dimanche 11 septembre 2011

Juan CRUZ/ El hombre que dispara literatura


ENTREVISTA:
El hombre que dispara literatura
Por Juan CRUZ

Gonzalo Suárez publica a la vez la novela El síndrome de albatros -"crónica de un dolor, real o ficticio, que nos persigue y da un sentido a nuestra vida"- y Las fuentes del Nilo, su narrativa breve completa y génesis de su peripecia literaria

Escribió Millás en la primera edición de la narrativa completa de Gonzalo Suárez: "... este hombre al que hemos oído asegurar que guarda en la recámara de su pistola la bala de la literatura como un recurso último.

No es cierto, no la guarda; de hecho lleva disparándose con ella en la boca desde que escribiera el primero de los relatos que componen este necesario volumen". Catorce años después, Alfaguara vuelve a editar, con el título de Las fuentes del Nilo, "este necesario volumen" de la narrativa completa de este asturiano del mundo, que también hace cine. Además, Seix Barral publica, simultáneamente, la última novela del autor de Doble dos, El síndrome de albatros.

¿Qué supone para él esta súbita abundancia? "La reedición de mis primeros relatos, en sincronía con mi nueva novela, resulta una desconcertante coincidencia. No es habitual que dos editoriales se acuerden simultáneamente de mí y me publiquen el mismo día. Estoy agradecido y confuso como si celebraran de golpe diferentes cumpleaños".

La lectura de El síndrome de albatros convoca la sensación de que uno está ante un manifiesto de libérrima ficción. Y no. "El síndrome de albatros no es un manifiesto sino un libro de aventuras que, por cierto, son frecuentemente autobiográficas, aunque no lo parezcan. Las cosas suceden mientras las lees y sucedían mientras las escribía. También sucedieron, en parte, antes de que el libro se escribiera. O simultáneamente a su escritura, como los asesinatos del puente de Neuilly o el viajero decapitado a 85 kilómetros de Winnipeg o la nevada en el planeta Marte. Tanto el caso albatros como el síndrome Munchausen son casos clínicos extraídos del Harbor Hospital de Torrance. Asimismo, he conocido a la domadora de elefantes y el traslado de Billy, el paquidermo deprimido, al bosque de Stockton también es un hecho tan real como el del hombre que se jugó al póquer a su mujer en su yate y perdió el yate y la mujer...".

Pero "lo importante es que el lector se sienta tan involucrado leyendo como el protagonista al que se le encarga averiguar si uno de los personajes de la ficción existe en la realidad y acaba topándose consigo mismo. Eso me pasó a mí durante la escritura y esa es la faceta lúdica que el lector está invitado a compartir sin perder de vista que el juego es una manera de indagar la vida. Vaya por delante una advertencia: no suelo utilizar la realidad como antifaz de la ficción sino viceversa".

Se dice en El síndrome de albatros: "¿En qué se diferencia un escritor de un jugador? Solo en que el escritor siempre juega con las cartas trucadas. Se las saca de la manga". ¿Puede decirse que esa definición marca su ficción? "Tendría que contestar en presencia de mi abogado, porque todos los escritores somos sospechosos de guardar cartas en la manga y algunos, incluso, de robarlas en mangas ajenas. Desconfío de los que declaran ser honestos y sinceros. Suelo barajar para dejarle bazas al azar y, llegado el momento, soy el primer sorprendido por la carta que me saco de la manga. Así participo del juego. Siempre me asombro de que el conejo salga de la chistera y me apiado del conejo como si no hubiéramos salido todos de una chistera. O precisamente por eso".

Los libros que están en Las fuentes del Nilo son hijos absolutos de la literatura que Suárez dispara. Y El síndrome de albatros conduce a la misma senda. ¿Vuelve al origen? "No entiendo bien qué entendemos, en literatura, por ficción y realidad. ¿Es menos ficción Madame Bovary que el Joseph K. de La metamorfosis, por ejemplo? Toda literatura suplanta la realidad durante el acto de la lectura tanto si se refiere a hechos acontecidos o imaginarios... El síndrome de albatros es la crónica de un dolor, real o ficticio, que nos persigue y por el que se acaba sintiendo apego porque da un sentido a nuestra vida y resulta incluso divertido tratar de escabullirse sin perderlo de vista. En cuanto a Las fuentes del Nilo, es la génesis de una peripecia literaria que comienza con un hombre saliendo de su ataúd y huyendo en pijama. ¿Intenta regresar a su origen o es el origen el que le persigue y le alcanza? Lo único que sé es que todavía no ha dejado de correr. A veces me identifico con él y con el Cary Grant de Con la muerte en los talones.En otras ocasiones, soy un explorador a quien el bosque no le deja ver el árbol. Yo lo llamaría el síndrome de Caperucita Roja".

Escribe como si estuviera escuchando. "Sí, pero no todo lo que oigo es fiable. A veces me dejo llevar como el albatros tras un barco a la deriva. En otras ocasiones, soy como ese enano del final del libro que, desde lo alto de una montaña, vigila el entorno para localizar los incendios. Por cierto, lo conozco, se llama Rogelio. Desde arriba, era el enano más alto del mundo, hasta que un rayo incendió su puesto de observación. Ahora vive en un pueblo que se llama como la montaña y que, durante la Segunda Guerra Mundial, los aviones alemanes bombardearon por considerarlo un enclave estratégico, matando a parte de sus pacíficos habitantes. Ese es el tipo de historia para la que no se necesita oír voces, la encuentras paseando. Y esa es la razón por la que, mientras escribo, procuro no perder de vista el entorno. Por si acaso".

Una novela nueva, un volumen de historias. ¿Un balance? "Tengo prejuicios. Considero que un éxito excesivo es una grosería. Si, además, es ostentoso, es una obscenidad. Soy consciente de que, en este país o en otro cualquiera, si circulas por autopista y no vas por donde la autopista lleva, hay que pagar peaje. No me siento demasiado contento de mí mismo, pero creo haber tenido el éxito necesario para seguir haciendo libros y películas sin asumir los dictámenes del mercado. A menudo me asalta el temor de haber defraudado las expectativas de editores, productores, amigos, familia y otros cómplices. Quisiera resarcirles. Me gusta gustar a los que me gustan".

Y disparar literatura. Como disparaba desde los tiempos en que también se llamaba Martín Girard.
Las fuentes del Nilo. Gonzalo Suárez. Alfaguara. Madrid, 2011. 688 páginas. 27 euros.

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CRÍTICA:
Me llamo José Ditirambo
Por Lluis SATORRAS

Gonzalo Suárez ha levantado una obra considerable en el terreno cinematográfico y en el literario, y su competencia en ambos campos se pone de manifiesto en cualquiera de sus obras.

En El síndrome de albatros, el punto de partida es un texto escénico de carácter erótico y el de llegada un guión cinematográfico donde el erotismo ha adquirido aires paródicos. Ese entremés teatral se titula con gran propiedad Lujuria y es el inicio de una investigación literaria promovida por la celosa viuda del supuesto autor que quiere saber "qué pasó más allá de la ficción y quién es quién". De ese enigma central, una interrogación sobre la relación entre la ficción y la realidad, parten los hilos sinuosos de una narración en que los entrecruzamientos entre lo real y lo ficticio llevan al delirio. Como otras veces, Suárez empieza por un encargo, la misión que la inevitable mujer fatal encarga a un hombre, esta vez un escritor. Como sucedía cuando el protagonista era un detective, uno de sus primeros personajes de ficción, el inolvidable José Ditirambo. Ahora no se trata de buscar a un asesino, pero sí que hay asesinos y asesinados (o quizá sólo uno de cada clase repetido varias veces o ninguno, todo imaginación). Es posible que el trío de personajes que intervienen en la escena inicial estén siempre presentes, sólo que pasen a ser otros en un proceso de transformismo continuo, pues así avanza el relato, todos cambian, todos se vuelven otro con alegre desenfado.

La narración saltarina y caprichosa nos presenta a los personajes propios de la serie negra con matices burlones, ofrece repetidas vistas del cementerio y algunas escenas macabras que transcurren en él, presenta a un exboxeador (¡naturalmente!) como ayudante del protagonista verdaderamente divertido, capta momentos precisos en que se evoca alguna secuencia cinematográfica y muestra una imagen típicamente aventurera con una mirada irónica y al mismo tiempo melancólica: la mujer que se fuga en compañía de su hijo en una avioneta pilotada por su amante. Además, nos emocionamos con una escena que vale un potosí, aquella en que una niña manipulando muñecos remeda ante otros niños el asesinato de sus padres. Todo esto resulta atractivo aunque uno encuentre a faltar algún hilo tangible que sirva para unir mejor el conjunto. Uno está en principio dispuesto a creerlo todo, a aceptar los sucesos que no han sucedido, lo que ha pasado de dos maneras distintas, los personajes reales que no existen, los muertos hablantes y los seres que se cambian por otros. Uno es un lector confianzudo y acepta con naturalidad que la verosimilitud la garantiza la propia escritura. Sin embargo, cuando empieza la segunda parte, cuando surge ex nihilo un nuevo investigador que es psiquiatra y encima un "psiquiatra loco", la narración da una nueva vuelta de tuerca, todo se replantea una vez más y es ya difícil mantener el clima de confianza. Hay que pensar que la parte final se le ha ido de las manos al autor. Como se dice en la novela, estamos haciendo "juegos malabares con manzanas envenenadas". Y estas últimas se han cobrado un peaje.

Articulo : http://www.elpais.com  10/09/2011

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