ANÁLISIS:
Cautivos del mal
Por Ricardo MENÉNDEZ SALMÓN
¿Por qué existe el sufrimiento y qué poder
posee la literatura para hacerle frente? Golding, de quien se conmemora su
centenario, creó una gran cartografía sobre la maldad. También Safranski y
Bolaño.
I El azar, que escribe recto con renglones
torcidos, quiso que en mayo del año 2006 la visita de Benedicto XVI a los
campos de exterminio de Auschwitz coincidiera con la emisión, en La 2 de
Televisión Española, de Shoah, el monumental trabajo de Claude
Lanzmann, de casi diez horas de duración, acerca del Holocausto.
Durante cuatro madrugadas de aquella
primavera, sospecho que la summa de Lanzmann acompañó a unos pocos
pero aguerridos espectadores insomnes en su intento por hallar una respuesta a
la pregunta que Joseph Alois Ratzinger formulara al Dios cristiano en uno de
los escenarios privilegiados de la Endlösung (solución final): "¿Por qué,
Señor, callaste?". Por descontado, Lanzmann no fue tan pérfido como para
interrogar a divinidad alguna en su película, sino que desplazó la pregunta
hacia otra clase de señores, aquellos que encarnaban el poder en los años más pavorosos
de la Weltanschauung (cosmovisión) nacionalsocialista y su industria del odio.
Lo más conmovedor de Shoah es su
ausencia de retórica a la hora de presentar el annus mundi que fueron
los Lager (campos de concentración o exterminio). No hay rencor ni cólera en la
película del autor de La liebre de Patagonia, pues el dolor que
destila su trabajo es tan auténtico que excluye todo sentimiento de venganza.
Al contrario, hay un enorme caudal de dignidad y una honestidad implacable en
su generoso metraje: Lanzmann no apaga la cámara cuando las víctimas lloran por
algo que les ha sucedido hace más de cuarenta años, pero tampoco siente piedad
ante la vergüenza y las mentiras de los verdugos. El cineasta ha aprendido que
el aullido de la Humanidad es la mejor explicación que existe para el silencio
de Dios.
El arte, en este caso el documento
fílmico, se revela una vez más como un notable desenmascarador de
mistificaciones. No conviene olvidar, en ese sentido, que a propósito de una de
las composiciones musicales de Adrian Leverkühn, el protagonista de Doctor
Faustus, hay una iluminadora reflexión de la voz narradora: "Una obra
que trata del Tentador", escribe Thomas Mann, "de la apostasía, de la
condenación, ¿qué otra cosa podría ser más que una obra religiosa?".
En efecto, si aceptamos que vivimos en un
mundo posreligioso, donde la trascendencia ya no puede residir en los frutos de
la fe o en sus encarnaciones proféticas, entre otros motivos porque la
inmanencia de la razón instrumental ha sido capaz de inyectar yeso en las
matrices de mujeres embarazadas y de confeccionar pantallas para lámparas
empleando piel humana sin que voz alguna se elevara desde los cielos de Europa,
¿dónde podríamos hallar ese horizonte de "más allá" si no es en
ciertas obras que se acercan al problema por antonomasia, el que funda la
teodicea y presta sentido a todas las angustias humanas, desde Platón y san
Agustín a Celan y Améry, desde Antígona y Job a Stavrogin y Bardamu,
desde Cantos de Maldoror y El Horla a Meridiano de sangre yZona?
Porque la pregunta por el mal -una de las
palabras más cortas, uno de los viajes más largos- acompaña desde siempre al
hombre "en busca de sentido", por emplear la célebre expresión de
Viktor Frankl. Y porque desde los albores de la palabra escrita hasta el último
fruto sacado de la chistera de mago de J. M. Coetzee, Gonçalo M. Tavares o
David Grossman, la incómoda, fatal, ominosa interrogante continúa viva: ¿por
qué existe el sufrimiento en el mundo y eso que llamamos el mal, un
mal que en cada época adopta distintas formas, y qué poder posee la literatura
para hacer frente a este sufrimiento, a este mal tantas veces arbitrario?
II El 19 de septiembre de 1911 nacía en
Cornualles, el finisterre inglés, uno de los grandes exégetas de la maldad
durante el siglo pasado, el Nobel de Literatura William Golding, personalidad
ambigua y atormentada, devorada por dudas existenciales y extravíos religiosos,
dueño de una biografía en la que no faltan las sombras ominosas y los
escándalos sexuales, amén de novelista que ha tenido que pagar el precio de
escribir una primera obra mítica, cuya estatura y presencia devora al resto de
su producción.
Alegoría un tanto esquemática que
replantea el viejo conflicto entre Hobbes y Rousseau acerca de la condición de
la naturaleza humana, dispuesto esta vez sobre el tapete de una isla poblada
por niños, en una suerte de vuelta de tuerca siniestra al clásico de Jules
Verne Dos años de vacaciones, pero extrayendo las lecturas incómodas
y perversas que el escritor bretón apenas se atrevió a sugerir en su
robinsonada, El señor de las moscasha empañado el cómputo de la producción
de Golding, un corpus que, grosso modo, ha hecho de la pregunta por
la maldad su venero sentimental e intelectual. De hecho, Golding emparenta con
la obra de los grandes pesimistas americanos y rusos de la literatura
decimonónica, sobre todo con el pathos de Melville y su radical
misantropía y con las angustias de Dostoievski y su obsesión por el
cristianismo, aunque el Nobel inglés manifestó siempre que su principal influencia
a la hora de escribir había sido el teatro griego clásico, con Eurípides como
figura señalada.
El inédito en español Pincher Martin,
Caída libre o La oscuridad visible conforman un bordado exacto y
a menudo paranoico de las obsesiones de Golding en torno a los mitos
articuladores de la maldad. Así, el cuerpo como cárcel y podredumbre
en Pincher Martin, guarida de todos los desmanes y de todas las
perversiones humanas; la asunción del pecado original como condición
irremediable de la racionalidad en Caída libre, al asumir la tesis de
que el ejercicio de la libertad conduce a la existencia del Hombre Fáustico; o
el mesianismo vacuo de un alma herida y por ello mismo terrible en La
oscuridad visible, donde se dibuja el perfil de un monstruo frágil pero a
la vez invulnerable, resumen las preocupaciones de Golding como escudriñador de
los diversos territorios donde el ser humano confiesa sus anhelos y es
torturado por sus actos. A menudo contradictorio, en ocasiones sublime, casi
siempre repugnante, el Homo sapienses para Golding depósito privilegiado y
confuso del mal: la literatura, en definitiva, como cartografía de nuestras más
incómodas regiones.
IIIRoberto Bolaño, uno de los últimos
intérpretes de la maldad como asunto seminal, tuvo dos intuiciones al respecto
que conviene recordar. Si en Los detectives salvajes nos previno
contra el mal casual, frente al que es complejísimo luchar, por oposición al
mal causal, frente al cual al menos hay razones que oponer,
en 2666 nos recordó que, en las autopistas de la libertad, el mal es
como un Ferrari.
Quizá ahí radique el meollo de este asunto
inagotable y fascinador: en que la existencia objetiva de la maldad nos habla
de la existencia no menos objetiva de la libertad. Con su habitual elegancia y
rigor, el filósofo Rüdiger Safranski ha dejado constancia de esta dialéctica
inextricable en El mal o El drama de la libertad, guía inmejorable a
la hora de perfilar la genealogía e hitos inexcusables de este tema humano,
demasiado humano.
En las líneas que registran el texto
bíblico y uno de los primeros relatos fundacionales, el de la Caída, ese que
tanto obsesionó a Golding, Safranski expresa bellamente los límites del
conflicto: "En el caso de que hubiera habido una vida más allá del bien y
del mal, un estado de inocencia que ignorara tal distinción, el hombre no
perdió su inocencia paradisiaca cuando comió del árbol del conocimiento, sino
en el momento mismo en que se le hizo la prohibición. Cuando Dios dejó a la
libre disposición del hombre la aceptación o la conculcación del mandato, le
otorgó el don de la libertad". Habrá que esperar unos cuantos siglos y el
advenimiento de las Luces para que a su mayor ideólogo semejante tentación lo
aterre: "Kant retrocedió con espanto ante el pensamiento de que el mal mantiene
un vínculo secreto con la trascendencia del bien y puede triunfar asimismo
sobre todos los intereses empíricos de la propia conservación, por más que ese
pensamiento pertenezca al misterio de la libertad. ¿Por qué la libertad ha de
ser aprehendida por lo incondicional y conducir más allá de los intereses
empíricos sólo en el sentido bueno? ¿Por qué eso no ha de ser posible
también en el sentido malo?". Pero sólo habrá que aguardar a que
transcurran otro par de siglos para que Hitler ejecute, en clave racial, el
escenario atroz de una libertad llevada a su paroxismo: "En la política de
Hitler, la locura destruye la realidad. Ahí está la catástrofe de la libertad.
La libertad incluye la capacidad de cambiar la realidad según patrones que no
proceden ellos mismos de la realidad, sino del mundo de lo imaginario. Y ¿qué
es imaginario? ¿Es solamente la materia a partir de la cual se hace arte? Los
judíos no eran lo que Hitler veía en ellos. Pero los transformó de
acuerdo con su visión: los vio como bacilos y los hizo matar como
bacilos".
El camino que conduce del mordisco de Eva
al Zyklon B, pasando por el descubrimiento de que la razón genera sus propios
monstruos, es el camino de una libertad a menudo extraviada pero siempre
inmanente. Como sabemos desde Alien, cumbre del cine ateo de todos
los tiempos, "en el espacio, nadie escucha tus gritos". Pero como
también sabemos desde Caída final, alucinada versión de Golding de la
mácula original, sólo los verdugos y las otras víctimas pueden escuchar esos
gritos en la tierra, pues no en vano "no somos los inocentes ni los
malvados. Somos los culpables. Caemos. Nos arrastramos a gatas. Lloramos y nos
despedazamos".
Articulo : http://www.elpais.com 10/09/2011
