PENSAMIENTO
Prenda del atardecer
Por Javier GOMÁ LANZÓN
En este mundo nuestro, pese a sus
conocidas miserias, la puesta de sol es la prueba de que lo más hermoso y
sublime también tiene cabida
La cultura griega es promisoria, siempre
de amanecida. No faltan en ella los elementos de la negatividad del mundo -los
griegos inventaron la tragedia- pero una positividad, una afirmación de lo
humano aún mayor, se impone frente a tensiones y antagonismos. Homero canta a
la aurora de rosáceos dedos y presenta héroes cuya existencia es tan poderosa
que basta para redimir las sordideces y pesadumbres del humano vivir. En Grecia
no hay atardeceres. Dice Erwin Panofsky: "Sin demasiada exageración,
podría afirmarse que Virgilio descubrió la tarde". No el Virgilio
de La Eneida o las Geórgicas,sino el de los idilios dulces y
elegíacos de las Bucólicas, bañados en la melancólica luz del
atardecer. En la décima y última égloga Galo muere de amor no correspondido por
la coqueta Lícoris y el poeta, un pastor que asiste a la escena, cuenta cómo,
para consolarlo, se acercan Apolo, Silvano y Pan al pie de la solitaria roca,
donde se lamenta el desesperado amante. Es inútil. Galo termina su canción sin
despecho, pero en tono fatalmente resignado, como quien acepta su final:
"El Amor lo vence todo; también nosotros cedamos al Amor". Y el poeta
le dice entonces a sus ovejas: "Volved a casa, saciadas. Volved, cabrillas
mías, que ya está aquí la estrella de la tarde". La Roma clásica no sólo
nos legó obras jurídicas y de ingeniería; en ese verso latino -"ite domum
saturae, venit Hesperus, ite, capellae"- Roma inventó el atardecer. Mi
gratitud.
Durante siglos, la belleza fue entendida
como forma. Era una definición que convenía a las cosas complejas, compuestas
por varias partes enlazadas armoniosamente por una
misma symmetria. Pero Plotino quiso describir la belleza del Uno,
aquello simple y sin partes que está más allá de las formas platónicas, y dijo
que la belleza era luz incorpórea. Poco después Pseudo-Dionisio dará la fórmula
para toda la Edad Media: belleza es forma y
luz,consonantia y claritas. En la tradición prevaleció el ideal
del límite y de la proporción. A partir de la traducción que Boileau, en el
XVII, hizo de la famosa obra retórica de Longino, empezó a distinguirse entre
lo bello y lo sublime. Lo bello es el esplendor de una forma perfecta, mientras
que lo sublime reside en el sentimiento que produce la presencia de lo
grandioso, evocador de algo infinito, desmesurado, ilimitado. El placer de lo
portentosamente imperfecto.
Si los atardeceres son bellos, lo son en
primer lugar porque esas horas crepusculares resaltan las formas silueteadas de
las cosas. Aunque haya sido explotado ad nauseampor la industria de la
reproductividad técnica, el espectáculo conserva el aura del primer día de la
creación. El sol vespertino, que el ojo humano ve ahora más grande que cuando
reinaba en lo alto, ya no es como antes un sol de justicia sino un sol de
misericordia. El mundo, suavemente cambiante, se lentifica y convida a pensar
con indulgencia sobre uno mismo y los demás. "Al atardecer de la vida nos
examinarán del amor", dijo el autor delCántico espiritual. Al mismo
tiempo, la luz tornasolada presta una nueva profundidad a los objetos, que
adquieren sombra, y a nosotros nos concede una extraña lucidez de duermevela:
ya dijo Hegel que al caer de la tarde levanta el vuelo la lechuza de Minerva.
Ser sabio es verle la espalda a las cosas; y, en efecto, al cambiar el decorado
-del día a la noche- uno cree adivinar, aprovechando un descuido de los
operarios, la tramoya que hay detrás del gran teatro del mundo.
Pero si el atardecer posee la belleza de
la forma, posee con más motivo la belleza de la luz, pues sobre todo es
resplandor y claridad. Cuando el sol se pone -ese ojo incandescente, ese huevo
pitagórico, esa decoración futurista-, el cielo, convertido en un murmullo de
brasas, se enriquece con una variedad de tonalidades templadas, de una
elegancia natural. El ocaso ilumina sin quemar y dora el aire con un hálito
tibio. Tan grandioso es el portento lumínico -ese "rosicler divino"
del verso de Góngora- que la belleza, aunque cotidiana, repetitiva y
previsible, se hace sublime. Y sublime, según Kant, es aquello en comparación
con lo cual toda otra cosa es pequeña. Por eso cuando vemos atardecer sentimos
nuestra parvedad consustancial y tomamos conciencia de nuestra mortalidad
inevitable. Belleza y muerte.
Todos los días de mi adolescencia me
asomaba a la terraza de mi casa para ver el sol ponerse detrás de los edificios
fronteros. En mi pecho los tempranos presentimientos se mezclaban con el miedo
a entrar en un mundo que no me daba ninguna garantía de poder darles
cumplimiento. Frente a las voces que ya me anunciaban los desengaños de vivir,
el espectáculo de la tarde se constituyó en la única prenda fiable. Supongo
que, a la mirada del científico materialista, el atardecer es solo un efecto
óptico, reducible a una combinación de fenómenos físicos y atmosféricos. Para
mí era la prueba -y lo sigue siendo- de que en este mundo nuestro, pese a sus
conocidas miserias, lo más hermoso y sublime también tiene cabida, dando la
naturaleza una corroboración diaria y pública de ello. Y en medio de tantas
dificultades, el arte de vivir consiste en imitar a la naturaleza y estar a la
altura de lo que ella sabe producir. Kant añade que si lo sublime contiene algo
tan potente que nos intimida, por otra parte su contemplación nos hace
descubrir, dentro de nuestra debilidad, una fuerza que antes no conocíamos.
Porque comprendemos que lo más temible -tormentas, tempestades, volcanes y
terremotos- puede arrebatarnos la vida sin nuestro consentimiento, pero nunca
la dignidad, que es una capacidad de resistencia basada en una independencia y
en una superioridad exclusivamente humanas.
No hay mayor dignidad sobre la tierra que
la de ser hombre. Ni Apolo ni Silvano ni Pan podrán convencer a Galo. Sólo el
atardecer, si abre los ojos a su significado.
Articulo : http://www.elpais.com 17/09/2011
