dimanche 25 septembre 2011

La juventud perpetual


La juventud perpetual

Frédéric Beigbeder es, junto a Michel Houellebecq, el autor más exitoso y traducido de la Francia actual.

Figura muy mediática, ha colaborado como cronista de la noche o crítico literario en revistas, periódicos y televisión, hasta que publicó 13.99 euros , que permaneció meses en las listas de bestsellers, pero fue la causa de su despido en la agencia de publicidad en la que trabajaba, al revelar los secretos de la propaganda moderna. Windows on the World ySocorro, perdón , así como Último inventario antes de liquidación , en el que reseña en forma desprejuiciada los 50 mejores libros del siglo XX, confirmaron a Beigbeder como heredero de la tradición satírica o del furor declamatorio que ha producido a esos genios del descontento que son Molière, Voltaire, Diderot, Victor Hugo, Zola y tantos otros que han iluminado a una de las grandes literaturas del mundo.

Una novela francesa , su último título, merecedor del prestigioso Premio Renaudot, es parecida y distinta a todo lo que antes ha concebido Beigbeder. Parecida, porque se basa, de manera exclusiva y excluyente, en sus propias vivencias, y distinta, ya que ahora no hay disfraces u omisiones, sino el retrato descarnado de él mismo, de su familia, de lo que es capaz de recordar. Hacia el final, en el capítulo llamado "Mitómanos", nos dice lo siguiente: "Es la historia de una Emma Bovary de los setenta; es la historia de un niño melancólico porque creció en un país suicidado, criado por unos padres deprimidos por el fracaso de su matrimonio; es la historia de la muerte de la gran burguesía cultivada; es la historia de un país que consiguió perder dos guerras haciendo creer que las había ganado: es la historia de una nueva humanidad, o de cómo unos católicos monárquicos se convirtieron en capitalistas mundiales. Así es la vida que he vivido: una novela francesa".

El suceso que gatilla la escritura es el arresto de Frédéric, a las puertas de una discoteca, por consumo de cocaína en la vía pública y los días siguientes bajo detención preventiva en condiciones infrahumanas. Irónicamente, muy poco después, su hermano, el empresario Charles Beigbeder, recibirá la Legión de Honor de manos del Presidente de la República. El problema más grave es que Frédéric, adolescente perpetuo que a los 45 años se niega a madurar, no logra rememorar nada de su niñez ni de sus primeros años: "Mi infancia está por reinventarse: la infancia es una novela. Dado que Francia es una nación amnésica, mi ausencia de memoria es la prueba irrefutable de mi nacionalidad".

Sin embargo, de modo imperceptible, en la soledad de la prisión se van abriendo espacios, luces, empiezan a aparecer rostros, personas, fragmentos de diálogos y aunque Beigbeder no posea la gigantesca memoria de Proust, a quien cita en un par de pasajes, se las arregla para componer un cuadro vívido y elocuente de los cataclismáticos cambios que ha experimentado su patria. La mayor virtud de esta obra es, sin duda, su honestidad. Y cuando estamos frente a un texto tan honesto, podemos, casi sin percibirlo, encontrar verdaderos descubrimientos sobre la naturaleza humana, terreno en el que la literatura mantiene varios cuerpos de ventaja sobre las ciencias, como lo señala Houellebecq en el prólogo. EnUna novela... notamos que, en el presente, la vida de un hombre se divide en dos períodos, la infancia y la edad adulta y que resulta inútil discutir lo contrario. Quizá en otro tiempo existía una tercera fase, llamada vejez, que hacía de nexo, pues volvían las reminiscencias de la infancia y ello otorgaba unidad a una vida humana. Hoy por hoy, eso parece estar desapareciendo.

La familia de Beigbeder, mezcla de la alta burguesía y la aristocracia provincial, es examinada desde el heroísmo absurdo de la Primera Guerra Mundial, el comportamiento cuasi suicida de la Segunda para ser, a partir de 1945, dominada por un intenso apetito de consumo, que alcanzará un nivel de paroxismo con posterioridad a 1968. El acontecimiento más divertido y escalofriante tiene lugar cuando los abuelos de Frédéric, monárquicos, católicos, derechistas, dieron refugio a una familia judía durante la ocupación alemana porque el arzobispo de Toulouse dijo en una homilía que todos somos hermanos. Y también, claro está, porque eran gente rica y distinguida.

Una novela... podría resentirse por el acusado narcisismo de Beigbeder, que centra la narración en un solo punto de vista. Aún así, es una crónica fascinante y desmitificadora del mundo contemporáneo.

Articulo : http://diario.elmercurio.com 18/09/2011

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