REPORTAJE: ARTE - EXPOSICIONES
La obscenidad está en la mirada
Por Alberto MARTÍN
Los ciudadanos están cada vez más
vigilados y observados. También es mayor la pulsión y la posibilidad de mirar a
los demás sin ser vistos. Una exposición de fotografía en Madrid explora
distintos tipos de voyerismo desde finales del XIX hasta hoy
En su libro El desnudo
femenino, un excelente estudio sobre arte, obscenidad y sexualidad, Lynda
Nead cita el informe de una comisión gubernamental de Estados Unidos sobre
pornografía (Comisión Meese, 1986): "La ausencia de fotografías
necesariamente produce un mensaje que parece necesitar para su asimilación más
pensamiento real y menos acción refleja de la que precisa el más típico ejemplo
fotográfico. Siempre hay una diferencia entre leer un libro y mirar
imágenes". La comisión concluía recomendando que la palabra escrita
quedara exenta de toda censura o control legal en relación con su posible
carácter obsceno. No así, evidentemente, la imagen fotográfica.
La conexión implícita que se establecía en
este informe entre pornografía y fotografía deriva claramente de algunas de las
condiciones que consideramos inherentes al medio fotográfico: de su realismo,
que garantiza fidelidad y transparencia, y de la accesible y directa relación
que el espectador puede establecer con el contenido de la imagen. Estas
condiciones están en la base del natural e histórico vínculo entre voyerismo y
fotografía, una vinculación que la exposición Observados. Voyeurismo y
vigilancia a través de la cámara desde 1870 revisa en extenso a través de
una selección que comprende más de 160 fotografías y algunos vídeos. En la
muestra que se puede visitar a partir del jueves 27, coproducida por el San
Francisco Museum of Modern Art y la Tate Modern, están presentes algunos de los
nombres más significativos de la historia de la fotografía: desde clásicos como
Lewis Hine, Paul Strand, Brassaï, Man Ray, Weegee, Walker Evans o
Cartier-Bresson hasta autores como Thomas Ruff, Philip Lorca diCorcia, Thomas
Demand, Nobuyoshi Araki o Helmut Newton.
Una nota dominante, sin embargo, dentro de
la selección es el claro predominio de la fotografía estadounidense, donde
puede destacarse la presencia de un nutrido bloque de conocidos fotógrafos
norteamericanos como Dorothea Lange, Robert Frank, Helen Levitt, Lee
Friedlander, Richard Avedon, Garry Winogrand, Larry Clark, Nan Goldin o Robert
Mapplethorpe, entre otros muchos.
La característica más destacable de esta
exposición, no obstante, es el intento de establecer una mirada transversal
sobre el tema, intentando abrir su campo de interpretación más allá de una
serie de propuestas directamente relacionadas con el voyerismo. Así, junto a la
presencia de referentes claramente imprescindibles para la temática como serían
el trabajo de algunos paparazzi (Ron Galella, Tazio Secchiaroli o
Marcello Geppetti), la inmersión de Susan Meiselas en el mundo
del strip-tease(Carnival Strippers, 1973-1975), el trabajo en su
conjunto de Miroslav Tichý, el acercamiento de Kohei Yoshiyuki a los mirones
que acosan a las parejas en los parques de Tokio (The Park, 1971), la
conocida serie de fotografías que Merry Alpern tomó del prostíbulo que había
frente a las ventanas de su casa (Dirty Windows, 1994), o algunas de
las imágenes más conocidas del fotoperiodismo del siglo XX (como la toma
furtiva realizada en 1928 de una ejecución en la silla eléctrica o la imagen
registrada por Eddie Adams de la ejecución de un prisionero del Vietcong en
plena calle); también se han seleccionado obras más abiertas y periféricas en
relación con el estricto medio fotográfico como las de Bruce Nauman, Vito
Acconci, Andy Warhol, Sophie Calle, Emily Jacir, Peter Piller o Harun Farocki.
Autores estos últimos que proceden a reinterpretar y apropiarse de mecánicas,
estéticas o estrategias ligadas al voyerismo, la vigilancia, el control o el
seguimiento. Completa el contenido de esta exposición la incorporación de un
buen número de imágenes anónimas y otras procedentes de archivos, agencias de
prensa y organismos gubernamentales.
Aunque el subtítulo
de Observados abre dos grandes temas, el voyerismo y la vigilancia,
es sobre todo el primero de ellos el que constituye el núcleo y el grueso de la
exposición. De los cinco grandes apartados en que se divide la muestra (El
fotógrafo inadvertido, Voyerismo y deseo, Famosos y la mirada del público,
Testigos de la violencia yVigilancia), cuatro trazan aproximaciones a
diferentes perspectivas del primero, y sólo uno de ellos aparece dedicado al
segundo, la vigilancia. Es precisamente en el diálogo entre esas cuatro
secciones donde reside el principal acierto de esta propuesta. Aparecen
definidos con claridad los dos grandes argumentos que alimentan el voyerismo,
el sexo y la violencia; del mismo modo, se encuentra bien explicitado el doble
impulso voyerista, tanto el que conduce al fotógrafo como el que alienta al
espectador, y, finalmente, se apunta con claridad la compleja mezcla de
curiosidad, indiscreción, placer y morbo que lo alienta.
Una de las tesis de la exposición es que
la mirada invasiva, característica esencial del voyerismo, forma parte de la
mirada intrínseca de la fotografía. Un tipo de mirada que, con muy diferentes
aplicaciones y resultados, encontraríamos tanto en la "indiscreción
comprometida" del fotógrafo social, cuando entra en la vida de los otros
con el fin de sacar a la luz y denunciar determinadas situaciones o condiciones
de vida, como en el extendido género de la fotografía de calle o en el trabajo
de un periodista gráfico o unpaparazzo. Del mismo modo, un procedimiento
como la cámara oculta puede servir al mismo tiempo, como muestra bien el
diálogo entre algunas de las obras de la exposición, para captar una exclusiva,
para intentar preservar al máximo la espontaneidad y la verdad del sujeto
fotografiado, para espiar o para denunciar.
La pulsión de mirar, común tanto al
fotógrafo como al espectador, se ve perfectamente canalizada, amplificada y
expandida por la cámara a lo largo del siglo XX. Pero el deseo de ver se ve
acompañado también por la violencia del ver. El voyerismo, como en muchas
ocasiones la propia fotografía, transita por el filo de un complejo entramado
de límites: el límite entre lo privado y lo público, entre lo que puede ser
visto y lo que no, entre la inocencia y la complicidad del sujeto, entre lo que
es ético y lo que no, entre lo que es aséptico y lo que resulta erótico o
violento, entre lo sugerido y lo explicitado, entre lo legal y lo ilegal. Pero
ninguno de estos límites es estable y mucho menos a lo largo del tiempo.
Cambian las costumbres, se transforma la moral, se modifican las leyes y
evoluciona la recepción y circulación de las imágenes fotográficas. El propio
lenguaje fotográfico puede modificar también la naturaleza de una imagen,
cargarla de sugerencia o llevarla de un lado a otro de estos límites, a través
de elementos como el encuadre, la fragmentación, la distancia, la luz, la
ocultación parcial o el juego de miradas.
Hay algunos ejemplos interesantes de la
inestabilidad de esos límites dentro de la propia muestra. Así ocurre con los
trabajos de Nan Goldin y Larry Clark en los que la intrusión o la indiscreción
se transforman en intimidad y complicidad, o con las fotografías de los rostros
de las mujeres argelinas realizadas en 1960 por Marc Garanger, cuando estaba
destinado en Argelia, que pasaron de ser documentos de control e identificación
a convertirse con el tiempo en imágenes de denuncia de una situación. Como bien
señalaba Serge Tisseron en su libro El misterio de la cámara
lúcida, el "espacio fluctuante" de la imagen entre diferentes
límites, especialmente entre lo público y lo privado, "es también,
felizmente para los fotógrafos, un espacio de libertad. Aquello que sin máquina
fotográfica podría ser voyerismo, gracias a la imagen capturada se convierte en
una obra". En buena medida, y parafraseando de nuevo a Tisseron, esta
exposición acierta al poner el acento, a través de las temáticas del voyerismo
y la vigilancia, en esa compleja e inestable función de la fotografía
consistente en "revelar en nuestras sociedades aquello que suele
mantenerse oculto... o lo que, para algunos debería permanecer oculto". En
este mismo sentido, y como sugiere el título de la
exposición, Observados, esta muestra parece invitarnos a repensar la
historia del voyerismo y de la vigilancia, con el fin de abrir una vía de
reflexión sobre nuestra condición actual de ciudadanos en el umbral de ser
permanente y globalmente observados y controlados.
Observados. Voyeurismo y vigilancia a
través de la cámara desde 1870. Fundación Canal. Calle de Mateo Inurria,
2. Madrid. Desde el 27 de octubre hasta el 8 de enero de 2012.
Articulo : http://www.elpais.com
22/10/2011

