LITERATURA
El gusto de las vacaciones
Por Matías SERRA BRADFORD
Admirado a la vez por E. M. Forster y
William Burroughs, Welch fue un escritor secreto y extravagante, que, de a
poco, empieza a conocerse en español.
No pocos editores adoptan el pasatiempo
favorito de Denton Welch: recorrer casas de antigüedades en busca de joyas
arrumbadas. El mismo Welch se convirtió en una de ellas hasta que fue
rescatado, precisamente, por diversas editoriales, primero en su idioma y luego
en otros. Como sea, tres libros, algunos relatos dispersos y un diario íntimo
le bastaron a Welch, en tan sólo treinta y tres años –de 1915 a 1948– para ganarse un
rincón en la literatura inglesa del siglo XX. Al igual que muchos otros ciudadanos
británicos –como los escritores Mervyn Peake y J.G. Ballard– Welch nació en
China. Desde muy chico tuvo pasión por coleccionar. Ya de vuelta en Inglaterra,
en el colegio fue a la misma clase que Roald Dahl, encuentro perfecto entre un
sádico y un masoquista: a menudo Dahl le torcía el brazo por detrás de la
espalda hasta que Welch se rendía con un llanto. De contextura frágil y vivaz,
usaba bufandas llamativas, reparaba casas de muñecas, salía de picnic a solas y
no era raro que encerrado en su cuarto se pusiera a bailar. Welch estudió arte
con Edward Bawden, que decía que no podía hablar con él más de dos minutos
seguidos por lo inquieto que era. El libro que lo puso en el camino de la
escritura fueVerano hindú, de J.R. Ackerley. La biografía de James
Methuen-Campbell cuenta también que Welch visitó y retrató a Lord Berners –el
autor de El camello –, alguien que luego se convirtió en un admirador
un tanto reticente. El elenco de sus adeptos más fieles es heterogéneo y
sustancial: E. M. Forster, Cyril Connolly (para quien Welch tenía la
clarividencia de un genio y la malicia de un convaleciente), Edith Sitwell,
John Betjeman y William Burroughs. El sigiloso Jocelyn Brooke lo comparó con
Ronald Firbank. Por la riqueza y color de sus temas, Alan Bennett lo relacionó
con Dylan Thomas y Christopher Fry. La “incapacidad para la torpeza” que
observó un amigo en Welch se extendió espontáneamente a su escritura.
A solas con el mundo
En la juventud está el placer –que
también se podría haber traducido Juventud, divino tesoro– Orvil Pym, un tímido
de 15 años, va a pasar sus vacaciones a un hotel, con su padre –su madre murió
hace tiempo– y sus dos hermanos. Reman en un brazo del Támesis y pasean por los
alrededores. El padre de Orvil le dice Microbio porque es el hijo menor. Su
hermano Ben es “una buena persona, pero sólo podía demostrar alegría cuando
hablaba de cosas violentas”. Orvil se fabrica penitencias, visita iglesias y es
un aficionado al dibujo (como Welch, miembro de una larga y noble tradición de
escritores artistas). Un día Orvil pide prestada una bicicleta – leit motif tan
feliz como desgraciado en la vida de Welch, a quien un accidente le traería
complicaciones que derivarían en una muerte obscenamente temprana– y es
sorprendido por un diluvio. Un desconocido lo invita a guarecerse en su cabaña.
Al oír desde adentro la lluvia cayendo a ráfagas, siente un estremecimiento
placentero: “Estos contados momentos que sólo sucedían en medio de una tormenta
furiosa eran mejores que casi cualquier otra cosa en el mundo”. Welch es
excelente en los instantes en que alguien se queda a solas o en un lugar que lo
incita a actuar para sí mismo. Pocos como Welch para retratar pasajes de
exaltación súbita, a medias comprendidos, y que dan pie a ese raro don del
escritor solitario: provocar ganas de leerlo en voz alta. En A Voice
Through a Cloud escribió: “Pensé en la amistad como en un huevo que nunca
rompe el cascarón”. Algo que podría conectarse con lo que dijo el poeta Auden:
“¿No somos, emocionalmente, lo que de hecho es Welch: huérfanos, cada uno
viajando solo en una travesía que, aun si se dirige hacia peligros
desconocidos, al menos nos aleja de los temores que conocemos?”.
Maestro del detalle, que inquieta o
despierta una sonrisa en el lector, de repente Welch coloca a Orvil frente a
una casita extraña: “Una chimenea torcida y como de azúcar se elevaba desde el
centro, dándole a la cabaña la apariencia del tintero hermosamente decorado de
un gigante”. El furor de lo minúsculo y el constante juego con las proporciones
recuerdan a Memorias de una enana de Walter de la Mare. Algunas
páginas más y la curiosidad de Orvil se va por las ramas y su mente se
convierte en una especie de aleph: “Pensó en ruinas perdidas en valles
boscosos; gatitos con caras negras; rebanadas de pan en un portatostadas de
estilo neogótico parecido a la nave de una catedral en miniatura; bellas
piedras sin tallar que recordaban a pastillas gastadas”. Hay algo en el tono de
Welch de cuento infantil para adultos. Impera un animismo general, para con
objetos y animales –que cobran una dimensión inesperada–, y reina una intuición
psicológica y descriptiva de una sencillez y una delicadeza poco comunes: “Como
de costumbre, sintió una ansiosa expectativa; siempre tenía esta sensación en
cuanto entraba a una iglesia, si iba solo”.
Prestidigitador es una palabra que de
ninguna manera le queda grande a Welch, sobre todo por su habilidad para con
una de las claves olvidadas de la ficción: saber sugerir cómo llega
psicológicamente un personaje de una escena a la siguiente (con sólo contar lo
que acaba de hacer). Pero también por su pericia para crear aquello que suele
soslayarse: el modo vertiginoso, sesgado, que tiene un relato de hablar de sí
mismo.
Articulo : http://www.revistaenie.clarin.com 16/09/2011
