dimanche 25 septembre 2011

Robert PINSKY/ La reseña más malvada del mundo


Artículos
La reseña más malvada del mundo
Por Robert Pinsky

Que en la crítica literaria abunda el veneno parece confirmarlo esta ácida lectura que hace John Wilson Croker del Endymion de John Keats.

El Endymion de John Keats obtuvo malas reseñas, pero, ¿qué tan justas eran? Posiblemente la reseña bibliográfica más famosa de la historia fue escrita por el ingenioso y polémico joven irlandés John Wilson Croker, quien sigue siendo recordado, aunque vagamente, como uno de los fundadores del conservatismo político moderno. Más aún, según algunas fuentes, fue él quien inventó el término “conservador”.

El primer párrafo de la reseña de Croker, publicada en la Quarterly Review en septiembre de 1818, muestra su formidable y venenoso enfoque. Lo que escribe es inteligente y odioso a la vez. También es bastante errado, en más de una acepción de la palabra:
Los críticos han sido acusados a veces de no leer las obras que decidieron criticar. En esta ocasión vamos a anticiparnos a las quejas del autor y a confesar con honestidad que no hemos leído su trabajo. No es que hayamos faltado a nuestro deber; lejos de ello. En realidad, a fin de lograrlo, hemos hecho esfuerzos casi tan sobrehumanos como la propia historia parece serlo. Pero en el límite mismo de nuetra perseverancia nos vemos obligados a confesar que nuestro esfuerzo no nos ha llevado más allá del primero de los cuatro libros que conforman este romance poético. De nuestra parte, deberíamos lamentar esta falta de energía, o lo que quiera que sea, pero tenemos un consuelo: que no estamos más familiarizados con el significado del libro cuya lectura resultó una labor tan penosa que con los tres restantes que no hemos mirado.

Pocos periodistas del siglo XXI pueden darle la talla a ese frío y poderoso sarcasmo del párrafo anterior. El músculo retórico de Croker y su sagacidad brillan en el idioma formal y las costumbres de hace doscientos años. Es la mala leche en su máximo esplendor. 

Croker sigue adelante con un bien calculado y lánguido tono aristocrático de vaga afectación, como si no estuviera seguro de dónde había leído la tonta frase que toma prestada:
No es que el señor Keats (si en realidad se llama así, pues dudamos de que un hombre sensato hubiera puesto su verdadero nombre en semejante rapsodia), no es, decimos, que el autor no tenga dominio del lenguaje, brillos de elegancia y destellos de genialidad. Posee todo ello. Pero muy a su pesar es un discípulo de la escuela de poesía Cockney, que puede definirse como constituida por las ideas más incongruentes en medio del lenguaje más tosco.

[El señor Keats] es un imitador del señor Hunt; pero más ininteligible, casi tan áspero, el doble de difuso y diez veces más aburridor y absurdo que su modelo…

No es de extrañar que esta reseña sea conocida como la que mató a John Keats. Byron y Shelley exageraron cuando sugirieron que la tuberculosis mató a Keats. Hablando en sentido figurado, esas pequeñas alabanzas como “brillos de elegancia” y “destellos de genialidad” vienen cargadas del veneno letal de una lengua viperina. 

La referencia del esnob a la “poesía Cockney” hace alusión a una reseña sobre el Endymion de Keats aún más desagradable, más exagerada, más larga y menos elegante que John Gibson Lockhart escribió un mes antes en la revista Blackwood de Edimburgo. Lockhart, con la cruda maldad propia del malo de una mala película, utiliza la falacia ad hóminem de modo aún más descarado que Croker, aunque no de manera tan ingeniosa. Al escribir –explica–, Keats sufre de una manía que ha afligido a “campesinos y solteras… las clases más bajas de la sociedad componen tragedias”. Escribe Lockhart:
Ser testigo de la enfermedad de cualquier entendimiento humano, sin importar qué tan débil sea, siempre resulta penoso. Pero el espectáculo de una mente capaz reducida a un estado de locura es, sin lugar a dudas, una desgracia diez veces mayor. Es con este tipo de tristeza como hemos contemplado el caso del señor John Keats. Este joven parece haber recibido de la naturaleza un talento excepcional, incluso podría decirse que de orden superior. Talento que, consagrado a una profesión útil, habría hecho de él un hombre respetable, si no un ciudadano eminente. Tenemos entendido que sus amigos lo creían destinado a la medicina, y en efecto fue aprendiz, hace algunos años, de un reconocido boticario de la ciudad. Pero todo se ha deshecho por un repentino trastorno de salud. Si al señor John se le encomendó llevar un diurético o un sedante a un paciente consumido por la manía poética, no lo sabemos. Solo esto es seguro, que se ha contagiado y que lo aflige por completo.

Puede parecer que el brillante Croker y el poco distinguido Lockhart sufren de muy mala suerte. El poeta de la escuela Cockney y aprendiz de farmacia sobre el que escriben es uno de los poetas más importantes de la lengua inglesa. ¿Dónde puede buscar protección un crítico a la vista de una calamidad de semejante tamaño? Incluso si el Endymiontiene muchos defectos y algunos de ellos hayan sido notados por Croker.

De hecho, ambos críticos están destruidos, no solo por su antipatía o por su afán de brillar, o por su injusticia o por sus prejuicios políticos o sociales, o por su ceguera frente el genio de Keats. El error que termina siendo como una herida autoinfligida es aún más fundamental: ambos críticos fracasan en su labor de cumplir las tres reglas de oro de una reseña.

Quisiera creer que Aristóteles fue el autor de las tres reglas de oro de las reseñas, que sus estudiantes las conservaron y durante miles de años fueron pasando de generación en generación a través de la tradición oral. Después de todo, antes de que las reseñas se convirtieran en parte importante del periodismo, antes de que existieran los libros físicos e incluso la imprenta, los lectores debieron haber intercambiado reportes de las obras que aún no habían leído en rollos y tabloides. 

Me topé por primera vez con estos tres requisitos en los años setenta, cuando solía escribir mis reseñas en el viejo y tradicional estilo de informe al consumidor, que ahora tengo en mente. Algunas veces las escribí con pseudónimo porque necesitaba la plata, incluso en las pequeñas cantidades que pagan a los críticos. Era la época de la máquina de escribir y uno de los periódicos para los que escribía me entregó las tres reglas como parte de la fotocopia de un manual de estilo. El manual especificaba la calidad de la cinta, el tamaño de las márgenes, cuándo debe utilizarse el doble espacio, cuándo usar itálicas, mayúscula sostenida, cuándo poner los títulos entre paréntesis y dónde debe ir el encabezado de la reseña, entre otros aspectos. 

En ese viejo manual de estilo, que se armó cuando los libros y los periódicos estaban en su apogeo, encontré los tres principios que me han guiado desde entonces como escritor y como lector. Por supuesto, esta obligación de oro compuesta por tres partes puede cumplirse cabalmente mientras se esgrimen los argumentos del ensayo y se determinan sus puntos de vista, tal y como ocurre en muchas de las reseñas que se ponen como ejemplo. Grandes modelos como las reseñas musicales de George Bernard Shaw o las teatrales de Max Beerbohm son fantásticos porque muestran cómo cumplir con los requisitos fundamentales de una reseña, pero pronto van más allá de ellos y lo hacen de tal manera que su lectura resulta divertida. 

Toda reseña de un libro, decía el documento anónimo, debe seguir estas tres reglas:
1. La reseña debe decir cuál es el tema del libro.
2. La reseña debe decir lo que el autor piensa sobre el tema del libro.
3. La reseña debe decir lo que el crítico piensa sobre lo que el autor del libro dice sobre el tema del libro.

Si bien el molde de estas reglas no es propiamente aristotélico, tiene la asombrosa simpleza y la agudeza del filósofo. Despreciarlas por obvias sería un error. Incluso la golpeada o tartamuda expresión de las tres reglas (“lo que el crítico piensa sobre lo que el autor del libro dice sobre el tema del libro”) funciona como un martillo. Hace penetrar los principios con su distintiva separación, aunque su naturaleza esté profundamente interrelacionada. 

Aplicando el estándar de las tres reglas a cada una de las reseñas de libros que he leído, encuentro que muchas –¿o casi todas?- cumplen con uno o dos de los requisitos. Algunas veces la reseña parafrasea el libro de manera obediente. Con ello cumple la primera regla, tienta la segunda, pero se muestra muy tímida o miedosa con respecto a la tercera. Otro tipo de escritor, ansioso por presumir, procede directamente con la tercera regla, echa una superficial mirada a la primera y no hace nada respecto a la segunda. Solo unos cuantos críticos hacen su trabajo tan bien como para proporcionar los tres tipos distintos de información. Y un cierto número de ellos –discípulos de John Wilson Croker– evita los tres.

(El Endymion de Keats trata sobre la devoción de un joven a su imaginación, convertida en el centro de su vida. Keats describe el efecto de tal devoción como doloroso y desconcertante al tiempo que transformador y extático. Mucho de lo que Keats dice sobre el tema es suave: turbio e ingenuo. Otro tanto es elocuente. Croker no interrumpe su burla para dar cuenta de ello.)

En un sentido, no puede culparse a Croker por ser detestable o estar equivocado; tampoco por atacar a una figura amada. Es posible argumentar que el error de juicio o el causarle daño a otra persona forman parte de los derechos del crítico. En la reseña de un libro, incluso la grandeza de Keats y la intensidad de su vida no vienen al caso. Hasta la confesión introductoria de Croker resultaría de alguna manera tolerable si, a pesar de no haber leído la mayor parte de la obra de Keats, hubiera seguido las tres reglas de oro en lugar de esquivarlas. Eso es imperdonable.

Articulo : http://www.elmalpensante.com Agosto 2011

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