja todavía tiene jugo
Por Francisco Gutiérrez Sanín
La naranja mecánica, tanto la novela de
Anthony Burgess como la película homónima de Kubrick, parece actualizarse cada
vez que la violencia se sale de control.
"Initiative
comes to thems that wait", Anthony Burgess
Hace cuarenta años vio la luz la
adaptación para cine de La naranja mecánica. La novela fue escrita por
Anthony Burgess, y la versión cinematográfica producida por Stanley Kubrick.
Pronto, la película –con su incansable fascinación por la brutalidad, su humor
negro, su negativa radical a hacerle concesiones a la moraleja– adquirió un carácter
icónico, y entró por esa vía a hacer parte de las referencias estándar de la
corriente principal de la prensa. Por ejemplo, le prestó un apodo a la
extraordinaria selección holandesa de fútbol que encabezó Johan Cruyff a
mediados de la década de 1970. Me imagino que es esta connotación deportiva la
que ha quedado fijada en la imaginación de muchos.
No puedo esconder mi entusiasmo tanto por
la novela como por la película (sí, y también por el fútbol total de la banda
de Cruyff). La anécdota sobre la que están construidas una y otra es
relativamente simple. En un escenario de ciencia ficción, el protagonista
(Alex) encabeza una pandilla de adictos a la violencia que se enfrentan a otros
similares a ellos, aterrorizan a gente indefensa y terminan peleando entre sí.
Durante su carrera criminal atacan a una pareja de letrados liberales, que
preconizan la comprensión de los descarriados, y no su castigo. Finalmente, y
por culpa de las rencillas internas de su grupo, Alex es atrapado in fraganti
por la policía. Una vez en la cárcel, es sometido a una (espantosa)
rehabilitación conductista, que lo condiciona a sentir asco y náuseas frente a
la violencia. Está curado...
¿Curado? Kubrick atinó a construir un
filme aterradoramente ambiguo, al menos en dos sentidos fundamentales. Primero,
la suya es una distopía de doble filo. Su futuro está poblado por hampones que
dan susto, y por policías y funcionarios no menos intimidantes que imponen su
orden. Llevar de nuevo a Alex al redil se parece más a una morosa labor de
aplanamiento y destrucción que a una cura (además, se sugiere al final que ésta
de pronto no es tan definitiva como creen los guardianes del orden). Segundo,
hay algo en el solaz que siente Alex por la transgresión, por la transgresión
como juego y deleite, que inevitablemente genera una oleada de empatía. Pero
este tipo es un matón, alguien que goza con el dolor del otro: un sociópata a
quien hay que aborrecer.
Como se sabe, las ambigüedades de la
película –que son las que le dan su ritmo vandálico y su capacidad de mantener
al espectador al borde de la silla– condujeron a una ruptura entre Burgess y
Kubrick. El primero había incluido en el texto un capítulo final orientado a
poner en claro las cuentas morales de su historia. La violencia es mala, y una
cura que transforma a un ser humano en un monigote no merece otro nombre que el
de crimen. Por presión de los libreros norteamericanos, el capítulo redentor no
fue incluido en las primeras ediciones que aparecieron en los Estados Unidos.
Igual, es claro que Kubrick se sentía muy cómodo con la versión gringa, la
truncada, más oscura e incómoda. La diferencia de puntos de vista entre el
novelista británico y el director norteamericano se fue profundizando con el
tiempo, hasta convertirse en un pozo infranqueable. Finalmente, Burgess se
declaró dispuesto a repudiar su obra, pues había servido de pretexto a un filme
que glorificaba el sexo y la violencia. Por su peligroso tránsito por el
terreno de la ambigüedad moral, por su negativa a permitirse un gesto de clarificación,
por su referencia agresiva a los ingenuos entusiasmos garantistas de ciertos
progres –que en realidad va un paso más allá del humor negro: el profesor
liberal queda baldado de por vida, y si no recuerdo mal violan a su esposa
delante de él–, no faltó quien calificara la película como fascista.
Pero ésta es una imputación facilona e
injusta (ni qué decir tiene, va en contra de toda la trayectoria tanto de
Burgess como de Kubrick). De hecho, creo que La naranja
mecánica conserva toda su frescura, todo su poder, todo su sentido del
peligro, por ser refractaria al sermón y al mismo tiempo ser capaz de
pillar el acto de violencia en su infantilismo y su gratuidad. Pues en cierta
forma, el atractivo de la violencia se condensa en poder actuar como un niño,
pero manteniendo las prerrogativas del adulto: en la irresponsabilidad, en la
falta de compasión, en la opacidad de las aversiones, que caracterizan lo peor
de la infancia (no, no es un juicio duro: todas las edades son un desastre).
Ese sentirse seducido por uniformitos y medallitas, esa fascinación con el
juego de los soldaditos de plomo, ese atontado discurrir y aceptar de ideas
fijas y descabelladas, esa risueña convivencia con la crueldad, hacen parte del
tramado íntimo del asesinato autojustificado. Y, por supuesto, no se
contradicen con la cuidadosa planificación y la sofisticada técnica del
adulto. La naranjaexhibe ese tramado, y muestra, a través de él, la doble
cara de una distopía siempre presente. Desorden que amenaza, orden que invade. Y
también nos advierte que si hay un fenómeno que no se puede neutralizar con
frases, incluidas las más bonitas, es éste. Lo que no vemos en La naranja,
pero sí redescubrimos ahora –con el mismo implacable sentido de realidad que
rara vez transmite algo que no sea una película– es que cuando esa mentalidad
se vincula al –y es alimentada por– el extremismo político, nos encontramos
frente a la proverbial bomba de tiempo.
Escribí este artículo, porque lo primero
que me vino a la cabeza cuando me enteré del gusto del asesino de Oslo por las
insignias y los atuendos militares, de sus frívolas teorías del complot, pero
sobre todo de los nueve años que invirtió en la meticulosa planificación de su
masacre, fue el epígrafe que transcribo aquí y que tomé de la novela de
Burgess. La iniciativa les llega a aquellos que saben esperar.
Articulo : http://www.elmalpensante.com
Agosto 2011

