samedi 15 octobre 2011

Alejandro TORTEROLO/ J.P. SARTRE y la Literatura




Literatura con Clase - Breve aproximación
J.P. Sartre y la Literatura 
Alejandro Torterolo

“Leí la otra noche estas palabras que Blaise Cendrors pone como exergo a Rhum: ‘A los jóvenes de hoy cansados de literatura, para demostrarles que una novela puede ser también un acto’. Pensaba, al leer esto, que somos muy desdichados y culpables, ya que hoy nos hace falta demostrar lo que era evidente en el S. XVIII.”[i]

CLAVE CARTOGRÁFICA:

El peligro de comenzar este trabajo con un discurso ceñidamente literario, radica en crear un producto falaz (en tanto incompleto). Acaso Sartre sea uno de los grandes pensadores multidisciplinarios del siglo XX.
En consecuencia, se hace imprescindible el abordaje de las principales líneas de su pensamiento: en un crisol que va desde lo filosófico a lo literario, sin dejar nunca de lado un marco político estricto. 
A tal efecto, comenzaré por bosquejar las aristas más importantes de su pensamiento filosófico (el ser, la nada, la muerte y la libertad) para luego sí adentrarme en el campo literario. 
Por otra parte, todo pensamiento debe leerse en las coordenadas histórico-geográficas en las que se produjo; de forma tal de no incurrir en malasl interpretaciones de sus significados. 
En consecuencia ¿es posible abordar a Sartre sin referirse al Existencialismo?

EL EXISTENCIALISMO - JEAN PAUL SARTRE.

CONTEXTUALIZACIÓN:

El Existencialismo es una corriente filosófica de finales del siglo XIX y principios del XX. Del mismo modo, dentro de este período podemos ubicar las dos Guerras Mundiales, que dejan como saldo aproximadamente sesenta millones de muertos, inconmensurables secuelas culturales; las revoluciones político-económicas; las dictaduras en Italia, y Alemania; la pérdida de fe en la razón y el ideal de progreso en la Ciencia, etc. 
Todo esto provoca un inevitable fenómeno de despersonalización, por medio del cual el individuo pasa a formar parte de una gran masa social, perdiendo de esta forma su identidad o relegándola al menos, a su correspondencia con la generalidad.
En los comienzos del siglo XX encontramos dos corrientes predominantes en el campo del pensamiento filosófico, como lo eran el Idealismo y el Positivismo, que apuntaban a una visión del Hombre como ser pasivo y falto de toda esencia.     El existencialismo surge, justamente, como reacción a este pensamiento; exige del sujeto compromiso, acción y reflexión. 
En un momento de guerra y campos de concentración el hombre no podría permitirse la pasividad. Es así que el existencialismo pone el énfasis en la existencia (antes que en la esencia), en la vida (antes que en la razón), en la praxis (antes que la teoría) y por último, en la libertad (antes que en la determinación).

Definamos entonces, en palabras del propio Sartre, el Existencialismo: 
“Entendemos por existencialismo una doctrina que hace posible la vida humana y que, por otra parte, declara que toda verdad y toda acción implica un medio y una subjetividad humana”. 

Dentro de esta corriente se distinguen diferentes tendencias. No intentaré aquí agotar todas las clasificaciones (cosa por otra parte bastante compleja), baste señalar algunas de las más distinguidas, a saber: tendencia Amplia, Intelectual y Religiosa.
La tendencia Amplia considera existencialismo a aquellos en los que prevalece la antropología sobre otras ramas del quehacer filosófico.
Por su parte la tendencia Intelectual considera como ser existencialista, un planteo académico que posibilita desarrollar teorías e ideas.
Por último (en esta primera clasificación) la tendencia Religiosa parte de la consideración de que la existencia es lo que vale. De este modo el hombre es nada. A partir de esta premisa, o bien la muerte es el fin (absoluto) de toda las posibilidades, o bien su potencialidad. La solución a este planteo la ofrece el ateísmo existencial (Sartre) o el Existencialismo Cristiano (principalmente Kierkegaard).

En una segunda clasificación tenemos al Existencialismo Negativo, el Teleológico y el Positivo.
El Negativo es clasificado como pesimista por entender al hombre en una dirección hacia la nada, la angustia y hacia la muerte.
El Teleológico vendría a ser la cara opuesta al anterior, es decir, una corriente optimista por tener la convicción de que existe una realidad absoluta y que dicha realidad avala la posibilidad de que el hombre se realice.
El Positivo no se lo considera ni como positivo ni negativo. Se considera que realmente existe la posibilidad de realización del hombre pero que de por sí, ésta no está destinada ni al fracaso rotundo ni al éxito garantizado.

JEAN PAUL SARTRE

No intentaré en este trabajo hacer una biografía sobre el filósofo, ya que llevaría un análisis mucho más exhaustivo, pero sí pretendo resaltar algunos hechos considerados importantes en su vida y que muestran una fiel consecuencia con su manera de pensar.
Sartre, tal como hablábamos del compromiso con los acontecimientos de su época, fue solidario con los mas importantes, como fueron el Mayo Francés, la Revolución Cultural China y la Revolución Cubana.
Se forma en la filosofía de Heidegger cuando forma parte del Ejército Francés durante la guerra. Luego es tomado como prisionero por parte del nazismo y durante dicho cautiverio Sartre reformula numerosa cantidad de sus ideas y elabora nuevas. A pesar de su apoyo en Heidegger, tenían ciertas diferencias como por ejemplo el Da-sein como un ser-ahí “lanzado” al mundo, mientras que Sartre consideraba que el humano, en tanto ser-para-si es un proyecto y que como tal debe hacer-se a si mismo.
El inicio de su carrera puede ser definido por el surgimiento de El ser y la nada. Luego del surgimiento de esta obra tuvo intensa participación y actuación tanto en lo político como en lo intelectual. De este mismo tema habla en su obra Manos sucias, donde analiza la problemática de ser un intelectual a la vez que participaba en forma activa en lo que era el acontecer político.
Su pensamiento político no podría caracterizarse como estático ya que atravesó por diferentes etapas como por ejemplo los momentos de Socialismo y Libertad, una breve adhesión al Partido Comunista Francés y una posterior aproximación a los maoístas.
Sartre tiene una extensa bibliografía donde analiza temas que lo movilizaron e inquietaron a lo largo de su vida. Un breve pantallazo de lo que fue su pensamiento lo encontramos en El existencialismo es un humanismo escrito en 1946 donde defiende su filosofía de las críticas que generaba. En esta obra Sartre manifiesta que el ser humano precede a su esencia. No hay normas ni valores que ya estén establecidos de forma definitiva sino que siempre van variando según la situación. Obviamente esto trae como consecuencia un sentimiento de inseguridad del que sólo puede salir por medio de la acción, acción que a su vez sólo se comprende desde la raíz de la libertad del hombre, libertad que no es dada de por sí, sino como algo que el individuo debe perseguir de manera constante.

LA NADA

Según Sartre (en El Ser y la Nada) para entender la relación entre el Ser y la Nada se debe comenzar por considerar la relación del ser con el no-ser que lo infesta.

“...el no-ser no es el contrario del ser: es su contradictorio. Esto implica una posterioridad lógica de la nada respecto del ser, ya que el ser es primero puesto y negado luego”. 

Con esto manifiesta que ser el contrario implica una simultaneidad, mientras que al ser tomado como contradictorio, es primero uno y luego otro: se es, y luego se niega.

“Pues si niego al ser toda determinación y no todo contenido, no puedo hacerlo sino afirmando que el ser, por lo menos, es. Así, niéguese del ser todo lo que se quiera, no se puede hacer que no sea por el hecho de que se niegue que sea esto o aquello. La negación no puede alcanzar al núcleo de ser del ser, que es plenitud absoluta y entera positividad. Al contrario, el no-ser es una negación que toca a ese núcleo mismo de densidad plenaria.” 

El Ser es positividad en tanto que es delimitable y definible. No se explica por otra cosa que no sea por su propio ser. Tiene que ser para después poder negarlo, como decíamos anteriormente sobre la posterioridad de uno sobre el otro. No-ser incluye en sí el Ser (lo contiene incluso en su definición: No-ser) pero para negarlo tengo que darle una existencia. Es por esto que Sartre expresa que la nada infesta al ser. Diríamos en sus propias palabras que “el ser no tiene necesidad alguna de la nada para concebirse, y que se puede examinar exhaustivamente su noción sin hallar en ella el menor rastro de la nada. Pero, en cambio, la nada, que no es, no puede tener sino una existencia presentada: toda su ser del ser; su nada de ser no se encuentra sino dentro de los límites del ser, y la desaparición total del ser no constituiría el advenimiento del reino del no-ser, sino, al contrario, el concomitante desvanecimiento de la nada: no hay no-ser sino en la superficie del ser”.

No es concebible la Nada fuera del ser. Para que podamos interrogarnos sobre el ser es necesario que la Nada se dé de cierta forma. Es (por poner un ejemplo cotidiano) como la existencia del blanco frente al negro. Existe el blanco como blanco porque existe el negro. Si no existiera éste o cualquier otro diferente del blanco no existiría el blanco tampoco, en tanto que no haría falta nombrarlo.
La Nada de por sí no tiene la capacidad de nihilizarse, cosa que si puede hacer en cambio el ser, ya que justamente para nihilizarse es necesario (como manifestábamos antes) primero ser. Por ende, la Nada no se nihiliza sino que es nihilizada: “el hombre es el ser por el cual la nada adviene al mundo”.
Sartre identifica la nada con la libertad ya que el hombre tiene que existir con actos que él mismo escoge para llegar a ser quien es y a su vez la nada puede llegar a ser por el simple hecho de tener la posibilidad de realizarse a si misma.

LA MUERTE

Sobre el concepto de la muerte encontramos una vez más una diferencia entre Sartre y Heidegger. Para este último la muerte es la última posibilidad del hombre mientras que para Sartre es el fin de todas las posibilidades.
En este sentido, hablar de posibilidades, implica también referirse a las responsabilidades, a la libertad y al determinismo o no de nuestras acciones. 
En esta línea, Sartre consideraba que el ser humano carecía de un destino en sentido estricto: nuestras acciones no estaban predeterminadas en ningún otro plano, excepto el que nosotros elaboramos en el ejercicio de nuestra libertad. Así, no existen normas o valores establecidos de antemano sino un continuo proceso en construcción: “el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo.”  Por ende las cosas no están “bien hechas” o “mal hechas”: “El hombre será autor de su devenir humano y autor también de los fines que guiarán este devenir”. 
El profundo ateísmo en la filosofía de Sartre presenta al hombre como su propio legislador y creador de valores. La no existencia de Dios implica que no existen normas que legitimen nuestra conducta. Hablar de Dios como creador y responsable de valores es exteriorizar la responsabilidad de los mismos y al mismo tiempo posibilitar también la exteriorización de la culpa, de no asumir el ejercicio de la responsabilidad. A esto justamente, Sartre lo denominaba mala fe. 
Al no estar conformes con lo que hemos realizado con nosotros mismos ni con los caminos que hemos elegido, es necesario inventar (crear la ilusión de) un responsable fuera del sujeto, de este modo, si no soy lo que deseaba ser no es por mis propias limitaciones sino por una trascendentalidad o un destino que impidió mi propia realización. Así, la mala fe se configura como una válvula de escape.
Asumir la responsabilidad, el ejercicio de mi libertad es realizarme en una linealidad temporal, en la cual puedo arrepentirme de mis elecciones erróneas y enmendarlas, pero nunca des-hacer lo ya hecho. No se puede retroceder o modificar el tiempo pasado, sólo es posible la reivindicación en otro suceso, que inexorablemente forma parte de mis acciones futuras. Por otra parte, las reparaciones de mis actos tampoco son infinitas, en tanto me asumo como sujeto mortal, ergo, finito. Sólo es posible enmendar mis errores si tengo tiempo para hacerlo. 
Sin embargo,  el mismo hecho que hace de mí un sujeto finito, me obliga a comprometerme con mi existencia y con mis actos. Si dispongo de todo el tiempo como un elemento constante e infinito para “dar un golpe de timón” entonces no importaría tanto que fuera comprometido con mis actos. Sólo siendo concientes de que también mis posibilidades de cambio son finitas, puedo ejercer mi libertad con responsabilidad y compromiso. Solamente en la finitud se realiza la libertad. 

“El hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”.  

Obviamente que si asumo mi responsabilidad como sujeto, esto trae consigo un sentimiento de angustia, pero que de todos modos no implica un dejar de actuar. Muy por el contrario, dicha angustia forma parte de la propia acción por la responsabilidad que tengo ante los otros hombres que comprometo en mi proceder.
Debemos diferenciar esta angustia ante la responsabilidad que me implica cada actuar y cada elección, de la angustia existencial que siente el hombre al tomar conciencia de su finitud que es justamente el tema que nos convoca.
Somos conscientes de nuestra no-eternidad y esto genera como consecuencia una crisis existencial. El hombre es mortal y al ser consciente de ello, surge de la angustia existencial básica.
La vida está signada por dos absurdos como lo son el haber nacido y el tener que morir. Nuestra vida se da entre dos nadas. La de antes de nacer y aquella a la que nos dirigimos al morir.
Sin ninguna duda, lo que en realidad vivimos es la muerte de otro. La muerte propia nunca llegamos a conocerla por el hecho de que vivir es “ser en el mundo” y es imposible acceder a lo que se encuentra siendo fuera del mundo.
Sartre manifiesta que se puede esperar una muerte particular pero no “la” muerte. Ésta como tal nunca podremos conocerla, sino formas de muerte.
En las palabras de Sartre “nuestra vida no es sino una larga espera”, pero una espera de la que justamente no se espera nada porque después de la muerte lo que hay es precisamente eso: nada.

Al igual que las acciones que tomamos durante nuestra vida comprometen al otro, con nuestra muerte sucede lo mismo porque dejamos la existencia personal pasando a formar parte de la existencia colectiva. Al igual que mi vida, mi muerte también compromete a otros. Esto sucede de la misma manera en que nuestra propia existencia personal se carga de existencias pasadas que inciden en la nuestra.
Frente al escenario de muertes y ruinas que dejaron la posguerra, la ciencia brindaba al hombre un gran avance tecnológico favorable a una sociedad de consumo. Ante esto existían dos posibilidades ante la elección  de la propia identidad: la de tener o ser. La existencia auténtica se basaba en la opción de ser, en vivir de acuerdo con el propio ser y de la misma forma ser concientes de la propia limitación en la que se encontraba precisamente la muerte. El hombre auténtico no escapa de la angustia que genera la nada, de ser para la muerte. A partir de esto es que puede tomar dicha opción de realizarse a si mismo en contraposición a la elección de llevarse por un mundo consumista sin sentido. La existencia auténtica consiste justamente en la realización de la libertad de elección, o sea que ante el absurdo de la muerte, elegir libremente por la creación de valores propios.

“La libertad que es mi libertad sigue siendo total e infinita; no es que la muerte no la limite, sino que, como la libertad no encuentra jamás ese limite, la muerte no es en modo alguno obstáculo para mis proyectos: es sólo un destino de estos proyectos en otra parte. No soy ‘libre para la muerte’, sino que soy un mortal libre”  
La libertad jamás puede ser limitada por la muerte, simplemente por que es un irrealizable. Sartre entiende que la muerte solo se puede vivenciar como algo ajeno, en el otro. En consecuencia, mi muerte solo es realizable para otro.
A partir de este razonamiento, es que afirma que la libertad nunca encuentra una limitación en la muerte. Esta, simplemente sobreviene después, “por añadidura”. O bien soy un mortal libre, o bien un muerto para el otro. Sin embargo, “la muerte sí es la posibilidad de que no haya para mi, mas posibilidades”. 

LITERATURA Y EXISTENCIA

Precisamente, es desde esta perspectiva existencialista que arribamos a su concepto de “literatura”. Habría que agregar también a aquél existencialismo la huella innegable (nunca oculta) del marxismo en su ideología. 
Rápidamente podríamos ahora bosquejar un concepto de literatura: la literatura  (en tanto arte) es un llamamiento libre e incondicionado a una libertad. Y quien dice “llamamiento a la libertad” dice compromiso por partida doble; del autor y del lector, encontrados al fin en la escritura.
Sin embargo, no debemos pasar por alto un término: ¿Cuál es, estrictamente, el significado del término compromiso aquí?
Estar comprometido es, en efecto, ser conciente de mi libertad (tal como la explicamos antes) y propender la liberación del hombre, buscar por todos los medios posibles (en este caso, la mediación por la escritura) romper las cadenas de la enajenación.

No hace falta ser muy atento para observar que el concepto de literatura de Sartre está íntimamente enlazado con la sociedad y el ser. Por esto mismo es que rechaza el ideal de “el arte por el arte” así como el supuesto “arte realista”. A su juicio, el primero produce obras inútiles por desconectadas de la realidad, que siempre dejan al margen lo social por un interés específico; el segundo, contiene la “imparcialidad estéril del sabio”, se mantiene siempre en la observación sin más, resultando en consecuencia funcional a la clase dominante que busca mantener la relación de opresión. Por lo dicho, “el arte por el arte” así como el “arte realista” nunca promueve la libertad del ser, nunca nacen desde el compromiso.
Pero no debemos confundir aquí la inconformidad de un sistema con la búsqueda de la liberación. Para Sartre, la vanguardia tampoco construye la liberación, a su juicio hay que hablar para decir, no vaciar. Se reconocerá en este sentido la afinidad con César Vallejo en cuanto a la responsabilidad que le atribuyen ambos al escritor. 
Sucede que, desde la perspectiva marxista, la palabra tiene que ser praxis: acción/reflexión todo a un punto. En consecuencia, como lo dijimos en la portada que abre este trabajo, la literatura también es acción. Y en tanto acción, sólo vale si tiene una función social, de lo contrario se encierra en un profundo elitismo sin transformación de la realidad. 

El escritor, el buen escritor (verbigracia: el responsable) sabe de su compromiso ineludible, después de todo “Concebimos sin dificultad que un hombre, aunque su situación esté totalmente condicionada, puede ser un centro de indeterminación irreductible. Ese sector imprevisible que se muestra así en el campo social es lo que llamamos libertad, y la persona no es otra cosa que su libertad. Esta libertad no debe ser considerada un poder metafísico de la ‘naturaleza’ humana, ni es tampoco la licencia de hacer lo que se quiere; siempre nos quedaría algún refugio interior, hasta encadenados. No se hace lo que se quiere y, sin embargo, se es responsable de lo que se es”. 

El sujeto solo puede traicionar su libertad, nunca evitarla. Así entendida, la libertad tiene su punto de gravitación en el interior mismo del sujeto. Su peso descansa sobre la posibilidad (siempre) de la resistencia y la autodeterminación. 
Sin embargo, a este hombre libre y responsable –obligatoriamente- de sus actos (recordemos una vez más que Sartre era ateo) es al mismo tiempo al que hay que ‘liberar’, allí la función de la literatura (entre otros factores). En efecto, la libertad no es algo abstracto logrado de una vez y para siempre; siquiera es un concepto constante y homogéneo de un sujeto a otro
“Tal es el hombre que concebimos: un hombre total. Totalmente comprometido y totalmente libre. Sin embargo, es a este hombre al que hay que ‘liberar’, aumentando sus posibilidades de elección”. 

Abrir el abanico de posibilidades también es liberar, y siempre es posible ampliar el campo un poco más. En consecuencia, siempre resta conquistar la libertad.
Es en esta clave donde la literatura juega un papel fundamental e irremplazable.
Sin embargo, cuestionarse los fines y su razón de ser, implica en alguna medida cuestionar el propio objeto. No sería la primera vez que esta valoración de la literatura es puesta en tela de juicio. Por lo mismo, Sartre comienza de cero. Si ha de ocuparse de qué sea la literatura, sabe que tiene que responder primero algunas preguntas fundamentales, a saber: “¿qué es escribir? ¿Por qué se escribe? ¿Para quién? Transcribo una cita algo extensa pero muy ilustrativa:
“Un joven estúpido escribe: ‘Si quiere usted comprometerse ¿qué espera para inscribirse en el Partido Comunista?’ Un gran escritor, que se comprometió muchas veces y rompió sus compromisos todavía con más frecuencia, pero que lo ha olvidado, me dice: ‘Los peores artistas son los más comprometidos: ahí tiene usted a los pintores soviéticos’. Un viejo crítico se lamenta dulcemente: ‘Quiere usted asesinar a la literatura; el desprecio de las Bellas Letras se exhibe con insolencia en su revista’. Un pobre espíritu me llama cabeza dura, lo que es sin duda para él el peor de los insultos; un autor que se arrastró penosamente de una guerra a otra y cuyo nombre despierta a veces lánguidos recuerdos entre los viejos, me reprocha el no cuidarme de la inmortalidad […] A los ojos de un foliculario norteamericano, mi falla es que no he leído nunca a Bergson ni Freud; en cuanto a Flaubert, que no se comprometió, parece que me obsesiona como un remordimiento […] … ¡Cuántas tonterías! Es que se lee de prisa, mal, y que se juzga antes de haber comprendido. Por tanto, comencemos de nuevo. Esto no es divertido para nadie, ni para ustedes, ni para mí. Pero hay que dar en el clavo. Y, como los críticos me condenan en nombre de la literatura, sin decir jamás qué entienden por eso, la mejor respuesta que cabe darles es examinar el arte de escribir, sin prejuicios ¿Qué es escribir? ¿Por qué se escribe? ¿Para quién? En realidad, parece que nadie se ha formulado nunca esta pregunta”. 

“¿Qué es escribir?” 

Ciertamente, escribir es trabajar con significados, pero no da igual la forma y tampoco se puede equiparar esta actividad a otras que también producen de algún modo significados (caso de la pintura, la música, etc.).  
Precisamente, solo podría ser posible equiparar en un lado música, pintura y poesía. La prosa deberíamos ubicarla en un extremo opuesto, según Sartre.
Sucede que
“… la palabra poética es un microcosmos. La crisis del lenguaje que se produjo a comienzos del siglo [XX] fue una crisis poética […] y cuando el poeta pone juntos varios de estos microcosmos, actúa como el pintor que reúne sus colores en el lienzo; se dirá que el poeta está componiendo una frase, pero esto no es más que apariencia, está creando un objeto”. 

La poesía trasunta la significación en substancia. Baste como ejemplo Rimbaud. Así, poesía, música y pintura tiene de común cierta opacidad sobre el objeto. Expresar es crear un objeto, es producir opacidad. 
Por el contrario –dice Sartre- con el prosista no sucede lo mismo:
“A medida que el prosista expone sus sentimientos, los esclarece; en el poeta sucede lo contrario”. 

Por lo demás, si hablar (y escribir) es actuar sobre el mundo, es necesario escribir algo que valga la pena, debe sostenerse así un sistema de valores.
En efecto, el prosista ejerce la acción por revelación (bien visto, el efecto es similar –solo en substancia, con otros fines- al del teatro griego),  propende la transformación del mundo, no la contemplación “objetiva”. 
Revelar en el otro, es presentar a su conciencia una realidad dada, pero vista desde fuera. Allí también despunta el rol del intelectual: promover la asunción de responsabilidades. 
Por otro lado, es el estilo lo que representa el valor de la prosa “la belleza no es aquí más que una fuerza dulce e imperceptible”. 
Lo fundamental es el hilo que une conciencia, compromiso y revelación en torno a la literatura. Desde allí nace la posible transformación efectiva de la realidad, allí se ubica específicamente una de las razones del por qué escribir

“¿Por qué escribir?”

“cada una de nuestras percepciones va acompañada de la conciencia de que la realidad humana es ‘reveladora’, es decir, de que ‘hay’ ser gracias a ella o, mejor aún, que el hombre es el medio por el que las cosas se manifiestan, es nuestra presencia en el mundo lo que multiplica las relaciones; somos nosotros los que ponemos en relación este árbol con ese trozo de cielo […] Pero si sabemos que somos los detectores del ser, sabemos también que no somos sus productores. Si le volvemos la espalda, ese paisaje quedará sumido en su permanencia oscura”. 

Ergo: escribir es revelar, dar conciencia, iluminar. 
El mundo sólo se revela en la conciencia, por eso la importancia de la literatura (como capacidad de transformación) es no estar ajena a su tiempo y lugar (nuevamente despunta la clave existencialista).

“Ya que la creación no puede realizarse sin la lectura, ya que el artista debe confiar a otro el cuidado de terminar lo comenzado, ya que un autor puede percibirse esencial a su obra únicamente a través de la conciencia del lector, toda obra literaria es un llamamiento. Escribir es pedir al lector que haga pasar a la existencia objetiva la revelación que yo he emprendido por medio del lenguaje […] La obra de arte es valor porque es un llamamiento […] Y el libro no es más que un medio para alimentar el odio o el deseo. El escritor no debe tratar de turbar, pues se pone así en contradicción consigo mismo; si quiere exigir, debe limitarse a proponer la tarea que hay que realizar”. 

En este sentido, escribir es un compromiso y es al mismo tiempo acción. Sin embargo, la completud solo deviene con la lectura, es decir, con la conciencia que manifiesta en existencia lo que yo he escrito. De otro modo, no sería más que papel manchado, o menos, no sería nada si nadie lo recibe.
Pero si siempre he de considerar, en efecto, a mi eventual lector (o receptor, como lo prefieran) es necesario –dice Sartre- definir para quién se escribe.

“¿Para quién se escribe?”

En sentido ideal, se escribe para todos los hombres. Pero en realidad, el escritor sabe que habla para libertades sumergidas “ocultas, indisponibles”. Y aún más, su propia libertad siempre está en juego:
“No hay libertad gratuita, hay que conquistarse por encima de las pasiones, la raza, la clase y la nación y conquistar consigo a los demás” 

Al mismo tiempo, como se habrá observado, el problema de la escritura no escapa (desde ésta óptica) de las dificultades de la cosmovisión. Aquí el existencialismo se cierra mucho más sobre una cultura (o sociedad) concretas. 
Sin embargo, el problema de la cosmovisión es superable, escribir para transformar el mundo, para liberar al otro, no es imposible; todo contexto común posibilita la economía de palabras, solo hay que buscar las palabras clave. A partir de esa economía potencio mi comunicación
“Le revelo ciertos aspectos del universo y me aprovecho de lo que sabe para tratar de enseñarle lo que no sabe. […] cada libro propone una liberación concreta a partir de una enajenación particular”. 

En suma, se escribe para un ser (otro) enmarcado en un contexto histórico-geográfico específico, un ser con determinadas características culturales y (también) determinada alienación por resolver. Precisamente, se toma como punto de presión (o de apoyo) su propia densidad histórica para problematizar su visión del mundo y propender la liberación. 
Pero no todos los escritores (ni los lectores) piensan lo mismo, reconoce Sartre… 
“Los escritores, como cualquier otra persona, pueden disimular sus compromisos. Hay escritores, la mayoría, que proporcionan todo un arsenal de trucos al lector que quiere dormir tranquilamente. Yo diría que un escritor está comprometido cuando se esfuerza por embarcar a la conciencia más lúcida y completa, es decir, cuando, tanto para él, como para los demás, hace pasar el compromiso de la espontaneidad inmediata a lo reflexionado. El escritor es un mediador por excelencia y su compromiso es la mediación”.

Agregaría solamente una cosa más para aclarar lo anterior (por lo demás, deducible): la mediación se sucede en la escritura.
Pero retomando el punto central ¿Es que disimulando sus compromisos (escritores y lectores) evitan la realidad. No. Sólo se dejan absorber por un estado de alienación general que muy comúnmente domina nuestras sociedades. En efecto, es a partir de este estado de cosas que se consolida (o sostiene) la relación de dominación y el status quo. 
El escritor comprometido no debe buscar el reconocimiento burgués y la acumulación de capital, así estaría perdido, su objetivo es siempre la liberación. Por esto no extraña su lugar en la sociedad, por lo común…
“En el fondo, no se paga al escritor; se le alimenta, bien o mal, según las épocas. No puede ser otro modo, porque su actividad es inútil; no es en modo alguno útil y es a veces perjudicial que la sociedad adquiera conciencia de sí […] El escritor proporciona a la sociedad una conciencia inquieta y, por ello, está en perpetuo antagonismo con las fuerzas conservadoras que mantienen el equilibrio que procura romper”. 

Su potencia como generador de conciencias, como motor de transformaciones sociales (más o menos profundas, según sea el caso) hace del escritor un sujeto peligroso para las clases dominantes. Igualmente no debemos sobreestimar sus posibilidades, no es un “súper héroe”. Las posibilidades de conflicto en el seno social no siempre son las mismas, aunque parezca una obviedad de Perogrullo decirlo

“Este conflicto se reduce a su mínima expresión cuando el público virtual es prácticamente nulo y el escritor, en lugar de quedarse al margen de la clase privilegiada, se ve absorbido por ella. En este caso, la literatura se identifica con la ideología de los dirigentes, la mediación se efectúa en el seno de la clase y la impugnación se refiere a los detalles y se hace en nombre de principios indiscutidos”.

En efecto, el poder alienante de sistema muchas veces (la mayoría, según lo vimos) es tremendamente atrayente, así,  el escritor tampoco logra conquistar para sí su libertad. Poco se puede lograr después. 
“Hoy, el público, en relación con el escritor, se halla en estado de pasividad: espera que le impongan ideas o una nueva forma de arte. Es la masa inerte en la que la idea va a encarnarse”. 
“Pasividad”, “masa inerte”, “imposición de ideas” todo suena hoy asociado al estilo de vida capitalista de consumo ¿será casualidad?
En cualquier caso, coincido con Sartre en que el intelectual tiene como valor potencial su capacidad de liberar, sino, de nada sirve. Sólo así es posible consolidar una transformación real del ser. Y cambiando al ser se cambia al mundo.
Así arribamos nuevamente al valor específico de la literatura desde la óptica de Sartre: 
“… una clase sólo puede adquirir su conciencia de clase mirándose a la vez desde dentro y desde fuera; dicho de otro modo, si obtiene ayudas exteriores. Para esto sirven los intelectuales, eternamente fuera de su medio.” 

CONCLUSION

Sin ninguna duda, es sumamente acotado lo que uno puede proyectar en este trabajo en relación con la extensa obra de Jean Paul Sartre, no sólo en relación con la muerte o a la nada sino en todos los temas filosóficos y literarios a los que dedicó una extensa bibliografía, y que tal como mencionábamos al comienzo, nos van guiando por un hilo conductor de tema en tema con una estrecha relación entre ellos.

Cierto es que ya otros filósofos se han ocupado del tema del ser y la literatura en nuestra cultura occidental. Sin embargo, la huella del pensamiento de Sartre ha marcado un hito definitivo. La preclaridad de su pensamiento, su profundidad misma, resultan un enriquecimiento y un desafío a todos aquellos que se ocupan en algún momento del tema del ser y la libertad.
Al mismo tiempo, la relación de la libertad con la muerte es contundente. Decíamos antes que la libertad no encuentra un límite en la muerte; “la muerte no me merma” decía Sartre.
En un contexto histórico de características violentas y que requerían del hombre activo (praxis) el llamado al ejercicio de la libertad con responsabilidad se conforma en una bandera que requiere al sujeto en compromiso; he allí también el valor de la literatura. 
Solamente a partir de allí se puede buscar la verdadera libertad, sabiendo sobre todo que no tiene que ver tanto con la exterioridad (entiéndase condiciones que enmarcan al sujeto) como con la interioridad, esto es: la propia conciencia del sujeto de su finitud, de su mortalidad en un tiempo que lo requiere, sin dejarle jamás la opción de su ausencia.
Finalmente, quisiera cerrar este trabajo con un breve comentario de Sartre en ocasión de una entrevista para Cuadernos de Ruedo Ibérico. Ante la pregunta ¿qué es la literatura? Sartre respondía:
“Siempre he pensado que si la literatura no lo era todo, no era nada. Y cuando digo todo, entiendo que la literatura debía darnos no sólo una representación total del mundo –como pienso que Kafka la ha dado de su mundo- sino también que debía de ser un estímulo de la acción, al menos por sus aspectos críticos. Por lo tanto, el compromiso del que tanto se ha hablado, no constituye de ninguna manera, para mí, una especie de rechazo, o de disminución de los poderes propios de la literatura”.[…] Yo pienso que lo que hay que hacer, es mostrar al hombre en la infinita red de sus relaciones con un horizonte, y tomarlo como tema. Para mí, en suma, la literatura tiene una función de realismo, de amplificación, en efecto. Y además una función crítica”. 

Así, Sartre entronca con las más profundas corrientes del pensamiento del siglo XX; escapa al mero teórico, desborda cualquier intento de contención disciplinaria, hunde su pensamiento en el más hondo compromiso consigo y con la humanidad. –

BIBLIOGRAFÍA
Gómez Mango, Edmundo. En: Brecha (“la pasión de la libertad”). Montevideo, 22 de junio (2005).
Ríos, Mercé. De vuelta a Sartre. Crítica. Barcelona (2005).
Semprún, Jorge. En: Cuadernos de Ruedo Ibérico. Nº 3. París, octubre-noviembre (1965).
Sartre, J. P. El ser y la nada. Gallimard. París (1943).
Sartre, J. P. El existencialismo es un humanismo. Técnica. Montevideo, Uruguay (2001).
Sartre, J. P. ¿Qué es literatura? Losada. Bs. As. (1950)
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Discusiones sobre Sartre. (s.d.). Recuperado: 2007, 4 de enero, en:

Articulo : http://www.literatosis.com.ar 24/06/2010

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