samedi 3 septembre 2011

Sergio RODRÍGUEZ PRIETO/ Extremo STRINDBERG, templado SÖDERBERG

CRÍTICA:
Extremo Strindberg, templado Söderberg
Por Sergio RODRÍGUEZ PRIETO

Narrativa. El hondo proceso de modernización que transformó Suecia en el penúltimo cambio de siglo tuvo su reflejo en la literatura, como cabía esperar, aunque a la burguesía no le solía gustar demasiado la imagen que el espejo en cuestión le devolvía y, haciendo justicia a sus acusaciones de hipocresía, recibió con gran escándalo a los escritores que hoy constituyen la columna vertebral de su cultura.

Por aquel entonces August Strindberg ya había regresado sano y salvo -o al menos eso decía él- de su "Inferno" particular, y aunque empezaba a gozar en su tierra natal de parte del reconocimiento que merecía, todos esos años de exilio voluntario habían hecho que otros escritores de menor talla artística pero mayores habilidades mundanas se colocaran en el primer plano de la escena literaria. Ese pudo ser el caso de Gustaf af Geijerstam, escritor y periodista que se había erigido en la figura central del movimiento generacional "la joven Suecia" y que en su día llegó a ser comparado con el mismísimo Goethe. El elogio desató la ira de August Strindberg, quien únicamente le reconocía talento para la manipulación y la mentira y que, a pesar de una supuesta vieja amistad -o precisamente por ello-, acabaría retratándole como Lars Petter Zachrisson, el arribista zafio, chupasangre y sin escrúpulos que protagoniza Banderas Negras.

Fiel a ese nervio crítico que le tuvo siempre metido en polémicas, August Strindberg escribió la que sería su última novela con la saña de un gato panza arriba. Como quien hace inventario de agravios, página tras página fue denunciando las intrigas y miserias del mundillo literario en una caricatura tan corrosiva que inevitablemente se extendió al conjunto de la sociedad sueca. Su publicación le valió un buen puñado de enemistades influyentes que a partir de entonces no le dieron una vejez fácil; a decir verdad, la novela se le habría quedado en un crudo ajuste de cuentas si no fuera por la expresividad única de esa escritura convulsa o la maestría en los diálogos propia de un dramaturgo de primera. Pero lo interesante de esta novela no es sólo lo que August Strindberg dice, ni siquiera lo bien que lo dice, sino el trasfondo que asoma entre sus digresiones y desvaríos. Porque a medida que uno avanza en la lectura cuesta saber si detrás de sus pataletas de misógino o de sus teorías conspiratorias se esconde el cuadro clínico de un paranoico o la lucidez de un pensador implacable, no sólo con los demás sino también -y sobre todo- consigo mismo.

Si el temperamento extremista de Strindberg desempeñó un papel crucial en la renovación moral de una cultura que repudia el exceso, resulta llamativo hasta qué punto se complementa con la templanza de Hjalmar Söderberg, quien a pesar de ser su antagonista casi perfecto le tomaría el relevo a la hora de fustigar las conciencias biempensantes y excesivamente satisfechas. Ya desde su primera novela había sido encasillado en la categoría de escritores inmorales, pero cuando Doctor Glas vio la luz en 1905 (apenas dos años antes de Banderas Negras) se le vino encima una avalancha de críticas que confundieron el valor ético y estético de esta obra maestra. Ambas dimensiones confluyen en el diario de Tyko Gabriel Glas (efectivamente, el apellido en sueco significa "cristal", y no tiene nada de casualidad), un médico solitario, apático y melancólico que, cuando ve ante sí la oportunidad de hacer justicia, abandona su pasividad y se lanza a la acción sin reparar en otra ley que no sea la que le dicta su propia conciencia. Frente al estilo arrebatado y expansivo de August Strindberg, el de Hjalmar Söderberg sorprende por su precisión (tradujo al sueco a Maupassant y Anatole France), un esfuerzo permanente de contención que aumenta la perspicacia de sus reflexiones y potencia los destellos ocasionales de ironía. Con fría elegancia va tumbando instituciones como la religión, el matrimonio o la misma medicina, y pone sobre la mesa una serie de dilemas (el aborto, la eutanasia, la represión sexual, el homicidio legítimo...) que ni siquiera un siglo después están cerca de ser resueltos.

Banderas Negras
August Strindberg
Traducción de Elda García-Posada
Funambulista. Madrid, 2010
370 páginas. 23 euros

Doctor Glas
Hjalmar Söderberg
Traducción de Gabriel Ferrater
Ediciones Alfabia. Barcelona, 2011
203 páginas. 20 euros

***
CRÍTICA: POESÍA
Volcánico y dulce
Por Cecilia DREYMÜLLER 21/08/2004

"Me siento bien porque he leído a Strindberg", escribió Kafka en su diario. Y esas palabras sirven para imitarlo a través del volumen de Poesías completas, algo a lo que se dedicaba ocasionalmente, y poder sentir el color local que intenta transmitir.

Setenta y cinco volúmenes comprende -de momento- el proyecto de edición de las obras completas de August Strindberg (1849-1912). En España, en los años ochenta, se empezó a traducir algo de este ingente compendio, pero, en la actualidad, sólo circulan entre nosotros algunas piezas dramáticas, aparte de La señorita Julia, y las novelas autobiográficas Inferno (Acantilado, 2002) y Solo (El Cobre, 2003). Y no porque estuviera olvidado. Strindberg, que revolucionó el teatro europeo y escribió la primera novela naturalista sueca, es un autor canónico, aunque muy poco leído. Sin embargo, las visiones del infierno del matrimonio, de los abismos entre las clases sociales o de las gloriosas y terribles alucinaciones de la mente hipersensible del torrencial sueco no han perdido un ápice de actualidad. Sus ficciones poseen una fuerza expresiva, un conocimiento psicológico y una garra crítica arrolladoras. "Me siento bien porque he leído a Strindberg", escribía Kafka en su diario. "¡Esta furia, estas páginas conseguidas a fuerza de puños!".

Hay que agradecer a la pequeña pero exquisita editorial barcelonesa La Poesía, señor hidalgo, haber publicado, en ejemplar edición bilingüe, el presente conjunto de poemas, generado entre 1883, cuando se publica el primer poemario, y 1909, año del último poema. Jesús Pardo dedicó largos años a la traducción de la poesía de su "padre y maestro mágico", y explica en un prólogo apasionante y novelesco las razones y vicisitudes de su fervor por la obra del polifacético creador nórdico: su entusiasmo fue tal que en seis meses aprendió sueco para leerlo en el idioma original. Pardo confiesa un grado de afinidad selectiva que debió de superar la profesionalidad probada del traductor. Su versión, más que un ejercicio de fidelidad textual, es un colosal capricho personal, que desgraciadamente no siempre ofrece soluciones felices ("Calle desierta en entreluz albeante, / Reptante se prolonga en lejanía").

A pesar de que Strindberg sólo ocasionalmente se dedicaba a la poesía, ésta refleja, especialmente la de la última década de su vida, un magisterio y una riqueza de pensamientos, imágenes, visiones y estados anímicos impresionantes. Especialmente notable es su talante sensual, que inunda los poemas de madurez de colores, aromas, aire y luz. Igual que de sus novelas y dramas, de su poesía se desprende la fuerza vital de la naturaleza, por un lado, y por otro la patología de la sociedad puritana de la época, sólo que se muestra menos lúgubre, más conciliador que en la prosa. Visto en conjunto, compone "una especie de crónica intelectual de la vida sueca de su tiempo", como señala Pardo. Lo fuerte de Strindberg es la recreación de color local que se despliega con enorme viveza en escenas callejeras o estampas paisajísticas. Eso no tendría mayor interés si no se vislumbrara siempre entre sus versos la existencia de un hombre brillante y desdichado, un temperamento volcánico y dulce a la vez, un intelectual mordaz y sentimental, que pasa del pathos juvenil de Fiebre de heridas a los anticipos expresionistas de Retruécanos y arte menor. Un poeta audaz, vigoroso, emotivo, cabal.

***
CRÍTICA
Atormentado por las dudas
Por José María GUELBENZU

August Strindberg proyecta, a través de un inspector de la salud de la fauna de los mares, sus demonios internos, los que le hacen concebir el amor como arma de sometimiento de la mujer. Establece un juego de profundas contradicciones en un clima de violencia y obsesión.

Strindberg, es uno de los más grandes dramaturgos del teatro moderno, quizá el primero en hacer un teatro verdaderamente moderno; se aplicó también a otros géneros literarios, pero lo que lo convierte en un clásico es su obra teatral. Incurrió tres veces en la novela, la tercera de las cuales es esta que comentamos. Además publicó narraciones cortas, libros autobiográficos y poemas. A orillas del mar libre está escrita en 1890, un año antes del divorcio de su primera mujer, Siri von Essen, que le costó la pérdida de la custodia de sus cuatro hijos. La tormentosa relación con ella no fue sino el principio de los muchos desastres de su atormentada vida y si se trae a colación aquí es debido a la influencia que sin duda tuvo en la concepción de esta novela.

El planteamiento de la narración es muy tradicional. Comienza con una acción peligrosa; un inspector de la Corona, Borg, navega con mala mar hacia la principal de las islas de Oestekaer, cuyos bancos de pesca son los más ricos del archipiélago de Sudermania, pero se encuentran en franca regresión. La labor de Borg es descubrir las causas y poner el remedio. El accidentado viaje y la instalación en el pueblo ocupan los primeros capítulos. Acto seguido asistimos a un salto atrás donde se nos relata el origen del inspector y su familia, su vida, sus circunstancias, su formación y la razón que le empuja a aceptar ese trabajo.Después entramos en la descripción del escenario: espacios, flora, fauna, características geográficas. Y a partir de ahí, se establecen los primeros términos del conflicto: ilustración contra barbarie. Los habitantes del pueblo son gente arrumbada hasta allí por la vida moderna; son paganos, pero llenos de supersticiones; son cerriles y se niegan a cualquier tipo de mejora que suponga una modificación de sus costumbres.

Borg es un científico y un convencido del progreso cuya autoridad es contestada enseguida. En vano trata de convencer a los pescadores de que hagan un uso racional de la pesca, en vano trata de advertirles de que diezman el objeto de su trabajo y de que así sólo legarán pobreza a sus hijos; Borg es un emisario del Estado en un grupo humano de mentalidad tribal. Pero Borg, en una escapada por las islas al objeto de refrescarse y escapar a la opresión de ese mundo cerrado y hostil, encuentra a una bella muchacha y a su madre que han venido a pasar la temporada de verano. Borg se enamora de la muchacha, María, o, mejor dicho, se obsesiona con su relación. Y aquí empieza la segunda mitad del drama: al enfrentamiento ilustración-barbarie de orden social general se une el personal de la atracción hombre-mujer. Borg considera que la mujer es un ser intermedio entre el hombre y el niño y no la concibe más que como sometida, sólo así entiende el matrimonio que, por otra parte, le asusta por lo que tiene de compromiso de vida. Además, ella es una joven convencional y Borg es un intelectual que se debate entre la frialdad de sus convicciones y la pasión de sus sensaciones: desea una mujer inferiorizada, pero, al mismo tiempo, detesta su incultura. Es un curioso y característico ejemplar de hombre de ideas avanzadas, pero retrógrado en cuanto al papel de la mujer en la pareja y en el hogar. Esa contradicción le desgarra sin que sea plenamente consciente de la causa. Y más tarde, la aparición de un antiguo compañero de estudios humillado por Borg y de un joven ayudante que coquetea con María irán complicando y retorciendo los sentimientos y los pensamientos del inspector dentro un clima social y personal cada vez más violento y obsesivo.

Strindberg era un hombre atormentado por sus dudas, sus contradicciones, su capacidad visionaria y su incapacidad de acoplamiento, que odiaba a las mujeres, al poder, a la religión. Odio, resentimiento e insatisfacción a partes iguales que lo convierten en un misántropo. En ese aspecto es muy semejante a su Borg y su relación con las mujeres, muy semejante a la que éste tiene con María. Cuando Borg se queda solo y se entrega a su propia demencia no está lejos de las crisis de angustia del autor. La novela está escrita en un tono fuerte, camino del expresionismo, con una prosa dura y cortante como los paisajes nórdicos, pero llena de belleza y sensualidad a través de la sensibilidad del inspector Borg. Porque Borg es un personaje contradictorio que ejerce una gran violencia sobre sí mismo, pero tanto su sensibilidad como la intención de ayudar a la mejora de las condiciones de trabajo de los pescadores son positivas, sólo que chocan con el medio, pero no lo hacen malo; la decepción procede de la incapacidad de contacto, de la incapacidad de descender y colocarse en el lugar del otro y, también, de la necesidad que siente de ser reconocido en la medida que se siente superior y protector. Todo ello es lo que forma la maraña de incomprensión que finalmente lo vence. Cuando descubre a la muchacha lo hace en un contexto de libertad personal y física y en un escenario de ensueño: será el trato el que deteriore la relación por su incapacidad y su propensión a imponer el orden superior del saber que está convencido de representar. En realidad, cuando se enamora, no se deja vencer por la mujer sino por su deseo de poseerla vitalmente y en esta diferencia está la clave de su dificultad de amar. El relato de esa lucha entre convicción y realidad es el meollo de este libro aristado y bronco, salvaje y vital. La verdad es que se trata de una novela que contiene obsesiones del autor puestas en la persona de Borg aunque no alcanza el grado de autobiografía de El hijo de la siervao Inferno. Tampoco es una de las obras grandes de Strindberg, en mi opinión, pero tiene toda la fuerza expresiva y las características de su autor, sin duda alguna.

Articulo : http://www.elpais.com  03/09/2011

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...