samedi 3 septembre 2011

Nadal SUAU/ El mapa y el territorio

El mapa y el territorio
Por Nadal SUAU 

Michel Houellebecq
Traducción: Jaime Zulaika. Anagrama. 384 pp. 21'90 e.

Así que regresa aquel a quien Fernando Arrabal llamó “cabrón expiatorio”, Michel Houellebecq (Réunion, 1958), el provocador, el profeta. Pero la provocación no tiene excesivo valor en sí misma. Lo valioso es enunciar la verdad que nadie desea afrontar, y que ella provoque al mundo. Houellebecq siempre ha dicho la verdad; tal vez no toda la verdad, pero verdad a fin de cuentas.

En cambio, cabría preguntarse si ha sido, en efecto, profeta: situó un atentado islamista en el centro de Plataforma en 2001, y en La posibilidad de una isla(2005) ofreció una descripción esencialmente veraz de las recientes revueltas islámicas. Sin embargo, el buen profeta equivoca el diagnóstico, porque su denuncia evita que la tragedia suceda al lograr la conversión de los pecadores. Houellebecq no sólo no ha evitado nada sino que, escritor escéptico y determinista, ni siquiera ha pretendido denunciar: lo suyo es un análisis, un precipitado sociológico.

Su nueva obra, El mapa y el territorio, provocará un desconcierto parcial en sus lectores más fieles. Vamos por partes: Houellebecq es autor de Las partículas elementales, una de las pocas novelas importantes de los veinte últimos años, a la que siguieron dos intentos de repetir la jugada. Plataforma y La posibilidad de una isla funcionan, sobre todo, como bromas: brillantes, eso sí, y a veces admirables, incluso conmovedoras. Ahora, Houellebecq ha ganado el Premio Goncourt con una narración cuyos defensores califican como “clásica” aunque, vista con peor voluntad, podría parecer, a ratos, sobre todo más “convencional”.

Desde el primer momento advertimos que su ritmo es más reposado, la construcción psicológica de los personajes se elabora con herramientas más tradicionales y el tono literario supera, por primera vez en el autor, al sociológico. No sé si es una buena operación, puesto que en Houellebecq, como él mismo escribió sobre Lovecraft, hay algo que “no es del todo literario”. El francés es un autor imprescindible, pero no un excelente escritor. Quiero decir que sus libros parecían hasta ahora esbozos a la espera de obtener una verdadera forma artística, y a mí me parecía bien así, eso casaba perfectamente con su desnuda convicción de acabamiento del mundo, con su conciencia de callejón sin salida. Era una propuesta interesante: novelas de urgencia para explicar qué está pasando, insinuando que el estilo es hoy por hoy una imposibilidad. Pero de pronto, El mapa y el territorio intenta ser literaria en un sentido perfectamente goncourtiano. Se reduce drásticamente el número de chascarrillos nihilistas que nos arrancan carcajadas, y ganamos... ¿Qué ganamos? No estoy seguro. 

Dudo que el cambio responda a una claudicación o a una voluntad de ganar nuevos lectores o acceder al Goncourt. No. Se me ocurren dos posibilidades: tal vez Houellebecq ha buscado un (leve) giro entre irónico y paródico, esquivando las expectativas de lectores y crítica, tomando distancia respecto de él mismo; eso explicaría, en parte, que aparezca como personaje. O quizás el novelista ha concebido su novela desde el paralelismo formal con el trabajo del protagonista, un artista que se da a conocer con una exposición de fotografías de mapas Michelin y pasa a la historia por su período figurativo. ¿Una novela de apariencia clásica es el equivalente de un mapa que hace abstracción del territorio, o de un lienzo realista sin intervención tecnológica alguna? Sea lo que sea, y aunque no tengo claro que la operación sea un éxito absoluto, desde el punto de vista de las ideas El mapa y el territorio es muy interesante y sale a la caza de las presas habituales en Houellebecq. 

Una voz futura historiando los sucesos, típico recurso houellebecqiano, cuenta la vida del artista Jed Martin, alguien más acostumbrado a hablar con su caldera que a tratar con los hombres.Martin logra el reconocimiento nacional con su primera exposición. Luego, tras un silencio de diez años, reaparece con una serie de retratos que describen profesiones propias de las condiciones de producción en el capitalismo del siglo XXI, ya sea un carnicero, una escort-girl o una asistente de telemantenimiento; Steve Jobs y Bill Gates o un arquitecto en su despacho. Su tercera etapa, abordada años después ya recluido en una hermosa casa regional, consiste en videogramas que reproducen la vida orgánica del bosque, objetos industriales o la degradación de las fotografías de seres amados. Un apunte interesante: el lienzo Damien Hirst y Jeff Koons repartiéndose el mercado del arte es el único que no parece someterse a la voluntad del artista, el único irreductible. 

Jed se enamora una sola vez, aunque su historia con Olga probablemente es lo peor escrito del libro; traba amistad con su galerista; y conoce, fascinado o tal vez simplemente reconociéndose en él, al novelista misántropo Houellebecq (también tiene un cameo Beigbeder). Los temas se suceden y superponen: la relación con el padre (no diré que Houellebecq se haya reconciliado con la institución familiar, sería excesivo, eso es ciertamente demasiado pedirle a Houellebecq, pero el asunto está tratado con auténtica ternura), el amor, los procesos productivos, el futuro inmediato de Europa tras las crisis financieras (atención a sus vaticinios, suele acertar), el turismo, las líneas aéreas que han convertido el viaje en una “experiencia puerilizante y totalizadora”... Por cierto, las Guías Michelin salen bien paradas, no como la Guía del Routard en Plataforma: un juicio menos que afrontar para el novelista. 

La narrativa de Houellebecq presentaba hasta ahora dos ejes constantes: el dinero y el sexo, por los que el hombre contemporáneo compite en régimen de libre mercado. Aquí, el sexo pasa a un segundo plano aunque, sin alusiones al sexo oral, Houellebecq no sería Houellebecq... Y nosotros no se lo perdonaríamos. Por lo demás, en El mapa y el territorio reencontramos no sólo los temas típicos en el autor, sino incluso los motivos: el programa Preguntas para un campeón, las citas de Comte y Agatha Christie, una puya a Robbe-Grillet, las descripciones de insectos y otras alusiones científicas, la cursiva como recurso artístico... 

Y luego está la aparición de Michel Houellebecq como personaje, en una tercera parte que adopta la forma burlesca de un thriller: por alguna razón, sin embargo, éste no llega a resultar un recurso bien aprovechado. Sin ir más lejos, como personaje ficticio es mucho más vibrante el Houellebecq que se entrevista con Fernando Arrabal (vean ¡Houellebecq!, HMR, 2005). Parece, en fin, que el autor, cansado de defraudar las expectativas de los lectores que llevamos años previendo su suicidio (no necesariamente con ilusión), prefiere asesinarse en la ficción. Como meta de su legendario proceso de autodestrucción, me parece más sensato. 

El mapa y el territorio toca muchos palos pero en realidad sólo conduce a una gran revelación: la “aniquilación generalizada de la especie humana”. Es decir, como todos sus libros: no en vano la obstinación, nos dice el narrador, es la única cualidad humana valiosa en las profesiones “que tienen que ver con la verdad”... Como la de provocador. La obra se cierra con un silencioso y resignado regreso de tres personajes a las casas donde están sus raíces. La muerte, su aceptación, el final del hombre tal y como lo concebimos durante siglos bajo el dogma de la técnica. La tragedia de todo ello pero también su inevitabilidad. Houellebecq, pese a todo.

Articulo : http://www.elcultural.es 02/09/2011

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