CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA
Autodestierro del paraíso
Por Alberto MANGUEL
David Grossman vuelve al amor
en Delirio. Pero ahora con un tratado sobre su envés: los celos. De
su poder sobre la imaginación y la construcción del sufrimiento. Del infierno
El amor no existe. O mejor dicho, la
persona amada no existe. Existe eso que construimos a partir de un detalle
físico, un tono de voz, un perfume, sobre todo a partir de un indistinto deseo.
Un día nos sorprende no hallar a nuestro lado ese supuesto ser amado, y a
partir de nuevos detalles volvemos a crear (aunque a veces somos incapaces de
crear) un nuevo objeto del deseo. El amor es un acto de creación continuo.
Por lo general, el ser imaginado por
nuestro deseo y el ser de carne y hueso mayormente coinciden. A veces, sin
embargo, no, y el deseo inventa para satisfacerse personajes y argumentos
irreales que desbordan de la pasión y se contaminan de pesadilla. Como punto de
partida, basta un detalle, la boca, por ejemplo, "la boca en tensión, una
boca que enseguida va a ser besada, que se relajará y se inflamará ardiente,
porque unos labios se posarán sobre esos labios, al principio sólo rozándolos,
apenas tocándolos, aunque después la lengua esbozará su contorno todo alrededor
mientras estos se esforzarán en no sonreír porque enseguida se oirá un
gemido" que se convertirá, para el protagonista de Delirio, en
un eco oído en el tiempo, ese tiempo que "es como la celda circular de una
cárcel". Para el amante, los límites de lo que deseamos y de lo que
tememos coinciden, porque la agonía amorosa supone la imaginación del
infortunio (del desamor, la indiferencia, la infidelidad) sin requerir más
pruebas que un quizás. "El amor es fuerte como la muerte, implacables como
el infierno los celos", explica el autor del Cantar de los
cantares, citado por David Grossman en el epílogo a su novela.
Grossman es uno de los más grandes
novelistas de nuestra época, capaz de convertir en universal historias mínimas
y de dar vigencia local a grandes temas ancestrales. La que es quizás la más
famosa de sus novelas, Véase: amor (1992) podría servir de título a
casi toda su obra, porque, según Grossman, es sólo a través de la concepción
amorosa, a través de un esfuerzo de apasionada creación imaginativa, que
podemos saber quiénes somos, dando cuerpo y alma a quienes nos rodean, a
quienes amamos y odiamos, identificándolos, interpelándolos, armándolos a
partir de piezas sueltas, dando vida a una realidad cierta o falsa.
El tema de Delirio son los
celos, es decir, el infierno, es decir, la construcción del sufrimiento, es
decir, la creación literaria. Cuando Shaul, el marido apasionado, se interroga
sobre las acciones de su mujer, Elisheva, que dice ausentarse todas las tardes
para (según dice ella) ir a nadar, e imagina que el pelo mojado con el que
regresa, y las palabras cariñosas no son sino mentiras para ocultar su traición
con otro hombre, Shaul usurpa la prerrogativa del autor, la de inventar
historias que resulten más verdaderas que la verdad. Para esos encuentros
imaginados (y que para él son ya fehacientes), Shaul crea detalles escabrosos y
ardientes, sutilezas psicológicas, itinerarios audaces y posibles. Preso en su
propio relato, Shaul comprueba, como todo autor de ficción talentoso, que la
realidad le ofrece pruebas para su delirio: aparentes coincidencias, presagios,
indiscreciones. El "quizás" inicial se desvanece: los temores y dudas
se convierten en certezas. El infierno es ahora real.
La ciencia define un fenómeno de contagio
psíquico que llama folie à deux: la locura de Shaul alcanza y
encierra a su cuñada, la abúlica Esti, mujer de su hermano Mija, quien acepta
conducirlo a desenmascarar a los supuestos infieles. "Cuéntamelo todo,
Shaul", le dice, y desde el asiento trasero del automóvil que ella
conduce, Shaul, sufriendo de una pierna misteriosamente maltrecha, elabora para
su cuñada una suerte de crónica de la infidelidad supuesta, que Esti va
alimentando con sus preguntas como una niña ávida de conocer los nuevos
episodios de un cuento de hadas, de llegar al final que, esta vez, no debe ser
feliz. Ese final nunca llega: la historia se interrumpe antes de que Shaul y
Esti encuentren a los anunciados adúlteros. Como en la ficción literaria, en la
ficción amorosa la resolución no importa. Existe mientras se está creando, para
luego recrearse infinitamente en el recuerdo.
"Los celos", concluye Grossman,
"nos llevan a crear, con todo el poder de nuestra imaginación y de nuestro
deseo, un paraíso del que nosotros mismos nos vamos a desterrar". Habiendo
imaginado ese paraíso amoroso, y sabiendo que no lo merecemos, hemos imaginado
un infierno para poder decir que, aunque no para nosotros, el amor sí existe.
Delirio
David Grossman
Traducción de Ana María Bejarano
Lumen. Barcelona, 2011
230 páginas. 17,90 euros
Articulo: http://www.elpais.com
15/10/2011
