samedi 17 septembre 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ La polémica caída de Editorial Norma


Grupo Carvajal Decisión estratégica
La polémica caída de Editorial Norma
Por Pedro Pablo Guerrero

La retirada del sello colombiano se atribuye en el medio editorial a los malos resultados obtenidos por su política de pagar onerosos anticipos a escritores de éxito.  

Un comunicado de prensa difundido desde Colombia remeció la semana pasada al mundo del libro. El Grupo Carvajal, propietario de Norma, arguyendo una "focalización en el sector de educación", acordó "desinvertir" en cuatro líneas de negocio que "no atienden de manera directa este mercado": libros de ficción adultos, no ficción, bolsillo y autoayuda. De ahora en adelante, la editorial concentraría sus esfuerzos en literatura infantil y juvenil, textos escolares, diccionarios, manuales de gerencia y papelería; es decir, cuadernos, lápices de colores y mochilas.

Si bien esta decisión se dio a conocer el viernes a los medios, tres días antes se había comunicado a los empleados de la filial chilena. "Nos reunieron a todos los trabajadores y se nos informó a través de una teleconferencia que se transmitió a todos los países donde el grupo tiene operaciones", dice una fuente de la empresa, quien revela, además, que el sello se retira de España y que después de una etapa de transición, dejará de usar la marca Norma para adoptar el nombre de Carvajal Educación, expandiendo sus negocios en esta área con nuevos productos, contenidos digitales y pizarras interactivas. Los libros pertenecientes a las líneas clausuradas se continuarán vendiendo hasta diciembre. Sigue en pie, asimismo, la participación de Norma en la Feria del Libro de Santiago.

Esta drástica reorientación comercial, que en la práctica significa el cierre de Norma, ha implicado la salida, en Chile, de seis empleados, incluido su editor, Sergio Gómez, quien se excusó de hacer declaraciones, y debería dejar la empresa en diciembre.

El escueto comunicado del Grupo Carvajal no entrega explicaciones para esta decisión, que supone eliminar áreas consideradas estratégicas. Lo preocupante -observan muchos- es que ni siquiera se trate de una venta, sino lisa y llanamente de un cierre, algo que no se veía hace décadas en el mundo editorial.

El fin de Norma se interpreta como un repliegue forzado por el fracaso en la política de posicionamiento entre las grandes editoriales de habla hispana que inició hace tres años la presidenta María Fernanda Carvajal. Un proceso impulsado mediante el pago de anticipos para reclutar autores con éxito de ventas. En el caso de la filial chilena, los narradores Roberto Ampuero, Pablo Simonetti y Sebastián Edwards, a quienes Sergio Gómez -antes editor de Planeta-, conquistó para Norma en estrecha alianza con el agente literario argentino Guillermo Schavelzon.

Aunque los libros de estos autores se vendieron bien en el mercado local, ocupando durante meses los primeros lugares de los rankings , no alcanzaron a compensar los anticipos que, en los casos de Ampuero y Simonetti, fluctuaron entre los 170 y 200 mil dólares. "Las operaciones no dieron los resultados esperados. En Chile no han recuperado lo que gastaron", asegura una fuente que trabajó en Norma.

El tema de los anticipos es sensible al interior del conglomerado. "En toda la industria editorial se pagan anticipos; unos se recuperan y otros no. El punto es el proceso de focalización en el mercado de la educación al que quiere apostarle la compañía", asevera Gladys Helena Regalado, presidenta de Carvajal Educación, quien añade que la medida se venía analizando desde hace meses.

Hacia la anticoncentración editorial

Andrea Palet, directora del Magíster de Edición de la UDP, interpreta la decisión "como un fracaso total, aunque nadie puede esperar que una empresa asuma abiertamente que lo hizo muy mal; de ahí los eufemismos". A su juicio, "la política de anticipos abultados, aunque tiene un sentido comercial, siempre ha sido mala idea; eso se ve antes o después, y habla de lógicas de management que no siempre se pueden trasladar al mundo del libro". Es imposible pretender -dice Palet- que la industria editorial aporte excedentes propios de la industria del espectáculo o que trate de imitar sus códigos para funcionar.

Schavelzon, por su parte, deslinda responsabilidades con firmeza. "Si Norma ha decidido cerrar, estoy muy tranquilo de que no ha sido por los autores que yo represento", asegura. Y consultado acerca de si los anticipos que se desembolsaron están alejados de la realidad de los mercados regionales, el agente literario responde: "¿Cómo se amortiza un anticipo? La fórmula aritmética de tantos libros vendidos tanto de derechos devengados es casi del siglo XIX. A veces se paga un anticipo desproporcionado, porque ese libro sirve para que todos los libreros -si quieren tenerlo- pongan al día sus deudas con la editorial. Nadie en la edición -tampoco Norma- paga más de lo que corresponde. Los anticipos son la parte que más morbo mediático tiene en esta actividad, pero no es lo fundamental ni, en general, lo que define una contratación".

Como fuese, el terremoto de Norma se veía venir. "Que el grupo haya cambiado cinco presidentes en cuatro años fue una señal de alarma, ya que cada uno traía su propia visión del negocio y sus propios planes", dice Schavelzon.

Otro especialista en edición apunta a la presencia atípica que ha caracterizado al grupo colombiano, un holding con áreas de negocios tan dispares como la fabricación de muebles y empaques industriales: "Norma ha sido una incógnita. Tienen oficinas aquí, con un editor de aquí, pero siempre ha dado la impresión, mucho más que otras editoriales transnacionales, de ser una operación extranjera injertada. Claramente con los anticipos fabulosos intentó conquistar un espacio y conseguir reconocimiento como una editorial de peso".

En general, los profesionales del sector no creen que la decisión de Norma contagie a otros sellos, aunque sí ven en ella una señal de advertencia. "La edición -dice Schavelzon- no es un negocio suficientemente rentable para las grandes corporaciones que tienen sus ingresos más importantes en otras actividades. Y los accionistas tienen derecho a decidir en qué invierten y en qué no. ¿Podemos hacerles críticas morales? Lamentablemente, no. Quizás este hecho marque un lento inicio del proceso de anticoncentración de la industria editorial. Pienso que ésa es la próxima etapa de la edición mundial".

Coincide con esta mirada el argentino Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor: "Lo de Norma me parece una sana decisión: se va cada vez más a la especialización, lo que crea para las editoriales más chicas, 'nichos' de mercado que les permiten crecer".

Sobre la suerte que correrán sus escritores, el agente Guillermo Schavelzon pronostica: "No tendrán ninguna dificultad para ubicarse en otra casa. Por supuesto que será un movimiento doloroso. Lo siento muchísimo por el personal de la editorial, aunque estoy convencido de que en unos meses los veremos haciendo lo mismo en otras casas".

Habrá que esperar. Respecto de los escritores, al menos, en Planeta dicen que todavía no han sostenido conversaciones con nadie. En Alfaguara tampoco.

Reacciones de escritores

Santiago Gamboa
"Tal vez Norma era una 'línea de negocio' sin abultadas ganancias o incluso en números rojos, pero le daba al grupo una muy valiosa plusvalía: prestigio", escribió el narrador colombiano en El Espectador.

"Se llevan por delante a la última gran editorial latinoamericana de origen nacional, y dejan en la calle a una cantidad de escritores de toda América Latina que creyeron en su proyecto (...). Ni hablar de los buenos editores Pere Sureda, en España, Sergio Gómez en Chile o Ulises Roldán en Puerto Rico, que se la jugaron y ahora quedan desempleados. Es cierto que una empresa privada hace con su patrimonio lo que le place, pero al tratarse de un 'producto cultural' asume ciertos compromisos éticos y morales".

Leonardo Sanhueza
El poeta y columnista chileno opinó en Twitter: "Norma tiene un catálogo miserable, dos o tres títulos y montañas de basura al kilo. ¿Por qué lloran tanto que ya no publique 'literatura'?" Y añadió: "Qué pena, desaparece del mapa literario una editorial que paga 50.000 dólares por publicar a Sebastián Edwards". Sin embargo, también recordó que el sello tuvo una buena -pero fugaz- colección de poesía y publicó al brasileño Rubem Fonseca.

Articulo : http://www.emol.com/ 11/09/2011 

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