samedi 3 septembre 2011

Zenda LIENDIVIT/ Recuerdo de los cielos


Edgar Allan POE:
Recuerdo de los cielos
Por Zenda LIENDIVIT

"El artista, el poeta y el pensador en tanto dadores de  forma buscan el encuentro con la otredad allí donde dicha otredad es, en su vacía esencia, de lo más inhumana".
GEORGE STEINER

Porque lo bello no es nada
más que el comienzo de lo terrible...
R.M.RILKE

La unidad original es la gran verdad de Poe. Origen que lleva escrito también su fin. Unidad de la que surgirá la multiplicidad. Y, entre principio y fin, fuerzas de atracción y repulsión conviviendo en estrecha camaradería. Poe intuye, como intuyó Kepler sus leyes. "Sí, Kepler conjeturó esas leyes, es decir, las imaginó" afirma casi eufórico en Eureka. Y acto seguido define la intuición como "la convicción que surge de esas inducciones o deducciones cuyos procesos son tan oscuros que escapan a nuestra ciencia, eluden nuestra razón o desafían nuestra capacidad de expresión". Para llegar entonces a la columna vertebral de la ciencia moderna, es decir, a la ley de gravedad de Newton, hubo necesariamente que eludir a la ciencia, a la razón, a la expresión. Fue necesario imaginar.

Poe no es un científico, ni un metafísico. No es sólo un escritor. Poe es un poeta. Y como tal puede adentrarse en terrenos donde científicos y filósofos, retrocediendo entre el espanto y la cautela, guardan silencio. Y como tal está expuesto a "el relámpago de los dioses". No es fácil ofrecer el cuerpo para recibir la furia divina, para seguirle el rastro a las cosas, para escuchar lo inefable...Tarea y destino de poetas ser la hoguera que aniquila y, al mismo tiempo, alumbra el reencuentro con un tiempo perdido. Un tiempo que, quizás, alguna vez volverá a ser nuestro.

La materia con la que Poe trabaja es el horror. Como maestro de los extremos, de los excesos, de la embriaguez, hay en su literatura una sobreabundancia que parece forzar los límites. La locura, las patologías, las perversiones, la magia, la razón extrema (otra forma de horror) funcionan de manera similar a esas partículas analizadas en su Eureka, aquellas que buscaban la satisfacción absoluta en la fusión final. Poe no pierde el tiempo en explicaciones inútiles: los fenómenos sobrenaturales, tanto del hombre como de la propia naturaleza, surgen pura y exclusivamente de esa materia. Cuando recurre a criptas y ataúdes, a gatos vengativos, a actos de canibalismo y a entierros prematuros; cuando apela a la parafernalia gótica de luces violáceas e irreales, arcos ojivales y atmósferas medievales; cuando discurre en una lógica aterradoramente deductiva, no hace otra cosa que conectarnos con fuerzas que nos trascienden, fuerzas que se agitan en la oscuridad y que, así como el deseo y las pasiones, escapan a cualquier tipo de representación, escapan a la historia.

Hay algo, entonces, allí afuera de lo que guardamos vagos recuerdos. Con Poe franqueamos el umbral de nuestro desangelado mundo cotidiano e ingresamos a una dimensión extraña y a la vez familiar. Una fugitiva Edad de Oro donde belleza, naturaleza, verdad y hombre forman un Todo indivisible y que para el poeta constituye la auténtica morada del ser humano, su casa, su "suelo natal". Sin embargo, la comunión es breve, debe serlo. Y esta fugacidad acentúa la nada desde la que se parte y a la que, por ello mismo, inevitablemente se vuelve -aquí, como una sentencia ineludible, escuchamos una y otra vez aquel terrible "nunca más".

Pero si el horror nos fuerza a un reencuentro primordial, es el movimiento el artíficie de dicho efecto. Movimiento que en Poe se alimenta, a la manera de Heráclito, en la afirmación de los opuestos complementarios: la magia y la ciencia; el cuerpo y el espíritu; la razón y la locura; el bien y el mal; la belleza y el espanto. "Pero así como, en ética, el mal es consecuencia del bien, así, de hecho, es como de la alegría nace la pena. O el recuerdo de la gloria pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que podrían haber sido" afirma Egaeus, en Berenice. El razonamiento deductivo, llevado hasta el extremo por Auguste Dupin, trasciende la capacidad analítica para ingresar en el terreno de la magia. Así también, del poder adivinatorio de Legrand, el personaje de El escarabajo de Oro, deriva toda la serie de operaciones matemáticas y lingüísticas que lo facultan para resolver cualquier tipo de enigma. En ambos casos, el explosivo cóctel de razón y adivinación carecería de límites en cuanto a sus alcances y consecuencias. Un cóctel que genera una estirpe de superhombres que pagan su condición superior con el obligado exilio del mundo de los intelectos ordinarios.

Por otro lado, los muertos de Poe rara vez dan un último aliento y se quedan tranquilos en sus tumbas; prefieren entrar en un campo ambiguo en el que la vida y la muerte también pierden sus límites. Y si no llegaron a morir en sus respectivas épocas, retornan al presente para convertirlo en un pasado olvidable. ¿O acaso el conde Allamistakeo, la momia proveniente del antiguo Egipto, de Breve charla con una momia, no transforma la época moderna, la nuestra, la actual, en un lamentable mal rato pasado? (la Fuente Verde del Juego de Bolos, el Gran Movimiento Progresivo, las gigantescas fuerzas mecánicas, la Democracia y las pastillas Ponnonner, entre otros grandes adelantos de la modernidad, nos provocan una carcajada enraizada en una fuerte sensación de espanto).

Un movimiento expansivo afecta también a las partículas de la época del Poe. Mientras que las multitudes avanzan sobre las grandes ciudades modernas, al compás de los valores heredados de la Revolución, los conocimientos científicos y la incipiente nación del norte fijan en el mismo infinito los confines de sus respectivos dominios. Pero bien lo dijo Baudelaire, ni el siglo XIX ni los Estados Unidos constituían el ambiente más propicio para las "almas enamoradas del fuego eterno". En su vagabundeo errático de exiliado del mundo, Poe se desplazó sobre un suelo hostil que, a semejanza del lago de la Casa de Usher, amenazaba con abrirse y devorarlo. Un tránsito desesperado y maldito que, a cada paso, liberaba los demonios de una cultura que excluía de la vida a la vida misma. "La verdad es que hoy el hombre no se encuentra en ninguna parte consigo mismo, es decir, con su esencia" dirá Heidegger, un siglo después. Pero si es cierto que "donde hay peligro, crece también lo que salva", tendríamos ahora que estar rodeados de un exhuberante bosque. Entretanto, hasta dar con él, algo de aquel resplandor divino que se empecina con los poetas nos llega también a nosotros, los lectores sensibles de Poe. Algún recuerdo de los cielos.

***
CHARLES BAUDELAIRE
Edgar Poe, su vida y sus obras
Del libro Escritos sobre literatura (Ed. Bruguera, Barcelona 1984)

…Algún maestro desventurado a quien la inexorable Fatalidad ha perseguido encarnizadamente, cada vez más encarnizadamente, hasta que sus cantos se reducen a un único estribillo, hasta que los cantos fúnebres de su Esperanza adoptan este melancólico estribillo: ¡Nunca! ¡Nunca más!

EDGAR POE, El cuervo

En su trono de bronce el Destino burlón
Ha empapado su esponja en la hiel más amarga,
y la Necesidad atenaza sus vidas

THÉOPHILE GAUTIER, Tinieblas

En estos últimos tiempo un desdichado fue llevado ante nuestros tribunales, y en su frente se leía un raro y singular tatuaje: ¡No hubo suerte! Llevaba así encima de sus ojos la etiqueta de su vida, como un libro exhibe su título, y el interrogatorio demostró que aquel extravagante rótulo era cruelmente verídico. En la historia literaria existen destinos análogos, verdaderas condenas… hombres que llevan la mala suerte escrita en caracteres misteriosos en los sinuosos pliegues de su frente. El Ángel ciego de la expiación se ha adueñado de ellos y les azota implacablemente para edificación de los demás. En vano su vida muestra talentos, virtudes, gracias; la Sociedad guarda para ellos un anatema especial, y acusa en ellos las deformaciones que su persecución les han producido. ¿Qué fue lo que no hizo Hoffmann para desarmar al Destino y qué fue lo que no emprendió Balzac para conjurar la fortuna? ¿Existe, pues, una Providencia diabólica que prepara la desgracia desde la cuna, que arroja con premeditación a naturalezas espirituales y angélicas a ambientes hostiles, como si fueran mártires en mitad del circo? ¿Existen, pues, almas sagradas, dedicadas al altar, condenadas a dirigirse a la muerte y a la gloria a través de sus propias ruinas? La pesadilla de las Tinieblas, ¿acechará eternamente a esas almas privilegiadas? Será inútil que se debatan, será inútil que se adapten al mundo, a sus previsiones, a sus astucias; perfeccionarán la prudencia, cegarán todas las salidas, acolcharán las ventanas contra los proyectiles del azar; pero el Diablo entrará por una cerradura; una perfección será el defecto de su coraza, y una cualidad superlativa el germen de su perdición.

Desde lo alto del cielo ha de abatirle el águila arrojando en su frente la tortuga, pues ellos tienen que perecer inevitablemente.

Su destino está escrito en toda su complexión, brilla con fulgor siniestro en sus miradas y en sus ademanes, circula por sus arterias con cada uno de sus glóbulos sanguíneos.

Un célebre escritor de nuestro tiempo ha escrito un libro para demostrar que el poeta no podía encontrar un buen lugar ni en una sociedad democrática ni en una aristocrática, ni en una república ni en una monarquía absoluta o atemperada. ¿Y quién ha sabido responderle perentoriamente? Hoy yo aporto una nueva leyenda en apoyo a su tesis, añado un santo nuevo al martirologio: he escrito la historia de uno de estos ilustres desventurados, demasiado rico en poesía y en pasión, que después de tantos otros viene a hacer en este bajo mundo el triste aprendizaje del genio entre las almas inferiores.

¡Lamentable tragedia la vida de Edgar Poe! Su muerte, ¡desenlace horrible a cuyo horror se agrega la trivialidad! De todos los documentos que he leído me he quedado con la convicción de que los Estados Unidos no fueron para Poe más que una vasta prisión que él recorría con la agitación de un ser nacido para respirar en un mundo más amoral, una gran barbarie iluminada por el gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta o incluso de borracho, no era más que un perpetuo esfuerzo para escapar a la influencia de esta atmósfera antipática. Implacable dictadura la de la opinión en las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia ni elasticidad ninguna en la aplicación de sus leyes a los múltiples y complejos casos de la vida moral. Diríase que del amor impío de la libertad nació una tiranía nueva, la tiranía de las bestias o zoocracia, que por su feroz insensibilidad recuerda al ídolo de Jaggernaut. Un biógrafo nos dirá gravemente –porque el buen hombre es bien intencionado-, que Poe, si hubiese querido regularizar su genio y aplicar sus facultades creadoras de un modo más apropiado al suelo americano hubiese podido convertirse en un autor de dinero, a money making author; otro –éste es un cínico ingenuo-, que por muy grande que fuera el genio de Poe, para él hubiera sido mejor tener sólo talento, porque el talento se impone siempre con mayor facilidad que el genio. Otro, que ha dirigido periódicos y revistas, un amigo del poeta, confiesa que era difícil emplearle, y que estaban obligados a pagarle menos que a los demás, porque escribía en un estilo demasiado por encima del vulgo. ¡Cómo apesta a tendero!, como decía Joseph de Maistre (…).

Repito que yo he llegado al convencimiento de que Edgar Poe y su patria no estaban a la misma altura. Los Estados Unidos son un país gigantesco e infantil, naturalmente celoso del viejo continente. Satisfecho de su crecimiento material, anormal y casi monstruoso, este recién llegado a la historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desventurados entre nosotros, de que terminará por devorar al Diablo. ¡El tiempo y el dinero tienen allí un valor tan grande! La actividad material, exagerada hasta las proporciones de una manía nacional, deja en los espíritus muy poco lugar para las cosas que no son de la tierra. Poe, que era de buen linaje, y que por otra parte creía firmemente que la mayor desgracia de su país era la de carecer de aristocracia de raza, dado que, decía, en un pueblo sin aristocracia, el culto a la Belleza sólo puede corromperse, menguar y desaparecer… Que reprochaba a sus conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los síntomas del mal gusto característico de los advenedizos; que consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de papanatas, y que llamaba a los perfeccionamientos de la vivienda humana, cicatrices y abominaciones rectangulares… Poe era en su país un cerebro singularmente solitario. Sólo creía en lo inmutable, en lo eterno, en lo self-same, y gozaba -–cruel privilegio en una sociedad enamorada de sí misma- de ese enérgico sentido común a lo Maquiavelo que precede al sabio como una columna luminosa a través del desierto de la historia. ¿Qué hubiese pensado, qué hubiese escrito el infortunado de oír a la teóloga del sentimiento suprimir el Infierno por amistad para con el género humano, al filósofo de las cifras proponer un sistema de seguro, una suscripción de un sueldo por cabeza para la supresión de la guerra… y la abolición de la pena de muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas, y tantas otras enfermedades que escriben, con la oreja tendida al viento, fantasías giratorias tan huecas como el elemento que las dicta? Si añadimos a esta visión impecable de lo verdadero, auténtica enfermedad crónica en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de los sentidos, para la que una nota falsa era una tortura, una finura de gusto que, excepto la proporción exacta, todo hería, una amor insaciable de la Belleza, que había adquirido la fuerza de una pasión morbosa, nadie puede extrañarse de que para semejante hombre la vida se convirtiera en un infierno, y que haya tenido un mal fin; lo admirable es que haya podido durar tanto tiempo.

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