juan carlos gomez : junacagomz@yahoo.com.ar
Sobre Azul@rte :
GOMBROWICZIDAS :
Witold GOMBROWICZ & el IDIOMA de la NATURALEZA
Por Juan Carlos GÓMEZ
Gombrowicz, nacido de terratenientes y
educado en un colegio aristocrático, era el producto del refinamiento y del
tipo de belleza que produce la riqueza. Pero Gombrowicz era, antes que ninguna
otra cosa, un escritor, y sólo un escritor puede confundirse o incomodarse
cuando lo mira una vaca. Quien ha decidido ocupar su vida escribiendo debe empezar
a tomar apuntes y a realizar experimentos originales.
También debe escribir un diario para
alcanzar sus objetivos y no malograrse. Cuando el escritor comienza a meditar
en el resultado de su actividad se le presenta el problema de la originalidad,
y en este campo Gombrowicz era un maestro. La más de las veces pensaba que su
vida no era interesante, que a él no le ocurría nada que valiera la pena contar
en los diarios.
Aquí, en la Argentina, se nos aparecía
como una persona sin pasado, un Deus ex machina, y tanto era así que los
cubanos habían hecho correr el rumor en el café Rex de que era hijo de un
relojero próspero de Varsovia, y de que de esta profesión provenía su
filosemitismo. Ya sabemos que Gombrowicz se sentía confuso y en contradicción
con la naturaleza.
Al momento de ponerse en contacto con la
naturaleza Gombrowicz se transformaba en un demonio, en una verdadera
anti-naturaleza. La importancia que fue tomando el dolor respecto de la muerte
con el transcurso del tiempo era, a su juicio, la causa de esta inseguridad,
pero la causa también podría ser el papel preponderante que le daba Gombrowicz
a la actuación y al artificio.
Sea como fuere vamos a ver qué cosas le ocurren cuando se pregunta cómo debía comportarse en los encuentros que había tenido con una vaca en los campos de su amigo Wladyslaw Jankowski. Paseando por un avenida arbolada de la estancia “La Cabaña” en Necochea, detrás de un árbol se le apareció una vaca. Quizá el hecho que lo obligó a realizar indagaciones sobre este encuentro fue que la vaca lo miró.
Sea como fuere vamos a ver qué cosas le ocurren cuando se pregunta cómo debía comportarse en los encuentros que había tenido con una vaca en los campos de su amigo Wladyslaw Jankowski. Paseando por un avenida arbolada de la estancia “La Cabaña” en Necochea, detrás de un árbol se le apareció una vaca. Quizá el hecho que lo obligó a realizar indagaciones sobre este encuentro fue que la vaca lo miró.
Él le había permitido a la vaca que lo
mirara, y si bien es cierto que no estaba en condiciones de sacar de ese
encuentro las consecuencias drásticas que saca Sastre de la mirada, se sintió
tenso y con una vergüenza propia de hombre frente al animal. Continuó el paseo
pero se sentía incómodo, como si toda la naturaleza lo estuviera asediando
mientras lo contemplaba.
La primera idea que le pasó por la cabeza
para resolver esta oposición entre su humanidad y la naturaleza fue la de que
el hombre es no-natural, es anti-natural, pero resulta que Gombrowicz tenía la
tendencia a establecer contacto con lo inferior. En el mundo humano pone al
descubierto la dependencia que tiene la conciencia superior de la inferior,
recorre el camino descendente de la madurez a la inmadurez.
Entonces, ¿por qué no seguir descendiendo
hasta el fondo en la escala de las especies? Y cuando pareciera que empieza a
seguir los pasos de San Francisco de Asís, de pronto se detiene. Mirar,
contemplar y comprender la naturaleza es una cosa, pero dejarla aproximar como
algo igual a nosotros porque la comunidad de la vida nos engloba, tutearla, es
demasiado.
En este punto Gombrowicz regresa
rápidamente a su casa humana y cierra la puerta con doble llave. La negativa a
reconocer la humanidad de una vaca, es decir, de la naturaleza, una negativa
que se le traduce en fatiga y aburrimiento a partir del momento en que intenta
reconocer a esa vida inferior en un pie de igualdad, vendría a ser una de las
características principales de la humanidad de Gombrowicz.
El realismo y la sensatez de su postura
frente a la vida le abren las puertas a la fantasía y al absurdo en su creación
literaria. En “La rata”, una historia escabrosa de extroversión e introversión,
Gombrowicz saca a la superficie con ligereza e indiferencia el aspecto
automático que tiene la muerte. “La rata” es uno de los relatos cortos que
Gombrowicz escribió en 1937, el año de la publicación de “Ferdydurke”, su obra
fundamental.
“La rata” ilustra todos los fermentos del
alma de Gombrowicz. En este cuento se manifiesta su talante de demonólogo de la
forma y su carácter de demiurgo de la inmadurez a los que apunta con tanta
inteligencia y genio este magnífico integrante de los tres mosqueteros. Un
malhechor llamado Huligan asolaba con sus fechorías una comarca de Polonia.
Tenía un carácter exuberante y no admitía
restricciones de ninguna especie. Odiaba a los ladrones de carteras y de cosas
pequeñas, si tenía que elegir entre pellizcar a alguien o despacharlo al otro
mundo con un golpe violento, lo liquidaba y seguía caminando y cantando a pleno
pulmón. Nadie podía atribuirle un asesinato vil o hecho a traición, todos sus
asesinatos tenían un aspecto noble y los realizaba al son de una tonada.
“Ay, María, María, Mariíta mía”. Amaba a
María más que a nadie, la amaba con amplios gestos, entre bailes, saltos y
vodka en abundancia. No concebía el silencio ni la falta de lenguaje tan común
en los hombres de nuestro tiempo. A veces le pesaba la nostalgia, entonces toda
la comarca escuchaba sus lamentos sonoros y lánguidos. Los perros aullaban
dentro de los corrales y su aullido contagiaba a los hombres.
“Ay, María, vida mía”. Poco a poco se
convirtió en una leyenda y se compusieron canciones en su honor con el estribillo:
“Ay, ay, ay, vida mía”. En una villa solitaria vivía un soltero encallecido que
había sido juez y detestaba la fantasía exuberante de la región. Se quejaba a
las autoridades por la tolerancia que tenían con sus asesinatos y sus
escándalos a pleno día.
Pero la policía se mostraba impotente
porque la población lo protegía. Además sólo mataba a unas pocas personas y a
la gente le gustaba presenciar sus asesinatos. Mientras el comisario conversaba
con el ex-juez volaba por los aires un cadáver y llegaba a sus oídos un grito
magnífico, como si miles de bisontes hollaran los campos sembrados y los
prados. La conversación que mantuvo con el comisario no lo satisfizo.
Entonces el juez jubilado se propuso
detenerlo con sus propias manos y encerrarlo en una jaula para limitar su
naturaleza exuberante. Le ordenó a su mayordomo que se colocara debajo de un
árbol en la colina y lo encadenó a su tronco. Excavó con sus manos un hoyo en
el que puso una trampa de hierro y regresó a su casa. Llegó la noche y el juez
miraba a la colina desde un balcón.
Hulingan se encaminó hacia el sirviente a
grandes zancadas para despedazarlo a la luz de la luna pero cayó en la trampa,
el juez llega a la carrera y con mucho trabajo lo transporta al sótano de su
vieja casa. En los días siguientes el jubilado se regocijaba de tener en el
sótano al bandido amordazado para evitar que aullara y provocara escándalos.
Durante meses enteros reinó en la comarca un gran silencio.
Huligan soportaba las vejaciones del juez
en silencio, y su silencio crecía, crecía y se agigantaba en las tinieblas,
digno de sus hazañas más gloriosas. Con la meticulosidad de un ratón de
biblioteca el viejo buscaba el punto flaco del bandido para transformarlo en un
ser de naturaleza estrecha, tan estrecha como la de él. Cuando le quitaba la
mordaza para darle de comer Huligan estallaba en aullidos.
De esa manera la población de las aldeas
se daba cuenta de que estaba vivo. El juez seguía buscando el punto de menor
resistencia y finalmente lo encontró: la rata. En una ocasión una rata entró en
la celda y en ese momento el malhechor se contrajo. El juez le quitó la mordaza
pero Huligan permaneció en silencio, el asco y el miedo lo paralizaron. Cuando
la rata se acercó a sus pies, sujetos al cepo, se rió nerviosamente.
Huligan no se había conmovido ante los
tormentos a que lo sometía el juez pero le tenía mucho miedo a una rata, matar
a una rata con sus propias manos se le aparecía como una acción realmente
inaccesible. El viejo jubilado se convirtió finalmente en el amo de Huligan, y
a partir de entonces, sin la menor piedad, le propinaba todos los días y a cada
momento rata.
Pasaron los años y el mayordomo, hastiado
de todas las tareas que tenía que realizar para maltratar a Huligan, empezó a
maldecir a la rata, al amo, a la casa y al bandido. La tensión crecía y crecía.
Una noche la rata rompió la cuerda que la tenía sujeta, el sirviente bajó la
cabeza y la persiguió, el juez también la persiguió con la cabeza baja, ambos
habían perdido los estribos y se envistieron.
Se oyó un estruendo enorme en el sótano y
los cerebros volaron por el aire. Después de once años Huligan se halló libre.
Lo obsesionaba el pensamiento de qué habría ocurrido con la rata, pero la rata
no aparecía. Había conocido demasiado bien el aspecto horroroso de la rata al
punto que su sola ausencia era más importante para él que los sonidos más
dulces y que todas las brisas del mundo.
El oído del bandido era empleado para
captar el rumor más ligero semejante al que hace una rata, pero la rata no
aparecía. Era increíble que el roedor, durante tantos años unido a su persona
por relaciones tan estrechas y espantosamente profundas, hubiera podido
separarse de él, desaparecer y renunciar a él de buenas a primeras. No había
caso, la rata no aparecía.
Un día la vio, la rata deslumbrada por la
luz buscaba refugio, y las cavidades de la ropa y el cuerpo de Huligan eran los
escondites más a mano que tenía la rata. Huligan empezó a correr seguro que
detrás de él galopaba la rata, estaba confundido y sin darse cuenta se metió en
la cabaña de María, la muchacha dormía con la boca abierta. De pronto apareció
la rata y empezó a remolonear cerca de las faldas de María.
El bandido había descubierto la madriguera
y hacía maniobras silenciosas para que el roedor se metiera en ella, pero,
repentinamente, algo atrajo a la rata hacia la rodilla derecha de la joven, y
Huligan se quedó paralizado. El terror que le produjo el contacto de la rata
con María hizo que el bandido aullara. Aulló como en el pasado para despertar
al mundo entero.
Se lanzó aullando contra la rata, ya no
tenía miedo, la atacó de frente, tenía la convicción de que estaba acorralada,
pero ocurrió algo terrible. La rata, ciega de terror, sintió la necesidad de
meterse en un agujero, se dirigió rápidamente a la boca de María y saltó dentro
de la cavidad abierta de la muchacha dormida. María, semidormida, se despertó
sorprendida.
Cerró las mandíbulas mecánicamente pero de
manera implacable y puso fin a la máquina del horror: la rata terminó con la
cabeza guillotinada. Un mordisco en el cuello consumó la muerte de la rata. La
rata dejó de existir. Huligan tuvo que enfrentase a la espantosa muerte de la
rata en la adorable cavidad oral de su amada María. Y con esa visión en los
ojos desapareció.
“Da un paso y otro paso y otro paso, pero
lo sigue aquella rata muerta. Paso tras paso, paso tras paso, y en la boca de
María sigue la rata muerta”. Uno de los propósitos deliberados que tenía
Gombrowicz era el de desvincular la conducta humana de la voluntad y del
determinismo psíquico. A la voluntad la trasponía con el automatismo y al
determinismo psíquico con partes del cuerpo.
Entre el idioma de la naturaleza y el
idioma de sus novelas Gombrowicz busca un lenguaje intermedio, el del “Diario”.
Dos de los reproches más frecuentes que suelen hacerle a Gombrowicz son los de
su falta de sinceridad y su histrionismo, cargos que son más bien aplicables a
sus diarios que a su obra artística. Hay que decir que los diarios de
Gombrowicz tienen una génesis particular.
En efecto, Gombrowicz empieza a escribir los diarios porque, según lo sentía él, su empleo de bancario le impedía emprender proyectos literarios de mayores alcances. Gombrowicz comienza a publicar sus diarios cuando todavía no había alcanzado la celebridad pero, lamentablemente para su suerte, la gente sólo compra diarios de escritores famosos.
Uno de los propósitos que tenía Gombrowicz
cuando escribía los diarios era introducir a los lectores por una puerta
lateral en los bastidores de sus novelas y de sus piezas de teatro. Su época le
estaba pidiendo a la palabra que fuera, además un recurso artístico, un
instrumento del devenir del escritor en el mundo, algo íntimamente ligado a la
vida y a la otra gente para definir y fijar su lugar en la sociedad.
Gombrowicz le agradece al Ser Supremo por
haberlo sacado de Polonia y lanzado a la Argentina. También le da las gracias
al Ser Supremo Dios por haberle permitido escribir el “Diario”. El quid de las
obras de Gombrowicz, por lo menos en una gran parte, es su propia vida. Pero,
¿es su vida o una puesta en escena de su drama personal lo que relata en sus
diarios?
Amordazado en Polonia, aislado del gran
mundo por el exotismo de la legua polaca, acorralado en el ambiente cerrado y
estrecho de le emigración, en esta bruma nacían sus obras difíciles. A tal
punto eran difíciles sus obras que en el mismo corazón de París debieron luchar
duramente para ser reconocidas. La superficialidad de las cabezas polacas con
las que trataba en el emigración era enorme.
Se la podría medir por el hecho de que el
mismo “Diario”, más fácil de comprender en apariencia que sus otras obras
creativas, no conseguía penetrar en sus cerebros. Lo tildaron de egotista, no
se les ocurrió pensar que uno puede hablar de sí mismo sin que su yo sea por
eso egotista y trivial, sino alguien consciente, con un egotismo metódico y
disciplinado, y un objetivismo desarrollado y distante.
Cuando estaba llegando a los cincuenta
años empieza a escribir sus diarios y emprende un camino sin regreso hacia la madurez.
Gombrowicz es creado por su obra pero ahora es ese Gombrowicz el que a por fin
le dicta su ley al “Diario”, ahora es él el que escribe, el que crea su propia
obra. Es un sentimiento nuevo que se le contrapone al sentimiento de que su
obra se había escrito sola, por fuera de él.
La tensión entre la grandeza y la falta de
seriedad, un registro profundo que aparece en el "Diario" de
Gombrowicz, le sigue los pasos a la representación de los sentimientos. Un
sentimiento que se representa y un sentimiento que se vive son dos cosas casi
indiscernibles: decidir que amo a mi madre quedándome junto a ella o
representar una comedia que hará que permanezca con mi madre, es casi la misma
cosa.
Dicho de otro modo, el sentimiento se
construye con actos que se realizan; no puedo pues consultarlo para guiarme por
él. Lo cual quiere decir que no puedo ni buscar en mí el estado auténtico que
me empujará a actuar, ni pedir a una moral los conceptos que me permitirían
actuar. La idea de la representación de los sentimientos es el centro de
gravedad alrededor del cual giran las ideas de Gombrowicz.
También éste es el origen de su
inseguridad personal que se le puso de manifiesto en su juventud. Como no le
aparece clara la diferencia que existe entre un sentimiento sentido y uno
representado no está seguro de que pueda coger el toro por los cuernos. “Ya
está listo para la impresión. Lo he revisado. He corregido algunas cosillas. Ya
lo puedo enviar a Giedroyc para que aparezca el volumen de mi diario (...)”
“Estoy lejos de sentirme satisfecho. Lo
diré con sinceridad. Uno de los objetivos más importantes que palpitaba en mí
en esos años, cuando me ponía a trabajar en el diario, no ha sido cumplido.
Ahora lo veo claramente... y me deprime... No he sabido expresar debidamente mi
transición de la inferioridad a la superioridad, ese paso del Gombrowicz
insignificante al Gombrowicz significante (...)”
“El sentido espiritual de esta cuestión no
ha sido debidamente tratado. Tampoco lo han sido el sentido vergonzosamente
íntimo, ni el sentido social. Las conveniencias resultaron más fuertes. Cada
vez que tocaba este tema, siempre se me desmenuzaba, se me volatilizaba, se me
transmutaba en broma fácil, en polémica, en aparente fanfarronería, en
provocación..., en simple crónica (...)”
“Los medios de expresión trillados de la
literatura han conseguido imponérseme. A los fragmentos de mi diario que tocan
esta cuerda les falta energía, coraje, seriedad e ingenio. Es un fracaso
personal -estilístico- considerable. Y dudo que en el futuro pueda coger ya a
este toro por los cuernos. Es demasiado tarde. El presente volumen contiene los
textos de mi diario que se han venido publicando en ‘Kultura’ (...)”
Estos textos están completados con
fragmentos hasta ahora inéditos. Aún me queda algo en reserva, pero ese
material, más íntimo, prefiero no incluirlo. No quisiera exponerme a tener
problemas. Quizás algún día... Más adelante. Es una escritura bastante
desordenada, hecha de un mes para otro; seguramente me repito o me contradigo
más de una vez (...)”
“¿Qué hacer? ¿Ordenarlo? ¿Pulirlo? Prefiero que no quede demasiado relamido”. Gombrowicz siente a sus tres debuts, el de Polonia, el de la Argentina y el de polaco emigrado, como se podría sentir la presencia de un archienemigo, y a su cuarto debut con el “Diario”, como una espada flamígera. En “Aventuras” también se siente la presencia de un archienemigo y la posibilidad de una salvación.
Gombrowicz escribió “Aventuras” en el año
1930, una narración en la que retoma el idioma de la naturaleza. Esta novela
corta termina en un pasaje que nos contaba reiteradamente en el café Rex. En
aquel tiempo comenzaba a frecuentar los cafés literarios y seguía escribiendo
novelas cortas. Decide permanecer en Radom pero choca con la hostilidad de los
abogados locales.
Estos abogados en su gran mayoría
pertenecían al Partido Nacional, una agrupación política de derecha. Sus
partidarios se escandalizaban por sus relaciones con centros de izquierda y,
particularmente, por las que tenía con Wiadomosci Literackie. Desde ese momento
renunció a la continuación de su carrera jurídica. “Era una época en la que
estaba en mala disposición con el arte (...)”
“Me saturaba de Schopenhaher y de su
antinomia entre la vida y la contemplación, y de Mann en cuya obra ese
contraste tiene un aspecto más doloroso. El arte era para mí el fruto de la
enfermedad, la debilidad, la decadencia; los artistas, por así decirlo, no me
gustaban, personalmente yo prefería al mundo y a la gente de acción. Estas
fobias, a mi edad, eran apasionadas (...)”
“Yo tenía entonces veinticinco años, que
es cuando todavía no se ha renunciado a la belleza. El mundo artístico me
atraía por su libertad y su resplandor, pero me repudiaba física y moralmente”
En este cuento hay dos personajes: el protagonista y el Negro. Es un relato
fantástico sobre la naturaleza del encierro y del miedo, pero lo es más bien
como un acontecimiento exterior.
Unas aventuras cuyas variaciones son
mecánicas y automáticas, y ajenas a los fenómenos psíquicos y a las
concepciones morales. En el mes de septiembre de 1930 el protagonista navegaba
rumbo a El Cairo y cayó en las aguas del Mediterráneo. Advirtieron su caída
pero el barco ya se había alejado un kilómetro, el capitán se puso muy nervioso
y ordenó un regreso a toda marcha.
La maniobra fue tan brusca que cuando el
gigante llegó donde estaba el protagonista no se pudo detener. El navío volvió
a dar la vuelta pero otra vez lo volvió a pasar como un tren a toda velocidad,
esta maniobra se repitió diez veces hasta que un yate se acercó y lo recogió,
mientras el otro barco retomaba tranquilamente su ruta. Por casualidad
descubrió que el capitán del yate tenía el rostro y los pies blancos pero era
negro.
El capitán se puso furioso, lo hizo atar,
lo encerró en un camarote y empezó a alimentar un odio ilimitado. Era la única
persona en el mundo que había descubierto su secreto: era un negro blanco.
Durante los ocho meses siguientes navegó sin parar y se deleitó con el poder
que le proporcionaba el tenerlo encerrado en un camarote oscuro. Un día,
finalmente, lo condujo al puente del yate y el protagonista se preparó para
morir.
Fue colocado en el interior de un
recipiente de cristal en forma de huevo, podía mover los brazos y las piernas
pero no cambiar de posición. El Negro le enseñó el mapa del océano Atlántico y
señaló la ubicación del yate, estaban en el centro del mar, entre España y
México. En esa zona marítima las corrientes eran circulares, si algo caía al
agua, después de un viaje de circunvalación, volvería a pasar por el mismo lugar.
Lo equiparon con tres mil comprimidos de
caldo que le alcanzaban para vivir diez años, con un pequeño instrumento para
destilar agua, y lo tiraron al océano. Como las paredes del huevo eran de
cristal observaba todo lo que pasaba en el exterior. Bajo la superficie del mar
había una calma verdosa, pero arriba el mar estaba muy agitado, finalmente
estalló una tormenta y se levantaron olas gigantescas.
El Negro lo siguió un par de semanas,
después se aburrió y tomó otro rumbo. Tenía ganas de aullar encerrado en ese
huevo pero se puso a cantar ya que el desencadenamiento de los elementos
marítimos lo predisponía al canto. Un barco francés lo atropello, rompió el
cristal del huevo y lo rescató. Habían pasado unos años desde que el Negro lo
tirara al océano.
Cuando desembarcó en Valparaíso se
escondió, estaba convencido de que el Negro lo había seguido, había disfrutado
mucho de él y no iba a renunciar a ese placer. El protagonista atravesó el
mundo huyendo de esa amenaza, finalmente le pareció que el lugar más seguro era
Islandia, pero ya en el puerto apareció el Negro, lo atrapó y lo condujo al
yate.
Después de largos meses de prisión
sofocante pudo respirar nuevamente el fresco del aire marítimo en el puente de
popa. Vio una enorme bola de acero cuya forma recordaba a la de un obús,
abrieron una portezuela lateral y lo arrojaron a su interior donde había un
pequeño saloncito. Se encontraban en el Pacífico, en el punto del abismo
oceánico más profundo del mundo.
El Negro tenía curiosidad por saber qué existiría
en el fondo del mar al que vería con su imaginación adivinando lo que estaría
mirando el protagonista moribundo. El peso de la bola de acero fue mal
calculado y cuando la tiraron al agua no se hundió, entonces el Negro ordenó
que le engancharan un ancla pesada, el protagonista fue arrojado al mar y
comenzó a descender.
Al final de un viaje de dos horas sintió
una ligera sacudida, había tocado fondo. Pasó el tiempo y no pudiendo resistir
más, comenzó a dar golpes en todas las direcciones. Aquella locura estéril
provocó seguramente algún movimiento en el exterior, y la cadena arruinada por
la herrumbre se rompió, el hecho es que la bola empezó a ascender aumentando a
cada minuto su velocidad.
Finalmente salió disparada como un
proyectil a un kilómetro de altura sobre la superficie del mar. El obús fue
abierto por la tripulación de un barco mercante, el Negro había desaparecido.
Hicieron escala en el puerto de Pernambuco desde donde el protagonista partió
para Polonia. En ese mismo período un gigantesco bólido había caído sobre el
mar Caspio y las aguas se evaporaron en un instante.
Las nubes cubrieron la tierra amenazando
con producir un segundo diluvio universal. Finalmente alguien tuvo la idea de
perforar una nube que se encontraba encima del lecho del mar Caspio en la parte
más ventruda y la nube empezó a desaguar. Cuando se vació por completo otras
nubes ocuparon su lugar y, mecánicamente, el forma automática entregaron el
agua y reconstituyeron el mar.
En su casa de campo de Polonia, descansaba
y se entretenía para pasar el tiempo. El Negro había desaparecido, el otoño se
acercaba. Por mera diversión empezó a construir un globo aerostático tipo
Montgolfier. Una mañana, después que lo tuvo terminado, encendió la llama de la
lámpara y empezó a ascender. Voló sobre el bosque y sobre el río, desde abajo
la población lanzaba gritos jubilosos.
Llegó a una altura de cincuenta metros,
apagó la mecha y empezó a descender. Aterrizó en un patio en el que lo
recibieron con risas y bravos. Interrumpieron la merienda y lo invitaron a
tomar café, queso y pastelillos. El protagonista les propuso que uno de ellos
podía subir a la cesta y volvió a encender la llama. La pasajera que subió le
proporcionaba una alegría íntima mucho mayor que el globo mismo.
Por primera vez en la vida sentía que
estaba perdiendo el juicio mientras ella lo escuchaba con atención. A pesar de
que es bien sabido que las mujeres aman lo aventurero y novelesco, no se
atrevió a contarle nada de sus aventuras con el marinero Negro. Llegó el día
del cambio de anillos. Luego empezó a acercarse también el día de la boda.
Una semana antes de la fecha de
casamiento, se sentía penetrado por el secreto y el escalofrío jubiloso
prenupcial. En ese momento se le ocurrió hacer un paseo en globo durante un día
de tormenta. La tormenta fue tan grande que lo arrastró con fuerza diabólica, y
después de varias horas, al levantarse el telón del alba, vio que debajo de él
se agitaban las olas del Mar Amarillo.
Se despidió por dentro de los viaje en
globo, de los abedules y de los ojos de su amada y se abrió dócilmente a las
pagodas contrahechas, a los bonzos y a las divinidades extrañas. Cuando
descendió de la cesta se le acercó gritando un chino leproso. Tocó con sus
manos la piel pustulosa y lo condujo hacia unas cabañas miserables que se veían
a lo lejos.
Todos los habitantes de la aldea eran
leprosos, pero a pesar de su condición aquellas personas no tenían nada que ver
ni con la modestia ni con la humildad. El protagonista se alejó al instante de
aquel pueblo pero la chusma lo seguía a cierta distancia. Los amenazó con los
puños en alto y los leprosos desaparecieron, pero un momento después lo
volvieron a seguir.
La isla donde había caído ocupaba poco más
de unos quince kilómetros cuadrados, estaba desierta y buena parte de ella era
boscosa. El protagonista caminaba acelerando el paso pues sentía detrás de él
la presencia de aquellos monstruos lascivos y anhelantes.
No sabiendo bien que hacer se internó en
la espesura de la selva pero ellos le pisaban los talones.
Gombrowicz no podía comprender qué es lo
que quería esa chusma roñosa, tenía la misma sensación que se apodera de las
mujeres cuando los vagabundos maleducados las importunan en la calle, primero
persiguiéndolas y después permitiéndose bromas de mal gusto y palabras soeces,
hasta que las pobres se veían obligadas a huir con la cabeza baja.
Si bien ignoraba la causa de la excitación
de esos leprosos, eran evidentes sus demostraciones de obscenidad, de impudicia
y de lascivia, tanto en los monstruos machos con su dura brutalidad, como en
las monstruosas hembras con su diversión maliciosa que no podía significar otra
cosa que inocencia o inmadurez. El protagonista hubiese aceptado la lepra, pero
la lepra y el erotismo a la vez, no.
Estaba enloquecido y empezó a huir, se
escondió en la fronda de un árbol con un garrote en la mano dispuesto a
romperle la cabeza al primero que se acercara. Durante dos meses llevó en la
isla una vida de mono escondiéndose en la cima de los árboles. Finalmente, por azar,
descubrió unas cuantas botellas de petróleo provenientes, posiblemente, de
algún naufragio. Logró inflar nuevamente el globo y levantar vuelo.
Se preguntaba qué podía hacer cuando
volviera a ver los abedules y los ojos de la mujer amada. No, no le era posible
volver, tenía que abandonar todo aquello que ya lo había abandonado a él. “Por
otra parte nuevas aventuras reclamaron muy pronto mi atención. Recuerdo que en
1918 fui yo, yo solo, quien rompió el frente alemán. Como es de todos sabido,
las trincheras llegaban hasta el mar (...)”
“Se trataba de un verdadero sistema de
canales profundos que tenían una longitud que alcanzaba los quinientos
kilómetros. Sólo a mí se me ocurrió la sencilla idea de inundar los canales.
Una noche trabajé a escondidas, cavé un foso que comunicó los canales con el
mar. Al penetrar ininterrumpidamente, el agua inundó las trincheras y corrió
por toda la línea del frente (...)”
“Con gran estupor los aliados vieron a los
alemanes, empapados hasta los huesos, saltar fuera de las fosas enloquecidos de
pánico, cuando despuntaban las primeras luces de un amanecer brumoso".

