CRÍTICA: David VANN - Caribou Island - Desolacions.
Caribou Island
Una obra de arte
Por José María GUELBENZU
David Vann confirma con Caribou
Island, su segunda novela, que nos encontramos ante un escritor de talla.
Su estilo, tan duro como expresivo, lo aproxima a la estela melvilliana de la
novela estadounidense contemporánea
Después del formidable debut de David Vann
con Sukkwan Island, el anuncio de una nueva novela
titulada Caribou Island, igualmente ambientada en el áspero paisaje
de Alaska, en la que de nuevo se contaba la lucha inclemente de un hombre en
torpe y obcecada lucha contra sí mismo y contra la Naturaleza, producía cierta
prevención ante la posibilidad de que Vann se hubiera enrocado en una especie
de guarida literaria, un "más de lo mismo". Pues desechemos la
prevención: el señor Vann ha demostrado con este nuevo libro que es un escritor
de la cabeza a los pies.
En efecto: Gary es un hombre que ha
conseguido frustrarse a lo largo de su vida y concibe la loca idea de irse a
vivir a una isla en un lago con su mujer en una especie de regreso al origen
para borrarlo todo y empezar de nuevo. En la novela anterior, el mismo asunto
se cocía entre un padre y su hijo adolescente; esta vez el campo se abre: es un
matrimonio el que se embarca en la absurda aventura, pero hay una serie de
personajes que contemplan el dislate desde la orilla del lago, por así decirlo.
Tienen dos adultos, Rhoda y Mark, que viven en una población cercana al lago
sus propias vidas. Vann enfoca con igual atención a Rhoda que a su madre,
estableciendo una soberbia relación entre las dos, uno de los grandes aciertos
del libro, mientras Mark y su esposa dan cobijo a una segunda pareja, Carl y
Monique, cerrando un conjunto de caracteres perfectamente eslabonados y medidos
dentro de una intriga dramática que sobrecoge por su dureza, su desnudez y su
penetración psicológica.
"Gary era un as del
remordimiento", dice Irene, su esposa, y ese es exactamente su problema:
el remordimiento de no haber hecho nada de sí mismo y haberla arrastrado a
ella. Gary se aturde haciendo de homo faber, construye una cabaña sin
tener ni idea, con una terquedad lastimosa. "Lo que Gary buscaba era (...)
el retorno a una época idílica en la que pudiera tener un rol, ser el herrero,
el panadero o el cantor de leyendas populares. Irene, por su parte, sólo quería
que no volvieran a abandonarla, que no pasaran de ella, que no la dejaran de
lado". La lucha de Gary es titánica y está contada deteniéndose
morosamente el autor en todas las dificultades materiales hasta constituir el
estilo de la novela. A su lado, Irene somatiza su miedo y su desesperanza
progresiva con jaquecas terribles que le impiden dormir. Rhoda, por el
contrario, está sumida en una vida ciudadana cotidiana mientras planea casarse
con Jim, un dentista que a su vez planea engañarla periódicamente y empieza a
hacerlo ya con Monique; el autoengaño de Rhoda se manifiesta en una desgana
contra la que no lucha. Se dispone a asumir una vida semejante a la de su
madre, Irene, y ésta, a su vez, no puede olvidar que su propia madre, al ser
abandonada, se colgó de una viga, donde la encontró la niña. Mark, en cambio,
sobrevive siendo un perfecto sinsustancia acomodaticio. El contraste entre la
dramática y definitiva brecha que abre entre ellos la insensata lucha de Gary e
Irene y la resignación de Rhoda y Mark está llevado con pulso maestro.
La historia y el estilo son tan duros, tan
expresivo y preciso este último, que a varios críticos les ha dado por
relacionarlo con la literatura de Cormac McCarthy, lo cual es una simpleza;
pero sí es cierto que en Vann hay algo que lo aproxima a la estirpe melvilliana
de la novela americana contemporánea que señaló Harold Bloom. Y la dureza
salvaje del paisaje está presente no sólo en el paisaje mismo y en la lucha de
Gary sino también en excursos admirablemente utilizados, como la pelea de Carl
con los salmones en la mesa de lavado. Poco a poco, la imposibilidad de amor y
de comunicación va agrietándose como los mismos postes de la estrambótica
cabaña y esa paulatina invasión de la realidad no deseada se va abriendo paso
entre todos, en cada uno a su manera, como una coral trágica. Por ahí es por
donde Vann abre el camino para contar, esta vez, varias vidas anudadas en torno
a un destino inexorable en un mundo en zozobra. Lo trágico afecta a Gary e
Irene; lo dramático, a Rhoda; la simple supervivencia, a Mark. Todos se mienten
para no decir ni decirse la verdad, pero todos la conocen, está dentro de
ellos. Gary comprende que "la fe que entonces albergara había degenerado
en determinación, ahora era un compromiso emparejado con el
aniquilamiento". Irene piensa que "Gary quería vivir en la isla,
pasar todo un invierno allí, tener esa experiencia. Pero (...) iba a ser un
invierno y nada más. Llegada la primavera, abandonaría el lugar, abandonaría a
Irene". La grotesca e inhabitable cabaña no es sino la exteriorización de
la vida de un hombre. La niebla se cierra sobre sus vidas, el lago, la isla y
la novela. Una obra de arte.
Caribou Island / Desolacions. Caribou
Island
David Vann
Traducción de Luis Murillo Fort / Francesc
Rovira
Mondadori / Empúries
Barcelona, 2011
276 / 264 páginas
21,90 euros
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CRÍTICA: ENSAYO
Amor a una ciudad martirizada
Por Carlos GARCÍA GUAL
La "biografía" de una ciudad como
Jerusalén, con sus tres mil años de historia y su trágica cadena de
destrucciones y guerras apasionadas y furiosas, requería un libro como éste, de
extraordinaria investigación histórica, pero, a la vez, impregnado de un
sentimiento profundo de amor a esta ciudad tan martirizada por su propia
significación espiritual.
Objeto de veneración religiosa, ciudad
santa para tres religiones de libro, como ninguna otra ha suscitado tantos
fanatismos y odios, ninguna ha sufrido tantas destrucciones, invasiones,
conquistas y matanzas, resurgiendo una y otra vez de la sangre y las ruinas,
reconstruyendo muros e iglesias, atrayendo incesantes peregrinos. Judíos,
árabes y cristianos adoran en ella el rastro divino de sus grandes profetas, y
la ven como el lugar de la tierra elegido por Dios para la creación y para el
final cósmico. Los enterrados en Jerusalén serán, creen algunos, los primeros
en resucitar en el famoso Apocalipsis, con entrada de preferencia para el
Juicio Final. Durante siglos los exiliados hebreos se saludaron: "¡Mañana
en Jerusalén!". Al final de su apasionante y apasionada biografía, muchos
son los que han vuelto a la ciudad quebrantada y mártir, resurgida en ese
turbulento Israel de tantos conflictos bélicos y tantos conquistadores. El
libro de Sebag pasa revista a todos ellos. Cananitas, israelitas, asirios,
persas, macedonios seléucidas, romanos, bizantinos, omeyas, abasidas,
fatimidas, selyúcidas, cruzados, sarracenos, tártaros, mamelucos, otomanos,
británicos jordanos e israelíes han pasado dominando la ciudad y han tratado de
imponer su fe sobre otros creyentes con mayor o menor crueldad. En una historia
de infinita violencia religiosa que invita a la reflexión sobre los fanatismos
religiosos que no sólo ensangrentaron la llamada Tierra Santa. La información
histórica de estas páginas es excelente, pero quiero destacar además que lo es
también el vivaz estilo, de intenso dramatismo y rápidos retratos de los
personajes. La trepidante historia que empieza con el asedio de Tito y acaba
con "la guerra de los seis días" evoca cientos de perfiles humanos
fascinantes. (Valga como ejemplo el retrato de primer emperador cristiano:
"Constantino era un soldado curtido, un santo visionario, una autócrata
asesino y un artista del espectáculo político..." y sigue). Desde
Nabucodonosor hasta Moshe Dayán, pasando por Ricardo Corazón de León, Saladino,
y los primeros reyes de Jerusalén, esa galería tiene un memorable colorido.
Simon Sebag Montefiore pertenece a una
familia hebrea de famosa raigambre en Jerusalén. Su antepasado Moses
Montefiore, millonario de la Inglaterra victoriana, contribuyó a la
reconstrucción de la ciudad y tiene un justo espacio en esta biografía, cuyo
autor es no sólo un muy acreditado historiador de la Rusia moderna (sobre todo
por su libro sobre Stalin, editado también en Crítica), sino sobre todo un
apasionado de la historia, antigua y reciente, de Jerusalén que conoce muy a
fondo y con hondo afecto. (Sus notas son espléndidas, tanto las eruditas como
las más personales, sobre lo que persiste en la ciudad de hoy). "Éste es
el libro de mi vida", decía en la reciente presentación del mismo en
Madrid. Al lector le impresiona tanto la tragicidad intensa de tan excepcional
biografía como el afán de un relato ameno, preciso y objetivo, un empeño
difícil y arriesgado en un terreno como este de la ciudad de tres religiones.
Jerusalén. La biografía
Simon Sebag Montefiore
Traducción de Rosa María Salleras Puig
Crítica. Barcelona, 2011
853 páginas. 34 euros
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CRÍTICA: NARRATIVA Y POESÍA
Violencia nueva sobre fondo clásico
Por Rodrigo PINTO
Narrativa. En su anterior
novela, Balas de plata, que ganó el Premio Tusquets 2008, Élmer
Mendoza puso en escena a un personaje de nombre sospechosamente parecido al
suyo -Edgar Mendieta-, detective que se recorta sobre la silueta de Philip
Marlowe y esa ancha estirpe de hombres taciturnos, solitarios e incorruptibles
que anima el género de la novela negra desde Hammett y Chandler en adelante.
Como es de rigor, Mendieta tiene rasgos
que lo distinguen de sus colegas más allá de la nacionalidad y la época; un
pasado de niño abusado sexualmente y su relación con un psicólogo bastante
particular, el doctor Parra, le dan un perfil torturado que establece la
diferencia. A su vez, esa marca biográfica se incorpora a la trama de La
prueba del ácido de manera oblicua, puesto que tiene que ver más bien con
la política de alianzas que con la investigación criminal en que se embarca
Mendieta desde las primeras páginas. Política de alianzas que resulta clave en una
ciudad del norte de México, Culiacán, en el Estado de Sinaloa, uno de los
territorios clave para el tráfico de drogas y, por lo tanto, para la guerra
desatada entre el gobierno federal y el narco.
Quizá el índice de la violencia psicótica
de los cárteles de la droga se refleja mejor en el momento en que los jefes,
mientras comen exquisiteces antes de hablar de negocios, abren paso a la
nostalgia por el tiempo pasado: "¿Se acuerdan cuando me dio por matar
jóvenes de camisa blanca? En qué bronca nos metiste". Sobre ese telón de
fondo se construye una novela de trama clásica que aparentemente aspira a nada
más que contar la historia de un crimen y su resolución. El asesinato de una
bailarina parece uno de aquellos hechos de la crónica roja que apenas dará para
una investigación rutinaria y un rápido paso a la carpeta de casos sin
resolver; pero ocurre que Mendieta la conocía -e incluso algo más- y pronto se
sabe también que los principales sospechosos son gente importante. Y ahí radica
uno de los problemas de la novela: hay mucha gente importante -aparece incluso
el padre del presidente de Estados Unidos, que va a cazar patos a una hacienda
cerca de Culiacán- y por lo tanto proliferan demasiado las tramas y subtramas
que deben desenredar Mendieta y su compañera detective, que responde al
improbable nombre de Gris Toledo. Entonces el hilo se pierde por largos tramos
y, cuando al fin se recupera, la solución parece salida de la proverbial
chistera del mago. En el medio -y eso sí puede reputarse como un mérito- queda
el vivo retrato de una sociedad que comienza a vivir en estado de guerra. El
espacio no permite citar extensamente el listado de armas que McGiver, el
traficante del rubro, vende a distintos cárteles por una suma fija, siete
millones de dólares y tres millones de euros. Ni tampoco hacer la lista
exhaustiva de todas las muertes que Mendoza acumula en las casi 250 páginas,
muertes que poco tienen que ver con la de Mayra Cabral de Melo, la bailarina
-de acuerdo, es un eufemismo: la prostituta- de cuerpo espectacular y ojos de
diferentes colores que tenía cautivados a los poderosos de Culiacán y de la
vecina Mazatlán.
Con personajes que se repiten y una cierta
épica del desencanto que de todos modos remata a la manera clásica de la novela
negra, Mendoza aporta otro grueso bloque a la construcción de un mundo
narrativo que pone en escena a los demonios de la violencia desatada por el
tráfico de drogas y su capacidad de corromper a políticos y policías. No tiene
el poder perturbador de Roberto Bolaño en 2666 ni el lirismo trágico
de Yuri Herrera en Trabajos del reino, pero, con recursos menos
vistosos y algo de torpeza en el delicado trabajo de hacer calzar las piezas de
un puzle que él mismo complica en exceso, logra también ofrecer un poderoso
atisbo del sombrío panorama abierto en México luego de que el poder político le
declarara la guerra al narco.
El azar también desempeña un papel en la
novela. Estamos lejos de esos argumentos que calzan de manera perfecta y que
progresan de manera armónica, con las debidas y previsibles vueltas de tuerca
(para ocupar también un tópico sumamente desgastado). Mendoza se las arregla
para introducir, como en la realidad, el azar, ese componente fortuito, ese
rayo que cae donde quiere y cambia el destino de una vida. O de una novela.
La prueba del ácido
Élmer Mendoza
Tusquets. Barcelona, 2011
248 páginas. 17 euros
Articulo : http://www.elpais.com 24/09/2011
