RELECTURAS
Algo por lo que recordarme (Saul Bellow)
Por Enrique VILA-MATAS
Mezclar ficción y realidad es una garantía
de fracaso literario. Lo cual recuerda el relato perfecto sobre un viejo
narrador que evoca un episodio de su adolescencia, en el Chicago de la
Depresión. Una pista sobre el carácter sagrado de la lectura
Cada día convivimos más con el ruido de
fondo de crisis económicas, invasiones de países árabes, sorpresas de grandes
gigantes farmacéuticos, reclamos de la industria del automóvil, tortugas Ninja,
crímenes horrendos, pavorosos terremotos devastadores, Bolsas europeas que caen
y caen y vuelven a caer, episodios de estupidez humana transmitidos día tras
día como si fueran una serie televisiva sin guionista.
En semejante ambiente nuestra agitada vida
de víctimas de lo mediático nos recuerda a un fragmento irónico de El
caballero inexistente de Italo Calvino: "Debéis disculpar: somos
muchachas del campo (...) fuera de funciones religiosas, triduos, novenas,
trabajos en el campo, trillas, vendimias, fustigaciones de siervos, incestos,
incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, violaciones,
pestilencias, no hemos visto nada".
Es difícil en estas circunstancias de
información masiva reparar en algo tan antiguo como una buena historia de
ficción. Nos da la impresión de que no tenemos tiempo para atender a ella. No
en vano hay un escaparate infinito en las nubes con todos los grandes libros
olvidados.
Pero aun así, a pesar de situación tan
difícil para los buenos libros, ¿hay que empujar a los escritores a que
emparenten sus ficciones con los mil y un asuntos que baraja el gran
espectáculo mediático? No es una pregunta extravagante. Entre tantas
incertezas, una certitud parece que está arraigando peligrosamente entre
nosotros: no se concibe una novela recién publicada que no permita un titular
de prensa ligado a la más rabiosa actualidad periodística. Para entendernos:
hoy en día los movimientos de la conciencia de un anodino ciudadano portugués
de la época del dictador Salazar no tendrían cabida como noticia relacionada
con la aparición de un libro, salvo que se la pudiera relacionar con el último
rescate económico de Portugal, o algo por el estilo.
Por eso quizá hay tantos periodistas que,
en su búsqueda desesperada del titular, no quieren admitir que una novela pueda
estar estricta y únicamente vinculada al mundo de la ficción, lo que, dicho sea
de paso, en realidad no deja de ser lo más normal del mundo, puesto que ficción
y vida se repelen, esa al menos es mi experiencia. John Banville (en una
divertida entrevista con Mauricio Montiel que no desentonaría
enDublineses, de Joyce) dice haber descubierto que jamás se puede mezclar
ficción y realidad, pues cuando uno trata de insertar en la ficción nociones
directas, nociones científicas, no encajan por ningún motivo: "Aún no
comprendo cuál es el proceso, pero es como someterse a un trasplante de hígado:
el cuerpo lo rechaza. La ficción, al menos la mía, repudia las ideas tomadas
directamente del mundo".
Todo esto me recuerda que cuando uno
comienza a escribir cree que es posible expresar la realidad. Si ha nacido en
territorio español, todavía lo cree más, porque aquí en literatura todo el
mundo es realista. Sin embargo, creo que lleva un cierto tiempo aprender,
descubrir que lo único que se puede hacer es fabricar una realidad alterna y
esperar que de alguna forma reproduzca, o parezca reproducir, la vida tal como
la vivimos. Esta infantil frase de Banville la suscribo con entusiasmo:
"El arte no es para nada la vida, sólo se le parece".
Aunque nos encontremos ante la novela más
realista de la historia, esa realidad nunca puede ser la famosa realidad. Es
algo tan simple como discutido hoy en día por algo más de la mitad de las
mejores mentes de mi generación. Qué se le va a hacer. Lo mismo digo sobre la
cuestión de los millones de novelas y el escaparate infinito de los grandes
libros olvidados. ¿Qué hacer ante semejante drama? Queda, de entrada, el
consuelo de saber que nuestra conciencia es inmensamente más grande que todo el
espacio mental que creen abarcar los responsables del gran lavado de cerebro
colectivo. Porque en realidad el gigantesco espacio del Gran Lavado jamás podrá
competir con todo aquello que es capaz de percibir, en su espacio natural de
libertad, una conciencia humana. Todavía nos quedan, creo, focos de libertad en
nuestras mentes, los suficientes para tratar de escapar de la banal
representación sin tregua del gran teatro de Oklahoma. Y sirva esto, de paso,
para decir que sospecho que ese secreto éxodo trágico, esa gran huida del
terror mediático, se está convirtiendo en la verdadera odisea moderna y que
alguien debería novelarla, porque a fin de cuentas es tan sigilosa como
apasionante.
Ayer, por cierto, releí la odisea tan
singular que narra Bellow en Algo por lo que recordarme, relato
perfecto, incluido en la gran antología de sus cuentos. El argumento es algo
complejo pero, a grandes rasgos, trata de un narrador, ya viejo, que recuerda
un solo día de su adolescencia, en el Chicago de la Depresión. En el día que
recuerda y que sabe que no olvidará nunca, una mujer le atrajo hasta su
dormitorio, y una vez allí huyó dejándole desnudo, pues para robarle tiró toda
su ropa (incluso el libro religioso que él estaba leyendo tan religiosamente)
por la ventana. Le tocó entonces volver a su casa, a una hora de distancia,
atravesando el helado Chicago. Su odisea, cuando hubo conseguido que le
prestaran unos harapos para el regreso, incluyó la idea de volver a comprar el
libro -sagrado para él- que le habían robado. Pero, eso sí, para volver a
comprarlo tenía que robar a su madre, que escondía su dinero en otro libro
sagrado. Según el crítico Robin Seymour, esta historia que no pierde de vista
el carácter sagrado de las escrituras que meditan sobre el mundo sitúa en
primer plano preguntas que deberíamos hacernos más a menudo; preguntas tan
profanas como religiosas, preguntas a nuestra conciencia. ¿Cuáles son los días
de nuestra vida que no olvidamos y por qué los recordamos siempre? ¿Cuáles
fueron nuestros días de conmoción y reflexión? ¿Cuántas veces recordamos que la
actividad de la lectura puede tener un carácter profano o religioso, pero en
cualquier caso sagrado?
Llevo escritas 981 palabras y me temo que
no conseguiré el efecto de brevedad que pretendía ofrecer en esta divagación
literaria que seguramente, por falta de espacio (menuda contrariedad, incluso
para el escritor de brevedades), se dirige hacia el final. Pero da igual, voy a
terminar, no importa que me sienta como un fardo que tuviera toda una eternidad
para arrepentirse de su escasa capacidad para la rapidez.
Ahora recuerdo que Bellow, en el divertido
epílogo que escribió para su antología de cuentos, sugiere combatir la
invisibilidad de los libros incorporando la brevedad a ellos. Cita a Chéjov,
por supuesto, y aquella frase maravillosa en su diario: "Es extraño, ahora
me ha entrado la manía de la brevedad. De todo lo que leo -obras mías y de
otras personas- nada me parece lo suficientemente breve". Y luego se
acuerda Bellow de un sabio japonés que recomendaba a sus alumnos la mayor
brevedad posible y que me ha hecho pensar en un sabio chino que solía decir que
hay que hacer rápido lo que no nos corre ninguna prisa y así poder hacer
lentamente lo que urge. Se acuerda también Bellow de un clérigo inglés del XIX,
un tal Smith, que sólo sabía decir: "¡Opiniones cortas, por Dios,
opiniones cortas!".
En efecto, la brevedad puede ser una
solución para, con sentido del humor, resistir los embates de lo
extraliterario. En lo último que hay que caer, por otra parte, es en aquello en
lo que cayera una destacada dama de las letras inglesas el día en que la vimos
hojear enojada en Segovia el periódico en la mesa de un café y quejarse de
pronto: "No hay más que deportes, corrupción y disparos. ¡Y nada sobre mi
novela!".
Ese es el gran error, ¿no? Creer que un
libro tiene que competir con el asesino en serie o el último emperador mundial
de los helados. O lo que es lo mismo: creer que se pueden mezclar las ficciones
con ese gran reino del extrañamiento que inventan -una realidad, por cierto,
bien falsa y perversa- en el gran teatro de Oklahoma.
Cuentos reunidos. Saul Bellow.
Introducción de James Wood. Traducción de Beatriz Ruiz Arrabal.DeBolsillo.
Barcelona, 2010. 784 páginas. 10,95 euros. www.enriquevilamatas.com
Articulo : http://www.elpais.com 17/09/2011
