Mil una caras
Por Pedro Gandolfo
Lo que predomina es el retrato de una
galería de figuras representativas de los diversos ámbitos de la vida cultural
mexicana, aquellos "ídolos" a los que hace referencia su título.
"El ensayo -escribió una vez el
ensayista inglés G. K. Chesterton- es el único género literario cuyo propio
nombre reconoce que el irreflexivo acto conocido como escritura es en realidad
un salto en la oscuridad (...). Un ensayo, por su propio nombre y su propia
naturaleza, es verdaderamente un intento y un experimento". Sería difícil
encontrar una frase más adecuada para caracterizar la que fue, durante varias
décadas, la labor ensayística de una figura como la del escritor Carlos
Monsiváis (1938-2010). Auténtico emblema de la vida cultural mexicana por más
de medio siglo, opinólogo mordaz, periodista, intelectual, crítico y escritor,
las mil caras de Monsiváis bien pueden sintetizarse en una búsqueda única, en
un proyecto preciso: el intento de encontrar una voz personal, una peculiar
modalidad de escritura que, desafiando las limitaciones genéricas y las
convenciones formales al uso, fuera capaz de ensayar una visión de la realidad
social y cultural del México del siglo XX y, un poco más allá, de la realidad
latinoamericana en su conjunto.
La fascinación ante el riesgo que
involucran y la dificultad de encasillarlos en los paradigmas habituales de
escritura es, de hecho, lo que prevalece en la lectura de los dieciséis textos
que conformanLos ídolos a nado , cuidada antología de algunos de los
trabajos más destacados de Monsiváis. Emprendida por Jordi Soler en
conversación con el propio autor, la selección cumple con creces los propósitos
que se plantea de antemano: por un lado, promover la circulación y la
visibilidad de una escritura; por otro, ofrecer una muestra representativa del
quehacer de un escritor que, a estas alturas, merece sin dudas contarse como un
hito en la tradición ensayística de lengua hispana. Y es que cada pieza
de Los ídolos a nado , en su mezcla inclasificable de recursos y
elecciones formales, en la manera en que tensionan el límite entre la crónica
periodística, el ensayo literario y la ficción, en su diversidad temática y en
su asombrosa capacidad de hacer de cualquier asunto materia de reflexión y de
escritura, confirman a Monsiváis como un maestro en el ejercicio de aquel
discurso que, por definición, implica menos la proclamación de certezas
preparadas de antemano o la corroboración de convenciones que un temerario
"salto en la oscuridad".
Observador privilegiado de la vida pública
mexicana del último siglo, los textos de Monsiváis parecen apuntar, pese a la
amplitud de sus intereses, siempre a un mismo horizonte: el de la realidad
profunda de aquello que podríamos llamar la "mexicanidad",
reconocible para el ensayista en el más mínimo detalle de la sociedad, en los
hábitos sociales y culturales, en los fetiches y las estatuas que se ha
construido la tradición en todas sus esferas. Todos los textos de Los
ídolos a nado ensayan, con un conocimiento y un detalle sólo permisible
para un testigo de primera fila, la historia y el sentido de una constelación
de expresiones propias de la creatividad popular: desde el fenómeno de la
"cursilería" en la poesía modernista y el habla coloquial hasta el
trabajo de los pintores muralistas, desde el dandismo literario hasta la rutina
diaria de los usuarios del metro del D.F., desde el auge del bolero y el mambo
en las primeras décadas del siglo veinte hasta el levantamiento de los
zapatistas en el 2001.
Lo que predomina en el libro es el retrato
de una galería de figuras representativas de los diversos ámbitos de la vida
cultural mexicana, aquellos "ídolos" a los que hace referencia su
título; las efigies de Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Mario Moreno
Cantinflas, Paquita la del Barrio, María Conesa, Dolores del Río, María Félix,
Salvador Novo y el Subcomandante Marcos, encarnaciones sobresalientes, para el
autor, de aquel sustrato popular que busca bosquejar su escritura, serán la
materia de la mayoría de los textos. Monsiváis, si lo requiere, echará mano al
monólogo en primera persona para asumir la voz de un cantante de rancheras que
se pasea con su trío por las pocilgas del D.F., de una estudiante de sociología
que abandona sus investigaciones para convertirse en cabaretera o de un anónimo
pasajero del metro en la hora punta; si lo requiere, también, acudirá a la
estructura más clásica del ensayo académico para conjeturar en torno a los
orígenes decimonónicos de la cultura iberoamericana. Las claves son la
versatilidad y la voracidad de una escritura que no se prohíbe ningún tema y no
descarta ningún medio.
Que el ensayista voraz y erudito, el
cronista lúcido, el escritor comprometido, el sociólogo, el intelectual, el
humorista, el crítico y el intérprete privilegiado de las manifestaciones
culturales, tanto del mundo popular como del académico, se fundían
fructuosamente en la persona de Carlos Monsiváis, es algo que las páginas de Los
ídolos a nado , a un año de su muerte, sólo vienen a recordar y confirmar.
