dimanche 25 septembre 2011

Matías SERRA BRADFORD/ El gusto de las vacaciones


LITERATURA
El gusto de las vacaciones
Por Matías SERRA BRADFORD

Admirado a la vez por E. M. Forster y William Burroughs, Welch fue un escritor secreto y extravagante, que, de a poco, empieza a conocerse en español.

No pocos editores adoptan el pasatiempo favorito de Denton Welch: recorrer casas de antigüedades en busca de joyas arrumbadas. El mismo Welch se convirtió en una de ellas hasta que fue rescatado, precisamente, por diversas editoriales, primero en su idioma y luego en otros. Como sea, tres libros, algunos relatos dispersos y un diario íntimo le bastaron a Welch, en tan sólo treinta y tres años –de 1915 a 1948– para ganarse un rincón en la literatura inglesa del siglo XX. Al igual que muchos otros ciudadanos británicos –como los escritores Mervyn Peake y J.G. Ballard– Welch nació en China. Desde muy chico tuvo pasión por coleccionar. Ya de vuelta en Inglaterra, en el colegio fue a la misma clase que Roald Dahl, encuentro perfecto entre un sádico y un masoquista: a menudo Dahl le torcía el brazo por detrás de la espalda hasta que Welch se rendía con un llanto. De contextura frágil y vivaz, usaba bufandas llamativas, reparaba casas de muñecas, salía de picnic a solas y no era raro que encerrado en su cuarto se pusiera a bailar. Welch estudió arte con Edward Bawden, que decía que no podía hablar con él más de dos minutos seguidos por lo inquieto que era. El libro que lo puso en el camino de la escritura fueVerano hindú, de J.R. Ackerley. La biografía de James Methuen-Campbell cuenta también que Welch visitó y retrató a Lord Berners –el autor de El camello –, alguien que luego se convirtió en un admirador un tanto reticente. El elenco de sus adeptos más fieles es heterogéneo y sustancial: E. M. Forster, Cyril Connolly (para quien Welch tenía la clarividencia de un genio y la malicia de un convaleciente), Edith Sitwell, John Betjeman y William Burroughs. El sigiloso Jocelyn Brooke lo comparó con Ronald Firbank. Por la riqueza y color de sus temas, Alan Bennett lo relacionó con Dylan Thomas y Christopher Fry. La “incapacidad para la torpeza” que observó un amigo en Welch se extendió espontáneamente a su escritura.

A solas con el mundo

En la juventud está el placer –que también se podría haber traducido Juventud, divino tesoro– Orvil Pym, un tímido de 15 años, va a pasar sus vacaciones a un hotel, con su padre –su madre murió hace tiempo– y sus dos hermanos. Reman en un brazo del Támesis y pasean por los alrededores. El padre de Orvil le dice Microbio porque es el hijo menor. Su hermano Ben es “una buena persona, pero sólo podía demostrar alegría cuando hablaba de cosas violentas”. Orvil se fabrica penitencias, visita iglesias y es un aficionado al dibujo (como Welch, miembro de una larga y noble tradición de escritores artistas). Un día Orvil pide prestada una bicicleta – leit motif tan feliz como desgraciado en la vida de Welch, a quien un accidente le traería complicaciones que derivarían en una muerte obscenamente temprana– y es sorprendido por un diluvio. Un desconocido lo invita a guarecerse en su cabaña. Al oír desde adentro la lluvia cayendo a ráfagas, siente un estremecimiento placentero: “Estos contados momentos que sólo sucedían en medio de una tormenta furiosa eran mejores que casi cualquier otra cosa en el mundo”. Welch es excelente en los instantes en que alguien se queda a solas o en un lugar que lo incita a actuar para sí mismo. Pocos como Welch para retratar pasajes de exaltación súbita, a medias comprendidos, y que dan pie a ese raro don del escritor solitario: provocar ganas de leerlo en voz alta. En A Voice Through a Cloud escribió: “Pensé en la amistad como en un huevo que nunca rompe el cascarón”. Algo que podría conectarse con lo que dijo el poeta Auden: “¿No somos, emocionalmente, lo que de hecho es Welch: huérfanos, cada uno viajando solo en una travesía que, aun si se dirige hacia peligros desconocidos, al menos nos aleja de los temores que conocemos?”.

Maestro del detalle, que inquieta o despierta una sonrisa en el lector, de repente Welch coloca a Orvil frente a una casita extraña: “Una chimenea torcida y como de azúcar se elevaba desde el centro, dándole a la cabaña la apariencia del tintero hermosamente decorado de un gigante”. El furor de lo minúsculo y el constante juego con las proporciones recuerdan a Memorias de una enana de Walter de la Mare. Algunas páginas más y la curiosidad de Orvil se va por las ramas y su mente se convierte en una especie de aleph: “Pensó en ruinas perdidas en valles boscosos; gatitos con caras negras; rebanadas de pan en un portatostadas de estilo neogótico parecido a la nave de una catedral en miniatura; bellas piedras sin tallar que recordaban a pastillas gastadas”. Hay algo en el tono de Welch de cuento infantil para adultos. Impera un animismo general, para con objetos y animales –que cobran una dimensión inesperada–, y reina una intuición psicológica y descriptiva de una sencillez y una delicadeza poco comunes: “Como de costumbre, sintió una ansiosa expectativa; siempre tenía esta sensación en cuanto entraba a una iglesia, si iba solo”.

Prestidigitador es una palabra que de ninguna manera le queda grande a Welch, sobre todo por su habilidad para con una de las claves olvidadas de la ficción: saber sugerir cómo llega psicológicamente un personaje de una escena a la siguiente (con sólo contar lo que acaba de hacer). Pero también por su pericia para crear aquello que suele soslayarse: el modo vertiginoso, sesgado, que tiene un relato de hablar de sí mismo.

Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com  16/09/2011

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