PENSAMIENTO
Filosofía: una comunidad inexistente
Por Manuel CRUZ
Quizá los filósofos deban fijarse en los
científicos para compartir procedimientos fecundos en el desarrollo de sus
conocimientos
Quizá los filósofos deban fijarse en los
científicos para compartir procedimientos fecundos en el desarrollo de sus
conocimientos
Nosotros somos seres racionales
de los que toman las raciones en los bares
Siniestro Total, Somos Siniestro
Total
Desde que Thomas S. Kuhn le concediera un
lugar preeminente en su propuesta teórica, el concepto de comunidad
científica ha venido siendo utilizado cada vez con mayor asiduidad para
referirse al conjunto de autores que comparten el conocimiento y la práctica de
una misma disciplina. Sin embargo, está lejos de ser evidente que el concepto
pueda utilizarse de forma tan irrestricta como suele hacerse. Por poner el caso
que mejor conozco, el de la comunidad filosófica, me atrevería a afirmar que uno
de los rasgos más característicos de su peculiar naturaleza es precisamente el
hecho de que incumple buena parte de los estándares que Kuhn prescribía a una
comunidad para ser tal, esto es, para desempeñar el papel protagonista en la
historia de su disciplina que, según él, desempeñaban aquellas comunidades que
sí los cumplían.
Entre filósofos no existen ni las revistas
de referencia que sancionan de forma irreversible lo que debe ser considerado
un avance de la disciplina, ni los libros de texto universalmente aceptados que
sirven para formar a los futuros miembros de una comunidad, ni ninguno de los
demás rasgos con los que el autor de La estructura de las revoluciones
científicas describiera a dicho tipo de grupo. Y aunque es cierto, como ha
sido señalado en más de una oportunidad, que algunos filósofos parecen haberse
deslizado en los últimos tiempos hacia un hiperespecialismo que no tiene nada
que envidiar al de los científicos duros más conspicuos (de manera que no es
raro que, pongamos por caso, el especialista en filosofía griega alardee de
desconocer por completo el pensamiento contemporáneo, el esteta sonría
displicente ante cualquier tipo de consideración ética y el ético, a su vez,
desdeñe todo lo relacionado con la lógica formal o la teoría de la ciencia) lo
cierto es que, en el interior de cada uno de esos universos, no rigen criterios
inequívocos a la hora de valorar las aportaciones y propuestas de un autor.
Probablemente sea eso (sin descartar
motivaciones psicológicas, que, como es obvio, no vienen al caso) lo que se
encuentra en el origen de esa variedad de aparentes elogios (en el fondo,
inequívocamente envenenados) que se prodigan entre sí los miembros de la
comunidad filosófica, de los que un inicial muestreo podría ser el siguiente (entre
paréntesis se indica lo que el presunto elogiador de veras opina):
1. "En realidad es un
poeta" (o sea, no es un genuino filósofo).
2. "Es una pena que se haya
metido en política" (de hecho, siempre utilizó el pensamiento como palanca
para alcanzar el poder).
3. "Donde de verdad luce es en
sus conferencias" (no nos engañemos, lo suyo es una pirotecnia
insustancial pero muy efectista, propia de un encantador de serpientes sin
mayor fundamento teórico).
4. "Su mejor libro es el
primero" (esto es, desde entonces no ha hecho otra cosa que repetirse).
5. "A mí donde más me gusta es
en sus artículos periodísticos" (... porque los libros que ha escrito -la
prueba del algodón para comprobar el talento del auténtico filósofo- carecen
del menor interés).
6. "Sin duda es un tipo muy
listo" (de hecho, ha salido a flote por su principio de realidad -i. e.,
por su capacidad de adaptación al medio- pero no por sus méritos propiamente
filosóficos).
7. "Es muy trabajador: no para
de hacer cosas" (en definitiva, sustituye la calidad por la agitación
pública permanente del propio nombre)... Y así sucesivamente.
Como se habrá podido observar, el común
denominador de todos estos aparentes elogios es que localizan las virtudes del
presunto elogiado en un lugar distinto (y de menor importancia o
valor) del que se supone que realmente debería contar, que no es otro que la
actividad académica, entendida, además, en un sentido extremadamente
restrictivo. El problema es que ese lugar desde el que se pretende dictaminar
la ausencia de valor de la tarea ajena es, en sí mismo, un lugar de casi
imposible definición (por no decir un lugar vacío). Buena prueba de ello la
constituye el hecho de que también los elogios, aunque sean sinceros, que a
menudo estos hipercríticos-con-los-otros dedican a los del propio
grupo resultan susceptibles de análoga decodificación. En efecto:
1. Afirmar de alguien que es "un
filósofo socrático" se puede interpretar, no sin cierta malevolencia, como
equivalente a que el elogiado no ha escrito prácticamente nada,
2. Señalar que "ha dedicado toda
su vida a la universidad" admite sin gran esfuerzo la traducción libre de
que el personaje en cuestión se las ha apañado para no dejar en ningún momento
de ocupar algún carguito en el organigrama universitario,
3. Enfatizar que "se ha negado a
hacer concesiones fáciles" casi siempre es una forma maquillada de decir
que sus textos resultan de muy difícil inteligibilidad; o, en fin (por terminar
en algún sitio),
4. Resaltar (por lo general con tono
solemne y voz engolada) que un pensador determinado "posee un sólido
conocimiento de los clásicos" a menudo de lo que de veras está informando
es de que el susodicho está decididamente al margen de los debates más actuales
y urgentes.
Tal vez a los filósofos no nos viniera del
todo mal disponer de criterios unánimemente compartidos que nos permitieran ir
dirimiendo, de la forma más consensuada posible, el genuino valor de nuestras
propuestas teóricas. Tras tantos años denostando la manera de funcionar de los
científicos (tan incapaces ellos, según nuestros autosuficientes clásicos -la
desdeñosa crítica de Heidegger a la técnica vendría a constituir un ejemplo
paradigmático-, de pensar el sentido profundo de su propia tarea), acaso haya
llegado la hora de importar alguno de esos criterios que, desde luego, tan buen
resultado parecen haber dado a los primeros en sus respectivas disciplinas.
Cuando menos, les ha permitido constituirse en comunidad e ir pactando
procedimientos fecundos para el desarrollo de sus conocimientos. Habrá que ir
con cuidado, claro está, para que lo que se importe sean sus virtudes y no sus
patologías. Pero en todo caso siempre resulta preferible constituir comunidad
que no mera tropa (conde de Romanones dixit), especialmente si a lo
que ésta se aplica con especial ahínco es a la producción de elogios
envenenados del tipo de los relacionados en el presente texto.
Manuel Cruz obtuvo el Premio Espasa
de Ensayo 2010 con su libro Amo, luego existo. Ha compilado el
volumen colectivo Las personas del verbo (filosófico). Herder.
Barcelona, 2011. 208 páginas. 19,50 euros.
Articulo : http://www.elpais.com 24/09/2011
