'Confesiones de un joven novelista'
Por Umberto Eco
LUMEN
Unas sabrosas reflexiones del gran Umberto
Eco sobre el oficio de escribir.
En este libro el gran intelectual, Umberto
Eco, cuenta cómo se acercó a la ficción siendo ya un autor reconocido como gran
ensayista, cómo prepara cada una de sus novelas antes de ponerse a escribir,
cómo crea sus personajes y la realidad que los rodea.
También nos habla de la buscada ambigüedad
en que el escritor se mantiene a veces para que sus lectores se sientan libres
de seguir su propio camino en la interpretación de un texto. Y de la ambigüedad
pasamos a la definición de los personajes de una novela y a la capacidad de un
escritor de manipular las emociones del lector. ¿Por qué en general no lloramos
si un amigo nos cuenta que la novia lo ha dejado y en cambio muchos nos
emocionamos al leer el episodio de la muerte de Anna Karenina? Finalmente, como
broche final, una reflexión sobre la pasión de Eco por las listas, que explica
su peculiar manera de ver el mundo.
Todo en este texto delicioso son preguntas
que Eco plantea y respuestas ingeniosas que él mismo propone, y siempre con ese
aire socarrón que lo distingue y convierte una anécdota en una lección de vida.
1 - Escribiendo de izquierda a derecha
Estas conferencias se
titulan Confesiones de un joven novelista, y cabría preguntarse por qué,
teniendo en cuenta que ya he cumplido más de setenta años. Pero resulta que
publiqué mi primera novela, El nombre de la rosa, en 1980, de modo que
empecé mi carrera como novelista hace cosa de treinta años. Me considero, por
lo tanto, un novelista muy joven y ciertamente prometedor, que hasta el momento
ha publicado unas cuantas novelas y publicará muchas más en los próximos cincuenta
años. Este trabajo en curso no está terminado (de otro modo, no estaría en
curso), pero espero haber acumulado suficiente experiencia para decir algunas
palabras sobre mi forma de escribir. Conforme al espíritu de las «Conferencias
Richard Ellmann», prestaré más atención a la ficción que a los ensayos, aunque
me considero académico de profesión, y como novelista no soy más que un
aficionado.
Empecé a escribir novelas en mi infancia.
Lo primero que se me ocurría era el título, habitualmente inspirado en los
libros de aventuras de aquellos días, que eran del tipo de los Piratas del
Caribe. Solía dibujar de inmediato todas las ilustraciones, y luego empezaba el
primer capítulo. Pero como siempre escribía en mayúsculas, por imitación de los
libros impresos, al cabo de unas pocas páginas me agotaba y lo dejaba. Aun así,
cada uno de mis trabajos era una obra maestra inacabada, como la Sinfonía
inacabada de Schubert.
A los dieciséis empecé por supuesto a
escribir poemas, como cualquier otro adolescente. No recuerdo si fue la
necesidad de poesía la causa del florecimiento de mi primer (platónico e
inconfesado) amor, o si fue al revés. La combinación fue un desastre. Pero,
como escribí una vez -si bien en forma de una paradoja que puso en circulación
uno de mis personajes ficticios-, hay dos clases de poetas: los buenos, que
queman sus poemas a los dieciocho años, y los malos, que siguen escribiendo
poesía mientras viven.
¿Qué es la escritura creativa?
Al enfilar la cincuentena, no me sentí,
como les pasa a muchos alumnos, frustrado por el hecho de que mi escritura no fuera
«creativa».
2 - Nunca he entendido por qué a Homero se
le considera un escritor creativo y a Platón no. ¿Por qué un mal poeta es un
escritor creativo y un buen ensayista científico no lo es?
En francés existe una distinción entre un
écrivain —alguien que produce textos «creativos», como, por ejemplo, un
novelista o un poeta— y un écrivant: alguien que registra datos, como un
empleado de banco o un policía que prepara el informe de un caso criminal. Pero
¿qué tipo de escritor es un filósofo? Podría decirse que un filósofo es un
escritor profesional cuyos textos son susceptibles de ser resumidos o traducidos
a otras palabras sin perder todo su significado, mientras que los textos de los
escritores creativos no pueden ser completamente traducidos o parafraseados.
Pero, aunque es ciertamente difícil traducir poesía y novelas, el noventa por ciento
de los lectores del mundo ha leído Guerra y paz o el Quijote en traducción, y
pienso que un Tolstói traducido es más fiel al original que cualquier
traducción inglesa de Heidegger o Lacan.
¿Es Lacan más «creativo» que Cervantes? La
diferencia no puede expresarse ni siquiera en términos de la función social de
un texto determinado. Los textos de Galileo poseen ciertamente un calado
filosófico y científico de primer orden, pero en las universidades italianas se
estudian como muestras de refinada escritura creativa, como obras maestras de
estilo.
Imagine que es usted un bibliotecario y
decide colocar los llamados textos creativos en la Sala A y los llamados textos
científicos en la Sala B. ¿Pondría los ensayos de Einstein junto con las cartas
de Edison a sus mecenas, y «Oh, Susanna!» con Hamlet? Se ha sugerido que los
escritores «no creativos» como Linneo y Darwin quisieron transmitir información
verdadera sobre ballenas o monos. En cambio, cuando Melville escribe sobre una
ballena blanca, o cuando Burroughs habla de Tarzán de los Monos, solo fingen
manifestar la verdad, porque en realidad inventaron ballenas y monos
inexistentes sin tener ningún interés por los de verdad. ¿Podemos afirmar sin
asomo de duda que Melville, al contar la historia de una ballena inexistente,
no tenía intención de decir nada verdadero sobre la vida y la muerte, o sobre
el orgullo humano y la obstinación?
Resulta problemático definir como
«creativo» a un escritor que simplemente nos cuenta cosas que contradicen
hechos objetivos. Ptomoleo dijo una cosa falsa sobre el movimiento de la
Tierra. ¿Deberíamos considerarle pues más creativo que Kepler? La diferencia
reside más bien en las formas opuestas en que los escritores pueden reaccionar
a interpretaciones de sus textos. Si yo le digo a un filósofo, a un científico,
a un crítico de arte: «Has escrito esto y aquello», el autor siempre puede
replicar: «No has entendido mi texto. Decía exactamente lo contrario». Pero si
un crítico ofrece una interpretación marxista de En busca del tiempo perdido, diciendo que en
el cénit de la crisis de la burguesía decadente, la entrega total al reino de
la memoria aisló necesariamente al artista de la sociedad, Proust seguramente
estaría descontento con esa interpretación, pero tendría dificultades para
refutarla.
Como veremos más adelante en otra clase,
los escritores creativos —como lectores razonables de su propia obra— tienen
ciertamente el derecho a desafiar una interpretación descabellada. Pero en
general, tienen que respetar a sus lectores, ya que, por decirlo así, han
lanzado su texto al mundo como un mensaje en una botella.
Después de publicar un texto sobre
semiótica, me dedico o bien a reconocer que me he equivocado, o bien a
demostrar que quienes no lo han entendido de la manera que yo pretendía lo han
leído mal. En cambio, después de publicar una novela, siento en principio un
deber moral de no desafiar las interpretaciones que hace de ella la gente (y de
no alentar ninguna interpretación).
Esto sucede —y aquí podemos identificar la
verdadera diferencia entre la escritura creativa y la científica— porque en un
ensayo teórico, normalmente uno pretende demostrar una tesis determinada o dar
una respuesta a un problema concreto, mientras que en un poema o en una novela,
lo que uno pretende es representar la vida con todas sus contradicciones. Poner
en escena una serie de contradicciones, haciéndolas evidentes y conmovedoras.
Los escritores creativos piden a sus lectores que traten de encontrar una
solución; no ofrecen una fórmula precisa (excepto en el caso de los escritores
cursis y sentimentales, que lo que pretenden ofrecer son consuelos vulgares).
Por este motivo, en las charlas que ofrecí sobre mi recién publicada primera
novela, decía que, a veces, un novelista puede decir cosas que no puede decir un
filósofo.
Así que, hasta 1978, me sentí
completamente realizado como filósofo y semiótico. Una vez escribí incluso —con
un toque de arrogancia platónica— que veía a los poetas, y a los artistas en
general, como prisioneros de sus propias mentiras, imitadores de imitaciones,
mientras que como filósofo, yo tenía acceso al verdadero mundo platónico de las
ideas.
Podría decirse que, creatividad aparte,
muchos eruditos han sentido el impulso de contar historias y han lamentado ser
incapaces de lograrlo, y que por eso los cajones de escritorio de muchos
profesores universitarios están llenos de novelas malas inéditas. Pero con el
paso de los años, yo pude satisfacer mi pasión secreta por la narrativa de dos
formas distintas: primero, recurriendo a la narrativa oral, contando cuentos a
mis hijos (de forma que me quedé desorientado cuando crecieron y pasaron de los
cuentos de hadas a la música rock) y en segundo lugar, dando un tono narrativo
a cada ensayo crítico.
Cuando presenté mi tesis doctoral sobre la
estética de Tomás de Aquino —un tema muy controvertido, ya que en esa época los
estudiosos creían que no había reflexiones estéticas en el inmenso corpus de su
obra—, uno de los examinadores me acusó de una especie de «falacia narrativa». Dijo
que un estudioso maduro, cuando se pone a investigar algo, avanza a base de
pruebas y errores, proponiendo y rechazando diferentes hipótesis, pero que al
final de ese proceso, se suponía que estas dudas estarían resueltas y el
estudioso debería presentar solamente las conclusiones. Por el contrario
—dijo—, yo presentaba la historia de mis indagaciones como si fuera una novela
de detectives. La objeción llegó de forma amable, y el examinador me sugirió la
idea fundamental de que todo hallazgo en el transcurso de la investigación debe
ser «narrado» de esta forma. Todo libro científico debe ser una especie de
historia policíaca, el relato de la búsqueda de algún Santo Grial. Y creo que
eso es lo que he hecho desde entonces en todas mis obras académicas.
Érase una vez
A principios de 1978, una amiga mía que
trabajaba para un pequeño editor me dijo que estaba pidiendo a autores sin
experiencia en la novela (filósofos, sociólogos, politólogos, etcétera) que
escribieran un relato breve de detectives. Por las razones que acabo de
mencionar, respondí que no me interesaba la escritura creativa, y que estaba
seguro de ser absolutamente incapaz de escribir buenos diálogos. Concluí
diciendo (no sé por qué),
provocativamente, que si tuviera que escribir una novela negra, esta tendría
por lo menos quinientas páginas y estaría ambientada en un monasterio medieval.
Mi amiga dijo que no estaba tratando de pescar novelas torpes hechas para ganar
dinero, y así terminó nuestro encuentro.
En cuanto volví a casa, me puse a fisgar
en los cajones de mi escritorio y recuperé unos garabatos del año anterior, una
hoja de papel en la que había apuntado varios nombres de monjes. Eso
significaba que en el recodo más secreto de mi alma había estado creciendo la
idea de una novela sin ser yo consciente de ello. En ese momento se me ocurrió
que estaría bien envenenar a un monje durante su lectura de un libro
misterioso, y eso fue todo. Empecé a escribir El nombre de la rosa.
Una vez publicado el libro, la gente me
preguntaba a menudo por qué había decidido escribir una novela, y las razones
que esgrimí (que variaban según mi humor) eran todas probablemente ciertas, es
decir, eran todas falsas. Comprendí que la única respuesta correcta era que en
un determinado momento de mi vida sentí la urgencia de hacerlo, y creo que esa
es una explicación suficiente y razonable.
Cómo escribir
Cuando los entrevistadores me preguntan:
«¿Cómo ha escrito usted sus novelas?», suelo cortar en seco esta línea de
interrogatorio respondiendo: «De izquierda a derecha». Creo que no es una
respuesta satisfactoria, y que puede provocar cierto estupor en los países
árabes y en Israel. Ahora tengo tiempo para dar una respuesta más detallada. En
el transcurso de la escritura de mi primera novela, aprendí varias cosas. En
primer lugar, que «inspiración» es una mala palabra que los autores tramposos
utilizan para parecer intelectualmente respetables. Como dice el viejo refrán,
el genio es en un diez por ciento inspiración y en un noventa por ciento
transpiración. Dicen que el poeta francés Lamartine describía a menudo las
circunstancias en las que escribió uno de sus mejores poemas: aseguró que le
había llegado completamente compuesto en una súbita iluminación, una noche que
paseaba por el bosque. Después de su muerte, encontraron en su estudio un
impresionante número de versiones de ese poema, que había estado escribiendo y
reescribiendo a lo largo de los años.
Los primeros críticos que reseñaron El
nombre de la rosa dijeron que el libro había sido escrito bajo el influjo de
una inspiración luminosa, algo que, dadas sus dificultades conceptuales y
lingüísticas, sucedía solo a unos pocos afortunados. Cuando el libro alcanzó un
éxito notable, vendiéndose millones de copias, los mismos críticos escribieron
que no cabía duda de que yo, para confeccionar un éxito de ventas tan popular y
entretenido, había seguido al pie de la letra una receta secreta. Más tarde,
dijeron que la clave del éxito del libro era un programa informático, olvidando
que los primeros ordenadores personales con programas aptos para redactar
textos no aparecieron hasta principios de los años ochenta, cuando mi novela ya
estaba en la imprenta. En 1978-1979, lo único que se podía encontrar, incluso
en Estados Unidos, eran esos pequeños ordenadores baratos fabricados por Tandy,
que nadie hubiera usado jamás para escribir más que una carta.
Algún tiempo después, algo alterado por
semejantes acusaciones informáticas, formulé la auténtica receta para escribir
un éxito de ventas por ordenador: En primer lugar, obviamente, necesita usted
un ordenador, que es una máquina inteligente que piensa por usted. Eso sería
una gran ventaja para mucha gente. Todo lo que necesita es un programa de unas
pocas líneas; hasta un niño podría hacerlo. Luego hay que meter en el ordenador
el contenido de unas cien novelas, obras científicas, la Biblia, el Corán, y un
puñado de listines telefónicos (muy útiles para encontrar nombres de
personajes). Digamos, unas 120.000 páginas. Después de eso, usando otro
programa, hay que aleatorizarlo todo; en otras palabras, mezclar todos esos
textos, ajustarlos un poco —por ejemplo, eliminando todas las es— para
conseguir no solo una novela, sino ya una especie de lipograma de Perec. En ese
momento, pulse «imprimir» y, puesto que usted ha eliminado todas las es, salen
algo menos de 120.000 páginas.
Tras leerlas cuidadosamente varias veces,
subrayando los pasajes más significativos, llévelas a una incineradora.
Entonces, simplemente siéntese bajo un árbol con una hoja de papel carbón y
otra de buen papel de dibujar y, dejando fluir sus pensamientos, escriba dos
líneas. Por ejemplo: «La luna está alta en el cielo / El bosque cruje». A lo
mejor lo que sale al principio no es una novela, sino más bien un haiku
japonés. Pero lo importante es empezar.
3 - Hablando de inspiración lenta, El
nombre de la rosa la escribí en solo dos años, por la sencilla razón de que no
tuve que investigar nada sobre la Edad Media.
Como he dicho, mi tesis doctoral
versaba sobre estética medieval, y después de presentarla seguí estudiando la
Edad Media. Con el paso de los años, visité un montón de abadías románicas,
catedrales góticas, etcétera. Cuando decidí escribir la novela, fue como abrir
un gran armario donde había estado amontonando mis archivos medievales durante
décadas. Todo ese material estaba a mis pies, y yo no tenía más que seleccionar
lo que necesitaba.
Ficha técnica
Título: Confesiones de un joven novelista
| Autor: Umberto Eco |Editorial: Lumen | Colección: Futura |Género:
Ensayo | ISBN: 9788426420343 | PVP: 12,99 € |Publicación: Septiembre
de 2011
Articulo : http://www.elboomeran.com

