El Quirinal
Por Rafael Gumucio
Ruiz, Bolaño, Jodorowsky. Lanzo de una
manera quizás ciegamente snob todos esos nombres esenciales de la cultura
chilena, escritores, cineastas, psicomagos que tienen en común el mismo
maestro: Nicanor Parra, que mañana cumple 97 años.
Raúl Ruiz ha sido estas semanas parte de
mi vida como nunca lo fue mientras vivía. He pasado mis noches viendo en
YouTube una de sus obras maestras, "Nadie dijo nada". Eso y cientos
de entrevistas en todos los formatos que me ayudan a inventarme un diálogo al
que no tuve derecho en vida. Tengo muchas cosas que preguntarle, muchas que
apostillarle, muchos detalles que quisiera saber de su boca. Ya es tarde, se me
escapó. Algo más extraño aún si pienso en la cantidad de experiencias o amigos
comunes que nos unieron. O quizás nos separaron, porque olí en el cineasta, las
pocas veces que lo vi, una desconfianza que era quizás en parte reflejo de la
mía. El temor a que la admiración se me notara mucho, esa estúpida dignidad que
me impide ser parte de la corte de nadie cuando quizás nada enseña mejor a
reinar que ver a otro de cerca hacerlo.
Algo parecido me pasó con Bolaño,
desperdicié cada vez que pude las múltiples posibilidades de conocerlo más a
fondo. Navegué por los mismos espacios, las mismas amistades, tratando de no
molestar, en parte por un militar sentido de la jerarquía (yo era un sargento
que no tenía que molestar a los oficiales), en parte por una envidia, por una
competitividad que me avergüenza admitir. Parte de lo que impidió mi amistad
con esos íconos fue la absurda e incontrolable ansiedad de que me escucharan a
mí, mi incapacidad para comprender -ambos cercados por un hígado y un páncreas
deficientes- que debía escucharlos, que los instantes en que los vi era un
regalo nada común, una moneda, su tiempo, que se les estaba agotando.
Conocí a Ruiz y a Bolaño, pero en el fondo
no los conocí, hice lo posible para no conocerlos al menos. Me unió con ellos
una familiaridad extraña, como el primo insolente y un poco desatento que no
les quedaba otra que admitir como parte de la familia. Eso sentí claramente la
vez que me topé con Ruiz en la calle Santa Magdalena, yo esperando para
entrevistar a Jorodowsky. Ruiz que salió espantado cuando se enteró de mi
misión.
-No, ese me da miedo-, me dijo.Y una
sonrisa por fin cómplice, por fin lejana a cualquier sospecha. Lanzo de una
manera quizás ciegamente snob todos esos nombres esenciales de la cultura
chilena, escritores, cineastas, psicomagos que tienen en común el mismo
maestro, uno al que sí conocí, o conozco: Nicanor Parra, que mañana cumple 97
años.
Me consuelo a veces de mi torpeza pensando
que conocí mal las ramas más brillantes, más extrañas de la cultura chilena,
pero que tuve y espero seguir teniendo por muchos años más el privilegio de
poder conversar sin esa mezcla rara de timidez y vanidad, de miedo y orgullo,
con la raíz de todo eso, de todos ellos, Nicanor Parra Sandoval. Un logro que
por supuesto no es mío, sino del propio Parra, porque fue a él al que se le
ocurrió mandarme recado para que fuera a ver como reinventaba a su manera mi
carta abierta a monseñor Medina. Su atención cercana, cómplice, inquisidora,
colaborativa y conspirativa a la vez, que es un honor cualquier cosa menos
único, un honor que comparto como tantas otras cosas con Patricio Fernández o
Ignacio Echevarría. Parra que nos une también a Matías Rivas y a Alejandro
Zambra, o que me hizo descubrir a Adán Méndez. Parra que logra que se hable de
él en los más extraños ambientes. Parra, que está mejor enterado que todos los
periodistas de este diario y de los otros de lo que pasa y no pasa en la
cultura chilena de ahora mismo. Parra, que sin moverse de Las Cruces ha logrado
que una generación y otra se mueva en torno a Las Cruces. Esto, sin repartir
dádivas ni excomuniones -o sólo algunas, nunca permanentes-, sino simplemente
regalando un cierto software propio, una inteligencia que está en su poesía
pero también en la de los otros, que está en lo que dice y no dice, que se te
contagia sin saber cómo. Una forma de ver Chile mismo, que yo ya no puedo
separar del país.
Un arte de Nicanor Parra, quizás el menos
estudiado, es esa generosidad nada desinteresada con que ejerce a tiempo
completo la enseñanza. El arte de la influencia, que se basa en un conocimiento
milimétrico del otro y de sí mismo. El profesor Parra especialista en asignarte
tareas, guiarte de a poco, incluso lograr que te gradúes, o sea, que te
rebeles. ¿Ese será quizás el misterio de su longevidad? Una vampiresca
capacidad de absorber las energías ajenas, de llenar otros cuerpos y mentes
para que hagan lo que su perfecto conocimiento de las limitaciones propias no
le deja intentar. La Violeta que es Nicanor Parra cantando, las películas
chilenas de Raúl Ruiz que es la poesía de Ruiz hecha película, las novelas de
Bolaño que están a la búsqueda de esa montaña rusa de la que habla Parra en uno
de sus más famosos poemas. Esa montaña rusa es quizás a estas alturas nuestra
cordillera, tan ahí que no la vemos, inevitable cruce donde confluyen todos los
caminos que llegan a Roma, no al Vaticano, sino al Quirinal, como llamaban los
veraneantes de ayer al barrio de Las Cruces en que vive Nicanor Parra.
