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Elogio de las capillas
Por Pico Iyer
Las capillas no necesariamente son
religiosas. En ellas se puede descubrir desde un oasis de intimidad y silencio
hasta una vía para el reencuentro con uno mismo.
En pantallas publicitarias gigantes veo
enormes figuras que hablan y se contonean y cantan. También alguien parlotea en
la pantalla diminuta del taxi al que me acabo de subir. Nueve personas en esta
esquina están hablando a gritos, con cables suspendidos de sus orejas, dando
pinchazos a las pantallas que les caben en la palma de la mano. Leí
recientemente que una adolescente envió trescientos mil mensajes de texto en un
mes: diez mensajes por cada minuto de su vida, asumiendo que estaría despierta
dieciséis horas al día. Actualmente en el planeta hay más teléfonos móviles que
personas (había diez celulares por cada habitante al comienzo de este siglo).
Incluso a finales del siglo pasado el ser humano promedio veía tantas imágenes
en un día como un habitante de la era victoriana apreciaba en toda su
existencia.
Entonces me escapo de la congestionada
Quinta Avenida para recluirme en el espacioso silencio de la Catedral de San
Patricio. Las velas parpadean aquí y allá, intensificando mi sensación de
aquello que no puedo ver. La gente está arrodillada, sus cabezas inclinadas,
guiando mi atención hacia lo que no puede decirse. La luz inunda el espacio a
través de los grandes vitrales azules y yo he entrado a una región donde no
existimos ni yo ni la región. Registro todo a mi alrededor: las piedras
gastadas, las pequeñas cruces, los misales, los rostros mirando al cielo.
Entonces tomo asiento, cierro mis ojos y me escapo del tiempo, hacia todo
aquello que se extiende más allá.
Cuando miro mi vida en retrospectiva, las
partes que me importan y me afianzan, lo que veo es una serie de capillas.
Pueden ser construcciones antiguas o modernas, pueden tener paredes agrietadas
o estar al aire libre, pueden ser lugares de lectura o de reflexión, esquinas
escondidas en una ciudad o espacios desiertos en un bosque. Son tan visibles
como las personas. Y, como las personas, poseen una quietud en lo más profundo
de su ser que disuelve cualquier discusión sobre arriba y abajo, oriente y
occidente, tú y yo. Las campanas tañen y yo me pierdo hasta no saber si repican
conmigo o sin mí.
La primera vez que iba a entrar a un
edificio de oficinas de Nueva York (para una entrevista de trabajo, hace
veintiocho años), pasé primero a recogerme, en todos los sentidos, a la
Catedral de San Patricio. Sabía que así tendría una perspectiva verdadera de
todas las cosas que iba a afrontar: una empresa, una nueva vida, mis
ambiciones. Fue el marco que dio definición a todo. Desde entonces sigo la
práctica de pasar por ese espacio cada vez que vuelvo a la ciudad, para
acordarme de aquello que es real y duradero antes de entregarme a aquello que
no lo es. Una capilla ofrece el silencio más profundo que podamos absorber, a
menos que vivamos enclaustrados. Una capilla nos permite abrirnos como si
fuéramos niños de nuevo.
En 1929, la BBC de Londres decidió iniciar
unas transmisiones de “silencio en vivo” en memoria de los muertos, en lugar de
la simple práctica de detener las transmisiones dos minutos al día. El oyente
sentía que era importante escuchar un susurro de papeles, un pajarito cantando
afuera, alguien tosiendo a lo lejos. Como dijo un anunciante de la emisora, con
rara sabiduría: “El silencio desvanece la personalidad y nos permite hacernos
grandes, universales”. En otras palabras, nos permite ser aquello que podríamos
ser si tan solo tuviéramos el espíritu abierto y la confianza. Una capilla es
el lugar donde oímos algo y nada, donde nos oímos nosotros mismos y a todos los
demás. Un silencio que no es la ausencia de sonido sino la presencia de algo
más profundo, la profundidad que hay debajo de nuestros pensamientos.
Hace muchos años, cuando aún estaba muy
joven y no sabía nada, trabajé en una oficina ubicada en un piso 25, a cuatro cuadras de Times
Square en Nueva York. Los teletipos vibraban frenéticamente cada segundo con
las noticias. Era el departamento de noticias internacionales de la
revista Time, y había mensajeros incansables que traían siempre los
últimos reportes de nuestros corresponsales. Los editores gritaban, las
primeras computadoras chisporroteaban, los televisores en la oficina del editor
general irrumpían con los sucesos de última hora. Hablábamos, discutíamos,
revisábamos datos y casi todas las tardes escribíamos entre veinte y
veinticinco páginas.
Abandoné todo eso por irme a un monasterio
en las callejuelas de Kioto. Quería aprender acerca del silencio. Quería saber
quién soy cuando no estoy pensando en ello. Los japoneses son maestros en el
arte de no decir nada. Esto se debe a que su atención está más concentrada en
escuchar, usar pocas palabras y hablar con generalidades; pero también a que,
cuando hablan, se cuidan de decir cosas ofensivas, escandalosas o polémicas.
Son como moderadores en una nación donde exhibirse es casi prohibido. Ellos
saben que se aprende más al escuchar que al hablar; saben que se crea un
círculo más amplio cuando no se piensa en uno sino en todas las personas
alrededor y en el terreno que comparten. Tengo desde hace veintitrés años una
relación con una dulce mujer japonesa y he aprendido, con esfuerzo, que el
ideal de una cita amorosa en Japón consiste en ir juntos a cine y salir sin
pronunciar una sola palabra.
Quizás no necesitaría entrenarme en
prestar atención y quedarme tranquilo si no fuera porque me encantaba
parlotear; mis colegas y amigos en Inglaterra y Estados Unidos me incentivaban
a hablar, a mostrarme, a afirmar mi pequeño yo en toda su insignificante
gloria. Quizás no necesitaríamos capillas si nuestras vidas ya fueran claras y
calmas. Los santos, un Jesús por ejemplo, no necesitaban entrar a una iglesia:
siempre llevaban una en su interior. Las capillas son salas de emergencia para
el alma. Son el lugar donde podemos ir confiados a averiguar quiénes somos y
qué deberíamos hacer con nuestras vidas, usualmente por la vía de descubrir lo
que no somos y encontrar aquello que es más vasto que nosotros, aquello a lo
que solo podemos rendirnos.
Ralph Waldo Emerson escribió: “Me gustan
las iglesias en silencio, justo antes de que empiece la misa”. Yo crecí en
capillas durante mi vida escolar en Inglaterra. A lo largo de esos años,
teníamos que ir a la capilla cada mañana y rezar en un salón pequeño cada
noche. La capilla se convirtió en todo aquello de lo que queríamos escapar; era
el lugar donde nos hacíamos muecas, garabateábamos en los misales y nos reíamos
con disimulo cada vez que había que cantar sobre “el seno del Señor”. Todo lo
que queríamos era aire, movimiento, libertad. Pero al ir pasando los años
empecé a ver que ningún movimiento tiene sentido a menos que haya una quietud
en el fondo, que todas nuestras exploraciones eran tan valiosas como el lugar
inmóvil al que las traíamos cuando retornábamos.
A mis treinta y pocos años, noté que había
acumulado un millón y medio de millas solo en United Airlines. Empecé a visitar
un monasterio. No lo hacía por convertirme a una religión ni para asistir a los
servicios en la capilla, aunque fui muchísimas veces (como lo hubiera hecho
Emerson) cuando no había nadie. Mi verdadera capilla era mi pequeña celda en la
ermita, con vista al azul infinito del Océano Pacífico y a las aves que se
posaban en la cerca del jardín. La capilla era el silencio y el espacio en que
podía posar mis pensamientos humanos, demasiado humanos, en un contexto mucho
más amplio.
En esas celdas, situadas en un monasterio
benedictino a orillas del mar, me he quedado más de cincuenta veces en casi
veinte años. He estado enclaustrado con los monjes; una vez pasé tres semanas
en silencio; otra vez me quedé en un tráiler en completa oscuridad; así mismo
he estado en la pequeña casa de los trabajadores del monasterio, donde he
encontrado a los monjes haciendo reparaciones en las vigas y también planeando
sus próximas excursiones, sentados frente al computador.
Ahora ese lugar vive dentro de mí con
tanto poder que mi hogar en Japón parece y se siente como una ermita
benedictina. En ese sitio no recibo periódicos ni revistas, y no veo
televisión. Nunca he tenido un teléfono celular, y me he asegurado de que casi
no nos conectemos a internet. No tenemos carro, ni siquiera bicicleta, y el
apartamento (que alguna vez tuvo cuatro ocupantes: mi esposa, mis dos hijos y
yo) consiste en dos habitaciones. Todas las noches a las ocho y media me
acuesto en un sofá y duermo, y pienso que ésta es la aventura más lujosa,
expansiva y liberadora que pueda imaginar.
Una capilla es el lugar donde puedes oír
algo latiendo debajo de tu corazón.
Articulo : http://www.elmalpensante.com/
Agosto 2011
