samedi 3 septembre 2011

Patricio TAPIA/ La "Belle Époque" europea según Philipp BLOM


"Años de vértigo" Antes del desastre
La "Belle Époque" europea según Philipp Blom
Por Patricio Tapia 

El historiador alemán Philipp Blom (1970) hace el recorrido de un período de tres lustros cargado de incertidumbre y aceleración. La Europa que va de 1900 a 1914, época en la que están muchas de las características del mundo actual.

Con el tiempo los recuerdos más antiguos suelen presentarse de forma más precisa que los recientes. Típicamente -como bendición o como calvario- les ocurre a los ancianos con los suyos, aunque no sólo a ellos, por lo que Leonardo Sciascia hablaba de "la presbicia de la memoria".

Existe otro "defecto visual" en los ojos del recuerdo: ver el pasado más hermoso de lo que fue, una "ilusión óptica" que alimenta los "paraísos perdidos" de la infancia y la afirmación de que todo tiempo pasado fue mejor. Probablemente alimenta la consideración de los años previos a la Primera Guerra Mundial, o Gran Guerra, como el tiempo plácido y despreocupado de la Belle Époque , así como la tentación de mirarlos con nostalgia y tristeza, la tristeza que producen los condenados que ignoran su suerte: toda esa prosperidad y alegría de personas desprevenidas de los sufrimientos por venir. La Guerra inauguraría un período de violencia y destrucción, morirían millones de personas y se desmoronarían cuatro imperios.

La misma idea de Belle Époque es, cuando menos en parte, una construcción posterior a la guerra. Como documenta Philipp Blom en Años de vértigo , esa época, para la mayoría de las personas que la vivieron, fue cualquier cosa menos bella. Si sus vidas podían estar determinadas por el optimismo, también lo estaban por la ansiedad e incluso la desesperación.

Blom estudia los quince años que corren entre 1900 y 1914. Inicia su libro con una imagen que la edición castellana no incorpora, describiendo una fotografía de Jacques-Henri Lartigue de julio de 1912, la que el fotógrafo descartó al ver que la imagen se distorsionaba, para rescatarla 40 años después. Es "Grand Prix de Circuit de la Seine", la cual, según Blom, capta la esencia de la época: la velocidad y la potencia. En esos años la velocidad pareció definir la vida moderna como nunca antes. La gente se desplaza en bicicleta y pronto en automóviles. Aparecen locomotoras cada vez más rápidas y vuelan los primeros aeroplanos (en 1909 Bleriot atravesó el Canal de la Mancha). Se desarrollaron técnicas para la producción en línea (el "taylorismo") y las cadenas de montaje (Henry Ford). No había que desperdiciar ni un segundo en el lugar de trabajo, ni en nada. Era difícil definir dónde terminaba la eficiencia y dónde comenzaba la explotación mecanizada de los obreros.

En este corto período se reconfigura el mundo: las ciudades crecieron como nunca antes (la población abandona el campo). Aparecen el consumismo, la electricidad. La ciencia avanza a velocidad pasmosa, pero ya no es fuente de certezas y seguridad. Marie y Pierre Curie descubrieron los poderes y los peligros de la radiación. Rutherford estudiaría la estructura del átomo y Einstein formularía su teoría de la relatividad. Las viejas verdades se desmoronan: ni la composición de la materia, ni el espacio, ni el tiempo eran fijos. En el ámbito artístico, las vanguardias desechaban las antiguas reglas en la literatura, la música y las artes visuales.

Hacia la guerra

Blom está convencido de que esos años no se pueden entender viéndolos como el preámbulo de algo históricamente inevitable, la Gran Guerra. Propone intentar olvidar ese episodio que lanza su sombra retrospectiva. Sin embargo, la propia arquitectura del libro dificulta prescindir de esa idea. Cada capítulo aborda un año como una marcha constante o una cuenta regresiva hacia el desastre. Se inicia desde la esperanza de un nuevo siglo encarnada en la Exposición Universal de París en 1900 hasta el capítulo final, "Un asesinato político", que no es el del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, sino el caso Caillaux en París: la segunda esposa (y antes amante) de Joseph Caillaux, ministro de Finanzas, entró a la redacción de Le Figaro y esperó al director para dispararle. Meses después se celebró el juicio que acaparó titulares y atención.

El libro es una síntesis atenta a los detalles de la vida diaria y una aproximación de espectro muy amplio. Blom logra contextualizar y dar cuenta de fenómenos históricos y biográficos complejos. Su área de interés es toda Europa, aunque se centra en Inglaterra, Francia, Alemania y el imperio austro-húngaro, agregando vistazos a Estados Unidos y Rusia (pero apenas menciona a España o Italia). Si bien es muy seguro sobre Austria-Hungría y Alemania, lo es algo menos sobre Inglaterra (por ejemplo, afirma que Eduardo VII murió en un hotel de Biarritz cuando en realidad lo hizo en su cama real de Buckingham).

Con todo, su historia panorámica es imponente. Parece haber leído las obras de los autores del momento: todo desde el arte africano y Apollinaire hasta Proust y Musil; también las obras de los políticos (desde los libros del socialista francés Jean Jaurès hasta las memorias del primer ministro ruso Sergei Witte). Y no sólo se preocupa de la perspectiva de las élites, sino que también procura observar cómo la gente común vivió la velocidad de esos años. Para ello se sumergió en las hemerotecas y leyó los diarios y revistas de la época. Conviven en su relato ministros y obreros, anarquistas, científicos y actrices. La miseria del campesinado ruso coexiste con los lujos cortesanos de un zar egocéntrico.
Sexo, imperio y eugenesia Blom dedica mucha atención al sexo: Freud socavaría la moralidad convencional exponiendo sus raíces de represión sexual y Klimt escandalizaría con sus ideas eróticas del arte. Todo indica que los vieneses eran especialistas en elegantes duplicidades (Felix Salten, el creador de Bambi, también es autor de obras pornográficas). A veces exagera cuando pareciera ver problemas de la construcción de naves o de salud pública a través de la angustia sexual.

Es brillante su tratamiento de la emancipación femenina: en las fábricas ya no se requieren los músculos del hombre y pueden trabajar; luego se organizarán y exigirán sus derechos civiles y sufragio universal. Y la consiguiente inseguridad masculina que implicó un culto a la virilidad: aumentan las tasas de duelos y el militarismo. O en su recuento de la persecución sexual de Philipp Eulenburg, consejero y amigo del kaiser alemán, quien incluso lo nombró príncipe. Al comenzar una campaña en su contra (por enemigos políticos) indicando su homosexualidad, la amistad se acabó.

No fueron pocos los elementos negativos previos a la Guerra, pero el caso del rey Leopoldo I de Bélgica y su explotación del caucho en el Congo, derrocha atrocidades: toda oposición o incumplimiento se castigaba destruyendo poblados enteros, lo que era probado mutilando a sus víctimas. La fotografía de un padre que mira las manos de su hija de cinco años, cortadas como castigo por haber recogido poco caucho, no es fácil de olvidar. También dedica espacio a quienes denunciaron todo esto: Edward Morel y Roger Casement.

La sugerencia de Blom de que el estallido de la guerra se entrelaza con el carácter de la época es particularmente convincente al abordar el auge del pensamiento eugenésico, cuyo primer congreso se celebró en 1912, "hasta entonces reserva de excéntricos y maniáticos". El científico Francis Galton concluyó que las familias prominentes británicas eran el mejor depósito genético y debía ser protegido de las clases "inferiores": la selección racial podría crear una raza de superhombres. Y cuando en 1910 nombraron a Winston Churchill ministro del Interior, propuso en secreto que se esterilizara a cien mil súbditos británicos de escasos medios.
  
Articulo : http://diario.elmercurio.com  28/08/2011

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