dimanche 25 septembre 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ Adriana VALDÉS: "La poesía es lo que sale cuando el habla se entra"


"Señoras del buen morir" Su primer libro de poemas
Adriana Valdés: "La poesía es lo que sale cuando el habla se entra"
Por Pedro Pablo Guerrero 

Ensayista, traductora, crítica, vicedirectora de la Academia Chilena de la Lengua, la autora incursiona ahora en la poesía con un libro que reúne sus meditaciones sobre la muerte.  

La luz inunda su departamento. Nunca ha querido atajarla con cortinas, dice Adriana Valdés, rodeada de obras de Roser Bru, Delia del Carril, Eugenio Dittborn, Alfredo Jaar y Eugenio Téllez. Tiene buen ojo la autora de Composición de lugar. Escritos sobre cultura (1996), Memorias visuales. Arte contemporáneo en Chile (2006) y Enrique Lihn: vistas parciales (2008). Títulos que condensan una vida dedicada al ensayo y a la crítica, campos en los que ha realizado contribuciones significativas, guiada por una curiosidad sin fronteras, yendo y viniendo de la literatura a las artes visuales. Pero hoy Adriana Valdés revela una faceta inesperada conSeñoras del buen morir , un ejercicio de creación al que se refiere no sin pudor en la solapa del pequeño libro: "Nunca antes publicó poesía (es una extravagancia de su parte)".

-¿Qué es una extravagancia: escribirla o publicarla?
-Según yo, la extravagancia es publicarla. Escribirla es una salvación. La poesía salva de la banalidad, de la vulgaridad de la vida y de las conversaciones habituales. Este libro ha creado para mí otras conversaciones, que jamás me imaginé y que me han enriquecido las relaciones humanas. Publicar puede ser una extravagancia, porque a mí me incomoda en general estar en boca de la gente, y porque estos poemas me abren un flanco de vulnerabilidad. Pueden ser malos, yo no puedo juzgar eso, y pedí consejo a mis amigos. El ensayo, que es lo que he publicado hasta ahora, es menos vulnerable en ese sentido.

-¿Qué lo hace distinto?
-Un crítico o un ensayista, que es lo que yo he sido, escribe a partir de las obras de otros, y casi siempre a pedido. Y si es joven, está legitimándose, haciéndose un lugar. La información y hasta la erudición lo defienden, lo sitúan; y además, como escribe para las obras de otros, duda menos de la necesidad de lo que hace. Yo ya no soy joven, ya no busco justificarme ni situarme, puedo hacer algo más peligroso. La poesía nadie te la pide, nada la justifica. Se encuentra en descampado, sin protección de saberes, librada sólo a la virtud que pueda tener su palabra. Sin tanta referencia a la cultura, con más referencia a los gozos y dolores vividos.

-¿Una experiencia más íntima o personal?
-Curiosamente, no. En este libro lo íntimo y lo personal están podados cuidadosamente. Dejo sólo lo que le ha pasado, le está pasando o le pasará a todo el mundo. No son experiencias privilegiadas. El momento privilegiado que tienen, si es que lo tienen, no está en las experiencias, sino en su lenguaje, en la fórmula de lenguaje que logra o no cristalizarlas.

"La buena muerte es un don"

Una mujer mira una calavera delante de un espejo y la observa desde distintos ángulos, iluminada sólo por una vela. A pesar del motivo, "Magdalena Fabius" -cuadro del pintor tenebrista francés Georges de La Tour- arroja sobre la muerte una mirada más curiosa que dramática. Adriana Valdés lo cita para representar lo que ha querido hacer en Señoras del buen morir , libro que, según explica, "recoge una meditación que subrepticiamente ha recorrido mi vida". Son 18 poemas -más tres escritos en inglés, en hojas sueltas-, creados entre 1975 y 2009.

-Si ha escrito poesía desde hace tiempo, ¿por qué decide publicarla recién ahora?
-Porque, sorpresivamente, armé hace muy poco una especie de artefacto, algo que hice a partir de materiales de fechas muy diversas. Se trata de diferentes maneras de pensar la muerte, desde distintas circunstancias: pensar la muerte propia, acompañar de cerca a otra personas en trance de muerte, recordar a los muertos desde cerca -cuando duelen muchísimo, penan- y desde lejos, cuando la memoria es reflexiva y un poco distanciada, participar en el dolor colectivo por la muerte de alguien que lloramos hace años en un colectivo de personas. Y, por supuesto, reírse de la muerte, ironizarla, saturarse con ella, tomarla para el tandeo, también. Y en un poema que quiero mucho, pensar en cómo desearía que me recordaran los míos: tal como yo recuerdo a mis "señoras del buen morir".

-¿Recuerdos familiares?
-Sí, corresponden a mujeres mayores de la familia que supieron vivir y que tuvieron el don de la buena muerte. Es una genealogía de mis hijas, en realidad. Una de ellas es su abuela, la otra su bisabuela. Las invocaba contra la mala muerte, contra la muerte en vida, como la que por entonces estaba sufriendo otra mujer muy querida por nosotras. Las invocaba para que me ayudaran, para que me salvaran, porque yo ahí me sentía incapaz y me estaba hundiendo.

-En el poema "Déjenme morir en mi ley" se niega a las prótesis y procedimientos mecánicos que prolongan la vida. ¿Cómo llegó a formarse en usted esta convicción de una muerte sin intermediarios?
-No es una convicción, es apenas un deseo. La buena muerte es un don. Antiguamente se rezaba para merecerla. Uno quisiera morirse siendo la persona que es, o casi, no "una caricatura de sí mismo", como dice otro verso del libro. No siempre se puede. El deseo, muy vivo, es que la enfermedad y el dolor se puedan vivir sin perder la dignidad, con un cierto grado de serenidad. Nos podemos ayudar unos a otros a tenerla. Perder eso es peor que la muerte. Eso lo he sabido desde hace tiempo, desde la primera persona que me tocó acompañar a morir.

-En el poema que cita el verso de Dylan Thomas "And death shall have no dominion" ("Y la muerte no tendrá dominio"), ¿expresa una creencia en la reencarnación?
-No tengo muchas creencias, ni tampoco esperanzas, más allá de dejar en algunas personas un recuerdo que ayude a vivir. En ese poema estoy hablando de los recuerdos que tengo de alguien en particular, y de cómo esos recuerdos me ayudan a vivir a mí. La veo en las cosas de las que gozaba y de las que me enseñó a gozar: la veo en la libertad, en la naturaleza, en la benevolencia que siempre sentí de su parte; la veo en la parte subrepticia de la vida, en los olores, en las asociaciones de ideas que de repente me la recuerdan. Si un cormorán está nadando a mi lado en el mar, pienso en ella, por ejemplo. Pienso que si existiera el cielo, probablemente ella hubiera querido ser así de libre y vivir en el mar. Y recuerdo los buenos momentos, no recuerdo su muerte, recuerdo más la vida compartida "en una tierra gloriosa", que se vuelve más preciosa, excepcional e increíble con el claroscuro de la muerte.

-¿"Diario de muerte", de Enrique Lihn, está presente en "Señoras del buen morir"?
-Está en el título del primer poema, "Déjenme morir en mi ley", que es prácticamente su verso "déjenme acabarme en mi ley", y salió antes de que yo recordara que era un verso suyo. Hay muchos versos de él que me salen cuando escribo. Ahora es más consciente y los elimino. Pero yo en verdad me siento lejos de ese libro, porque me siento lejos también de su propio temperamento. Muy lejos. Aparte de que yo lo quise mucho, fuimos siempre temperamentos totalmente distintos. Este afán de podar no era característico en él. Y también éste es un libro que está terriblemente centrado en las mujeres, en una línea genealógica de mujeres. Es algo muy difícil de explicar, pero siento que la experiencia de los hombres y las mujeres en relación con la muerte es distinta.

Su regreso a la novela chilena

A propósito de la muerte de Eliana Navarro, Adriana Valdés escribió en 2006: "Para contar esa historia [de la poesía], se usa hablar de la poesía que irrumpe, que conquista un lugar; se usa hablar de la poesía más estridente, se usa hablar de metáforas guerreras, de poder, de territorialidades. Hay una especie de geopolítica de la poesía, tal como hay una historia de la poesía que es la historia de los monumentos, de las generaciones que se disputan el poder, de esta extraña imaginación chilena que pone a los poetas en fila india (a lo mejor es muy angosto el país, como nuestra imaginación), y les hace disputar un primer lugar, como si vivieran en el patio de un colegio de hombres".

-¿Cree que ha cambiado el panorama desde que hizo estas afirmaciones?
-Si te fijas, yo no estaba hablando de la poesía misma, sino de cómo se hace su historia. La idea de la fila india se opone a la de la constelación: muchas voces diferentes, que se potencien unas a otras en lugar de acallarse mutuamente o imponerse normas. Me gustaría hacer o leer una historia "más atenta al matiz y al sigilo de sus forasteros o sus extranjeros" -como escribí a propósito de Pedro Lastra-, que al estruendo de las grandes voces; menos basada en manifiestos, y más en una práctica recatada y discreta.

-¿En quiénes piensa?
-En ese artículo, me preocupaba especialmente la escritura de algunas mujeres, que habíamos estudiado ese año en un seminario inspirado en el escaso reconocimiento que tuvo en su época Emily Dickinson, por ejemplo, y que hoy está en la primera línea de la poesía estadounidense. Me preocupaban las escrituras que no formaban parte de una especie de "historia oficial" de la poesía, y sin embargo eran poesía, y a veces de la mejor. Pienso en los casos de Rosa Cruchaga, Carmen Orrego, Eliana Navarro y de Cecilia Casanova, que hace una poesía maravillosa, ¿pero quién la lee?

-Ha escrito mucho de los poetas, pero poco de los narradores chilenos de hoy.
-Ahora estoy bien interesada en la narrativa. En el fondo, percibí eso que dices como una falta de información de mi parte. Hubo un momento en que me desinteresé de las novelas, porque tuve malas experiencias, las encontré muy largas. Ahora retomé novelas de otra generación. Estrellas muertas, de Álvaro Bisama, me gustó mucho. También Formas de volver a casa , de Alejandro Zambra, a quien admiro. Estuve leyendo a Alejandra Costamagna. Me encantó el primer libro de Cynthia Rimsky, Poste restante . Todo eso me interesa. Es otra manera de narrar; más breve, en primer lugar. A mí los grandes monumentos, a lo Germán Marín, digamos, me agotaron. La vida doble , de Arturo Fontaine, también me pareció un libro de muy buen nivel.

-¿A qué críticos sigue actualmente?
-Hay una generación nueva tan inteligente, que da gusto. En general, la leo en internet. Por ejemplo, en Letras en línea, que edita Fernando Pérez. Hace cinco años, cuando armé el libro de ensayos sobre Alfredo Jaar, sólo llamé a personas menores de cuarenta años, justamente para crear más polos en las artes visuales. Gente que después se ha destacado, como Pablo Chiuminatto, Sandra Accatino, Rodrigo Zúñiga, Ana María Risco y Bruno Cuneo.

-¿Está preparando algún paper o monografía académica?
-No, eso me aburre muchísimo; ya pasó esa etapa para mí. Estoy armando un librito hace tiempo, que recoge mis ensayos más atípicos, los más cortitos, los menos académicos, los más osados. Por eso les puse "Idiotextos". Por otro lado, yo creo que voy a dejar mi vejez a la traducción de poesía. Es lo más satisfactorio que uno puede hacer. No siempre te resulta, pero por Dios que lo pasas bien. Y algo resulta. Te emplea a fondo todas las facultades. Ya no estoy en edad de emprender grandes proyectos personales, pero sí de colaborar en proyectos que me parezcan interesantes. En este momento estoy traduciendo para la revista "Pensar & Poetizar", que dirige Bruno Cuneo, algunos textos del libro Decreation , de Anne Carson.

-En un poema contrapone la música a las palabras y dice que prefiere en su funeral más de la primera. Trabajar con el lenguaje, ser consciente de todos sus matices, ¿provoca desconfianza en él?
-Yo veo como muy irónico ese poema. Siempre he pensado que los muertos han de rechinar los dientes en el cajón cuando oyen las cosas que dicen de ellos. La música desafina menos en relación con la muerte, porque es más ambigua. Recubrir la muerte de palabras es poner en evidencia que las palabras no sirven para eso, como tampoco las buenas intenciones. En la música no se percibe eso igualmente, salvo que esté muy mal escogida. Por otro lado, pienso en la palabra como Huidobro pensaba en el adjetivo: "cuando no da vida, mata". La palabra repetida, convencional, la cháchara, la propaganda, todas juegan en el equipo de la muerte. La poesía es lo que sale cuando el habla se entra; es todo lo contrario de la cháchara, o debiera serlo.

Poesía chilena viva

Se nota la mano de Adriana Valdés en la Academia Chilena de la Lengua, a la que se incorporó en 1993 para ocupar el sillón de Yolando Pino Saavedra. Gracias a su iniciativa, el Instituto de Chile se ha abierto al público como lugar de recitales y presentaciones en las que han participado, entre otros, los poetas Manuel Silva, Floridor Pérez, Hernán Miranda, Roberto Onell, Cristóbal Joannon, Gloria Dünkler (Premio Academia 2010) y, como traductores de poesía, Miguel Castillo Didier y Juan Cristóbal Romero.

"Cuando fui elegida vicedirectora, hace algo más de un año, quise contribuir con un proyecto que llamé 'Poesía chilena viva'. La idea era celebrar la poesía que estaba apareciendo, con lo que teníamos: casi ningún dinero, pero sí el nombre, la convocatoria, la casa del instituto y nuestro propio trabajo. Pensamos en la poesía porque la amamos, evidentemente, y también porque es una actividad tan gratuita; nadie gana dinero con ella, los poetas y los editores hacen milagros".

Articulo : http://diario.elmercurio.com 18/09/2011

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