dimanche 11 septembre 2011

Especial 11-S



11-S, ¿el día que cambió el mundo?
Especial 11-S: Debate con Arcadi Espada, Ignacio Sotelo, Juan Avilés, Charles Powell y Félix de Azúa

El 11-S de 2001, Arcadi Espada estaba en una casa del Ampurdán hablando por teléfono con un amigo y creyó que lo que ese bromista le contaba sobre las Torres Gemelas era un chiste. A Ignacio Sotelo le avisó su mujer y pudo ver en directo, por televisión, el choque del segundo avión. Juan Avilés pensó que los edificios atacados eran las Torres Kio; Powell siguió los acontecimientos con sus alumnos de la Southern Methodist University y Félix de Azúa estaba en Londres, en casa de una amiga que veía en esos momentos una película de Bruce Willis:“No fue capaz de decirme nada, así que me fui a la ducha. Cuando salí, se estrellaba el segundo avión.” El Cultural ha planteado a estos intelectuales cómo ha cambiado el mundo en esta década. Además, revisamos la influencia del 11-S en el arte, el cine, la música y estudiamos la arquitectura que está reinventado el perfil de NY y su Zona Cero.

- El 11-S el mundo cambió política y economicamente, pero, ¿de manera irreversible?
Juan Avilés: El 11-S cambió el mundo porque reveló la inmensa letalidad potencial del terrorismo. Antes se decía que los terroristas mataban a pocas personas para aterrorizar a muchas, pero Al Qaeda demostró que para lograr el máximo efecto lo mejor es causar muchas víctimas. Desde entonces el terrorismo masivo es una amenaza para la que debemos estar preparados. En ese sentido específico el cambio es irreversible, pero en el plano más general de la política, la sociedad o la cultura, creo que se tiende a sobrevalorar el impacto del 11-S. 

Charles Powell: Creo que a menudo se exagera la importancia histórica del 11-S. Ciertamente, los ataques a las torres gemelas se cobraron 2.977 víctimas -más que en Pearl Harbor- pertenecientes a 89 países, hecho sin parangón en la historia del terrorismo. Pero su impacto económico, por ejemplo, fue escaso. Con la perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo, cabe pensar que el 11-S ocultó otros fenómenos más importantes, que sí pueden considerarse irreversibles. Pienso sobre todo en el auge de los BRIC (término que se acuñó ese mismo año), el declive relativo de EEUU, y la aceleración del proceso de globalización. En cierto sentido, la aparición de Al Qaeda fue un síntoma más de esto último, y de la creciente importancia de los actores no estatales en las relaciones internacionales. 

Arcadi Espada: No, yo no creo en esa magnitud de cambios. Para poner un ejemplo: creo que la televisión, internet o la secuencia del Adn, sí los han propiciado. Pero desconfío de la capacidad de cambiar el mundo de este tipo de sucesos. Lo probable es que estos sucesos simbolicen los cambios. Más allá de lo que las matanzas terroristas suponen para los que pierden su vida, estos sucesos sólo son imágenes, síntesis. 

-¿La crisis de la democracia y de la identidad nacional es una consecuencia inesperada del terrorismo islámico? 
Ignacio Sotelo: De ningún modo, yo diría incluso que nada tienen que ver con el terrorismo. La crisis de la democracia representativa, con el papel preponderante de los partidos políticos, viene de antiguo, aunque hayamos sido conscientes de ello en los últimos lustros. En rigor, a la esencia de la democracia pertenece el encontrarse permanentemente en crisis. Una democracia viva exige cada vez más democracia y sobre todo otro tipo de democracia. Congelar la democracia en el modelo establecido es condenar de antemano su mejor calidad, la de ser perfectible. En cuanto la crisis de la identidad nacional no es un fenómeno que se constate por doquier, al contrario, parece que la identificación nacional de estadounidenses, ingleses y franceses, por dar unos pocos ejemplos que podrían extenderse a voluntad, sigue siendo fuerte. Incluso en España donde excepcionalmente se habla, y mucho, de crisis de la identidad nacional, proliferan los nacionalismos periféricos. Más que de carencia desazonante habría que hablar de metástasis cancerígena.

Powell: La pregunta me plantea varios problemas: no creo que exista realmente una crisis (global) de la democracia ni de la identidad nacional, ni me parece correcta la expresión terrorismo islámico, que da por buena la vana ilusión de Bin Laden y sus secuaces de representar a todos los musulmanes, motivo por el que es preferible hablar de terrorismo yihadista. En todo caso, es importante subrayar que este fenómeno no ha logrado destruir los sistemas democráticos contra los que ha atentado, y que, a pesar de algunos de los excesos cometidos en la (muy mal llamada) “guerra global contra el terror”, las democracias han salido fortalecidas de su choque con el yihadismo.

Félix de Azúa: No lo creo. Quizás lo contrario sea más cierto: es nuestra inseguridad sobre la democracia y la identidad nacional lo que da fuerza a los islamistas y a los nacionalistas. 

Espada: No. Tampoco creo que la democracia esté en crisis. De Pekín a Trípoli sólo se oyen gritos en favor de la democracia. Por desgracia tampoco estoy seguro de que la identidad nacional esté en crisis. Pero si lo estuviera sería a consecuencia de la extensión de la democracia. 

Avilés: No creo que la democracia esté en crisis, ni que las medidas antiterroristas adoptadas hayan afectado de manera relevante a su calidad. Respecto a los problemas de identidad nacional relacionados con el tema, es decir la exacerbación del miedo al otro, cabe admitir que el terrorismo islamista ha contribuido a alimentar la xenofobia de algunos sectores de la sociedad europea.Pero no creo que el señor Anglada y sus pares sean xenófobos debido al terrorismo. Su actitud responde más bien al rechazo a convivir con gentes de diferente cultura y es por tanto una respuesta a los fenómenos de la globalización y la inmigración. 

-El aumento de la población árabe en Occidente desafía nuestros prejuicios y fortalece, quizá, alguna certeza: ¿aceptar el velo en las escuelas y el burka en las calles es una muestra de tolerancia o de rendición? 
Espada: Ni en nuestras calles ni escuelas, ni en las suyas. El concepto de espacio público (como el del derecho de intervención, al menos moral) es una de las grandes conquistas de Occidente. Se trata de un lugar de neutralidad que no es la suma de todas las convicciones privadas. Y mucho menos de los gritos privados. El espacio público regula la obligatoria intimidad de cualquier esvástica. 

Azúa: Es una muestra de lo pendientes que están los políticos del telediario. Es perfectamente trivial que las niñas se cubran con un velo o lleven el ombligo al aire. No lo es tanto que se sepulten bajo un burka. Es obvio que lo primero carece de importancia y lo segundo es un espanto, pero los políticos no suben en el escalafón si tienen las ideas claras. Lo suyo es el embrollo. 

Avilés: El establecimiento en nuestros países de una población con raíces culturales diferentes, como es el caso de los musulmanes, nos obliga a adaptarnos más rápidamente a un mundo globalizado. La convivencia quizá resulte más compleja de lo que esperan los optimistas, pero sin duda será más fácil de lo que piensan los xenófobos. En general la regla debe ser el respeto mutuo, pero en casos concretos no es fácil decidir. Yo opino que se debe aceptar el velo en las escuelas como una prenda de vestir que no ofende a nadie, y prohibir el burka como una muestra de humillación a la mujer y una amenaza potencial a la seguridad, ya que en los espacios públicos las personas deben dejarse reconocer. 

Sotelo: El aumento de población musulmana en Europa -los menos son árabes- confronta a los más ignaros y más fanáticos con prejuicios racistas que hasta ahora se han mostrado muy difíciles de erradicar, hasta el punto de que la islamofobia se ha convertido en la forma actual de antisemitismo, pero también nos confirma en la certeza de que no hay que dar tregua a un racismo siempre recurrente. Yo prohibiría, tengo mis dudas a la hora de prohibir cualquier cosa, el uso del burka, porque me parece que atenta directamente contra la dignidad de la mujer. En cambio, acepto el velo en la escuela, porque además de acentuar el afán de individualizarse de las minorías, marcando diferencias, obliga a la mayoría a tolerar comportamientos que no entendemos, o no compartimos. En fin de cuentas, no hace tanto tiempo que nuestras abuelas llevaban cubierta la cabeza con un pañuelo, y no solo para ir a misa. 

Powell: Esta pregunta me produce cierta incomodidad, ya que al incluir estas cuestiones en una reflexión sobre el significado del 11-S, parece que damos por buena la existencia del “choque de civilizaciones” que auguró Samuel Huntington.En todo caso, el uso del velo y del burka no es la expresión de un hecho estrictamente religioso, sino cultural, pero mientras haya musulmanes que no lo vean así, su regulación siempre resultará conflictiva. Sea como fuere, la prohibición del uso de prendas que ocultan el rostro (como el burka y el niqab) en todos los lugares públicos, como la aprobada en Francia en 2010, me parece perfectamente legítima, y demuestra que Occidente sabe defender sus valores sin menoscabo de la tolerancia religiosa. 

- ¿Qué le debe la primavera árabe que ha liberado a Túnez, Egipto, y Libia, a la caída de las Torres Gemelas (y al 11-M)? 
Azúa: Absolutamente nada. Algún día sabremos quién ha movido lo de “la primavera árabe” (expresión de una cursilería insoportable que sólo había sido antes usada por El Corte Inglés) y cuyos efectos nadie tiene ni la menor idea de cuáles serán. 

Sotelo: La reacción bélica de Estados Unidos, aprovechando el atentado para intentar restablecer su hegemonía en la zona con mayores recursos petrolíferos, después del desastre que para sus intereses supuso la caída del Sha de Persia, y el apoyo incondicional a dictaduras pro-occidentales en Egipto,Túnez, Argelia, Marruecos, han llevado a rebelarse a una parte de la juventud mejor preparada, pero sin la menor oportunidad de lograr un puesto de trabajo que se adecuase a su formación. Lo sorprendente de esta rebelión contra dictaduras que parecían inamovibles, tanto por la durísima represión interna, como por el apoyo del mundo occidental, es que se haya llevado a cabo desde los valores de libertad y de democracia que con no poca hipocresía predica Occidente. Su mayor mérito es, sin duda, haber roto con el islamismo en que la oposición de las masas más pobres y explotadas había tomado cuerpo. Según percibía su impotencia ante la falsificación manipulada de las eleciones y la brutal represión del Estado, el islamismo se ha ido radicalizando en un movimiento cada vez más violento, sirviendo de pretexto a las dictaduras para intensificar la represión sobre toda la sociedad, contando siempre con el apoyo incondicional de Occidente. La guerra contra el terrorismo islámico convierte a la dictadura militar argelina en un aliado imprescindible de Occidente. 

Espada: Un retraso en la caída de los dictadores. 

Avilés: La primavera árabe no debe nada a los asesinos del 11-S y el 11-M, y supone la negación de todo lo que Al Qaeda representa. Responde a un ansia de libertad y democracia y en la medida de lo posible ha buscado un cambio pacífico, mientras que los yihadistas pretenden implantar una tiranía por medios violentos.Es curioso que el último mensaje de Bin Laden, difundido tras su muerte, sea un elogio a la movilización ciudadana contra los dictadores en Túnez y Egipto, cuando los atentados de Al Qaeda y sus franquicias tienen por objetivo fomentar la discordia ciudadana. 

- ¿Creen que Occidente ha sabido asumir su culpa, si existe, por apoyar a esos sátrapas árabes que eran en parte cómplices y en parte culpables de la Ira del mundo musulmán? 
Avilés: En un mundo ideal ningún gobernante demócrata habría hecho negocios con tiranos como Gadafi, ni les habría estrechado la mano, pero en el mundo real hay que mantener relaciones con los gobiernos existentes. Occidente no dio el poder a Gadafi, ni a Mubarak ni a Assad, así es que tampoco hay que exagerar con el sentimiento de culpa, aunque se haya pactado a menudo con ellos, por motivos económicos o estratégicos. En cambio, es un deber de las democracias apoyar a los pueblos que han empezado a luchar por su libertad y facilitar su triunfo, incluso mediante la fuerza, como se ha hecho en Libia. Ahora debemos apoyar al pueblo sirio. 

Azúa: No existe tal cosa como una culpa “de Occidente”. Si hay “culpables” son perfectamente identificables: los presidentes de las industrias de armamento, los de las compañías petrolíferas, los diamantistas holandeses, los dueños de grupos mediáticos, etcétera. El problema es que quien tenga una moto, una TV, un móvil, un ordenador etc., es igualmente culpable por financiar el régimen que hace todo ello posible, por muy indignado que se sienta. 

Powell: Occidente viene apoyando a los regímenes de la región que aportan estabilidad y toleran a Israel, postura que puede resultar muy contraproducente, como ya se comprobó en Irán. El mejor ejemplo de esa complicidad culpable es Arabia Saudí, la cuna de los Bin Laden. ¿Debemos seguir comprándoles petróleo y vendiéndoles armas, cuando es sabido que dedican buena parte de sus enormes recursos a la propagación mundial de la detestable doctrina wahabí? Lamentablemente, mientras no cambien los regímenes de Irán y Siria, seguiremos haciéndolo. Mientras tanto, Occidente debería apostar a fondo por el éxito de las transiciones democráticas en curso; incluso si los nuevos regímenes que surjan en la región resultan ser más anti-Occidentales que sus predecesores, difícilmente serán peores que el de Gaddafi.

Sotelo: La culpa es una categoría moral no aplicable en política. Ante la presencia, pese a la fortísima represión, de miles de personas en la calle que demandan libertad y democracia, no ha habido otro remedio que abandonar a los dictadores, amigos y aliados hasta el último momento, y tratar de que las transiciones que se inician transcurran dentro de pautas que no perjudiquen a Occidente. El que la revolución se haya hecho en nombre de la libertad y la democracia facilita, al menos en parte, ocultar a la opinión pública europea menos ilustrada, el entramado de intereses, que, al márgen de cualquier consideración moral o ideológica, configura la política exterior. Aún así, oficialmente no se han dado razones convincentes de porqué se ha intervenido militarmente en Libia y no en Siria, cuestión fundamental para entender el transfondo de lo que está ocurriendo. 

- ¿El 11S ha vuelto a poner en primera linea el debate clásico entre seguridad y libertad? ¿La obsesión por la seguridad no está cercenando la libertad? 
Sotelo: Hay debates, como el de libertad e igualdad, o libertad y seguridad, que se han mantenido durante siglos, sin que se haya llegado a una respuesta satisfactoria. Mi consejo es que se deje de contraponer en abstracto seguridad a libertad,y se comience por identificar de qué libertad o de qué seguridad se habla, y sobre todo, quienes son los que se benefician de esta o aquella libertad y seguridad. 

Powell: Algunos norteamericanos (y buena parte de sus intelectuales, a juzgar por los contenidos del New York Review of Books) sin duda piensan que la obsesión por la seguridad surgida del 11-S -plasmada en leyes como la Patriot Act, aprobada por Bush en 2001 y parcialmente prorrogada por Obama por otros cuatro años en 2011- ha cercenado seriamente algunas de sus libertades básicas.No deja de ser llamativo que países como España y el Reino Unido, que también han padecido ataques terroristas graves, hayan podido responder a esta amenaza sin recurrir a ninguna legislación especial. 

Azúa: ¡Si fuera la seguridad! A ningún partido le importa la libertad, ya que sus empleados y clientes no pueden ejercerla. Así que llaman “seguridad” a su modo de seleccionar amigos y enemigos. Ha sido espectacular el giro de los socialistas a favor de los partidos pro-etarras, como lo fue cuando descubrieron lo maravilloso que es el nacionalismo catalán, es decir, el odio a los españoles. Y si mañana los necesitaran, descubrirían que los obispos católicos son esencialmente progresistas. 

Espada: Hay un tipo de intello, tipo Enzesberger, que se ha quejado mucho por tener que exhibir los calzoncillos en los controles del aeropuerto. Han hablado de humillaciones y otras tonterías a la violeta. Desde que salió de la cueva el hombre ha tenido que dedicar una cierta parte de su vida a defenderse. Uno de los grandes orgullos de la Humanidad es que ese tiempo se reduce cada día que pasa. 

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Especial 11-S: Polémicas de libro
Los derechos del pueblo: cómo nuestra búsqueda de seguridad invade nuestras libertades
Por Jonathan MAHLER
David K. Shipler. Alfred A. Knopf. Nueva York, 2011. 366 páginas, 27'95 $

La pugna entre libertad y seguridad renació con fuerza el 11-S y aún hoy no hay resultados, y sí fundados miedos, como explica el libro de David K. Shipler. Con su reseña inciamos la publicación de los mejores artículos del suplemento de libros del New York Times.

A las 11 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, David K. Shipler (1942) experimentó lo que describe, con tanta inmodestia como exactitud, un “momento de extrema lucidez”. Mientras que la mayoría permanecía pegada al televisor, presa de un aturdimiento postraumático, Shipler evidentemente se refugiaba en un terreno más noble. Sus pensamientos se dirigieron a las 10 primeras enmiendas de la Constitución de nuestro país. “Adiós a nuestras libertades civiles”, recuerda que pensó. La consecuencia de esa valiosa revelación fue “el periplo” que culminó en su nuevo libro, The Rights of the People [Los derechos del pueblo]. El tema resultó demasiado amplio como para agotarlo en un solo libro, así que, seguramente, el segundo volumen verá la luz antes de que acabe el año. Aunque es posible que Shipler empezara con algo de ventaja, desde entonces se ha quedado un tanto rezagado. Se une a una larga lista de escritores que ya han tratado el tema de la erosión de las libertades civiles en EE.UU en el periodo posterior al 11-S. Escandaloso pero no sorprendente. La mayoría de estos libros, salvo excepciones notables, emigraron rápidamente de las mesas centrales de Barnes & Noble a los estantes de atrás, antes de llegar a su morada definitiva en el fondo de los almacenes. La bona fides [la buena fe y honrade] de Shipler -que ganó un Pulitzer en 1987 por Árabe y judío- servirá para impedir que The Rights of the People se rechace fácilmente. 

Shipler trabajó como corresponsal de The New York Times, y tiene un don para esquematizar convincentemente material esotérico y difícil. También posee un claro dominio de la historia y narra mordazmente otras ocasiones de nuestro pasado en las que pecamos contra nuestra Constitución. Desde las primeras páginas de The Rights of the People queda claro que va a ser un libro muy diferente de Árabe y judío o, ya puestos, del trabajo más reciente de Shipler, The Working Poor [Los trabajadores pobres]. Ambos eran reportajes en los que se servía de un reparto memorable de personajes para matizar y dar un sentido de inmediatez al complejo tema que abordaba. 

En The Rights of the People, Shipler no es tanto un reportero curioso como un editorialista indignado. No se le puede acusar de minimizar su razonamiento. Al contrario, tiene una tendencia a debilitarlo con hipérboles, cerrando su prefacio con una afirmación radical que no encontraría muchos adeptos en la Casa Blanca de Bush o en la de Barack Obama, ni entre la opinión pública: “La posibilidad más aterradora desde el 11-S no ha sido el terrorismo -por espantoso que sea- sino la posibilidad de que los estadounidenses renuncien a sus derechos a costa de perseguir la quimera de la seguridad. 

Es lógico que las violaciones de las libertades individuales sean más frecuentes y atroces en tiempos de guerra, y un rápido vistazo al pasado revela que sin duda ha sido así. Desde el ataque a la libertad de expresión en 1798 que se conoce como Leyes de Extranjería y Secesión, cuyo propósito era acallar las críticas durante la guerra naval no declarada con Francia, hasta las tristemente célebres investigaciones llevadas a cabo durante la Guerra Fría por el Comité de la Cámara de Representantes sobre Actividades Anti-Estadounidenses, el fantasma del conflicto ha conllevado una paranoia de subversión interna. Como Shipler afirma, “por lo visto, en prácticamente todas las guerras, aquellos que ejercen la autoridad del Estado se ven atenazados por un miedo estimulante, no solo al enemigo, sino a un virus imaginario de resistencia y subversión en el propio país”. 

Históricamente, una dosis saludable de vergüenza retrospectiva, la sagacidad de nuestro poder judicial y, por encima de todo, la capacidad de recuperación de nuestra Constitución, han contribuido a garantizar que ningún estatuto o normativa acordados a toda prisa mientras estábamos en las garras de ese miedo sobrevive mucho tiempo. El sistema de derecho prevalece en última instancia. O prevalecía hasta hace poco, afirma Shipler. Pero, puntualiza, el sistema sigue sin corregirse desde el 11-S. Las libertades fundamentales arrebatadas en el periodo que siguió a los atentados todavía no han sido restablecidas. Las trasgresiones han abarcado todo el espectro constitucional, pero en este primer volumen Shipler se centra en la Cuarta Enmienda, que, en cualquier caso, protege a los ciudadanos frente a los registros y embargos irrazonables. Su planteamiento puede parecer disperso, pero es congruente con cierta lógica. Tras una breve lección de historia, se echa a la calle y observa a la policía en varios barrios de Washington mientras instiga a los sospechosos a renunciar voluntariamente a sus derechos de la Cuarta Enmienda y pone las casa patas arriba con la excusa de unas órdenes de registro a menudo basadas en “dudosos chivatazos”. A partir de este punto, Shipler se refugia en una actividad más clandestina y politizada, el siniestro ámbito de la Ley de Vigilancia del Espionaje Extranjero y de las Cartas de Seguridad Nacional, las cuales conforme a la Ley Patriótica ampliaban los poderes de las divisiones del FBI, autorizándolas a hacer cosas como exigir a las bibliotecas públicas que entreguen sus registros informáticos. Shipler reparte la responsabilidad entre un Ejecutivo que se excede en el uso de sus atribuciones, un Congreso cómplice y unos organismos policiales y de espionaje que preferirían mil veces ser criticados por violar la intimidad que por pasar por alto otro atentado. También encuentra numerosos defectos en los tribunales. 

No es que sus blancos no merezcan críticas pero las lleva demasiado lejos. Como ex corresponsal en Moscú de The Times, establece abundantes comparaciones entre los ideólogos de derechas del Gobierno de Bush y los del régimen soviético, señalando que ambos dependían de ejecutivos envalentonados que acobardaban a legisladores y jueces débiles. Curiosamente, el libro en el que pensaba la mayor parte de las veces mientras leía The Rights of People era Fast Food Nation, de Eric Schlosser. Al igual que Schlosser, que se proponía revelar el creciente dominio del sector de la comida rápida y sus perniciosas repercusiones para la salud, Shippler parece querer asustar a los estadounidenses. Parece inclinado a compensar con una retórica y metáforas pretenciosas la falta de dramatismo visceral de su tema de discusión. El hecho de que The Rights of the People no consiga finalmente impactarnos demasiado es en sí mismo una declaración concluyente. En ocasiones, deseaba que Shipler hubiera restringido sus ambiciones, que en lugar de tratar de cubrir tanto terreno trillado, hubiera ido en el sentido contrario y comprimido en un ensayo lo que aprendió en su periplo formativo. Podría haber puesto más empeño en catalogar por qué las violaciones de la Cuarta Enmienda son importantes, y no solo para las víctimas. Como escribe en las páginas finales del libro, “los derechos del criminal más miserable no son solo suyos. Nos pertenecen a todos”. 

Los libros del 11-S 

La bibliografía sobre el 11 de septiembre es tan extensa como de arriesgado uso debido a la abundancia de libros cuyas paginas bullen cargadas de sonrojantes teoría conspiratorias. Pero también hay un puñado de excelentes títulos. Entre los de reciente publicación hay que destacar Nueva York, 8:45 A.M. Los reportajes ganadores del premio Pulitzer (Errata Natura, 2011), editado por Simone Barillari, una recopilación de reportajes ganadores del gran premio periodístico, desde el “apocalipsis” de Manhattan a la muerte de Bin Laden. 

A la figura del terrorista saudí dedica Juan Avilés Osama Bin Laden y el fin de una era (La Catarata, 2011), donde el historiador se atreve a certificar, a propósito de su ejecución, el fin de la obsesión terrorismo internacional que ha marcado la última década. 

El libro ya clásico sobre el 11-S, inusitado bestseller que se aupó durante meses al primer puesto de los más vendidos en EE.UU es 11-S. El Informe (Paidós). Se trata del fascinante documento pergeñado por la Comisión de congresistas que investigaron los hechos, un texto a priori jurídico que sorprende por su excelente prosa y su ritmo infernal. 

De no menor interés es La torre elevada (Debolsillo, 2011), de Lawrence Wright, premio Pulitzer 2007, que recrea los hechos del 11-S con la información recabada en centenares de entrevistasrealizadas en Egipto, Arabia Saudí, Pakistán, Afganistán, Sudán, Gran Bretaña, Francia, Alemania, España y EE.UU.

Por último cabe reseñar el heterodoxo libro de Martin Amis titulado El segundo avión(Anagrama), un indignado arrebato a la usanza de Oriana Fallaci contra las más que evidentes relaciones entre terrorismo yihadista e Islam y la importante presencia que juega la sexualidad en tal ecuación.

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Especial 11-S:
Dos españoles participan en Nueva York en el homenaje de los artistas
Por Bea ESPEJO 

Muchos son los artistas españoles que ese 11-S vivían en Nueva York, aunque son dos los que han rescatado de la catástrofe su resonancia emocional. Francesc Torres ha registrado los restos del desastre ubicados en el Hangar 17 del JFK. Elena del Rivero ha recuperado todos los papeles ajenos que entraron por las ventanas de su taller. Ambos, registros de tiempo y memoria.

La zona del Lower Manhattan, el distrito financiero de Nueva York, no es precisamente uno de los barrios artys de la ciudad. El Soho se convirtió en el foco artístico en los 70, y hoy la mayor parte de galerías están en Chelsea y los artistas han ocupado el barrio de moda, Brooklyn. Sólo unos pocos buscaron su espacio en la que ahora es la zona más cara de Manhattan, pese a llamarse “cero”. Es el caso de los españoles Francesc Torres (Barcelona, 1948) y Elena del Rivero (Valencia, 1949), quienes llevan más de treinta años trabajando fuera de nuestro país. De los dos, sólo Torres conserva su loft a un par de manzanas del World Trade Center al que va regularmente, pese a haberse establecido en su ciudad natal. Elena del Rivero dejó el suyo, completamente destrozado tras los atentados, y se mudó en 2003 al barrio de Alphabet City. Ni uno ni otro quedó inmune ante los sucesos del 11-S. Ejemplo de ello son sus proyectos recientes.

A 300 metros.

El 11 de septiembre de 2001, a las 8.46 h. de la mañana, Francesc Torres estaba frente a la ventana de su apartamento en la duodécima planta del número 11 de Courtland Street, a dos manzanas del WTC. Al recordarlo afirma que en aquel momento supo que se había acabado el siglo XX: “Nueva York había sido mi casa durante casi 30 años y aquellos días me preparaba para pasar más tiempo en Barcelona. Ya me resultaba difícil irme y sólo faltó aquello. Bajé a la calle enseguida y empecé a hacer fotos. Era consciente de que era el inicio de otra era”. El 11-S cambió su vida aunque no su percepción del arte. Ese giro lo hizo tiempo antes, de sus últimos proyectos, Oscura es la habitación en la que dormimos (2007), una incursión en la memoria colectiva con un pasaje de la Guerra Civil como partida: el desentierro de una fosa común en un pueblo de Burgos, proceso que el artista documentó con fotografías. “Decidí que no haría ningún proyecto con la intención de que fuese arte a priori. Si acababa siendo arte, de acuerdo. Si no, también. Lo importante era la razón para hacerlo. Para lo que me interesa explorar, ya sea intelectual, ética y emocionalmente, a veces el arte puede ser un obstáculo. Y, si no lo es el arte, lo es sin duda su contexto”, añade.

Con esa idea en mente y el mismo rigor e interés por el archivo empezó el proyecto Memoria fragmentada. 11-S NY. Artefactos en el Hangar 17 que estos días presenta, simultáneamente, en Barcelona (CCCB) y las tres ciudades víctimas del terrorismo islámico: Londres (Imperial War Museum), Madrid (CentroCentro. Palacio de Cibeles) y Nueva York (International Center of Photography). Empezó un mes de abril de 2009, cuando el National September 11 Memorial Museum le encargó que catalogara los vestigios que se guardaron en el Hangar 17 del aeropuerto JFK, un lugar provisional y cerrado al público, con la intención de documentar la historia del 11-S. Más de 1.500 objetos han pasado por el filtro de la cámara de fotos de Francesc Torres. “Aunque parezca extraño y contradictorio, decidí que el proyecto no tenía que ser sobre el 11-S, sino sobre el Hangar 17 por su significado como lugar de preservación de la memoria, museo espontáneo, sin público. Como artefacto narrativo más extraordinario que cualquier museo convencional. Ese trabajo planteaba cómo se escribe la historia, cómo se interpreta y cómo se preserva. Al contrario que enOscura es la habitación..., que documetaba la campaña de excavación de una fosa común de la que aparecían las víctimas del episodio, Memoria fragmentada es un agujero negro en el que las víctimas se han volatilizado (en algunos casos literalmente y, en otros, por decisiones éticas y políticas). Eso hace que los objetos sean un testimonio muy fuerte. No son sustitutos de los muertos que nunca hemos visto y que nunca verenos. No pueden serlo, pero son lo único que hay”, explica Francesc Torres.

A más de 6.000 km.

Uno de sus viajes a España hizo que aquella mañana de martes Elena del Rivero no estuviera en su loft de Cedar Street, calle que compartía con la torre sur del World Trade Center. Tardó un mes en volver y comprobar cómo una nube blanca de ceniza, yeso y cristal lo había convertido todo en ruinas. Entre las personales encontró años de trabajo convertido en escombros. Entre las ajenas, infinidad de papeles rotos que se habían colado por las ventanas del estudio. Eran cartas comerciales, sobres, currículos, etiquetas, folletos, hojas de calendario, cheques...En total 3.150 fragmentos de papel que la artista documentó, limpió, fotografió, deshizo de nombres propios y numeró con la mítica fecha cosida a mano, con hilo rojo. “Con el ataque del 11-S me enfrenté a lo que estaba ocurriendo sin entenderlo. ¿Qué hacer frente a la catástrofe y la muerte? No pude escapar al reto y fue el inconsciente el que me dictó lo que hacer. ¿Fue una respuesta de supervivencia mental y emocional para ayudarme a entenderlo? En mi trabajo utilizo fundamentalmente el papel que coso, suturo y remiendo, y de ese modo respondí cuando vi el suelo del estudio lleno de detritus y miles de trozos de papel”, explica.

Así nació (Swi:t) Home. A Chant (2001-06), una gran instalación de todos ellos que presenta por primera vez en Nueva York, en el New Museum. “Los papeles parece que se están cayendo por el efecto de estar cogidos entre sí a la tarlatana,con hilos transparentes que se utilizan para encuadernar libros. También documenté el evento con cien horas de grabación de vídeo desde las ventanas del estudio. ¿Fue ese un acto de supervivencia? ¿Es Chant una elegía, un poema visual, un canto de lamento por los muertos? ¿Es el propósito de una elegía transformar el dolor en belleza? Todavía tengo más preguntas que respuestas. Cuando eres testigo en primera persona de un trágico suceso, una salida para alguien como yo, con mi bagaje, es trabajar con lo ocurrido y transformándolo en otra cosa. Soy una artista que navega por la vida prestando atención a lo que ocurre a su alrededor, tejiendo historias a través de la carga simbólica de los objetos que la rodean. Estoy segura que hay muchas más respuestas, incluso no hacer nada y permanecer en silencio”, añade Elena del Rivero. 

9/11 Memorial

El eco del 11-S suena estos días en varias instituciones y museos de Nueva York. Centrada en cómo bomberos, policías, trabajadores, artistas, fotógrafos y vecinos del WTC trabajaron juntos a raíz de los ataques, la exposición 9/11 Memorial del International Center of Photography (ICP) incluye cinco visiones de la mano de Francesc Torres y su más amplia instalación del proyecto Artefactos Hangar 17;instantáneas de Eugene Richard; la videoinstalación cedarliberty de Elena del Rivero y Leslie McCleave; las vistas aéreas de Gregg Brown, así como el proyecto here is new york: a democracy of images. También, el 9/11 Memorial Museum muestra su archivo de imágenes, vídeos, historias y testimonios.

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Especial 11-S: El trauma reflejado en el cine norteamericano
Heridas sin cicatrizar
Por Carlos REVIRIEGO 

Quizá ninguna otra expresión cultural se ha visto más afectada por el trauma del 11-S que el cine norteamericano. El miedo y el control dieron paso a la multiplicación de superhéroes y los filmes de denuncia.

Hay una herida que no cicatriza en el cine norteamericano. Y esa herida es el 11-S. El registro televisivo en directo de los ataques al World Trade Center suscitó un desequilibrio en el espectador, que se vio enfrentado tanto al espanto real del drama como al reconocimiento del cine de catástrofes. Las imágenes eran familiares, y al mismo tiempo espantosamente únicas, indigeribles. Como escribió el crítico Charles Tesson, no es que la realidad hubiera superado a la ficción, sino que había “devuelto la ficción a su realidad”. Hollywood había fracasado: toda su artillería de cine de catástrofes -tan procaz en los años noventa: Armageddon, Godzilla, Mars Attack...- no había preparado a la Humanidad para enfrentarse a la imagen imposible.

Junto al duelo y la depresión, la primera reacción fue el miedo. El control, la censura. El estreno de Daño colateral, una historia de atentado terrorista y bomberos en un rascacielos, se aplazó sine die. El tráiler de Spider-Man, en el que el héroe extendía su tela de araña entre las dos torres, se retiró, al igual que desaparecieron las torres del skyline en los créditos de Los Soprano o al final de Hombres de negro II. Sólo eran anecdóticos silencios en una cinematografía que esperó cinco años hasta dar su versión oficial y heroica de los hechos -World Trade Center (Oliver Stone) y United 93 (Paul Greengrass)-, mientras un largometraje colectivo de producción francesa -11'09''01 (2002)- reunía varios cortos de autores de prestigio, algunos hundiendo el dedo en la llaga.

Aunque en general la industria del cine (o sus creadores) fue muy crítica con la política del miedo que se instauró tras los atentados, también comprendió la necesidad de revitalizar la ciudad neoyorquina. La creación del Festival de Tribeca por parte de Robert de Niro y Jan Rosenthal, y la migración de rodajes que se produjo de California a Nueva York, ayudaron a que la metrópoli recobrara pronto su normalidad, aunque autores locales como Martin Scorsese o Woody Allen abandonaran sus calles para fotografiar otros espacios y exorcizar el efecto Bin Laden, con una excepción en cada caso: Gangs of New York (2002), cuyo plano final ilustraba el germen de la violencia que creció hasta el World Trade Center, y Todo lo demás (2003), en la que un Woody paranoico aportaba el toque de delirio post-traumático.

Terrorismo y cine se alimentan de dos conceptos: ideología y espectáculo. El terrorismo se convirtió para el cine estadounidense en la nueva amenaza satánica, pero mientras la ideología de los filmes se fortaleció, el espectáculo se arrinconó para mejores tiempos, dando privilegio al docudrama metafórico, a las tramas geopolíticas (Syriana, de Gaghan) y mediáticas (Buenas noches, buena suerte, de Clooney), a la nostalgia y el trauma (La última hora, de Spike Lee), a la glorificación de la patria (En el valle de Elah, de Haggis), etc. Hollywood sin embargo siempre ha explorado en los relatos de género aquellos temas y traumas que no puede tratar con transparencia. Se impuso una necesidad mayor: el regreso del héroe americano, una figura inmune a las amenazas externas. La multiplicación descontrolada de franquicias de superhéroes del cómic hablan por sí mismas, recuperando personajes que surgieron en tiempos de guerra o de incertidumbre nacional. El caballero oscuro (2008) de Nolan -con un Joker terrorista y un justiciero al margen de la ley- ha sido probablemente la que mejor ha tomado el pulso de los tiempos.

Choque de culturas. Otros nichos para el espectáculo, como el cine épico y la ciencia ficción, centraron su atención en el choque de culturas y religiones, comoEl reino de los cielos, o en la manida batalla entre el Bien y el Mal absolutos (Matrix). A su vez, los grandes autores americanos emprendieron otro rumbo para sus obras, de manera que Tarantino sólo hace películas en torno a la venganza,David Lynch destruye el relato clásico con tecnología digital y, sobre todo, Steven Spielberg exterioriza sus miedos en Minority Report (el control del individuo), La guerra de los mundos (la invasión exterior), La terminal (el “cierre” de América) y Munich (el terror geopolítico). A su vez, los relatos en torno a la guerra de Irak -desde Jarhead a En tierra hostil- se han consolidado como un subgénero en sí mismo.

Tres fenómenos fílmicos coincidieron con el nacimiento del siglo XXI: la revolución digital, la consolidación documental y el despertar televisivo. Michael Moore es la figura más visible del documental de denuncia (la Palma de Oro aFahrenheit 9/11 no hubiera sido posible sin la sombra de Bush), al que le surgieron imitadores igual de protagónicos y demagógicos como el Morgan Spurlock de Where in the World is Osama Bin Laden? Pero el terror abrió paso a las incógnitas y a toda una serie de documentales amateurs que elaboraron teorías de conspiración para dar respuesta a multitud de preguntas: Loose Change, Painful Deceptions, Zeitgeist, 911 Mysteries, etc.

Ninguna ventana como la televisiva ha sido tan minuciosa para diagnosticar los efectos de la salvaje América post 11-S y sus nuevas fronteras morales, de manera que prácticamente en cada serie se ha colado la sombra de la tragedia, siendo 24 la más literal al respecto, pero también en otras series como The Shield, Los Soprano, Battlestar Galactica, The Wire o Perdidos. Diez años después de la infamia hemos comprendido que la destrucción del corazón financiero no pasaba necesariamente por el borrado de su imagen. Documentales como Inside Job o ficciones como The Girlfriend Experience y Mad Men recogieron el testigo. De Al Qaeda a Wall Street, el cine de la crisis ha tomado el relevo del cine post 11-S. O probablemente no sea más que su natural prolongación. La herida sigue sin cicatrizar. 

Articulo : http://www.elcultural.es   10/09/2011

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