"Señoras del buen morir" Su
primer libro de poemas
Adriana Valdés: "La poesía es lo que
sale cuando el habla se entra"
Por Pedro Pablo Guerrero
Ensayista, traductora, crítica,
vicedirectora de la Academia Chilena de la Lengua, la autora incursiona ahora
en la poesía con un libro que reúne sus meditaciones sobre la muerte.
La luz inunda su departamento. Nunca ha
querido atajarla con cortinas, dice Adriana Valdés, rodeada de obras de Roser
Bru, Delia del Carril, Eugenio Dittborn, Alfredo Jaar y Eugenio Téllez. Tiene
buen ojo la autora de Composición de lugar. Escritos sobre
cultura (1996), Memorias visuales. Arte contemporáneo en Chile (2006)
y Enrique Lihn: vistas parciales (2008). Títulos que condensan una
vida dedicada al ensayo y a la crítica, campos en los que ha realizado
contribuciones significativas, guiada por una curiosidad sin fronteras, yendo y
viniendo de la literatura a las artes visuales. Pero hoy Adriana Valdés revela
una faceta inesperada conSeñoras del buen morir , un ejercicio de creación
al que se refiere no sin pudor en la solapa del pequeño libro: "Nunca
antes publicó poesía (es una extravagancia de su parte)".
-¿Qué es una extravagancia: escribirla o
publicarla?
-Según yo, la extravagancia es publicarla.
Escribirla es una salvación. La poesía salva de la banalidad, de la vulgaridad
de la vida y de las conversaciones habituales. Este libro ha creado para mí
otras conversaciones, que jamás me imaginé y que me han enriquecido las
relaciones humanas. Publicar puede ser una extravagancia, porque a mí me
incomoda en general estar en boca de la gente, y porque estos poemas me abren
un flanco de vulnerabilidad. Pueden ser malos, yo no puedo juzgar eso, y pedí
consejo a mis amigos. El ensayo, que es lo que he publicado hasta ahora, es
menos vulnerable en ese sentido.
-¿Qué lo hace distinto?
-Un crítico o un ensayista, que es lo que
yo he sido, escribe a partir de las obras de otros, y casi siempre a pedido. Y
si es joven, está legitimándose, haciéndose un lugar. La información y hasta la
erudición lo defienden, lo sitúan; y además, como escribe para las obras de
otros, duda menos de la necesidad de lo que hace. Yo ya no soy joven, ya no
busco justificarme ni situarme, puedo hacer algo más peligroso. La poesía nadie
te la pide, nada la justifica. Se encuentra en descampado, sin protección de
saberes, librada sólo a la virtud que pueda tener su palabra. Sin tanta
referencia a la cultura, con más referencia a los gozos y dolores vividos.
-¿Una experiencia más íntima o personal?
-Curiosamente, no. En este libro lo íntimo
y lo personal están podados cuidadosamente. Dejo sólo lo que le ha pasado, le
está pasando o le pasará a todo el mundo. No son experiencias privilegiadas. El
momento privilegiado que tienen, si es que lo tienen, no está en las
experiencias, sino en su lenguaje, en la fórmula de lenguaje que logra o no
cristalizarlas.
"La buena muerte es un don"
Una mujer mira una calavera delante de un espejo
y la observa desde distintos ángulos, iluminada sólo por una vela. A pesar del
motivo, "Magdalena Fabius" -cuadro del pintor tenebrista francés
Georges de La Tour- arroja sobre la muerte una mirada más curiosa que
dramática. Adriana Valdés lo cita para representar lo que ha querido hacer
en Señoras del buen morir , libro que, según explica, "recoge
una meditación que subrepticiamente ha recorrido mi vida". Son 18 poemas
-más tres escritos en inglés, en hojas sueltas-, creados entre 1975 y 2009.
-Si ha escrito poesía desde hace tiempo,
¿por qué decide publicarla recién ahora?
-Porque, sorpresivamente, armé hace muy
poco una especie de artefacto, algo que hice a partir de materiales de fechas
muy diversas. Se trata de diferentes maneras de pensar la muerte, desde
distintas circunstancias: pensar la muerte propia, acompañar de cerca a otra
personas en trance de muerte, recordar a los muertos desde cerca -cuando duelen
muchísimo, penan- y desde lejos, cuando la memoria es reflexiva y un poco
distanciada, participar en el dolor colectivo por la muerte de alguien que
lloramos hace años en un colectivo de personas. Y, por supuesto, reírse de la
muerte, ironizarla, saturarse con ella, tomarla para el tandeo, también. Y en
un poema que quiero mucho, pensar en cómo desearía que me recordaran los míos:
tal como yo recuerdo a mis "señoras del buen morir".
-¿Recuerdos familiares?
-Sí, corresponden a mujeres mayores de la
familia que supieron vivir y que tuvieron el don de la buena muerte. Es una
genealogía de mis hijas, en realidad. Una de ellas es su abuela, la otra su
bisabuela. Las invocaba contra la mala muerte, contra la muerte en vida, como
la que por entonces estaba sufriendo otra mujer muy querida por nosotras. Las
invocaba para que me ayudaran, para que me salvaran, porque yo ahí me sentía
incapaz y me estaba hundiendo.
-En el poema "Déjenme morir en mi
ley" se niega a las prótesis y procedimientos mecánicos que prolongan la
vida. ¿Cómo llegó a formarse en usted esta convicción de una muerte sin
intermediarios?
-No es una convicción, es apenas un deseo.
La buena muerte es un don. Antiguamente se rezaba para merecerla. Uno quisiera
morirse siendo la persona que es, o casi, no "una caricatura de sí
mismo", como dice otro verso del libro. No siempre se puede. El deseo, muy
vivo, es que la enfermedad y el dolor se puedan vivir sin perder la dignidad,
con un cierto grado de serenidad. Nos podemos ayudar unos a otros a tenerla.
Perder eso es peor que la muerte. Eso lo he sabido desde hace tiempo, desde la
primera persona que me tocó acompañar a morir.
-En el poema que cita el verso de Dylan
Thomas "And death shall have no dominion" ("Y la muerte no
tendrá dominio"), ¿expresa una creencia en la reencarnación?
-No tengo muchas creencias, ni tampoco
esperanzas, más allá de dejar en algunas personas un recuerdo que ayude a
vivir. En ese poema estoy hablando de los recuerdos que tengo de alguien en
particular, y de cómo esos recuerdos me ayudan a vivir a mí. La veo en las
cosas de las que gozaba y de las que me enseñó a gozar: la veo en la libertad,
en la naturaleza, en la benevolencia que siempre sentí de su parte; la veo en
la parte subrepticia de la vida, en los olores, en las asociaciones de ideas
que de repente me la recuerdan. Si un cormorán está nadando a mi lado en el
mar, pienso en ella, por ejemplo. Pienso que si existiera el cielo,
probablemente ella hubiera querido ser así de libre y vivir en el mar. Y
recuerdo los buenos momentos, no recuerdo su muerte, recuerdo más la vida
compartida "en una tierra gloriosa", que se vuelve más preciosa,
excepcional e increíble con el claroscuro de la muerte.
-¿"Diario de muerte", de Enrique
Lihn, está presente en "Señoras del buen morir"?
-Está en el título del primer poema,
"Déjenme morir en mi ley", que es prácticamente su verso
"déjenme acabarme en mi ley", y salió antes de que yo recordara que
era un verso suyo. Hay muchos versos de él que me salen cuando escribo. Ahora
es más consciente y los elimino. Pero yo en verdad me siento lejos de ese
libro, porque me siento lejos también de su propio temperamento. Muy lejos.
Aparte de que yo lo quise mucho, fuimos siempre temperamentos totalmente
distintos. Este afán de podar no era característico en él. Y también éste es un
libro que está terriblemente centrado en las mujeres, en una línea genealógica
de mujeres. Es algo muy difícil de explicar, pero siento que la experiencia de
los hombres y las mujeres en relación con la muerte es distinta.
Su regreso a la novela chilena
A propósito de la muerte de Eliana
Navarro, Adriana Valdés escribió en 2006: "Para contar esa historia [de la
poesía], se usa hablar de la poesía que irrumpe, que conquista un lugar; se usa
hablar de la poesía más estridente, se usa hablar de metáforas guerreras, de
poder, de territorialidades. Hay una especie de geopolítica de la poesía, tal
como hay una historia de la poesía que es la historia de los monumentos, de las
generaciones que se disputan el poder, de esta extraña imaginación chilena que
pone a los poetas en fila india (a lo mejor es muy angosto el país, como
nuestra imaginación), y les hace disputar un primer lugar, como si vivieran en
el patio de un colegio de hombres".
-¿Cree que ha cambiado el panorama desde
que hizo estas afirmaciones?
-Si te fijas, yo no estaba hablando de la
poesía misma, sino de cómo se hace su historia. La idea de la fila india se
opone a la de la constelación: muchas voces diferentes, que se potencien unas a
otras en lugar de acallarse mutuamente o imponerse normas. Me gustaría hacer o
leer una historia "más atenta al matiz y al sigilo de sus forasteros o sus
extranjeros" -como escribí a propósito de Pedro Lastra-, que al estruendo
de las grandes voces; menos basada en manifiestos, y más en una práctica
recatada y discreta.
-¿En quiénes piensa?
-En ese artículo, me preocupaba especialmente
la escritura de algunas mujeres, que habíamos estudiado ese año en un seminario
inspirado en el escaso reconocimiento que tuvo en su época Emily Dickinson, por
ejemplo, y que hoy está en la primera línea de la poesía estadounidense. Me
preocupaban las escrituras que no formaban parte de una especie de
"historia oficial" de la poesía, y sin embargo eran poesía, y a veces
de la mejor. Pienso en los casos de Rosa Cruchaga, Carmen Orrego, Eliana
Navarro y de Cecilia Casanova, que hace una poesía maravillosa, ¿pero quién la
lee?
-Ha escrito mucho de los poetas, pero poco
de los narradores chilenos de hoy.
-Ahora estoy bien interesada en la
narrativa. En el fondo, percibí eso que dices como una falta de información de
mi parte. Hubo un momento en que me desinteresé de las novelas, porque tuve
malas experiencias, las encontré muy largas. Ahora retomé novelas de otra
generación. Estrellas muertas, de Álvaro Bisama, me gustó mucho.
También Formas de volver a casa , de Alejandro Zambra, a quien
admiro. Estuve leyendo a Alejandra Costamagna. Me encantó el primer libro de
Cynthia Rimsky, Poste restante . Todo eso me interesa. Es otra manera
de narrar; más breve, en primer lugar. A mí los grandes monumentos, a lo Germán
Marín, digamos, me agotaron. La vida doble , de Arturo Fontaine,
también me pareció un libro de muy buen nivel.
-¿A qué críticos sigue actualmente?
-Hay una generación nueva tan inteligente,
que da gusto. En general, la leo en internet. Por ejemplo, en Letras en línea,
que edita Fernando Pérez. Hace cinco años, cuando armé el libro de ensayos
sobre Alfredo Jaar, sólo llamé a personas menores de cuarenta años, justamente
para crear más polos en las artes visuales. Gente que después se ha destacado,
como Pablo Chiuminatto, Sandra Accatino, Rodrigo Zúñiga, Ana María Risco y
Bruno Cuneo.
-¿Está preparando algún paper o monografía
académica?
-No, eso me aburre muchísimo; ya pasó esa
etapa para mí. Estoy armando un librito hace tiempo, que recoge mis ensayos más
atípicos, los más cortitos, los menos académicos, los más osados. Por eso les
puse "Idiotextos". Por otro lado, yo creo que voy a dejar mi vejez a
la traducción de poesía. Es lo más satisfactorio que uno puede hacer. No
siempre te resulta, pero por Dios que lo pasas bien. Y algo resulta. Te emplea
a fondo todas las facultades. Ya no estoy en edad de emprender grandes
proyectos personales, pero sí de colaborar en proyectos que me parezcan
interesantes. En este momento estoy traduciendo para la revista "Pensar
& Poetizar", que dirige Bruno Cuneo, algunos textos del
libro Decreation , de Anne Carson.
-En un poema contrapone la música a las
palabras y dice que prefiere en su funeral más de la primera. Trabajar con el
lenguaje, ser consciente de todos sus matices, ¿provoca desconfianza en él?
-Yo veo como muy irónico ese poema.
Siempre he pensado que los muertos han de rechinar los dientes en el cajón
cuando oyen las cosas que dicen de ellos. La música desafina menos en relación
con la muerte, porque es más ambigua. Recubrir la muerte de palabras es poner
en evidencia que las palabras no sirven para eso, como tampoco las buenas
intenciones. En la música no se percibe eso igualmente, salvo que esté muy mal
escogida. Por otro lado, pienso en la palabra como Huidobro pensaba en el
adjetivo: "cuando no da vida, mata". La palabra repetida,
convencional, la cháchara, la propaganda, todas juegan en el equipo de la
muerte. La poesía es lo que sale cuando el habla se entra; es todo lo contrario
de la cháchara, o debiera serlo.
Poesía chilena viva
Se nota la mano de Adriana Valdés en la
Academia Chilena de la Lengua, a la que se incorporó en 1993 para ocupar el
sillón de Yolando Pino Saavedra. Gracias a su iniciativa, el Instituto de Chile
se ha abierto al público como lugar de recitales y presentaciones en las que
han participado, entre otros, los poetas Manuel Silva, Floridor Pérez, Hernán
Miranda, Roberto Onell, Cristóbal Joannon, Gloria Dünkler (Premio Academia
2010) y, como traductores de poesía, Miguel Castillo Didier y Juan Cristóbal
Romero.
"Cuando fui elegida vicedirectora,
hace algo más de un año, quise contribuir con un proyecto que llamé 'Poesía
chilena viva'. La idea era celebrar la poesía que estaba apareciendo, con lo
que teníamos: casi ningún dinero, pero sí el nombre, la convocatoria, la casa del
instituto y nuestro propio trabajo. Pensamos en la poesía porque la amamos,
evidentemente, y también porque es una actividad tan gratuita; nadie gana
dinero con ella, los poetas y los editores hacen milagros".
Articulo : http://diario.elmercurio.com
18/09/2011
