samedi 17 septembre 2011

Virtudes del ocio


Virtudes del ocio

Su madre ha muerto hace algún tiempo y el resto de la familia -él, su hermano y su padre- sobrevive bajo el mismo techo, pero en "zonas separadas".

Un hombre joven, Andrés Stella, en ese periodo de la vida que es una combinación incierta de adolescencia y juventud, atraviesa por un yermo espiritual absoluto que dura un verano y parece cernirse sobre el protagonista como una nube incluso más allá de la conclusión del relato: es el ocio ("Como, cago y duermo. Soy una biología que no tiene rumbo"). Su madre ha muerto hace algún tiempo y el resto de la familia -él, su hermano y su padre- sobrevive bajo el mismo techo, pero en "zonas separadas", son "islas" distantes que apenas se rozan con gestos aletargados y débiles de comunicación.

Podría decirse -y se diría bien- que Fabián Casas propone con este breve texto una versión contemporánea y bonaerense de la novela de formación y, en particular, de una suerte de descenso a los infiernos en un mundo y una época regidos por un áspero y desesperanzador escepticismo. El pasaje por el mundo de las drogas (no sólo como consumidor, sino también como traficante), la enfermedad propia y la experiencia de la muerte de los seres queridos, traspuestos a Buenos Aires y al lenguaje porteño, forman el nudo de la novela. No en vano la referencia literaria principal que propone el narrador es Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Céline.

Pero no se piense en que el tono de la obra es dramático, oscuro, penumbrosamente psicologista. El mérito de Ocio es, al contrario, la capacidad de reescribir ese viaje (que es también el viaje que conduce a la formación de un escritor) en una clave íntima, subjetiva, cínica y divertida. La voz de Casas es coloquial, conversacional, sin pretensión, sentimentalismos ni engolamientos, discurriendo con distancia, desparpajo e ironía narrativos. La estrategia de Fabián Casas es concentrar la historia en el tiempo corto y la superficie cotidiana de las cosas. La mirada del narrador va dando cuenta de una miríada de acciones que se engarzan una tras otra durante la rutina diaria. Los grandes "acontecimientos", el eje de la historia es trazado, entonces, por los bordes de estas cascadas de acciones mínimas. En vez de omitirlas, como suele hacer una narrativa más convencional, urde la historia a partir de ellas y, por lo mismo, el texto es muy exacto y concreto en sus observaciones. Hay una materialidad (no sólo referida a las circunstancias exteriores, sino también al registro del mundo interno del personaje) simple, eficaz y poderosa en la novela del autor argentino.

Con una prosa clara, directa, de frase marcadamente corta y acumulativa, Casas sabe lo que es preciso callar. Los silencios afectivos y literarios están muy bien logrados. Ocio parece consistir en un muy preciso y depurado catálogo de acciones y expresiones que operan por sí mismas, ahorrando interpretaciones, explicaciones o discursos. Bien aplica Casas el principio que recomienda no "decir", sino mostrar. Esa delicadeza en el decir y la consecuente invitación a que el lector ejercite su inteligencia, sensibilidad e imaginación para recrear el texto callado es esencial a la hora de valorar los méritos de Ocio .

El autor parece estar convencido de que el desencanto, la distancia profundamente escéptica -que coloca al protagonista en un lugar más allá de las buenas costumbres, las cortesías y convenciones- proporciona, de un lado, el paisaje desnudo de la pauperidad de los afectos, pero también afloran, al final, luminosos y auténticos los sentimientos fundamentales. El recorrido de Andrés, el protagonista, un aparente álter ego del autor, puede comprenderse también como una educación sentimental. El dolor por la madre muerta y la amistad por Roli, en ese momento agonizante, se conectan bellamente: "Me saqué el guante -tenía los ojos húmedos y me ardían-, le agarré la mano. Era un peso muerto, tibio. Y de golpe me acordé de mi vieja". Más tarde, en una iglesia a la cual ingresa sin saber por qué: "De golpe me arrodillé -yo no me arrodillé, alguien me arrodilló- y me puse a llorar. Después de un rato, me sequé la cara y me volví a sentar. Así, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada sobre mi pecho, me dormí". Lentamente, de golpe en golpe, Casas nos transmite (dejando que cada lector descifre los signos y lleve a cabo las asociaciones) las dificultades del protagonista para abandonar la indiferencia y la sequedad de corazón y religarse, de manera auténtica, con sus afectos fundamentales.

El ocio al que se refiere el título de esta novela no se asemeja tanto al ocio antiguo, sino más bien a la acedia de los monjes medievales. Una lánguida, imprecisa y desganada inquietud es, en efecto, el temple del narrador, el cual permite atisbar afectos ausentes pero profundos, convicciones desechas pero anheladas, lugares y personan que no están, pero se añoran.

 Fabián Casas(Buenos Aires, 1965) es poeta, narrador y ensayista. Estudió Filosofía y trabajó como periodista en diarios y revistas. Su carrera literaria se inició a comienzos de los 90, con la fundación de la revista de poesía 18 Whiskys, junto con otros poetas de su generación. Entre sus libros se cuentan Tuca (1990), Pogo (1999), Los Lemmings (2005),Ensayos bonsái (2007).

Articulo : http://www.emol.com/ 11/09/2011 

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