Cincuenta años de dudas
Por Alberto OJEDA
El Diccionario de Dudas y
Dificultades de la Lengua Española de Manuel Seco cumple 50 años y lo
celebra con una undécima edición
A Manuel Seco los años (tiene ya 83) no le
han desactivado un ápice el sentido crítico. Como amante confeso de la lengua
española que es, tiene que tragarse cada día unos cuantos sapos y unas cuantas
culebras cada vez escucha hablar a sus compatriotas o cuando ve la plaga de
incorrecciones que salpican sus escritos. Es lógica su rabia: las deficiencias
son cada vez de mayor bulto. Este catedrático de Lengua Española -no
ejerciente- y miembro de la RAE - ocupante del sillón A desde 1980- tiene
identificado un culpable claro de la situación: “La casta política, que se
ha desentendido por completo de la educación”.
La afirmación la deposita con firmeza sobre la mesa de una sala de reuniones de la editorial Espasa. Lleva toda la mañana algo descolocado: los fotógrafos le llevan y le traen por todo el edificio buscando la mejor foto posible, casi como si fuese un autor de bestseller, a lo Pérez-Reverte o Ruiz Zafón. Se ve a la legua que no se maneja en esas lides con soltura, pero aguanta con paciencia y amabilidad los requerimientos que le hacen: mira aquí, mira allá, baja el brazo, alza la barbilla, subamos a la última planta. Él no ha vendido muchos libros, no, pero es autor de uno fundamental, que debiera estar bien cerca del pupitre de todo escritor y, en una situación idílica, en la casa de cada hablante. Es el Diccionario de Dudas y Dificultades de la Lengua Española, que este año cumple medio siglo y celebra su cumpleaños con el lanzamiento de su undécima edición, ampliada y corregida (la anterior data de 1998).
La afirmación la deposita con firmeza sobre la mesa de una sala de reuniones de la editorial Espasa. Lleva toda la mañana algo descolocado: los fotógrafos le llevan y le traen por todo el edificio buscando la mejor foto posible, casi como si fuese un autor de bestseller, a lo Pérez-Reverte o Ruiz Zafón. Se ve a la legua que no se maneja en esas lides con soltura, pero aguanta con paciencia y amabilidad los requerimientos que le hacen: mira aquí, mira allá, baja el brazo, alza la barbilla, subamos a la última planta. Él no ha vendido muchos libros, no, pero es autor de uno fundamental, que debiera estar bien cerca del pupitre de todo escritor y, en una situación idílica, en la casa de cada hablante. Es el Diccionario de Dudas y Dificultades de la Lengua Española, que este año cumple medio siglo y celebra su cumpleaños con el lanzamiento de su undécima edición, ampliada y corregida (la anterior data de 1998).
Con él ha intentado paliar las
desviaciones inapropiadas -podríamos decir, en términos más llanos, patadas al
diccionario- que perpetramos -propinamos- los hablantes contra nuestra
lengua. El profesor, de entrada, aprovecha la entrevista para reñir -con
buen tono, eso sí- al periodista: “Es que hay muchos de tu gremio que se meten
a maestros y ejercen un influjo bastante negativo”. Dice que los
redactores tenemos un gran enredo con el uso de la preposición de cuando
la utilizamos después del verbo advertir. “La mayor parte de las veces que
la incluís es erróneamente”. Seco lo atribuye al asentamiento de un teoría de
dudosa base científica: que cuando se usa advertir en el sentido
de notar u observar no lleva la preposición, y, en cambio,
cuando el significado es el de avisar sí debe acompañarse
del de.
De todas formas, no es este el error el
que más subleva al veterano académico. Son otros. Uno de ellos -“también muy
común en los periódicos”, vaya- es la expresiónen loor de multitudes. “Es otro
invento que ahora se toma en serio”, afirma contrariado. Ese loor ha
desplazado al término correcto: olor, que ya figura así en las biblias de la
Edad Media (ahí se dice en “en olor de mansedumbre”, refiriéndose a las bestias
que se sacrificaban a la divinidad). “En loor”, desarrolla Seco, “significa
en alabanza y se puede encontrar en el título de una de las poesías
del final de la primera parte de El Quijote”. El asunto es complejo
porque, claro, las muchedumbres, gran parte de las veces, se congregan para
ensalzar a algo o alguien.
También le molesta sobremanera al
lexicógrafo madrileño la inclusión de la
conjunción y entre punto (y) final. “No se dice ‘El
Gobierno ha puesto punto y final a tal asunto', sino “El Gobierno ha puesto
punto final...”, advierte. El fallo viene de equipararlo con el punto
y aparte (se crea un paralelismo equivocado). Otro gazapo, más simpático,
que denuncia Seco es la confusión entre hacer aguas y hacer
agua. “Hay que tener en cuenta que en plural es, sencillamente, orinar, y en
singular es hundirse”. Y, además, tiene claro que debemos decir la
médica, la arquitecta, la ingeniera... sin temor a creer que
incurrimos en un desacato a la tradición lingüística.
Estos son algunos de los deslices con los
que Manuel Seco se muestra inflexible. Pero él no es un ultraortodoxo de la
lengua, ni mucho menos. Es consciente que ésta es un organismo vivo que muta
con el paso del tiempo. Por eso, lo que hace unos años estaba calificado como
error en ediciones antigua ahora ya no figura en su diccionario. Pero ¿cuándo
debemos aceptar que eso suceda? “Cuando se hace usual entre los escritores que
tomamos como modelo. Siempre es preferible el uso tradicional pero, si al cabo
de los años, se llega a un empate con el uso moderno, entonces conviene dar por
bueno a ambos”.
Aun así, los cambios, para Seco, deben
introducirse con mucha “prudencia y cuando sean absolutamente
imprescindibles”. “Tocar la ortografía con la pretensión de hacerla más
sencilla es una torpeza que cosecha más perjuicios que ventajas”, señala en la
introducción del Diccionario. ¿Es esta frase una crítica contra los
cambios de la última ortografía? “Pues sí, lo es. La normas no las debe dictar
la Academia sino el uso culto de la lengua escrita”. Es decir, la Academia debe
sancionar lo que viene de fuera, en particular de los textos escritos en un
registro elevado, y no adelantarse en la promulgación de normativas ajenas a la
realidad cotidiana.
Manuel Seco lleva más de tres décadas en
la RAE, pero no siente la satisfacción del deber cumplido. Más bien al
contrario: hay algo de decepción (y de culpa) cuando juzga el servicio que esta
institución presta a la sociedad. “Queda muchísimo por hacer. No estamos a la
altura de lo que se espera de ella”. Lo dicho: un hombre que, aun instalado en
la senectud desde hace años, se duerme en los laureles de la
complacencia.
