Espíritu de oposición
En un notable ensayo de su
libro Representaciones del intelectual , Edward W. Said anotó el
requisito elemental que caracterizaría a aquella figura compleja, ambigua y
heterogénea que etiquetamos como "intelectual": ante todo, un
insobornable "espíritu de oposición" que, reacio a las acomodaciones
y las sumisiones de cualquier tipo, se inclinaría siempre por vigorizar la
honestidad de un pensamiento destinado a afianzar "el rechazo del statu
quo " y de los discursos establecidos; una suerte de vocación
incorruptible por ofrecer la sanidad de "visiones desenmascaradoras o
alternativas, en las que, por todos los medios a su alcance, el intelectual
trata de decir la verdad".
La reflexión es oportuna para encuadrar el
que ha sido hasta la fecha el quehacer del escritor británico Christopher
Hitchens (1949): polemista pertinaz, objetor incansable, su figura descuella
desde hace varias décadas en el escenario de los debates públicos del mundo
anglosajón. Hitch-22 , su recientemente publicado libro de memorias,
se plantea como un exhaustivo seguimiento de los vaivenes de dicho espíritu, como
la revisión en extenso de los desvelos y preocupaciones de una auténtica
"vida intelectual".
Hitchens se esmera por encontrar un tono
particular, una cierta modalidad de escritura apropiada para hacerse cargo del
material ofrecido por la experiencia que, sin adecuarse con facilidad en los
cánones de lo autobiográfico, apueste en cambio por indagar en las licencias y
riquezas del más amplio registro memorialista. Dueño de una prosa suntuosa,
siempre sorprendente en su admirable uso de recursos, en su disposición irónica
y en la agudeza de sus observaciones, lo que Hitchens buscaría es la
instauración de un discurso anchuroso, anárquico y espontáneo, el único idóneo
a la hora de responder a la emergencia fortuita de aquellos "apuntadores
proustianos" de los que él mismo habla al inicio del volumen.
Narrados por una voz que en todo momento
pretende reproducir, en la escritura, el desarrollo informal y deshilvanado de
una conversación, cada uno de los recuerdos que atiborran las páginas
de Hitch-22 desafían los límites entre lo privado y lo público, entre
individuo e historia. Si el intelectual aspira a sentirse como un "hijo de
su tiempo", esclareciendo su propia peripecia individual a la luz de los
procesos históricos y sociales en los que ésta se inscribe, el británico es una
evidencia ejemplar. Incluso en los capítulos más personales al inicio del libro
esto es determinante: el trágico relato de la vida de Yvonne, su madre suicida,
se explicará en gran medida por el hecho de ser una mujer judía condenada a
ocultar su condición en una Europa enferma de antisemitismo, así como el
carácter frío y distanciado de su padre, el "Comandante", por sus
años de servicio en la disciplinada Marina británica durante los años de la
Segunda Guerra Mundial.
Hitchens es consciente de que el recuento
de su experiencia personal en las últimas cinco décadas implica sintetizar y
reconsiderar cada uno de los sucesos políticos relevantes que han agitado a
Occidente desde mediados del siglo XX, y las casi quinientas páginas de sus
memorias alcanzan para ello. Desde sus estudios en Oxford hasta los actuales
debates en torno al extremismo islámico, nada parece escapársele: la agitación
revolucionaria de la década de 1960, las consecuencias de la Guerra Fría en
Vietnam, en Praga, en Latinoamérica y en Polonia, la caída del comunismo
soviético, las secuelas del thatcherismo y el reaganismo, la Guerra del Golfo,
los atentados de Al Queda en 2001 y las invasiones norteamericanas a Afganistán
e Irak, todo será revisado por la pluma mordaz de un escritor sobre el que hoy
pesan las acusaciones de traición a sus convicciones izquierdistas y de
acomodación con el statu quo . Y aunque él mismo nos advierta que "las
memorias siempre deben esforzarse en evitar demasiados ajustes retrospectivos",
no hay un solo pasaje de Hitch-22 que no destile esa voluntad de
reexaminar y revalidar los compromisos ideológicos del pasado.
Si lo que Hitchens pretende es demostrar
la coherencia y la integridad que determinaron el paso desde sus viejas
convicciones socialistas hasta su actual disputa con el nuevo "sectarismo
de izquierdas", desde su antiamericanismo juvenil hasta su apoyo
irrestricto a la política bélica de la administración Bush, terminará en gran
parte construyendo una imagen de sí mismo demasiado idealizada y narcisista. Un
lector inquisitivo, por cierto, no tardará en reparar en ello. Pero también
reconocerá, si está dispuesto a ir más allá de sus diatribas, todo aquello que
hace de Hitch-22 un gran libro: el talento de un escritor extraordinario,
casi inigualable en la ironía y en el homenaje emotivo de sus maestros y
amigos, y la honestidad de un pensador que define el sentido de su entrañable
labor intelectual como la obligación de "defender la complejidad e
insistir en que los fenómenos del mundo de las ideas no deberían convertirse en
eslóganes ni reducirse a fórmulas fáciles de repetir".
Articulo : http://diario.elmercurio.com
18/09/2011
