Revista Digital miNatura 113
E-mail : minaturacu@yahoo.es
Directores: Ricardo Acevedo E. y Carmen R.
Signes Urrea
Portada: “NIDUM” por Martín de Diego
Sádaba (España)
Diseño de portada y logo: Carmen R. Signes
Urrea
Artículo:
Los universos paralelos de Hugo Everet III
Colectivo Juan de Madre (España)
A principios del siglo XX los Físicos
europeos se enfrentan al descubrimiento del mundo subatómico. Los experimentos
que realizaron para comprender la naturaleza de los neutrones, electrones o
protones, parecían demostrar que las leyes que regían ese nivel de la realidad
eran incompatibles con las leyes que nos rigen en el mundo macroscópico
[la nueva Física se enfrentaba así con la
vieja Física de Newton].
Bhor, eminente científico alemán, abogó por
no obcecarse en contra de los resultados, que eran más que evidentes, y propuso,
con gran éxito, avanzar en el conocimiento del mundo subatómico aceptando su
propia idiosincrasia, y seguir con el estudio del mundo macroscópico haciendo
uso de la leyes clásicas. La propuesta pragmatista de Bhor permitió grandes
logros en la Física a lo largo de medio siglo. Muchos investigadores, en cambio,
se opusieron radicalmente a aceptar que pudiesen existir dos Físicas diferenciales,
dos normativas incompatibles para un solo Universo; entre esos opositores
estaba Albert Einstein; también, varias décadas después, Hugo Everet III.
Éste último científico elucubró todo un extraño
razonamiento teórico para hacer compatible los sucesos a nivel subatómico con
los de nuestra vida cotidiana; preocupándose especialmente por dar explicación
al principio de la Incertidumbre de Heisenberg. Este principio describe una de
las cuestiones más misteriosas del comportamiento de las partículas subatómicas.
Se ha comprobado experimentalmente que el electrón, por ejemplo, cuando no es
observado por nadie actúa como una onda. Esto permite al electrón localizarse a
la vez en diferentes puntos del espacio. Si el electrón fuera una bola de
billar, ésta se colaría por los seis agujeros de la mesa a la vez,
literalmente. Ese mismo electrón cambia radicalmente su estado al ser objeto de
observación. Cuando alguien observa el comportamiento físico del electrón, éste
se halla en un punto en concreto: deja de comportarse como una onda. Para la
mesa de billar, en el momento en que alguien tuviera conciencia de la jugada,
la bola—electrón entraría por uno sólo de los agujeros. Este hecho significaría
que la realidad queda determinada e influenciada por la mente consciente del
observador.
El norteamericano Hugo Everet III, como
decimos, procuró razonar este fenómeno. En su doctorado, afirmó que cuando un
investigador observa un electrón, en realidad contempla todas las posiciones
simultáneas de ese electrón.
¿Por qué, en cambio, el investigador cree que
el electrón observado ocupa una sola posición? La respuesta de Everet III la explicaremos
mediante un ejemplo lo más simple posible:
Según lo dicho, si un electrón atravesase una
pantalla con dos rendijas, y nadie lo observase, la partícula pasaría por las
dos rendijas a la vez (como una sola bola de billar entrando por dos agujeros
de la mesa simultáneamente). Cuando el investigador observa el electrón, en cambio,
éste pasa por una sola rendija; puede pasar por la de la izquierda o por la de
la derecha.
Pues Everet III afirmó en su tesis que “tú
podrías ver que el electrón ha pasado por la izquierda, pero habrá otro tú que
verá el electrón pasar por la rendija de la derecha. Por lo que en el momento
en el que observas el electrón, tú te divides en dos versiones de ti mismo, una
para cada resultado posible. Esas dos versiones de ti mismo seguirán sin ser
conscientes en absoluto de la existencia de la otra. El mundo se ha dividido en
dos mundos con dos versiones de ti ligeramente distintas en cada uno de ellos.
Por supuesto, como esas diferentes versiones de ti hablarán entonces con otras
personas, son también necesarias diferentes versiones de éstas, así lo que se
tiene es una división del Universo entero. En este caso se dividirá en dos,
pero para una observación más compleja se dividirá en un mayor número de
versiones. Siempre que se esté en una situación en donde una medida podría arrojar
diferentes resultados, se observarán todos ellos y el mundo se fragmentará en
el número apropiado de versiones”.
La cita está recogida del libro de divulgación
científica “Alicia en el País de los Cuantos”, de Robert Gilmore, y explica
perfectamente los postulados de Hugo Everet III y sus esfuerzos por dar una
razón lógica al aparente caos mostrado por el mundo subatómico. El norteamericano
abandonó el estudio de la física al comprobar cómo la comunidad científica
ignoraba su tesis, murió tempranamente, en 1982 con 52 años, debido a un ataque
al corazón, convencido de que los universos se multiplicaban a su paso. Hoy,
sus postulados son reconocidos y estudiados en las universidades de todo el
mundo, habiéndose detectado, incluso, interferencias entre los Mundos alternativos
que habitan la Realidad.
***
Artículo:
La visión de los anfibios
Por Juan Pablo Noroña Lamas (Cuba)
Cuando se dice “universos paralelos” o
“alternativos”, debe saltarnos a la vista la paradoja de predicar multiplicidad
o alteridad sobre lo que por etimología y definición es único y contenedor de
toda diversidad posible –eso haría fútiles e ilógicas dichas alteridad y multiplicidad
–.
Para solucionarla, no veamos la paradoja desde el punto de vista estético,
como artefacto narrativo generador de maravilla y contraste, sino desde el
cognoscitivo –aspecto que creo el más relevante de la literatura fantástica. O
sea, interesémonos en un universo no como en “cosa” caracterizada de tal o más
cual manera útil al arte de narrar, sino como en “cosa” que un sujeto conoce,
sea dicho sujeto real o ficticio, no importa ahora la distinción. En llegando
al sujeto como elemento del universo, tocamos tierra: tomemos la existencia de
los “universos paralelos” o “alternativos” como la percepción de alteridad y
multiplicidad –la segunda sin la primera es irrelevante, me parece –. Siendo
que el sujeto perceptor sólo vive incrustado en su universo, tendremos que para
dicha percepción es imprescindible el tránsito de uno a otro por parte del
sujeto en cuanto perceptor –sólo su perceptividad debe transitar, no su cuerpo
físico, gracias a esa salvedad hay relatos de sueño o transcensión, y otros.
Como la visión de los anfibios, sólo en el movimiento puede el sujeto detectar
la alteridad y multiplicidad de la existencia.
El tránsito, ya narrativo, deberá superar una
obvia condición de la multiplicidad y alteridad de universos, sin la cual no estaríamos
sino en presencia de simples zonas, y esa condición es la discontinuidad espacial/material
y temporal/causal, en virtud de la cual un universo no comunica interacciones a
otro de manera tal que el sujeto pueda percibirlo, y un universo no comparte la
línea causal de otro, con la misma salvedad. En otras palabras, gracias a a que
existe una “frontera”, si las Torres Gemelas siguen en pie en un universo paralelo
falto de un 11/9/2001, la carencia de esas construcciones en el nuestro no debilita
para nada la resistencia estructural de las del universo propuesto, y probablemente
en aquel también viva José Couso Permuy, pues no hubo “War on terror” e
invasión a Iraq.
Pudiera pensarse que con la simple enunciación
de ejemplos como el de arriba se caracteriza de modo suficiente el concepto de
“universos paralelos”, y en consecuencia las narraciones vinculadas, pero
insisto en hacer ver lo verdaderamente profundo y pertinente, las nociones
relativas a lo cognoscitivo, para así tener una comprensión exhaustiva. Sigo.
No importa cuál sea la naturaleza particular
de la diferencia, la base de alteridad, el dato discriminante que divide en dos
o más zonas diferenciadas el ámbito de la narración, pues las variantes se reducen
a dos básicas, dependientes de la frontera, la discontinuidad: espacial/material
y temporal/causal. Dicho sea de paso, esta frontera es el elefante en la habitación
de los relatos de “universos paralelos”, la heroína desconocida que los hace
funcionar, y como tantos otros artefactos narrativos, jamás la notamos, quizás
porque la disfraza el concepto de mera distancia, de mera separación, cuando es
mucho más que eso. Personalmente, la considero heredera de las restricciones o contenciones
del fantástico clásico.
Continuando, en el primer tipo se agrupan
todas aquellas en las que la diferencia reside en las leyes, en la materia de
ambos universos, de manera tal que uno no interactua físicamente con el otro
–mas quizás metafísicamente, como Fantasía y el mundo real en La historia
interminable – . Gracias a esa frontera, no hay gnomos, hombres lobos ni leones
de melena cambiante en el mundo real, ni teléfonos, aviones o autos en Fantasía,
así como no hay medallones cumple deseos en el mundo real, ni en Fantasía leyes
biológicas o físicas que impidan el vuelo de grandes mamíferos. En circunstancias
regulares, la frontera es impermeable a la naturaleza de los universos, no
puede pasar de un lado a otro ni como objeto ni como fenómeno. La mayoría de
las veces, los relatos que usan esta frontera son del género fantástico, como
por ejemplo las series del Mago de Oz, La Cancion de Albion, o El Tapiz de Fionavar.
Una curiosa excepción, que al menos en propósito es ciencia ficción, sería la
novela Buscadores de sombras, de Javier Negrete.
Para el segundo tipo, temporal/causal, la
frontera se hace aún menos notoria, porque al menos en teoría, los universos,
el de partida y los de llegada, comparten naturaleza. La relación de causalidad
se realiza las más de las veces mediante interacciones materiales, y sucede que
en este caso la frontera es comúnmente impermeable, tal como en el primer caso,
pero ya no podemos culpar a las naturalezas de los universos de la
impermeabilidad, a menos que consideremos la línea de causalidad como un parámetro
más en ellas, el que salta las alarmas. Con excepciones que ahora no vienen a
la mente, este tipo de frontera es más común en la ciencia ficción, sobre todo
en relatos que exploran precisamente las rupturas de la causalidad normal a
través del viaje temporal, o las derivaciones de la “Interpretación de los
muchos mundos”, entre otras.
En ambos casos, el tránsito rompe la resistencia
de la frontera, sea mediante un vehículo de naturaleza híbrida, como la cabina
mágica de la novela homónima, a través de únicos puntos de contacto – puentes,
círculos de hadas, un hueco en un muro—, con saberes herméticos válidos en ambos
universos –magia arcaica o ciencia novedosa—, o fenómenos extraordinarios como
la muerte o las auroras boreales. La excepcionalidades son garitas en la
frontera, y la delatan como tal al ojo avizor.
Ejemplos buenos serían el puente que cruza
a Pegana, el armario que lleva a Narnia, el tornado que se lleva a Dorothy,
Falkor como montura, la cabina mágica arriba mentada, y otros. Esos transportan
el cuerpo físico del sujeto: para la perceptividad sola, tenemos la máquina de
El gran dios Pan de Machen, sueños del Dream Cycle de Lovecraft, los paraísos
de la droga en relatos de decadentes finiseculares como el propio Dunsany, las
ondas de radio en el filme Frequency, la inspiración creativa en Hombre en el
alto castillo o El sueño de
hierro, y así.
Resumiendo, un relato de “universos paralelos”
o “alternativos” no es sino el relato del tránsito de un sujeto de una zona de
perceptividad fronterizada –concepto más o menos equivalente a universo al
nivel que nos ocupa–, a otra; tránsito irruptor que se efectúa por vías de
naturaleza excepcional.
Una salvedad: la narrativa de los “universos
paralelos” propiamente dicha es la que predica sobre la alteridad y la multiplicidad
EN el texto, y su proposición cognoscitiva mayoritaria es esa misma; puestos a
ver, es la más radical concecible. Es algo aparte de las narrativas de proposiciones
cognoscitivas comunes, las que conocemos como toda la otra gama de ciencia
ficción y fantasía, que en puridad no hacen sino postular DENTRO del texto un universo
ficticio siempre diferente al nuestro real, un universo siempre alterno – en
realidad postulan el paradigma cognoscitivo, pero no caigamos en eso ahora—, y
que no se hace múltiple sino es FUERA del texto, en la mente del lector. En otras
palabras, todos los relatos de fantasía y ciencia ficción comunes ocurren, necesariamente,
dentro de universos que no son este, y eso es el paso mínimo; el paso más allá
es que la narración no quepa en un solo universo –y al menos del segundo en adelante,
debe haber diferencia con el primero y con este real—. Y eso hace a los relatos
de “universos paralelos” propiamente dichos algo muy especial.
septiembre—octubre 2011# 113 Revista
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