samedi 17 septembre 2011

Pico IYER/ Elogio de las capillas


Artículos
Elogio de las capillas
Por Pico Iyer

Las capillas no necesariamente son religiosas. En ellas se puede descubrir desde un oasis de intimidad y silencio hasta una vía para el reencuentro con uno mismo.

En pantallas publicitarias gigantes veo enormes figuras que hablan y se contonean y cantan. También alguien parlotea en la pantalla diminuta del taxi al que me acabo de subir. Nueve personas en esta esquina están hablando a gritos, con cables suspendidos de sus orejas, dando pinchazos a las pantallas que les caben en la palma de la mano. Leí recientemente que una adolescente envió trescientos mil mensajes de texto en un mes: diez mensajes por cada minuto de su vida, asumiendo que estaría despierta dieciséis horas al día. Actualmente en el planeta hay más teléfonos móviles que personas (había diez celulares por cada habitante al comienzo de este siglo). Incluso a finales del siglo pasado el ser humano promedio veía tantas imágenes en un día como un habitante de la era victoriana apreciaba en toda su existencia.

Entonces me escapo de la congestionada Quinta Avenida para recluirme en el espacioso silencio de la Catedral de San Patricio. Las velas parpadean aquí y allá, intensificando mi sensación de aquello que no puedo ver. La gente está arrodillada, sus cabezas inclinadas, guiando mi atención hacia lo que no puede decirse. La luz inunda el espacio a través de los grandes vitrales azules y yo he entrado a una región donde no existimos ni yo ni la región. Registro todo a mi alrededor: las piedras gastadas, las pequeñas cruces, los misales, los rostros mirando al cielo. Entonces tomo asiento, cierro mis ojos y me escapo del tiempo, hacia todo aquello que se extiende más allá.

Cuando miro mi vida en retrospectiva, las partes que me importan y me afianzan, lo que veo es una serie de capillas. Pueden ser construcciones antiguas o modernas, pueden tener paredes agrietadas o estar al aire libre, pueden ser lugares de lectura o de reflexión, esquinas escondidas en una ciudad o espacios desiertos en un bosque. Son tan visibles como las personas. Y, como las personas, poseen una quietud en lo más profundo de su ser que disuelve cualquier discusión sobre arriba y abajo, oriente y occidente, tú y yo. Las campanas tañen y yo me pierdo hasta no saber si repican conmigo o sin mí.

La primera vez que iba a entrar a un edificio de oficinas de Nueva York (para una entrevista de trabajo, hace veintiocho años), pasé primero a recogerme, en todos los sentidos, a la Catedral de San Patricio. Sabía que así tendría una perspectiva verdadera de todas las cosas que iba a afrontar: una empresa, una nueva vida, mis ambiciones. Fue el marco que dio definición a todo. Desde entonces sigo la práctica de pasar por ese espacio cada vez que vuelvo a la ciudad, para acordarme de aquello que es real y duradero antes de entregarme a aquello que no lo es. Una capilla ofrece el silencio más profundo que podamos absorber, a menos que vivamos enclaustrados. Una capilla nos permite abrirnos como si fuéramos niños de nuevo.

En 1929, la BBC de Londres decidió iniciar unas transmisiones de “silencio en vivo” en memoria de los muertos, en lugar de la simple práctica de detener las transmisiones dos minutos al día. El oyente sentía que era importante escuchar un susurro de papeles, un pajarito cantando afuera, alguien tosiendo a lo lejos. Como dijo un anunciante de la emisora, con rara sabiduría: “El silencio desvanece la personalidad y nos permite hacernos grandes, universales”. En otras palabras, nos permite ser aquello que podríamos ser si tan solo tuviéramos el espíritu abierto y la confianza. Una capilla es el lugar donde oímos algo y nada, donde nos oímos nosotros mismos y a todos los demás. Un silencio que no es la ausencia de sonido sino la presencia de algo más profundo, la profundidad que hay debajo de nuestros pensamientos.

Hace muchos años, cuando aún estaba muy joven y no sabía nada, trabajé en una oficina ubicada en un piso 25, a cuatro cuadras de Times Square en Nueva York. Los teletipos vibraban frenéticamente cada segundo con las noticias. Era el departamento de noticias internacionales de la revista Time, y había mensajeros incansables que traían siempre los últimos reportes de nuestros corresponsales. Los editores gritaban, las primeras computadoras chisporroteaban, los televisores en la oficina del editor general irrumpían con los sucesos de última hora. Hablábamos, discutíamos, revisábamos datos y casi todas las tardes escribíamos entre veinte y veinticinco páginas.

Abandoné todo eso por irme a un monasterio en las callejuelas de Kioto. Quería aprender acerca del silencio. Quería saber quién soy cuando no estoy pensando en ello. Los japoneses son maestros en el arte de no decir nada. Esto se debe a que su atención está más concentrada en escuchar, usar pocas palabras y hablar con generalidades; pero también a que, cuando hablan, se cuidan de decir cosas ofensivas, escandalosas o polémicas. Son como moderadores en una nación donde exhibirse es casi prohibido. Ellos saben que se aprende más al escuchar que al hablar; saben que se crea un círculo más amplio cuando no se piensa en uno sino en todas las personas alrededor y en el terreno que comparten. Tengo desde hace veintitrés años una relación con una dulce mujer japonesa y he aprendido, con esfuerzo, que el ideal de una cita amorosa en Japón consiste en ir juntos a cine y salir sin pronunciar una sola palabra.

Quizás no necesitaría entrenarme en prestar atención y quedarme tranquilo si no fuera porque me encantaba parlotear; mis colegas y amigos en Inglaterra y Estados Unidos me incentivaban a hablar, a mostrarme, a afirmar mi pequeño yo en toda su insignificante gloria. Quizás no necesitaríamos capillas si nuestras vidas ya fueran claras y calmas. Los santos, un Jesús por ejemplo, no necesitaban entrar a una iglesia: siempre llevaban una en su interior. Las capillas son salas de emergencia para el alma. Son el lugar donde podemos ir confiados a averiguar quiénes somos y qué deberíamos hacer con nuestras vidas, usualmente por la vía de descubrir lo que no somos y encontrar aquello que es más vasto que nosotros, aquello a lo que solo podemos rendirnos.

Ralph Waldo Emerson escribió: “Me gustan las iglesias en silencio, justo antes de que empiece la misa”. Yo crecí en capillas durante mi vida escolar en Inglaterra. A lo largo de esos años, teníamos que ir a la capilla cada mañana y rezar en un salón pequeño cada noche. La capilla se convirtió en todo aquello de lo que queríamos escapar; era el lugar donde nos hacíamos muecas, garabateábamos en los misales y nos reíamos con disimulo cada vez que había que cantar sobre “el seno del Señor”. Todo lo que queríamos era aire, movimiento, libertad. Pero al ir pasando los años empecé a ver que ningún movimiento tiene sentido a menos que haya una quietud en el fondo, que todas nuestras exploraciones eran tan valiosas como el lugar inmóvil al que las traíamos cuando retornábamos.

A mis treinta y pocos años, noté que había acumulado un millón y medio de millas solo en United Airlines. Empecé a visitar un monasterio. No lo hacía por convertirme a una religión ni para asistir a los servicios en la capilla, aunque fui muchísimas veces (como lo hubiera hecho Emerson) cuando no había nadie. Mi verdadera capilla era mi pequeña celda en la ermita, con vista al azul infinito del Océano Pacífico y a las aves que se posaban en la cerca del jardín. La capilla era el silencio y el espacio en que podía posar mis pensamientos humanos, demasiado humanos, en un contexto mucho más amplio.

En esas celdas, situadas en un monasterio benedictino a orillas del mar, me he quedado más de cincuenta veces en casi veinte años. He estado enclaustrado con los monjes; una vez pasé tres semanas en silencio; otra vez me quedé en un tráiler en completa oscuridad; así mismo he estado en la pequeña casa de los trabajadores del monasterio, donde he encontrado a los monjes haciendo reparaciones en las vigas y también planeando sus próximas excursiones, sentados frente al computador.

Ahora ese lugar vive dentro de mí con tanto poder que mi hogar en Japón parece y se siente como una ermita benedictina. En ese sitio no recibo periódicos ni revistas, y no veo televisión. Nunca he tenido un teléfono celular, y me he asegurado de que casi no nos conectemos a internet. No tenemos carro, ni siquiera bicicleta, y el apartamento (que alguna vez tuvo cuatro ocupantes: mi esposa, mis dos hijos y yo) consiste en dos habitaciones. Todas las noches a las ocho y media me acuesto en un sofá y duermo, y pienso que ésta es la aventura más lujosa, expansiva y liberadora que pueda imaginar.

Una capilla es el lugar donde puedes oír algo latiendo debajo de tu corazón.

Articulo : http://www.elmalpensante.com/ Agosto 2011

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