dimanche 11 septembre 2011

Rafael GUMUCIO/ El Quirinal


El Quirinal
Por Rafael Gumucio 

Ruiz, Bolaño, Jodorowsky. Lanzo de una manera quizás ciegamente snob todos esos nombres esenciales de la cultura chilena, escritores, cineastas, psicomagos que tienen en común el mismo maestro: Nicanor Parra, que mañana cumple 97 años.  

Raúl Ruiz ha sido estas semanas parte de mi vida como nunca lo fue mientras vivía. He pasado mis noches viendo en YouTube una de sus obras maestras, "Nadie dijo nada". Eso y cientos de entrevistas en todos los formatos que me ayudan a inventarme un diálogo al que no tuve derecho en vida. Tengo muchas cosas que preguntarle, muchas que apostillarle, muchos detalles que quisiera saber de su boca. Ya es tarde, se me escapó. Algo más extraño aún si pienso en la cantidad de experiencias o amigos comunes que nos unieron. O quizás nos separaron, porque olí en el cineasta, las pocas veces que lo vi, una desconfianza que era quizás en parte reflejo de la mía. El temor a que la admiración se me notara mucho, esa estúpida dignidad que me impide ser parte de la corte de nadie cuando quizás nada enseña mejor a reinar que ver a otro de cerca hacerlo.

Algo parecido me pasó con Bolaño, desperdicié cada vez que pude las múltiples posibilidades de conocerlo más a fondo. Navegué por los mismos espacios, las mismas amistades, tratando de no molestar, en parte por un militar sentido de la jerarquía (yo era un sargento que no tenía que molestar a los oficiales), en parte por una envidia, por una competitividad que me avergüenza admitir. Parte de lo que impidió mi amistad con esos íconos fue la absurda e incontrolable ansiedad de que me escucharan a mí, mi incapacidad para comprender -ambos cercados por un hígado y un páncreas deficientes- que debía escucharlos, que los instantes en que los vi era un regalo nada común, una moneda, su tiempo, que se les estaba agotando.

Conocí a Ruiz y a Bolaño, pero en el fondo no los conocí, hice lo posible para no conocerlos al menos. Me unió con ellos una familiaridad extraña, como el primo insolente y un poco desatento que no les quedaba otra que admitir como parte de la familia. Eso sentí claramente la vez que me topé con Ruiz en la calle Santa Magdalena, yo esperando para entrevistar a Jorodowsky. Ruiz que salió espantado cuando se enteró de mi misión.

-No, ese me da miedo-, me dijo.Y una sonrisa por fin cómplice, por fin lejana a cualquier sospecha. Lanzo de una manera quizás ciegamente snob todos esos nombres esenciales de la cultura chilena, escritores, cineastas, psicomagos que tienen en común el mismo maestro, uno al que sí conocí, o conozco: Nicanor Parra, que mañana cumple 97 años.

Me consuelo a veces de mi torpeza pensando que conocí mal las ramas más brillantes, más extrañas de la cultura chilena, pero que tuve y espero seguir teniendo por muchos años más el privilegio de poder conversar sin esa mezcla rara de timidez y vanidad, de miedo y orgullo, con la raíz de todo eso, de todos ellos, Nicanor Parra Sandoval. Un logro que por supuesto no es mío, sino del propio Parra, porque fue a él al que se le ocurrió mandarme recado para que fuera a ver como reinventaba a su manera mi carta abierta a monseñor Medina. Su atención cercana, cómplice, inquisidora, colaborativa y conspirativa a la vez, que es un honor cualquier cosa menos único, un honor que comparto como tantas otras cosas con Patricio Fernández o Ignacio Echevarría. Parra que nos une también a Matías Rivas y a Alejandro Zambra, o que me hizo descubrir a Adán Méndez. Parra que logra que se hable de él en los más extraños ambientes. Parra, que está mejor enterado que todos los periodistas de este diario y de los otros de lo que pasa y no pasa en la cultura chilena de ahora mismo. Parra, que sin moverse de Las Cruces ha logrado que una generación y otra se mueva en torno a Las Cruces. Esto, sin repartir dádivas ni excomuniones -o sólo algunas, nunca permanentes-, sino simplemente regalando un cierto software propio, una inteligencia que está en su poesía pero también en la de los otros, que está en lo que dice y no dice, que se te contagia sin saber cómo. Una forma de ver Chile mismo, que yo ya no puedo separar del país.

Un arte de Nicanor Parra, quizás el menos estudiado, es esa generosidad nada desinteresada con que ejerce a tiempo completo la enseñanza. El arte de la influencia, que se basa en un conocimiento milimétrico del otro y de sí mismo. El profesor Parra especialista en asignarte tareas, guiarte de a poco, incluso lograr que te gradúes, o sea, que te rebeles. ¿Ese será quizás el misterio de su longevidad? Una vampiresca capacidad de absorber las energías ajenas, de llenar otros cuerpos y mentes para que hagan lo que su perfecto conocimiento de las limitaciones propias no le deja intentar. La Violeta que es Nicanor Parra cantando, las películas chilenas de Raúl Ruiz que es la poesía de Ruiz hecha película, las novelas de Bolaño que están a la búsqueda de esa montaña rusa de la que habla Parra en uno de sus más famosos poemas. Esa montaña rusa es quizás a estas alturas nuestra cordillera, tan ahí que no la vemos, inevitable cruce donde confluyen todos los caminos que llegan a Roma, no al Vaticano, sino al Quirinal, como llamaban los veraneantes de ayer al barrio de Las Cruces en que vive Nicanor Parra.

Articulo : http://diario.elmercurio.com  04/09/2011

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